Solo una pequeña pausa

Me remango la camisa y dejo mis brazos descubiertos. La calurosa tarde sufre ya la transición hacia una noche fría; el sol tinta el cielo de un tenue color rojo y un atisbo de luna se dibuja entre las deambulantes nubes.

Enciendo un cigarro y me dedico a contemplar la belleza creada a partir de colisiones. Al expulsar el humo y ver la forma en que se eleva hacia el cielo, me percato de que la película grisácea se funde con el atardecer y otorga al cuadro un toque de particularidad única. Si miro a través de esa columna de humo ascendente, el rojo se opaca y de alguna manera, tal combinación resulta agradable a mi vista. Un poco de gris volvió perfecto el cuadro vespertino.

Me cuestiono entonces la importancia de los momentos opacos en nuestros días. De ese sabor amargo que nos sigue los pasos en todo instante, en cada acción diaria. En el cielo se desvanece, mas en nosotros es un tanto complicado el desaparecerlo del todo. Doy otra calada a mi cigarro y vuelvo a perderme en tal fusión de naturaleza contraria.

El teléfono vibra en mi bolsillo. Sin mirar de quien se trata, cuelgo la llamada y apago el aparato. Las sombras se ciernen lentamente en donde estoy de pie. Ya solo un débil haz de luz las espanta. Los faroles se encienden, anticipándose a la oscuridad total.

Puedo ver las aves volar sobre mi cabeza, todas en una gran bandada organizada, juntas. Vuelan en dirección al sol moribundo, como queriendo disfrutar hasta el último vestigio de luz. ¿Qué pensarían los demás, si me viesen corriendo delante de las sombras, persiguiendo la luz hasta que la noche la extinguiese? Después de todo, no me gusta la noche. Siempre he preferido la vitalidad del sol. Pero nublado está bien, nublado me gusta. Es la combinación perfecta entre los dos estadios del día -el gris una vez más, actúa- es la mezcla perfecta. Lo digo porque sé de ello; especialmente en licores, puedo combinarlos y crear algo de otro mundo. Puedo, si quiero, hacer que los demás saquen al monstruo que llevan dentro, ¡De un solo trago! liberar esa naturaleza bestial.

¿Somos todos unos monstruos? Sé que en nuestro cerebro reside una parte animal, instintiva. Lo he leído en diversos lugares; aquella parte que nos mantiene con vida. Lo he leído, lo sé; me gusta leer. Si hiciese una cuenta de los libros que me han acompañado en mis viajes… no podría, porque no los recuerdo ahora.

Doy otra calada al cigarro, está por terminarse. Una vez más, el teléfono vibra en mi bolsillo. Pensé que lo había apagado, pero ahí estaba, vibrando cual hombre desesperado por atención. Lo tomo en mi mano y puedo ver el número desconocido. Cuelgo la llamada y me aseguro de apagarlo esta vez. Vuelvo a guardarlo.

Retomo el pensamiento de los libros. Mi profesión me había llevado a comprender que las personas son como libros, que necesitas escucharlos -leerlos- para descubrir sus problemas y poder ayudarlos. Que todo lo que necesitan es eso, ser atendidos. Cuando se sientan frente a mí y empiezan a contarme sus días, a platicarme lo que los atormenta, yo presto oído. En cuanto finalizan, es mi turno de hablar. De guiarlos. En ocasiones, libero su bestia interna, cuando lo considero necesario. Está bien, lo admito, a veces lo hago por deleite. Por conocer sus oscuros instintos. A pesar de que el resultado suele causarme repugnancia.

Otra calada más. Expulso el humo con placer y lo observo difundirse en el ambiente. El teléfono vuelve a vibrar, ¡maldita sea! ¡en cada calada!

Un ruido en el interior del edificio estalla. Gritos y vidrios rotos. Devuelvo mis mangas a su lugar y abrocho los botones. Aplasto el cigarro con la punta de mi pie, apagándolo sin poder terminarlo.

Abro la puerta e ingreso. Al parecer teníamos la primera pelea de la noche. Dos hombres discutiendo frente a la barra. Era hora de escucharlos, de tomar mi lugar.

Tenía que seguir mezclando bebidas. Seguir limpiando vómitos.

Y probablemente, liberar una que otra bestia.

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