El PODER DE LAS CENIZAS

Era consciente de lo que ocasionaría un viaje de vuelta a esa ciudad, de vuelta a esa casa. Todo lo que se hablaba sobre ella ocasionó siempre un gran impacto en mi persona, desde niño hasta entrada mi adultez, las historias jamás desvanecieron de mi cabeza, continuaron escondidas en el diario vivir, emergiendo sutilmente en días en los que apenas conseguía recordarme a mí mismo quien era; entonces ellas salían en forma de un ancla, pero no una que me diera tierra o me mantuviese estático, firme, sino un ancla con la capacidad de hundirme, de perturbar aun más esos estados de inestabilidad. Y sin embargo ahora me llamaba, requería de mi presencia, aunque sentía que había estado pidiéndola desde hace mucho, desde el accidente con el abuelo cuando yo apenas era un adolescente. Recuerdo que la carta estaba escrita a mano y se podía entrever en ella el pulso desesperado con que fue dibujada cada letra “El abuelo murió, se incineró a sí mismo” comenzaba así, sin más, ninguna oración anticipatoria para apaciguar el impacto, solo el salvaje hecho iniciaba esa carta de pérdida y, extrañamente, ligereza ante la partida del anciano. Y pocos lo sabían, pero el abuelo siempre creyó en el poder de las cenizas, en la sanación detrás de ellas, sanación acompañada de reencarnación, de renacimiento y reestructuración. Que cimentada e impactante debió ser su creencia para llegar al punto de prenderse fuego a sí mismo, la férrea voluntad que debió poseer su cuerpo, sus manos, sus músculos, para ser capaz de derramar el líquido inflamable en su cabeza y dejarlo correr por toda su existencia; y luego el nervio suficiente para permitir caer la cerilla que culminaría con todo. El cuerpo es sabio, su voluntad se hace escuchar siempre, aunque uno no se percate de ello; que su consciencia sea sutil es lo que lo vuelve más convincente. Eso también lo creía el abuelo, y es admirable el alcanzar un entendimiento corporal a tal punto de que una decisión como esa te sea permitida.

Para entonces tampoco regresé a esa casa, a sus pasillos. Prefería mantenerme alejado de todo lo que estuviese relacionado con ella, no era de mi agrado y el simple hecho de pensar en poner un pie en sus pisos me provocaba una respuesta desagradable, mi corazón se rehusaba y sus gritos eran escuchados en forma de latidos en mi pecho, en mi oído. Mis manos, heladas, también advertían al respecto. Era instintivo, era miedo. Sorprendentemente, cuando llegó el momento de vencerlo, de alguna manera el cuerpo decidió también ayudar, a pesar del temblor, a pesar de las fatalidades bosquejadas en mis pensamientos.

El llamado que terminó por convencerme no fue tan fuerte ni impactante como la carta sobre el abuelo, al contrario, fue una tenue aparición en mis días, un atisbo de existencia de otra persona: una pintura. Sucedió en una exposición de arte cerca del centro de la ciudad; las personas admiraban las pinturas que ilustraban lo cotidiano, pedazos de vida que compartían todos por alguna razón; o los paisajes fantásticos, de ensueño. Unos cuantos se admiraban también ante la destreza de las pinturas surrealistas. Pero pocos se detenían ante la pintura que me atrapó, ante esa obra de arte abstracto que terminó despertando el llamado en mi cabeza. La autora estaba sentada junto al cuadro, saludando a las personas que acudían a examinar su óleo; pero en su rostro se percibía el desanimo ante la incomprensión. Mas al verla, supe inmediatamente que era la casa, mi casa, la molesta construcción que había preferido olvidar. Era extraño, ninguna línea sugería que se tratase de una casa, ningún color ni trazo de pincel; a la lejanía solo lucía como un amasijo de pinceladas desordenadas; mas bastaba aproximarse un poco, permitirse ordenar la imagen en la cabeza y entonces ahí estaba: la casa.

Al comentárselo a la pintora su rostro de sorpresa fue indisimulable, incapaz de esconderse en ninguna otra expresión que no fuese el asombro. Supe al momento que la casa llamaba, lo sentí en cada paso después de retirarme del lugar; y ella lo supo también “Acude” me susurró en el oído tras felicitarla por el trabajo “Acude a tu obra” y luego me dio un fuerte abrazo. Los días posteriores empecé a soñar con el sitio, lo veía en todas partes, toda cosa me la recordaba, y en ocasiones sentía la presencia de mi abuelo quemado incitándome a visitar el lugar. La decisión más difícil fue aceptar que era momento de marchar al sitio; lo menos difícil fue llegar.

El simple observar la construcción reavivó los cientos de historias en mi cabeza, las memorias terribles de todo lo sucedido en su interior, sumado a las leyendas, los mitos sobre lo que se anidaba en sus paredes, lo que crecía en su jardín, lo que se plantaba en sus tierras. Eran historias murmuradas, susurradas de unos a otros hasta llegar a mis oídos, en donde se volvían certezas, realidades, porque las palpaba, porque las comprobaba dentro de esas paredes. Y a pesar de sus destartaladas tablas y el tiempo transcurrido en ellas, el sentir permanecía; porque así es el pasado no resuelto, se vuelve un presente conflictivo.

Me acerqué a la puerta con sumo cuidado, procurando no delatar mi visita con pisadas muy fuertes, no deseaba remover lo que descansaba en su interior, despertar esas formas de vida extrañas que suelen ser los recuerdos, fantasmas perceptibles, reales. Pero el esfuerzo fue infructuoso, desde el vano de la entrada pude atisbar muy sutilmente a mi abuelo, a su cuerpo incinerado recibiéndome, caminando muy cerca, escondido entre los muebles, entre los pilares, evitando ser visto del todo, susurrando desde sus entrañas de fuego “Lo único perenne es la memoria” siempre lo repetía, incluso cuando su voz ya era escaza “Lo único eterno son los recuerdos” Y podía imaginar su aliento a carbón mientras me lo decía.

Y al continuar avanzando por los oscuros y opacos pasillos, por las funestas paredes que me envolvían, solo conseguía comprobar la veracidad de las historias, la forma en que la casa juega con tu cabeza, su plasticidad para transformarse y alterar las percepciones. El impacto fue mayor al verme a mí mismo -o una copia mía- ahí adentro, encerrado, capturado en una habitación de la cual no conseguía liberarme, ni ser escuchado a pesar de los gritos. Extrañamente, de las paredes emergían pequeñas criaturas que parecían tener un rostro indefinido, pero en el que encontraba familiaridades, los reconocía a pesar de su deformación; lo escabroso del asunto me hizo mirar a otro lado, pero todo el sitio se llenaba de raíces que formaban puentes, que daban frutos de los que emergían aves sin alas.

En mi perturbación solo continué siguiendo las huellas del anciano, del hombre carbón que era ahora. Me condujo hasta la cocina, en donde me esperaba un cuadro cubierto por una sábana. El abuelo me indicó descubrirla: era la pintura. La misma pintura abstracta de la chica, pero en esta ocasión, la imagen cambiaba hacia un rostro, hacia mi rostro.

“Lo único que persiste es lo que se cree” recordé escucharlo decir en algún momento “Lo único perenne es la memoria”

Rompí la pintura. Introduje mi mano en el pecho del hombre carbón y saqué su flameante corazón. Mi cuerpo se quedó estático, pensando, su voluntad se resistía, su consciencia permanecía anclada a la casa, al sentirla presente, al mantenerla viva a través de evocarla constantemente. Se rehusaba. La costumbre es un demonio terco. Pero cedió ante el tacto de mi pecho, al percibir el latir desaforado, necesitado de liberación. Entonces, dejé caer la llama, permití incinerar toda la casa, conmigo dentro. Nos permití quemarnos.

Nunca más necesité regresar a la casa, nunca más tuve que recuperarme de quemaduras. El hombre carbón se deshizo, y yo había vuelto a ser carne, reconstruido, mi propio Adán en molde de cenizas.

Estaba envuelto en el abrazo de la pintora, su obra abstracta reflejaba muy poco. “Bienvenido” susurró a mi oído. En el óleo nada observaba. Yo era la pintura, yo era la casa, y yo era el fuego para consumir mi propia existencia.

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