Todas las entradas por Carlos Quijano

Es redactor y editor en el blog Palabras comunes; cofundador del blog Arte y denuncia; redactor y coeditor de la revista digital Salto al reverso; fue redactor en la revista La tribuna de opinión (España). Su cuento 'La leyenda que contaba el abuelo', fue finalista seleccionado en la convocatoria hecha por Editorial Eleuterio (Chile) para la antología '10 cuentos sobre ecología'. Es autor de 'Claro Oscuro'.

DIAMANTES

Gente de carbón – Carlos Quijano

Observaba con curiosidad las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso, depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de los oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas. Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrecía en cintas magnéticas que vendía por metro. Rada comerciaba con emociones exiliadas que recogía día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que habían hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso; promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para notar si alguna mercancía le hacía un guiño. Se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado desde la crisis que hubo después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir, pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en un puesto de libros. Mulu, el servicial propietario, se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —dijo, intentando captar la atención de la chiquilla—. ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar.

Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas, aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos; producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estuviera Lara.

Durante un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero que estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso: era el suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio del que no se percibe el fondo. Estiró su mano para tocar la prenda, sintió la textura y lo supo. Se acercó a olerla y, muy por debajo de los fétidos olores del lugar, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

—¿Qué haces, niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

—Esto es de mi madre —respondió con valentía la chica.

—¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

—¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

—¿Dices trueque? —La voz sonó menos estridente, suavizada—. ¿Qué das a cambio? —dijo con total interés la vieja—. ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla.

La mujer miraba con detenimiento el suéter verde.

—No, ya recuerdo…, una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

—¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntó ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos, y prosiguió—: ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —Enseñaba, en sus manos pequeñas, un diminuto corazón que palpitaba acelerado de amor.

La anciana abrió los ojos muy sorprendida. Era un trueque muy tentador y pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

—No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter. Solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguro que ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter, caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, pintado en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando y anhelando encontrar a su madre. Lara se sentó sobre el camastro, apenas podía asomarse a la ventana. Había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

—¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritó, emocionada. No quería perderla de vista, pero no podía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor, guiada por un luminoso vínculo de amor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión, pero como pudo regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas, Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara apenas tuvo fuerzas para abrazarla y entregarle la pelota saltarina, por fin. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara, con ternura, la cobijó con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: A Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo; se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado después de juntarlos.

Derechos de autor reservados. Claro Oscuro, 2017.