EL HOMBRE BÚHO

La oficina entera vibró por el fuerte estruendo; las ventanas panorámicas se agitaron por varios segundos, emitiendo un prolongado golpeteo. El enorme florero ubicado en la esquina amenazó con caerse y hacerse añicos, mas solo fue una amenaza, permaneció intacto en cuanto el trueno se desvaneció. Lo único que no sucumbió a los temblores fue el largo escritorio de madera, que se mantuvo rígido, soportando el peso del cadáver cuya cabeza descansaba en su superficie, sangrando por los agujeros en sus temporales; sangre que se escurría por el borde, caía por las patas de la mesa y chorreaba gota a gota en el suelo, formando un charco carmesí; negro en la oscuridad del lugar.

Toda la ciudad era visible desde aquel alto piso. Las primeras gotas de lluvia empañaron el vidrio de la pared y transformaron las luces de la ciudad en estrellas borrosas, desfiguradas; puntos de colores que se extendían a lo largo de Guayaquil en aquella noche plutónica. Tras acumularse, descendían por la enorme ventana como una cascada.

Sentado en la esquina de la oficina, intentaba marcar el número en su celular, pero el nerviosismo, muy reflejado en los torpes movimientos de sus manos, se lo dificultaba. Sus pálidas mejillas se inflaban y desinflaban de forma acelerada, escupiendo gotas de saliva en cada nueva espiración. “¡Maldita sea, encuentra el jodido contacto!” repetía en su cabeza. Lamió la manga de su camisa y la utilizó para limpiar la sangre seca de la pantalla de su teléfono. Sus manos persistían rojas y la sensación de aquella sangre secándose en los pliegues de sus dedos era nauseabunda.

Timbró, timbró, timbró… Buzón de mensajes.

Colgó.

El feroz rayó iluminó el cadáver a pocos metros. Notó el charco en el suelo y la fuente de procedencia: aquella cabeza atravesada por una bala minutos antes. Tomó el arma tirada a su lado y la colocó en su propia cabeza. Cerró los ojos. Su dedo se acomodó en el gatillo, temblando; hizo un poco de presión, decidido; mas se detuvo ante el timbre de llamada.

Contestó con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Yo…yo… —su mirada se paseaba por el cadáver, por el rostro inerte que lo observaba fijamente con enormes ojos amenazantes, vivos por sí solos, fijos en la penumbrosa nada que envolvía la oficina.

—He matado a alguien—soltó—, le disparé en la cabeza, está recostado contra mi escritorio, ¡Está muerto!

—No, no; no puedes haber matado a alguien—respondió la voz—, debe ser una confusión.

—¡La sangre chorrea en el piso! —exclamó—, te digo que está muerto, ¡Le volé la cabeza, por amor de Dios! Está muerto.

—Asegúrate de lo que dices—pidió la chica—. Comprueba que en verdad sea así.

—Qui… ¿Quieres que compruebe si está muerto?

—¡Compruébalo todo!

Tomó una grande bocanada de aire. Apoyó el celular en su pecho, sin cerrar la llamada, y caminó lento hasta el cadáver. Sentía la mirada del difunto seguirlo en cada paso, midiendo sus acciones; se detuvo a su lado, guardando un poco de distancia con la silla en que descansaba el muerto. La posición en que cayó después del disparo parecía ser perfecta para un descanso eterno. Brazos extendidos en su totalidad en el escritorio, cabeza de lado y tronco recto.

—Lo…lo estoy viendo.

—¿Tiene un agujero en su cabeza?

Su mandíbula trituraba aire, chocaba sus dientes unos con otros; estar cerca del cadáver aumentaban sus náuseas funestas.

Echó un rápido vistazo a la cabeza, retirando la mirada con brevedad.

—Lo tiene.

—Tócalo—dijo la chica—, introduce tu dedo en él.

—¿Qué diablos dices? ¡No pienso meter mi dedo en su cabeza!

—Hazlo. Tienes que hacerlo, asegurarte.

Tiró de sus propios cabellos, desesperado. Tomó aire, cerró los ojos y extendió una de sus temblorosas manos, que se agitaba en el aire con vida propia, dominada por el miedo y la culpa. Palpó la cabeza del cadáver y encontró el agujero de bala. Introdujo un dedo en él. El interior estaba caliente y húmedo.

—¿Y bien? —insistió la chica.

—Tiene el agujero.

—¿Estás seguro?

—¡Tengo el maldito dedo metido en él!

—¿Sangra?

—Sí que sangra, maldita sea. ¡Sangra y mucho!

—¿Cómo están sus ojos?

—Abiertos.

—Entiendo. Tranquilo, no te desesperes ni intentes ninguna locura.

“Ninguna locura” palabras que le recordaron el tacto del metal contra su sien. Estuvo por dispararse, en serio estuvo por hacerlo. De no ser por la llamada entrante, probablemente sus sesos estarían esparcidos en toda la pared.

—¿Qué hago con el cadáver?

—Nada. Solo…

—¿Hola? —el sonido se perdía en una molesta interferencia—¿Me oyes? ¿Hola?

Cortó.

“Jodida lluvia”

Se espantó con el fuerte clamor de la tormenta, que volvió a iluminar las facciones difuntas del hombre a su lado. Los ojos del cadáver lo volverían loco, daban la impresión de que no dejaban de examinarlo con malicia, como queriendo memorizar cada parte de su asesino para cuando se encuentren en la vida próxima. Resurrección, reencarnación o una eternidad en el infierno, cualquiera que sea, esos ojos juraban tomar venganza llegado el momento.

Decidió cerrárselos. Mirando hacia otro lado, sus dedos bajaron delicadamente los párpados del hombre que yacía muerto. Notó que el tacto era frío; solo entonces reparó en que la muerte estaba realmente a su lado, compartiendo oficina con él. Fría, callada, limitándose a observarlo todo desde su sepulcral oscuridad.

Pensar en ello lo puso a temblar. Volteó hacia la ventana panorámica, hacia el opaco paisaje de la ciudad. La cascada de agua bajando por el vidrio lo deformaba todo. Vio el faro a lo lejos, con su foco encendido. A pesar de llevar años viviendo en la ciudad, nunca se había preguntado si el faro seguía funcionando para guiar embarcaciones. Habría deseado ser iluminado por el faro, ahí en su oficina. Necesitaba un poco luz para calmarse, para pensar mejor.

Nunca se planteó el hecho de la falta de faros en sus días. Sus caminos fueron siempre guiados por la pura intuición, por la toma de decisiones al azar o por un poco de meditación sin experiencia. Se tambaleaba, era víctima de turbulencias en sus constantes vuelos, mas se reponía con la poca ayuda brindada por la luna. Y era una noche sin luna la que tenía en frente. O el agua no le permitía verla. Así como impedía distinguir su reflejo por completo. Era capaz de diferenciar sus piernas y sus zapatos, también parte de su torso, con su saco y el reloj de pulsera en su mano. Mas de su rostro y mano izquierda no veía nada. Se agachó, sin conseguir resultados.

Dio un largo suspiro y se dedicó a contemplar el paisaje. Ver la ciudad lo relajaba, era una conexión mutua, él la veía y las luces de la ciudad lo veían a él. ¿Lo veían? ¿En qué estaba pensando? La ventana abierta cuando tenía un cadáver encima de su escritorio, ¡La ciudad entera podía ser testigo! Su respiración se aceleró, el pánico escaló por su espina dorsal hasta estallar en su cabeza. Por su piel resbaló sudor frío ¿Debería cerrar las cortinas ahora? se cuestionaba. Se congeló sobre sus pies. Sintió la sangre en sus manos escurrir una vez más, impulsada por el sudor de sus palmas. ¡Cierra la maldita persiana!

Tuvo un pequeño resbalo al correr al extremo de la oficina, mas se repuso y siguió en marcha. Con movimientos exasperados tomó la manivela e intentó cerrar la persiana, tarea que se complicó al enredarse con sus propios dedos. En desesperación, la paz externa recibía su mundo caótico con rechazo, lo retrasaba y procuraba que el intruso dominando su cuerpo no contagiase la calma reinante.

Lo consiguió más tarde de lo que pudo haberle tomado. Corrió hasta el otro extremo e hizo lo mismo. La oficina se sumió en total silencio. Estado persistente que solo lo sintió llenar su piel en cuanto aisló su oficina del mundo exterior.

Se sentó en la misma esquina, junto al arma. La miraba de atisbo, tentado. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Pronto fue capaz de ver las formas que lo rodeaban; el florero de la esquina adyacente, la puerta en medio de la oficina, la lámpara colgante sin funcionar. Vio las patas del escritorio y a un lado las de la silla, a las que se agregaban los pies del cadáver; al que también era capaz de observar; sentado con rectitud en la silla, con su cabeza colgando, el mentón contra su pecho.

¿Sentado? Refregó sus ojos. ¡El cadáver estaba sentado! No lo recordaba así, ¡La cabeza estaba contra el escritorio! Se desangraba acostado, ¡No sentado!

Empuñó el arma.

En su oído retumbaba un molestoso latido, el corazón mismo intentaba escapar por su oreja. Se puso de pie con cautela. Utilizó su celular para activar la linterna, sirviendo para comprobar lo que sus buenos ojos le comunicaron: el cadáver estaba sentado, cabeza gacha.

Se acercó con pasos temblantes. Pensó que quizás lo movió sin intención en aquel apuro por cerrar las persianas. Pudo ser algo inconsciente y por ello no lo recordaba. Paso a paso, respiro a respiro, extendió su mano, ademán de querer sostener el hombro del difunto, regresarlo a su posición de origen.

Un trueno se comunicó con su miedo.

El cadáver se comunicó con él.

—¿Pensaste que una simple bala en mis temporales me mataría? —preguntó el cadáver—¡Sorpresa! no estoy muerto.

Su voz resonó en toda la oficina. Elevó la cabeza, llena de sangre coagulada, y su mirada -aquella misma mirada dilatada—se centró en su asesino.

—Yo…yo te disparé—se alejó con furor, tropezando con su propio pie, terminando en el suelo—¡Tu cabeza está agujereada!

El cadáver se levantó, palpó los hoyos de bala en su cabeza, riendo.

—Esto no es nada. Me funcionarán como oídos para escuchar tus lamentos.

—¡No es posible!—exclamó—, no puedes estar vivo.

De la boca del difunto estalló una enorme carcajada. Su mirada era solo un vestigio de la humanidad dejada detrás, en el plano terrenal del que ya había partido.

—Tal vez no lo estoy—respondió—, lo que no quiere decir que no pueda estar de visita.

—No, no, no—repetía desde el suelo, alejándose a rastras—; esto está mal, debo estarlo imaginando todo. ¡Es una maldita ilusión! la lluvia es la culpable.

—¿Te parece esto una ilusión? —tomó en su dedo índice un poco de la sangre de su cabeza y procedió a lamerla—. A mí me parece muy real. Su sabor es tan… perceptible.

Se apuró gateando hasta la esquina de la oficina, elevó el arma, apuntándola contra el resucitado.

—Un paso más y te vuelvo a volar la cabeza.

—Eso no sería un problema para mí. Resucité una vez, podría volverlo a hacer.

Sin dejar de ser apuntado, el cadáver viviente arrastró la silla hasta la esquina, sentándose a pocos centímetros del hombre causante de su resurrección, de su partida pasajera a un universo que no estaba dispuesto a aceptarlo.

—¿Estás rezando?—preguntó el hombre antes muerto.

Con el arma pegada a su pecho, el sujeto susurraba palabras para sí; ojos cerrados con fuerza y dominado por sacudidas constantes en sus extremidades. Oraba a alguno de los Dioses estelares, a cualquiera que desease escuchar sus plegarias. Lo único que le importaba era que no se tratase del Dios de lo nebuloso, de penumbras y fuego. Porque estaba bastante seguro de que era ese, precisamente, el que tenía en frente.

—Estoy pidiendo perdón por lo que haré—respondió.

—¿Qué harás?

—Terminar con este martirio.

Elevó el arma y la apoyó en su sien. Ahí estaba el tacto metálico una vez más. Un toque familiar, un beso prohibido que sentía añorarlo cual caricia de una antigua amante. Y su cabeza la recibía sin quejas, resuelta a enfrentar el furor pasional de aquellos labios metálicos.

—¡Oh, por favor! —exclamó el cadáver—. Está bien, adelante. Te aseguro que eso no servirá de nada. Además…

Acercó su rostro al del hombre suicida, implantándole un horror jamás antes conocido, causado por aquella mirada inquietante que mantenía incluso antes de resucitar, por los agujeros latentes en los laterales de su cabeza; por la sangre seca coloreando su rostro.

—Del otro lado—continuó en susurros—, lo espantoso abunda. Dímelo a mí, que acabo de llegar del lugar.

Su receptor mantenía los ojos cerrados, negándose a ver al ser perteneciente al linaje del Dios de lo prohibido.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó.

El hombre abrió los ojos. Y tras mirarlo, disparó.

El seco sonido del gatillo y la ausencia del estallido de pólvora delataron un arma vacía; se percató de que ningún recuerdo viajó fugaz por su cabeza, ningún momento de merecida memoria lo abrazó en lo que estuvo por volverse su tumba y motivo de muerte.

—Te dije que no serviría—repitió el resucitado.

Al notar su intento fallido, disparó una y otra vez. No tuvo caso, el cargador carecía de balas. Lleno de furia, estalló en gritos.

—¿Quién demonios eres? —preguntó al borde de la histeria—¿Algún tipo de brujo? ¿La misma muerte?

—Tú sabes quién soy. No me hagas decirlo… no quieres que lo diga.

Un olor fétido se coló por las fosas nasales del sujeto. No hizo falta rastrear su procedencia cuando su surgimiento tuvo lugar al acercarse el resucitado. El muerto empezaba a apestar y el olor nauseabundo, combinado con la imagen pavorosa del cuerpo disparado y lleno de sangre, creaban el ambiente propicio para que derramase sus vísceras por el suelo, expulsadas en un disparo bucal para el que sí tenía carga.

Mas se controló. Se convenció de ignorar su rededor, así como ignoraba el repentino dolor de pecho, rogando que no se tratase de un infarto.

—Tengo que salir de aquí o moriré—comentó el hombre.

—No hay salida. Solo somos tú y yo.

—¡Solo soy yo, joder! ¡Tú eres un maldito cadáver parlante!

El teléfono timbró. Se apresuró a contestarlo.

—Hola—era la chica.

—Escucha, tienes que sacarme de aquí. ¡Tienes que venir ahora!

—Calma, calma. Estoy en camino. ¿Todo bien?

—Nada está bien. Sé que sonará loco, pero el cadáver ha resucitado, ¡Me está acosando! esta oficina se ha vuelto un infierno. La puerta está trabada, las luces no funcionan, ¡un infierno! estoy encerrado—su voz se quebró—sácame de aquí, por favor.

—Estoy en camino, procura no…

—¿No qué? ¿Hola?

Señal muerta.

—Podemos volver a lo nuestro. Mira a tu alrededor, Charlie. Me equivoqué al decir que somos solo los dos. Han venido unos cuantos amigos también.

En la esquina opuesta, una sombra se elevaba. Un hombre de gran estatura, con ojos blancos brillantes, resaltando en la penumbra de la oficina. Nada más que sus pies y vestigios de su cabeza eran visibles. Y los ojos, observándolo todo con aquel peculiar brillo.

—Han cruzado la línea conmigo—susurró el cadáver.

—¿Qué quieres de mí?

—Pregunta equivocada, Charlie.

El ruido del bulto al caer sobre el escritorio los interrumpió. Era una mujer, su contorno perfectamente visible, curvas definidas y uñas de exagerada longitud.

—La pregunta correcta—continuó—, es qué quiero yo de ti.

El cadáver elevó su dedo, interrumpiendo el reclamo del sujeto.

—No quiero más palabrería. Quiero que me mires a los ojos. Siente lo que es estar al otro lado, conoce, adquiere experiencia.

Los ojos, tornados en amarillo con una densa pupila negra dilatada, se abrieron cual pozo que conduce a una fuente interminable de agua. Colocó aquella apertura sobre los del hombre, invitándolo a sumergirse en ellos.

—¡Mírame! ¡Mírame!

Percibió los ojos del cadáver cuales dos gusanos excavando en tierra; y el terreno dentro de su ser era virgen, conocido únicamente por las intenciones que muy bien ocultaba bajo las sábanas de su alma. Y era eso lo que sintió ser penetrado por aquella mirada frívola, por los gusanos devoradores, ocultos en forma de ojos.

—¡Mira mis ojos! —gritaba el cadáver—¡Observa!

Y en la batalla humanidad contra muerte, su fuerte grito estalló anunciando la pérdida. Aulló con desesperación, rasgando su garganta en el proceso, poniendo a pitar sus oídos. Su corazón se aceleró y en sus manos divisó el primer paso a su metamorfosis.

Los pelos aparecían uno por uno a una velocidad descontrolada. Poblaron toda su extremidad, y el cadáver carcajeaba sin parar a medida que en la espesa oscuridad de la oficina se dibujaban sonrisas, emergidas de la aparente nada, surgidas de la aflicción.

Antes de recuperar la consciencia, se vio a sí mismo ser conducido de la mano del cadáver hacia una entrada de madera blanca, rodeada por un halo negro.

—Bienvenido a tu resurrección—susurró, abriéndole paso.

Al despertar, no contuvo la sorpresa de ver su brazo lleno de plumas negras.

—¿Qué es lo que viste?

—Todo—dijo.

—¿Qué eres?

—Soy un búho.

—¿Un qué?

—Un búho. ¡Soy un búho!

—¡Un ser de la noche! —gritó el resucitado.

—¡Soy un búho!

—Podrás hacer lo que nunca te atreviste a hacer—el cadáver se acercó a las persianas y las abrió—, lo que no te fue permitido jamás en la vida. Siempre poniendo barreras a tus deseos, siempre pensando en si sería correcto.

Embriagado por la sensación de cambio, paseó con su mirada sus extremidades inferiores, las cuales sentía como sus mismas alas. Era un búho.

—Cuando nuestros ojos están cerrados, es necesario librarlos de esa oscuridad, adaptarlos. Yo esta noche te he conferido una mejor visión del universo.

—Soy un búho—repitió el sujeto.

—Por ello, emprenderás tu vuelo.

Empujó el vidrio de las ventanas, sonriendo en una mueca torcida. De los agujeros en sus temporales escapaban verdaderos gusanos, recorriendo lo largo de su cabeza, llegando hasta su boca.

—La ciudad es tu hábitat, querido búho—el resucitado extendió sus brazos—, sé libre y permíteme cargar con el peso de tu humanidad.

El hombre búho se acercó, respirando la fuerte brisa que se colaba por la ventana abierta. Vio rayos a lo lejos, estruendos repentinos que buscaban espantarlo, mas no temía. Era un ser de la noche, era un hombre búho.

—Salta—animó el cadáver.

Puso un pie en el filo de la ventana. Sus ropas se empaparon de la fresca lluvia del exterior y, a pesar de que el aire azotando su rostro intentó advertirle, el hombre búho no escuchaba más idioma que el del instinto animal, implantado en la resurrección de su nuevo yo.

—¿De qué te liberarás? —preguntó el resucitado.

—De todo—respondió—, quiero dejar atrás la niebla en mi vista, el consuelo falaz de una luz cegadora que solo oscurece mis pasos. Quiero ver, quiero volar.

—Salta—volvió a animar.

A su voz se sumaron múltiples ecos. En las sombras brillaron ojos blancos y bocas torcidas, todas unidas al mismo canto.

—Salta—decía el eco formado por las múltiples voces—. Salta.

Tomó aire. Llenó sus pulmones y estiró uno de los pies. Mirando abajo, sintió una creciente necesidad de llenar la ciudad con su vuelo. Cubrir las luces con la extensión de sus alas; empaparse de la lluvia y regalar a las nubes el gusto de ser tocado.

—Soy un búho—dijo.

El teléfono en su bolsillo timbró. Tomarlo con su mano transformada en una masa de pelos fue complicado.

—¿En dónde estás? —preguntó la mujer.

—Voy a saltar.

—¿Vas a qué? No, espera. ¡De qué demonios hablas! ¡No saltes a ningún sitio!

—El resucitado aclaró mi mente. Tengo que saltar.

—¿Comprobaste que murió?

—Lo hice.

—¿Y cómo sabes que resucitó?

—¿A qué te refieres?

—Deberías comprobarlo. Sentir su corazón latir.

Lanzó una rápida mirada al cadáver.

—Hazlo—repitió la mujer—, toca su pecho y siéntelo latir.

Usó su palma para ponerla sobre el resucitado. Fue incapaz de percibir latido alguno.

—Está muerto, todo…

—¿Hola?

—No sa…

—¿Me oyes?

Pitido. Colgó.

—Creo que tendremos que deshacernos de esto—le quitó el teléfono.

—Devuélvemelo.

—Salta.

—No.

Impactó al hombre búho contra el suelo. En un movimiento rápido, lo agarró del saco y lo tiró contra el concreto. El hombre búho sintió su cabeza dar vueltas; en su borroso campo de visión distinguía diversas formas flotantes en la oscuridad, todas ellas con ojos blancos brillantes y labios deformados.

—Desaparece—ordenó el cadáver—, te haremos desaparecer. ¡Desaparece!

Las voces se alzaron al mismo canto; clamando el desvanecimiento del búho frente a ellos.

El hombre resucitado se acercó al sujeto causante de sus agujereados temporales y procuró mantener su rostro muy pegado al de él. Sus facciones, de cerca, mostraban una clara putrefacción. Su olor era una mezcla entre podredumbre y carne quemada. Sus temporales ya no presentaban agujeros; los gusanos los llenaban por completo.

—¡Desaparece! —gritó en la cara del hombre.

Sin poder aguantar más, el hombre búho vomitó. Su pelaje se manchó con el desperdicio de su estómago. Su consciencia era lejana.

La llamada volvía a entrar. El cadáver le acercó el teléfono a la oreja. “despídete” le susurró.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Me matará. El resucitado me matará.

—¡No hay ningún resucitado! ¡No hay ningún muerto si quiera!

—Lo hay. Y está acabando conmigo.

—¿Recuerdas acaso cuando lo mataste?

Su memoria hizo un esfuerzo.

—No. Sé que lo hice.

—¿Recuerdas haber disparado? ¿Intentaste realmente abrir la puerta de la oficina?

Los cuestionamientos de la mujer se volvían una pelota de palabras sin sentido. ¡Claro que lo había intentado! ¿O no fue así? Su realidad tambaleaba.

—¿Inten…ste…cender…luces? —una fuerte interferencia cortaba sus palabras.

—¿Hola?

Colgó.

¿Encender las luces? Siempre estuvieron apagadas. Siempre estuvieron apagadas… ¿Por qué? No lo comprendía. Y no podía pensar. Todo daba vueltas.

—Yo te asesiné—alcanzó a decir—¡Yo te asesiné!

—Desaparece—dictó el resucitado—¡Desaparece!

Un solo grito; el coro de voces espectrales se elevó en una ola de rugidos deseosos de sangre, de desaparición.

—¡Yo te asesiné, yo te asesiné, yo te asesiné!

—¡Desaparece! ¡Desaparece! ¡Desaparece!

No pensaba detenerse. Con su grito opacaría el de aquella multitud penumbrosa, confesando su acto adquiriría el perdón.

Se cubrió los oídos con fuerza y reventó sus pulmones a gritos. Las luces se encendieron y él no paraba de acusarse. Sonidos de tacones se acercaron; una mujer lo tomó de los hombros y lo acercó en un abrazo.

—Tranquilo, tranquilo—intentaba callar al hombre búho, que no paraba de gritar—, ya estoy aquí, no hay nadie más, solo los dos.

—Lo asesiné—repetía—, lo asesiné.

Un fuerte guardia esperaba de pie en la entrada de la oficina.

—Shh—lo calló la chica—, no quieres decir eso.

—Pero es cierto—susurró—, el cadáver… es cierto.

—No es posible que hayas asesinado a nadie—replicó la mujer.

Retiró de su cartera un espejo y lo extendió al hombre.

—Tú mismo te suicidaste tiempo atrás—agregó.

Y tomando el espejo por el mango, el hombre vio en su reflejo el rostro del cadáver resucitado.

FIN

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