EMPATÍA Y REDES SOCIALES

Desde el auge de la era digital, y en la actualidad, potenciados por la pandemia, las relaciones humanas tienen gran parte de ser dentro del mundo de los datos, de la virtualidad, de las redes sociales. El lenguaje se ha movilizado al interior de la marea de los mensajes instantáneos, e incluso las interpretaciones, a través de la manera en que está escrito el mensaje, podrían ser, si no una evolución de la forma de comunicarse, una ampliación de las habilidades lingüísticas y sociales. Sin embargo, dentro del fenómeno comunicativo que representa esta virtualidad, es probable que la empatía se vea también afectada.

Es sencillo e incluso lógico el sentir empatía por las personas pertenecientes al círculo social que uno deambula, por las personas con las que se mantiene una relación directa, cotidiana, aquellas con las que se han establecido lazos afectivos y, por ende, empáticos. Pero la complicación se vuelve un tanto más evidente cuando se habla de personas ajenas a la cotidianidad que se frecuenta, desconocidos con los que no se tiene mayor relación que el simple hecho de ser humanos y compartir especie.

Nada facilita más el sentir empatía que el estímulo visual; la empatía, en gran parte, ingresa por los ojos, cuando se presencian los estragos del mal que el otro lleva a sus espaldas, cuando se visualiza ese sentir expresado en rostros nada alegres. Y en las relaciones digitales, el estímulo visual es un elemento faltante. No es raro encontrarse en redes sociales como Facebook, comentarios en donde priman los insultos, en donde se atacan mutuamente sin siquiera conocerse, sin temer herir a la persona que está detrás de la pantalla; no se pueden observar los gestos faciales ni las expresiones corporales, se es incapaz de identificar si la otra persona resultó o no herida por el comentario realizado; las microexpresiones, que forman una parte importante de la interpretación lingüística, a través de las que se entiende -aunque sea de manera inconsciente- el sentir de la persona dentro de un ámbito social, quedan abolidas en el relacionarse digital. Ya no se percibe al otro como un ser sintiente, como individuo capaz de percibir también la realidad a través de los sentidos, se ignora su estatus de semejante, se lo transforma en usuario, un ente desprovisto de emociones y de voz; lo único que se observa son líneas de textos emitidas por nombres sin ningún significado detrás. Simples usuarios, simples datos.

¿Se comportarían así fuera del ámbito de la virtualidad? ¿Se extrapolaría esta conducta anti-empática a las relaciones sociales cotidianas? Al estar frente a la persona, el estímulo visual activaría la empatía al observar las expresiones, al escuchar el tono de voz, al percibir las emociones del otro. Pero ¿Qué sucedería si esta empatía queda anulada por largo tiempo? Afortunadamente, no lo sabríamos; desafortunadamente, nos consumiría un mundo digital en donde las relaciones tendrían lugar en mayor medida dentro de la virtualidad, y, fuera de ella, la postura anti-empática se mantendría como la norma.

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