Migrando ando: localidad y pertenencia

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿De dónde eres?

Normalmente, esa pregunta es parte de las primeras interacciones entre dos personas. Sin embargo, aunque así lo parezca, la respuesta no siempre es tan obvia, especialmente con la concepción cada vez más globalizada de la vida. Tanto para Tatiana como para mí, las experiencias migratorias asociadas con oportunidades académicas, profesionales y personales, representan huellas decisorias sobre quienes somos hoy. Eso es, precisamente, lo que quisimos compartir a través del segundo episodio de Adultez Verde: “Migrando ando: localidad y pertenencia”.



Era una noche de jueves, el tercero de marzo de 2021. En la transmisión en vivo para la promoción de nuestro segundo episodio, contamos algunas anécdotas adicionales de nuestras etapas como migrantes. Aprovechamos también para recapitular algunas de las conclusiones a las que llegamos en esa conversación con Marge García, nuestra invitada, entre ellas: la importancia de reconocer que migrar conlleva tanto costos como recompensas, a menudo mayores a los previstos; el valor de la apertura para aprovechar las enseñanzas que las diferencias culturales y de contexto nos pueden ofrecer; y, la dosis de humildad que puede regalarnos el estar solos en situaciones desconocidas.

Tras la grabación me dispuse a salir, pues tenía una invitación a cenar aprovechando mi visita a la capital. Llegó, entonces, José Arsenio, el conductor de Uber asignado para el viaje. Como siempre, tomé el asiento del copiloto y empezamos a conversar sobre cómo estuvo nuestro día y de dónde provenía nuestro acento, ya que ninguno de los dos sonaba quiteño. Aquí un poco de su historia: originario de Baños, oficial retirado de la milicia que vivió en Quevedo y Latacunga mientras estaba activo, y migró a Londres tras la crisis económica, financiera y social que enfrentó Ecuador desde 1998. Para dar un poco de contexto, esa crisis nacional significó que los ahorros de cientos de miles de familias se vieran atrapados en el sistema bancario y licuados en valor, dado el proceso que devaluó nuestra moneda oficial previa en aproximadamente 400% durante ese año y dio paso a la dolarización de nuestra economía.

Mi curiosidad seguía creciendo, así que hice un par de preguntas adicionales: ¿Qué dejó atrás al momento de partir? ¿Cómo y en cuánto tiempo logró adaptarse —puesto que tenía más de cuarenta años de edad y cero conocimientos de inglés al migrar—? ¿Qué lo hizo volver? Más allá de sus respuestas, su historia me regaló un nuevo elemento para la narrativa sobre la migración: las migraciones forzadas pueden representar situaciones más crueles de la que podemos imaginar, por lo que requieren no solo de nuestra empatía, sino de nuestra acción.


Más tarde, una conversación con quien disfruté de la cena a la que me dirigía, agregó otro elemento: “nuestro país (Colombia) tiene rabo de paja en este asunto; hemos migrado tanto y a tantos países, que no podemos pensar siquiera en negar la entrada a alguien en necesidad”. ¡Qué hermoso sería que, como sociedad, mantengamos en la memoria aquellos momentos críticos, en los que también los nuestros tuvieron que moverse! La migración no es un fenómeno nuevo y su “expectativa de vida” se ve acotada solo por nuestra existencia. Si bien puede generar retos sociales asociados con la capacidad de recepción de los países de destino, es muy probable que no haya país alguno sin rabo de paja en el tema, por lo que estar de un lado u otro de la moneda es solo cuestión de tiempo.

Sin mayor sustento técnico, me atrevo a afirmar que la migración es imperativa para nuestra evolución e integración, como personas, sociedades e incluso como civilización. Recurro, entonces, a una de las ideas mencionadas en nuestro episodio: más allá de las lecciones de geografía que nos dieron en la escuela, la vida —y, particularmente, estos tiempos de pandemia— nos está recordando que somos una sola familia (la humanidad) y que habitamos en la misma casa (el planeta Tierra). Actuemos en consecuencia.

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