El observador del otro lado

La impresión de ser observado desde la casa del frente lo ponía a temblar. Todo comenzó como una molesta sensación que decidió ignorar al principio. Acababa de mudarse a su nuevo hogar, decidido a pasar las vacaciones relajado, lejos de aquel barrio del que huyó espantado por el incesante ruido al que se veía sometido gracias a sus vecinos. Pero el trabajo había terminado, el silencio regresaba cual amante arrepentido de su partida y un injustificado estado de paranoia no bastaría para echarlo todo a perder. Vivía solo y la casa del frente estaba vacía, al igual que la de al lado y la siguiente, y todas las casas de la manzana. Nadie podía verlo. Encontrar un lugar desolado como ese fue trabajo duro; no cedería ante las falsas sensaciones causadas por el estrés.

Necesitaba relajarse, permitir que su cuerpo se adapte al nuevo ritmo de calma y tranquilidad, darles tiempo a sus sentidos para unificarse con el silencio.

Se sentó en el sillón de la sala y tomó un largo respiro. Miró hacia el techo, una superficie llana sin patrón alguno, careciente de todo interés, un simple color blanquecino que llegaba a sus ojos con opaca luminosidad. Dejó caer sus párpados, entrelazó sus manos, respiró hondamente; luchó contra la sensación, mas nada pudo conseguir, sentía las miradas clavadas en él.

Se levantó. Intentando mantener la calma, se acercó a la ventana que daba a la calle, corrió las cortinas y analizó el exterior. El asfalto vacío, con solo una fría corriente de aire caminando por su superficie. Las casas del rededor lucían calmas, decoradas por el nublado cielo vespertino que las volvía un óleo de colores opacos.  Recorrió con su mirada cada una de las viviendas, notando un poco de extrañeza en la del frente. No eran sus paredes o su raída puerta, tampoco le pareció que se tratase de sus ventanas cerradas y cortinas corridas. Sin embargo, la casa daba la impresión de estar viva. Podía sentirla respirar; si se concentraba mucho en la gastada pintura de su fachada, podía incluso percibir una leve sonrisa del habitante en su interior.

Sacudió su cabeza “Nadie hay afuera” repetía en su mente. Mas las miradas invisibles se clavaban en sus poros, volviendo su piel una manta de angustia que lo ponía a restregar sus heladas manos una con otra. Intentó cerrar toda cortina, asegurar cada puerta y ventana, se escondió incluso en el baño; lugar en que se encontró con su reflejo, y detrás de lo que aparentemente eran sus ojos, descubrió que las pupilas pertenecían en realidad al observador de la casa del frente; a ese intruso que se había colado en una propiedad privada, a ese inepto que estaba arruinando sus momentos de calma.

Tomó un cuchillo de la cocina y lo utilizó para cortar hojas del papel periódico; estuvo por volarse un dedo en el proceso; sus movimientos eran temblorosos, inseguros. No dejaba de pensar en que el observador del otro lado se mantenía viendo cómo cortaba el periódico, riéndose de lo ingenuo que era al pensar que eso lo solucionaría todo. Pero tenía que intentarlo, ya no soportaba las miradas, el silencio era un abrazo triturador cuando se sentía ultrajado, cuando vivía el acecho de un par de ojos desconocidos.

Pegó el periódico en las ventanas, una capa sobre otra, hasta dejarlo todo muy opaco, que ni el mismo sol pudiese entrar sin su permiso. Ni siquiera la luna se atrevería a invadir sus aposentos. Cuando hubo terminado, se sentó una vez más en el sofá.

No había sombras junto a él, la escasez de luz era absoluta. El techo se fundía con la oscuridad, volviéndose todo su entorno un solo espacio frío e infinito. Respiró con tranquilidad; los ojos habían desaparecido, no conseguían penetrar las sombras, eran incapaces de identificarlo en medio de las penumbras porque él también se fundía en ese espacio insondable.

Sintió paz. Dirigió su mirada hacia el techo; era incapaz de verlo, pero él sabía que estaba ahí, que el techo se ocultó a su sentido, pero que seguía en su lugar, inmovible, blanco, careciente de interés alguno.

Él sabía que el techo estaba ahí.

Y la mirada del otro lado sabía que él estaba ahí.

Su corazón dio un vuelco. La sensación había desaparecido, los pesados ojos ya no se posaban en sus acciones, pero sabían que estaba sentado en ese sofá, sabían que estaba dentro de esa casa, sumido en una falsa ilusión de oscuridad protectora. Los ojos lo sabían, el observador del otro lado lo sabía. Lo estaba viendo sin necesidad de percibirlo a través de la mirada; lo estaba viendo con la simple intuición, y él no podía luchar contra ello.

Desesperado, rasgó los periódicos de las ventanas; la luz entró violenta, irritando sus ojos, asesinando las sombras. Se quedó de pie en la ventana, observando fijamente la casa del frente, batallando con el observador del otro lado, manteniendo la mirada firme.

El silencio del exterior cantaba una orquesta con el latir de su corazón. Tomó el arma de su aparador y salió con paso decidido.

Fuera el aire era ligero, y la casa se elevaba, desafiante, apoyando al intruso que la invadía, al observador inoportuno que lo torturaba con su insistente mirada. Un golpe con su pierna y la puerta cedió. Empuñó el arma con firmeza. Cruzó al interior.

Periódicos regados en el suelo, un techo blanco desprovisto de todo interés, un cuchillo descansando en el piso.

Se asomó a la ventana y miró hacia su casa. Silenciosa, calma, inerte.

Se disparó.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s