¿CÓMO vives tu espiritualidad?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Nosotras hemos tenido una evolución grande en este ámbito, cada una muy particular. Mientras la una inició con una llamado interno y “natural”, la otra tuvo más incidencia de su contexto. No importa mucho cuándo/cómo inicia, o cómo/cuándo cambia, lo importante es que vivamos cada paso y aprendamos de ellos.

Llega nuestro episodio 4: “Buscando nuestra versión de espiritualidad”, en el que Nati Ordóñez, compartimos un poco sobre las diferencias, semejanzas y aprendizajes de nuestra evolución en esta área de nuestras vidas.

Es curioso como se puede tener experiencias tan distintas y llegar a conclusiones similares. Cuando grabamos este episodio, Taty y yo partimos de posiciones tan distintas que parecía que no habría concenso. Pasaron los días, y como toda la producción detrás de los episodios requiere que hablemos del tema reiteradamente, nos dimos cuenta de que en realidad nuestras posiciones con respecto a cómo vivir la espiritualidad tenían más en común de lo que esperábamos.

Fue en la conversación de nuestra transmisión en vivo que, sin que nos diéramos cuenta, nos recordó que el “fondo” es lo que realmente importa. Aquí un poco más de detalles sobre las conclusiones de la semana:

Tu espíritu es tu esencia. Habítate. Solo tú sabes cómo ser tú. Esta es un reflexión común a la mayoria de nuestros episodios. Si bien las influencias y presiones del entorno pueden ser fuertes, la voz que debes fortalecer y priorizar en medio de tanto bullicio, es la de tu ser. Y aunque haya pasado mucho tiempo desde la última vez que la escuchaste, y aunque por ahora no reconozcas con facilidad su tono, como todo, estoy segura de que eso mejorará con la práctica: un día a la vez, una frase a la vez.

Diferencia la forma del fondo. Si algo no se siente bien, prueba con otras “formas” de vivir tu espiritualidad. Retomando el tema del fondo, tomaré algo que compartió Taty en nuestro live: a ella le “enojó” tanto la forma en la que se le decía que debía vivir la espiritualidad, que se enojó con el fondo (Dios, el universo, el poder superior, etc.). Se destacan, entonces, dos cosas: 1. La imposición (ya sea tuya o de alguien más) no funciona, o al menos no de forma sostenida en el tiempo. 2. Cuando sintamos que algo no hace “clic” o no se siente congruente, actuemos y busquemos qué es lo que está produciendo eso.

Tu forma “ideal” de vivirla evoluciona junto contigo. Explorar y observar activamente cómo estás viviendo tu espiritualidad, es más que una opción, es tu responsabilidad. Lo anterior se potencia cuando reconocer procesos de reconstrucción y redefinición en cualesquiera de las demás áreas de tu vida.

Te recuerdo que este es el segundo episodio dentro de nuestra miniserie sobre la culpa. Si no has visto el episodio anterior de esta miniserie, te invito a hacerlo. ¡Hasta la próxima!

La sensibilidad de las palabras

Los pensamientos poseen un gran poder que generan inestabilidad a nuestros sentimientos, desalinean por completo nuestro cuerpo y, en ocasiones, nos retienen por un sinfín de horas en la cama. Nos dejan en la mayor vulnerabilidad preguntándonos constantemente qué es la vida. Nos consumen la esencia y nos encarcelan en una burbuja virtualizada por las propias necesidades del ser humano.

Los recuerdos comienzan a exaltarse, mientras que el cuerpo va perdiendo todas sus capas para contener las emociones reprimidas que decidimos guardar u olvidar. Nos obligamos a crear imágenes, sensaciones y pensamientos con la intención de sustituir lo que sucede con nosotros mismos, siendo así lo inventado más real que lo real.

Mi mundo ya no es el de antes porque no puedo sonreír, tocar, besar, abrazar y danzar. Mi realidad se ha convertido en una completa virtualidad, donde las palabras se codifican a través de una computadora y mi voz pierde la esencia para decir un te amo. He comenzado a sentir un gran vacío que se transforma en una burbuja de soledad, creada por esta realidad que se ha instalado e incorporado como una pulga sujetada a un perro.

Escrito por Darashea Toala
Fundadora de Piel Lírica

Sistematizando

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Qué tan bien conoces los sistemas de los que formas parte?

El enfoque de sistemas es una metodología de resolución de problemas que considera tanto los componentes del conjunto, como las interacciones entre estos. Los seres humanos somos y pertenecemos a varios sistemas simultáneamente. 

No obstante, cuando no somos totalmente conscientes de cómo participamos en cada uno, nuestras oportunidades para aprovechar esa participación y/o mejorar el sistema se vuelven limitadas.

La invitación del episodio 6, que fue posible gracias a la participación de Maria de los Ángeles Toro, es que nos interesemos y aprendamos sobre esos sistemas para, a partir de ahí, buscar alternativas más sanas con respecto a nuestra forma de sentir, crecer, amar y vivir.

Se dice que somos el promedio de las cinco personas con las que más tiempo y cercanía compartimos. La última vez que me lo recordaron, me sentí muy sorprendida. Resulta que las personas de mi tribu cercana se habían movido y nuestras relaciones habían evolucionado y yo no me había dado cuenta. Tras decidir moverme también, tras decir tomar la situación en mis manos y aprovecharla, se desbloquearon avances que ni siquiera imaginaba en algunas áreas de mi vida.

Y es que los sistemas tienden a interactuar. Esa interacción multiplica la fuerza de cualquier movimiento a diferentes escalas y en distintas áreas. Esto va muy de la mano con lo conversado en nuestra transmisión en vivo y las conclusiones que hemos extraído del tema

1. Somos los sistemas que nos componen. Si estos están bien, nosotrxs también.
2. Somos los sistemas de los que somos parte. Es nuestra responsabilidad velar por su salud y desempeño.
3. Para evaluarlos y/o influenciarlos, debemos (re)conocerlos en sus componentes: orden, jerarquía y el balance entre dar y recibir.

¿Has identificado algún sistema que te gustaría mejorar? De ser el caso, ¿Qué has hecho hasta ahora para lograrlo?

Posdata: si quieres llevarte el “bonus”, puedes revisar también nuestro consejo no pedido de la semana 😉

Sobre la no-binariedad

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Como todas las especies que habitan la tierra (y eso para dejarla fácil y no extendernos a las diferentes escalas del cosmos), los seres humanos somos tan parecidos como diferentes. El episodio 6 de nuestra segunda temporada está dedicado a celebrar la diversidad. Nos recuerda que, aunque nuestro entendimiento de la vida y la humanidad nos lleva a simplificar y clasificar lo que vemos en nuestro entorno, el universo no es discreto —con pocas variantes, claramente diferenciadas—, sino continuo y con infinitas variantes que se traslapan en uno o varios aspectos entre sí.

El cuerpo humano se ha concebido, históricamente, como una variable discreta: con opciones predefinidas —en su mayoría dicotómicas— de cómo debe lucir, funcionar, sentir… Pero la naturaleza habla y, en su expresión, nos demuestra que hay muchas opciones más. Cristian Robalino nos comparte sobre la intersexualidad, los paradigmas con que se la relaciona y lo que implica “en la práctica” en un contexto como el de Ecuador. Aquí las conclusiones sobre el episodio:

– La intersexualidad es también una forma de expresión de la naturaleza humana, de su diversidad.
– Seamos conscientes de su potencial doble exclusión: no ser parte del binario hombre-mujer y no calzar en las clasificaciones internas de la comunidad LGBTI.
– Si vemos solo en blanco y negro, nos perdemos toda la gama de colores 
Recomendaciones.

En nuestra transmisión en vivo, en cambio, hicimos una revisión más holística de lo que implica la binariedad y de algunas formas en las que podríamos practicar para, si no elegimos salirnos de las “casillas” que nos dirigen actualmente, al menos darnos cuenta de que las opciones son realmente infinitas.

Una de estas es la revisión de las conversaciones que tienes contigo mismx con respecto a lo que haces. Por ejemplo, si crees que eres buenx para correr pero malx para hacer yoga. En la binariedad solo existen esas dos opciones. Fuera de ella, en realidad hay un espectro en de variedades infinitas entre esos extremos, y podrías estar en cualesquiera de ellas.

Otra opción es la observación de las cosas que creo que “tienes” que hacer. Ya que puede ser que, al salirte del espectro binario (tener que hacer vs. no tener que hacer), encuentres otras variaciones que te funcionan mejor.

Finalmente, como en todo, la información es poder. Si crees que prefieres no hurgar sobre cierto tema por temor a “meter la pata”, recuerda que no tienes únicamente dos estados (saber o no saber), sino que seguramente estarás en algún lugar en el medio y que, además, siempre será posible que te muevas en la dirección que mejor te funcione dentro de ese espectro.

Pd: estrenamos nuevos videos de intro y outro en nuestros episodios. ¡Chécalos en Youtube!

Diciendo que no

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Uno de los monosílabos más satanizados es el NO. Se concibe como representación negativa, como un impedimento o una restricción, no solo para quien lo recibe sino también para aquel que lo da.

En el episodio de esta semana, el tercero de la miniserie sobre la culpa, Carolina Farias, editora de la revista virtual “La Dosis” nos cuenta cómo ha aprendido a desmitificar los límites y a decir “No”. En su adultez, eso la ha ayudado a vivir una vida plena, cada vez más auténtica.

¿Por qué cuesta tanto decir que no?
Si tengo claro que, al aceptar cosas o situaciones que no sintonizan con mi ser, estoy negándome la posibilidad de vivir plenamente, resulta inconsistente que lo siga haciendo.

Sin embargo, detrás de mis decisiones hay paradigmas de los que no soy del todo consciente. Las situaciones que me son incómodas normalmente se sienten así porque me generan algún tipo de contradicción; y estas contradicciones, a su vez, están allí para mostrarme mis inconsistencias. Una posibilidad es ir descubriendo con el paso del tiempo, eventualmente, de qué se trata cada una. La otra es tomar el volante y procurar, activamente, dicho descubrimiento. Aquí comparto las conclusiones a las que llegamos con nuestro episodio y la transmisión en vivo sobre el tema:

1. Como la vida requiere de balance,  aprender a decir “no” es tan necesario como saber decir “sí”. A veces, negarnos a hacer algo significa dar un “si” a nuestra libertad, “si” a poner límites, “si” a ponernos como prioridad.

2. Mi respuesta solo será asertiva si estoy conectadx con mi ser, con lo que este busca o prefiere. Si no tengo claro qué quiero o hacia dónde quiero ir, ¿cómo puedo elegir entre las alternativas que se me presentan?

3. Los contextos en los que más me cuesta decir que no son, precisamente, en los que debería empezar a “practicar”. No hay receta, pero tal vez convenga elegir avances de un tamaño que no sea paralizante sino que me ayude a ser constante y sostener esos avances en el tiempo.

Y tú, ¿Has trabajado activamente para mejorar esta relación? De ser así, ¿Qué te ha funcionado? Te invito a compartirlo en los comentarios, alguien puede aprovecharlo y agradecerlo.

Hidenburg 1937

Ahora que no estás, pienso en esos días en los que vivimos juntos, y recuerdo con cariño aquel viaje trasatlántico que hicimos a Nueva York en 1937. Tan jóvenes e ingenuos, en esos días creíamos que el amor era la fuerza motora del planeta, capaz de llevarnos una mañana hasta la luna y aterrizarnos frente al Hudson, para darnos el tiempo suficiente de beber ginebra en esos bares del puerto de Manhattan que tanto te gustaban.

Yo te recuerdo muy bien. Ese día vestías una gabardina que hacía juego con una bonita boina morada. Llevabas un bolso rectangular, pequeño y negro, zapatillas también negras con punta de bruja y la gargantilla color rosa que de utilizaste durante nuestro último baile. 

Recuerdo que en ese año peleabas con tu madre por tu cabello corto y juró no volverte a hablar si te ibas a Estados Unidos conmigo. Se enojó un tiempo y a mí no me dirigió la palabra por cinco años más, pese a haberte perdonado. Pero todo lo valió. Verte bailar en nuestro pequeño departamento de diez metros cuadrados valió todo el desprecio de tu madre.

Añoro tu risa. Más ahora que nunca. Esa risa que callaba a los jazzistas, que enmudecía a los marinos, que sobornaba a los policías. Esa risa ridículamente hermosa.

También recuerdo la noche anterior a la catástrofe. Bailábamos desnudos frente a la ventana de nuestro cuarto, mientras nos susurrábamos  «Let’s do it» y nos besábamos cada que el aliento nos lo permitía.

Fue en mayo de ese año, cuando sabíamos que el amor era fuego y nos quemaba, que una chispa nuestra voló al cielo e incendió el firmamento, en una horrorosa fiesta de juegos pirotécnicos alemanes, cuando el Hindenburg se hizo cenizas, mientras tu y yo, pirómanos románticos, hacíamos el amor.

Enfrentando la lluvia

Nadie creía en mí cuando les mencionaba el poder purificador de la lluvia. En esta ciudad todo el mundo se esconde de ella; tan pronto como empiezan a caer las primeras gotas las calles se desalojan cual tragedia inminente. Las tiendas cierran, las luces se apagan y en un parpadeo, lo único que puedes ver a tu alrededor son las avenidas inundadas. Se piensa que la lluvia es destructora, que con tan solo poner en contacto una mínima superficie de tu cuerpo con ella, puedes terminar en la tumba,

No tengo idea de dónde nace tal leyenda; tal vez es uno de esos mitos que surgen en toda población y de los que se teme sin razón aparente. Todo hasta que un hombre decide probar lo contrario.

Ese hombre soy yo.

Durante muchos años permanecí escondido de la lluvia, ingresando a casa de la mano de mis padres que pretendían protegerme del gran mal de las nubes. Mas yo siempre me quedaba observando a través de la ventana, maravillado ante el espectáculo de las gotas al impactar.

Y finalmente hoy podré comprobar que la lluvia no es ningún mal. Que es purificadora, porque si te detienes a observarla, nace en tu alma algo nuevo, limpia tus pensamientos y los renueva de una calidad artística incomparable. Si todo aquello sucede con la simple observación de las gotas al caer, ¿No sería mayor el efecto beneficiador al sentirlas en el cuerpo? Eso es lo que estoy dispuesto a probar. Hoy, día en que finalmente soy libre de las cadenas de mis progenitores, día en que el permanecer en las calles es una decisión sujeta solo a mi voluntad. Hoy, que las nubes están más grises que nunca.

Las primeras gotas caen y todo el mundo echa a correr. Los padres levantan a sus niños y buscan refugio. De vivir muy lejos, las personas permiten que se alojen en sus casas; todo el mundo se vuelve sensible y empático cuando las tragedias se avecinan, o cuando se ven envueltas en una.

Mientras ingresan, me miran todos con extrañeza. Yo no me muevo, permanezco en la mitad de la calle, riéndome de aquellos que huyen cual ratas asustadas. Les enseñaré a todos que la lluvia es nuestra amiga, que lo único que debemos temer de ella, es su ausencia. Porque el agua procedente de las nubes grises es sinónimo de vida misma.

La tormenta se desata. Gruesas gotas caen y en su trayecto impactan en las desoladas calles de la ciudad. Gran parte de ellas impactan sobre mí. Las siento estrellarse contra mi cabeza, empaparme por completo la frente. Decido entonces acostarme para observar mejor el caer de las gotas a lo largo de mi cuerpo.

Abajo, recostado en el pavimento, la vista es más espectacular. Siento la lluvia llegar hasta mi torso y producir en él un cosquilleo risorio, un poco de agua se mete en mi ojo y de pronto la visión se me nubla, todo se torna borroso a mi alrededor. Mis piernas se vuelven débiles y soy incapaz de moverlas. Al echar una mirada a mis brazos, puedo notar que han desaparecido, se marcharon junto a la corriente de agua que recorre la avenida.

Siento entonces que mi torso también se está desvaneciendo. Pierdo total sensibilidad en las piernas e intento hablar, susurrar lo exquisito que es la sensación de consumirse en la lluvia; mas no puedo, mi garganta se ha esfumado.

Ya solo queda mi cabeza, que poco a poco va desapareciendo, desprendiéndose en pedazos que fluyen en un mar de gotas, arrastrados por ellas sin ningún camino fijo.

Me convierto en el primero de los hombres de papel en enfrentar la lluvia, y la sensación del agua dañando el material del que estoy hecho, es la mejor que he tenido en la vida.

FIN

La noche de la verdad

Originalmente publicado en: Revista Salto al reverso #6

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Imagen por: Kristaps Bergfelds

Cierta noche, Alejandra recibió una extraña carta en su buzón. La carta decía: “Sé que llevas tiempo preguntándote por qué vives y a dónde vas. Si quieres saber las respuestas, te espero a medianoche en la azotea del edificio del frente”.

Alejandra quedó intrigada por aquel extraño mensaje. Era cierto, sin duda, que aquellas preguntas habían estado dando vueltas en su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo desde la muerte de su hermano. ¿Pero cómo pudo haberse enterado aquella persona? ¿Cómo pudo saber cuáles eran exactamente las preguntas existenciales que le intrigaban?

Pasó todo el día siguiente pensando, considerando si acudir a la cita o no. Llegó a pensar que era una trampa, después de todo siempre tuvo dudas sobre si la muerte de su hermano realmente había sido un suicidio. ¿Y si fue un homicidio? ¿Y si la persona que envió la carta estaba directamente relacionada con ello?

Cuando llegó la noche en cuestión, Alejandra decidió no ir. A la mañana siguiente se fue a trabajar. Durante todo el día la embargó la sensación de haberse perdido de algo, como si encontrarse con aquella persona fuese realmente importante. Pero racionalizó y se convenció de haber tomado la decisión correcta.

Al llegar a su casa por la noche, otra carta le esperaba. La carta decía: “¿Aún piensas que fue una buena decisión no vernos? Tu hermano pensó lo mismo cuando recibió su carta. Él asistió al tercer y último llamado. Este es el segundo llamado para ti: entérate de la verdad. Te espero a medianoche en el edificio del frente.”
Alejandra se llenó de emociones en conflicto, una mezcla de rabia e intriga. ¿Y si sus sospechas eran ciertas?

Decidió ir. Durante la cita no pasó nada fuera de lo común. El remitente le habló alrededor de veintiún minutos y Alejandra regresó a su casa. En esa conversación se enteró de por qué el ser humano vive y a dónde va. Aquella noche Alejandra se suicidó.


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¿Cómo decides qué, cómo, cuándo y cuánto comer?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Hay ideas sobre la alimentación que se nos han transmitido de forma explícita. Por ejemplo, que debemos incluir frutas y verduras en nuestra dieta diaria o que las porciones deben adecuarse a nuestro gasto calórico. Hay otras que se nos han heredado de forma implícita, incluyendo las que se vinculan con la culpa. Y para complicar un poco más las cosas, detrás de la instauración de conceptos sobre lo que es adecuado y lo que no, hay emociones que definen cómo nos relacionamos con esos conceptos.
En este episodio, Kendra Carrión Vivar nos presenta potenciales vínculos entre nuestras perspectivas alrededor de la alimentación, la religión y la sociedad.

No importa el día, el lugar en el que estés, el estado de ánimo en el que te encuentres o tu condición socioeconómica: tu cuerpo necesita energía. Si bien la alimentación no es la única fuente, es la más importante. En culturas distintas se promueven una diversidad de prácticas y paradigmas alrededor de la alimentación, algunos de los cuales pueden resultar contradictorios: que si se debe comer mucha proteína animal o ninguna, que si se deben seguir horarios fijos o adaptados a lo que el cuerpo “pida”, entre otros.

Pero más allá de los detalles de cómo elegimos la composición de nuestros platos, con el episodio de esta semana y la transmisión en vivo correspondiente nos enfocamos en las ideas detrás de estas elecciones, principalmente en aquellas sobre las que no hemos decidido sino que nos han sido “heredadas” sin que nos demos cuenta. Una de estas herencias es la culpa; aunque viene del cristianismo, se ha expandido a muchos otros espacios, enfatizando en la alimentación.

Aquí algunas reflexiones y conclusiones al respecto: 

– Mi elección de cómo y qué comer depende de paradigmas explícitos e implícitos (como la culpa). Puede sonar a exageración, especialmente si ni siquiera practicamos activamente las consignas de alguna religión, pero aquí van algunos ejemplos: hay culpa detrás del no querer comer cuando chicxs y nuestros padres o madres nos “recuerdan” que hay quienes no tienen qué comer y, por tanto, es nuestra responsabilidad hacerlo; hay culpa cuando nos apetece comida chatarra en medio de un proceso para bajar de peso o de vivir de una forma más saludable; hay culpa, en los días en que a las mujeres se nos alborotan las hormonas, solo nos place comer dulces; y, hay culpa también cuando por bajones en estados de ánimo no queremos comer. Así que, con o sin invitación, pareciera que la culpa si hace presencia en nuestra alimentación cual arroz con pollo en toda fiesta.

– Para y observa. ¿Qué ideas definen tus decisiones? ¿De dónde provienen? ¿Te siguen funcionando? Así como la culpa, seguramente hay otras emociones y pensamientos escondidos detrás de lo que hacemos. El problema no es que estén ahí, el problema es que lo hagan sin que nos demos cuenta y que decidan por nosotrxs, o que los hayamos utilizado por tanto tiempo y pretendamos seguir haciéndolo aunque ya no sirven más. ¿Te lo has preguntado antes?

– Las “recomendaciones” no siempre te funcionarán. Escucha a tu cuerpo. Busca ayuda profesional de ser necesario. Como siempre, habrán muchas opciones y cada persona te recomendará lo que le funcionó. No obstante, lo que realmente importa es cómo nos sentimos al ponerlas en práctica (de decidir hacerlo). Nuestra sabiduría interna normalmente nos envía luces sobre lo que nuestro cuerpo necesita y lo que nos hace bien, démosle crédito y tratemos de escucharla. ¡Nos puede sorprender!

Para finalizar, solo quería recordarles que este episodio es el primero de la miniserie sobre la culpa. La siguiente semana conversaremos sobre la culpa y su relación (o no) con la búsqueda personal de nuestra versión de espiritualidad.

LLUVIA DE FEBRERO

Hubiésemos tomado las palabras no alcanzadas de nuestras bocas para sumergirnos. La lluvia, el pajarito, el libro y Vicentico. Todo tibio como la tierra húmeda, mirando el salado desde una mesita chueca, todo apolillado y casi perdido.

Y la vida sonreía debajo de los cristales que obsequiaba el cielo y el corazón partido con cada gesto. Todo no es desaliento, he dicho que la vida sonreía en aquel momento. Y no contenta con eso, silenció el murmullo y me lo puso en los ojos. Atolondrada mirando el vacío mientras él estimulaba su cerebro, y su corazón inmune para el mío decadente.

« Estoy triste » me decía mientras veía el fondo de la botella. Pero así es la cosa. Al rato la vida de mis labios que sonreía nombraba sin nombres y el corazón se seguía doliendo. « tengo una rabia retenida » dije enseguida y ya no más. Sorbo directo a las venas y al olvido que se levanta a las 6am.

Parece que nadie entiende, parece que Nadie ha desaparecido entre el manto gris de la ciudad, y él en su momento glorioso de tranquilidad frente a mi inquebrantable e impredecible alma. Y yo en un tumulto de emociones retenidas, queriendo ponerle cualquier concepto a lo que se llamase amor.

Me había dicho cabreado que escribiese, o que le escribiese. Pero de hacerlo, como ahora, solemnemente el alma se agita como cuando solo ella siente y sufre por un placer ambigüo. Y para variar amanecí triste y de lado de la mort. Para variar las horas se hacían eternas antes de la despedida. Tal vez la última de mi ingenuidad arrebatada.

Tal vez, porque a la mort le gusta jugar y yo siempre pierdo. Porque la mort me llama y yo le pierdo. Porque la mort va conmigo y yo me pierdo.