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Porque de músico, poeta y loca, ¡me llegó más de lo que me toca!

Intimidad en las finanzas

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Dicen que nunca terminamos de conocer a las personas, incluyendo a nuestras parejas. Dicen también que hay cosas que solo se conocen con la convivencia diaria. De cualquier forma, mostrar nuestras finanzas y permitir que otra persona tenga injerencia sobre ellas no es una tarea sencilla.

En el episodio 6, conversamos con Juan José Salcedo sobre sus experiencias y recomendaciones para facilitar la transición de una planificación financiera personal a una de pareja o familiar.



Como cada jueves, en nuestra transmisión en vivo conversamos sobre nuestras experiencias alrededor del tema y las conclusiones que nos llevamos del episodio. Estas incluyen:

1.- La transición de finanzas individuales a una concensuada como pareja no es fácil. Pero precisamente la incomodidad del tema hace que sea necesario manejarlo cuanto antes. De no hacerlo, se parecerá a una bola de nieve que va creciendo con cada vuelta que da al caer de la montaña… Cuando llegue al piso y tratemos de hacer algo, puede ser muy tarde o muy costoso.

2. La mejor estrategia es la que se construye conjuntamente. No hay recetas únicas que funcionen para todas las parejas. No hay procesos infalibles para todos los casos. El manejo de las finanzas en pareja tiene que ver con factores culturales (concepciones sociales) y personales (paradigmas), y como tales se pueden rediseñar y reconstruir.

3. Comunicación. Si hay alguna recomendación que puede pensarse transversal, es esta. Las sugerencias para que el proceso de comunicar involucre menos tensión o incomodidad, incluyen la creación de un espacio cómodo y seguro que invite a la apertura de ambas partes, y la asociación de “niveles” de intimidad financiera a hitos en la relación (por ejemplo, el cumplir un año de novios, el momento en que deciden vivir juntos, el momento en que deciden comprometerse, etc.).

Sobre esta última, mi anécdota más reciente sucedió apenas hace dos días. Decidimos irnos de viaje familiar. Conversamos sobre todo —hora de salida y regreso, actividades varias y hasta las prendas que vestiríamos–, pero no hablamos de dinero: todos asumimos que el otro llevaba efectivo. El tema surgió cuando estábamos por llegar y, aunque nos dimos cuenta de que no teníamos suficiente efectivo entre los tres para lo que teníamos planeado, pensamos que no sería problema ya que asumimos —si, nuevamente— que en nuestro destino habría un cajero automático.

Pero cuando llegamos, nuestros temores —hasta ese momento casi inexistentes— se confirmaron: no había cajeros automáticos, ni tiendas con servicios de corresponsalía no bancaria, y nadie aceptaba transferencias a cambio de efectivo.

Aunque disfrutamos muchísimo del viaje, y a pesar de que finalmente si nos alcanzó el efectivo para el almuerzo 🙈🙈, la situación pudo ser más compleja. Una mención, una simple conversación sobre el tema pudo evitar un mal rato. Así que mi invitación adicional es: por favor, ¡no asumamos!


Finalmente, entre los anuncios de la semana, aprovecho para compartirles que desde este episodio introdujimos una nueva sección de transmisión en vivo: Check-in – Reportando avances. La idea de este espacio es empujarnos a tomar acción sobre lo que descubrimos con los episodios. ¡Nos encantaría que nos acompañen!

¿Y si es más simple?

Publicado originalmente en Salto al Reverso

Fotografía: Guisella García Bacilio

¿Y si en lugar de acelerar,
de dudar, de exasperarnos,
de engañar y autoengañarnos,
nos permitimos explorar
y con nuestro ser conectar?
¿Y si en vez de limitarnos
y, a veces, aferrarnos
a expectativas sin cesar
y la disrupción evitar,
decidimos arriesgarnos?

Porque eso de complicarnos,
de hacernos esperar
y nuestros sueños aplazar
más allá de relegarnos,
de nuestra esencia alejarnos,
tal vez se puede mejorar
al optar por simplificar
y transparentes mostrarnos.
No es fácil sincerarnos,
pero mucha paz nos va a dar…

Tal vez ayude recordar
que “perfectxs” procurarnos
para salir y lanzarnos
equivale a supeditar
nuestra decisión de comprar
a una lotería ganarnos;
incluso, tras enterarnos,
de que en cuotas nos va a llegar
—cada instante, al respirar—.
¿Tiene sentido privarnos?

¿Cómo elegimos nuestro vestuario?

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Según la ocasión, podemos escoger prendas muy cómodas o muy sofisticadas, coloridas o de tonos neutros, atrevidas o recatadas. Dado el contexto, cada persona construye su estilo (con o sin intención), en función de lo que valora y de las influencias que recibe.

Nuestro vestuario es, quizás, la forma más frecuente de comunicación con el mundo y con nosotras(os) mismas(os): si estamos tristes, tendemos a ponerle menos empeño; si celebramos algo, le dedicamos más cuidado del usual. Lo interesante, es que pese a su importancia, no siempre somos conscientes del mensaje de identidad y el poder (energías) que conlleva.

En el episodio 5 de Adultez Verde: Encontrando nuestra identidad a través de la moda, conversamos con Sasha Santamaría sobre cómo escucharnos y comunicarnos a través del arte del vestir.

Una de las conclusiones del episodio, es que nuestro estilo y preferencias al vestir evolucionan en el tiempo, al igual que nosotras(os). Sin embargo, revisando un álbum de fotos mientras buscaba fails de estilo para nuestras publicaciones, luego de la transmisión en vivo de la semana, encontré también fotos de mi niñez que me dejaron algunas reflexiones.

Algo de contexto para lo que viene:
Cuenta la leyenda que, antes de hablar siquiera con claridad, aprendí los colores y formas de mi vestuario para usarlo y combinarlo según mis propios gustos. Cuenta también que el espacio en el que más temprano se notó mi terquedad fue, precisamente, en la elección de mi vestuario.

Con eso, les resumo lo que llamó mi atención en las fotos de mi niñez: aun cuando elegía mi ropa consistentemente, no encuentro un estilo definido ni en colores, ni en tamaños, ni en combinaciones (pueden ver una muestra en el collage a continuación). Todo lo contrario, creo que aprovechaba cada contexto y cada atuendo para que fortalezca el brillo en mis ojos, para que realce mi esencia más allá del cómo se veía, reforzando otra de las conclusiones del episodio: nuestro vestuario es la forma de compartir, sin palabras, quiénes somos y qué nos mueve.

Selección de fotografías: Klelia Guerrero García

Y llama mi atención porque se dice que, en muchos sentidos, al nacer somos como una hoja en blanco y que vamos aprendiendo de nuestro entorno en la medida en la que vamos creciendo. ¿En qué momento ese aprendizaje me hizo olvidar lo que hacía naturalmente cuando pequeña? Y si no tener estilo definido es lo natural, ¿esto refuta nuestra primera conclusión? Y es que al final del día, el vestuario es un constructo social, y es este el que evoluciona en el tiempo, al igual que la interpretación que cada persona hace de ese constructo.

Nuestra tercera y última conclusión del episodio es que la ropa tiene poder y que, por tanto, es nuestra responsabilidad descubrirlo y aprovecharlo. Si lo que nos ponemos da un mensaje diario de quiénes somos y qué nos importa, es bastante lógico que dediquemos algo de tiempo para observarlo y optimizarlo. En el collage, la foto inferior derecha me muestra que, cuando pequeña, también sabía cómo hacer eso: me auto-confeccioné una corona de tela, le puse adornos y la usaba en casa.

¡Cuánta sabiduría, pequeña Klelia! ¡Gracias por todas tus enseñanzas de esta semana!

Ganando perspectiva desde las montañas

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿De qué disfrutamos?

Los pasatiempos: algunos duran muy poco y se convierten en memorias antes de que nos demos cuenta; otros, aún con una entrada aparentemente inofensiva, van ganando terreno en nuestras vidas y llegan para quedarse. No importa si se quedan o se van, normalmente nos dejan “regalos” que no estaban en el contrato (la decisión de practicarlos). Es decir, nos muestran versiones de nosotras/os que no conocíamos o nos enseñan a desarrollar cualidades que no se nos dan tan fácilmente.

Por esto, el episodio 4 de Adultez Verde: Ganando perspectiva desde las montañas, conversamos con Carlos Trujillo para rendir tributo a las sorpresas y enseñanzas que nos han dejado tan curiosos personajes.



Era “oficialmente” feriado nacional, pero me desperté temprano porque tenía un pendiente de trabajo que, pese a parecer corto, se dilató y me invadió el fin de semana. Esto, para completar una semana en la que, con el fin de definir o implementar estrategias alrededor del podcast, pasé más tiempo del que acostumbro frente a una pantalla. De cualquier modo, llegó el sábado y con ello una visita. Así que más allá de los pendientes decidí desconectarme y proponer un paseo en el campo. Aquí un par de comentarios sobre mi propia y más reciente experiencia con los pasatiempos y las montañas, y la nuevas perspectiva que me dio sobre las conclusiones expuestas tanto en el episodio como en nuestra transmisión en vivo:

Los hobbies pueden ayudarte a conocer gente nueva y diversa
Si, es cierto. Los pasatiempos ayudan a permear ese filtro “burbuja” que las redes sociales tanto físicas como digitales causan al reforzar únicamente la práctica de lo que ya sabemos que nos gusta. No obstante, este razonamiento también funciona al revés: rodearnos de diversidad y tratar activamente de conocer personas fuera de esa burbuja puede acercarnos a nuevas posibilidades, perspectivas y actividades; puede actuar como un recordatorio orgánico de la riqueza que ofrece el probar(nos) en espacios que están fuera de nuestra zona cómoda. En nuestro caso, sin planearlo, cuatro personas con diferencias de orígen y residencia, edad y preferencias, que no se conocían más allá de intercambios muy puntuales, decidieron juntarase y ser parte de la salida.

También regalan dosis de humildad, nos recuerdan lo mucho que tenemos por mejorar y soltar
Soy estructurada para algunas cosas, y me gusta la “claridad” —concepto en el que, a veces, incluyo la ilusion de control— sobre cómo será mi día, a qué le dedicaré tiempo o cuál es el proceso que seguiré en torno a cualquier objetivo. Esta vez, al estar ocupada con el trabajo, decidí transferir la responsabilidad de la organización. Lanzarme a ser parte de algo planificado por alguien más, sin tener idea alguna de qué incluiría y, por tanto, sin saber cómo prepararme para ello —¿debía llevar traje de baño? ¿Habría comida? ¿Necesitaríamos pagar entrada?— no es lo que acostumbro, pero me lo permití. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Fue un ejercicio pequeño pero no menos valioso para soltar un poco esa necesidad de control, para fluir y aprovechar el contexto con lo que viene, con gran potencial si se logra extrapolar conscientemente a otras situaciones. Y es que esa sensación de cualquier control se reafirmó como ilusoria cuando, pese a que no todas/os querían bañarse en el río para evitar el frío, su “decisión” solo fue válida hasta que el clima se decidió por la lluvia y nos empapó en el camino de regreso hasta el auto (30 minutos aproximadamente).

La clave es encontrar tu propio ritmo y disfrutar con quienes te acompañan, como en la vida
Nuestra condición física y el nivel experiencia en terrenos retadores como ese, eran distintos. Nuestras expectativas sobre cómo sería el día y nuestra apreciación de la naturaleza muy probablemente también diferían. En consecuencia, cada uno eligió el ritmo al que ir, la profundidad del agua en la que nadar, el número de fotos que quiso capturar, la cantidad de agua que llevar… Respetar la individualidad, mientras se mantiene la empatía de grupo, de estar alertas y dispuestas/os a ofrecer nuestra ayuda si alguien más está en problemas es un enfoque con gran valor para aprovechar mejor nuestra existencia.

Quizás nada de esto te resulte nuevo pero creo que, en conjunto, conlleva un recordatorio poderoso: la invitación a explorar, no solo a través del hacer como resultado, sino también de la forma de hacer; con curiosidad genuina sobre lo que hay afuera y con apertura y versatilidad, a la aventura.

¿Nos dejamos sorprender?

Viendo(nos) con otros ojos

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía; Klelia Guerrero García

¿Cómo nos vemos?

Si has usado lentes, seguro coincides con nosotras en que estos pueden ser de mucha ayuda o un gran impedimento (como cuando se empañan al beber algo caliente o al usarlo junto con la mascarilla 🙄). Si no los has usado, estas últimas situaciones se parecen a cuando tratas de ver a través de ventanas sucias, empañadas o mojadas. Asimismo, la perspectiva con la que nos vemos puede marcar la diferencia en nuestra autodefinición y en cómo nos mostramos al mundo. Por esto, en el episodio 3: Viéndo(nos) con otros ojos, conversamos con Samuel Cartaya, experto en musicoterapia, sobre la introspección.



Como cada jueves, Taty y yo nos conectamos a nuestra transmisión semanal en vivo. No obstante, esta vez, teníamos un elemento nuevo: un juego de cartas que propone preguntas que promueven la introspección. Este “juego” se deriva de un proyecto alrededor de la construcción consciente de vínculos y conexiones profundas. Para lograrlo, las preguntas ayudan a observar y compartir sobre temas poco comunes desde tres niveles. El primero es la percepción, es decir, revisa las impresiones que tenemos de los demás o que los demás tienen de nosotros. El segundo es un poco más profundo, se trata de la conexión entre los jugadores: busca compartir características, ideas y emociones sobre las cuales se puede coincidir. El tercer nivel es la reflexión, que me resulta muy interesante porque conecta con las conclusiones de nuestro tercer episodio y con mis observaciones personales de la semana.

La palabra reflexión puede tomarse de varias formas, dos de ellas son: reflejar y meditar. En cuanto a la primera, estas cartas —y los procesos de introspección, en general— nos permiten observar cómo lo que vemos en los demás es, en realidad, muestra de lo que somos y tenemos. Un ejemplo es cuando las características o acciones de otros nos afectan, y llega el momento “ajá” en el que notamos que hacemos exactamente eso que nos molesta. Otro, cuando admiramos y felicitamos lo que vemos en otro, ya que eso solo es posible si nosotros (re)conocemos la belleza y/o el potencial de dicha característica.

La segunda, podría definirse como lo que hacemos a partir de la “observación”. Una analogía simple pero que puede resultar interesante proviene de la frase: “el césped del vecino siempre luce más verde”. ¿Qué hago con eso? ¿Le pregunto a mi vecino sobre la variedad que sembró o si tiene recomendaciones sobre cómo cuidarlo? ¿Contrato a alguien para que me ayude a cuidarlo? ¿Vivo enojada/o con la vida porque creo que la situación es injusta pero no hago mucho para cambiarla? ¿Me desánimo por el resultado y dejó de cuidar mi césped?

Puede sonar exagerado, pero esas son las actitudes que tomamos sobre ciertas situaciones —en particular las que nos son más importantes— . Y es allí donde entra la meditación: parar, observar, decidir, actuar. Quizás, sin importar el tiempo o cuidado que le dedique a mi césped, nunca va a lucir como el de mi vecino. Sin embargo, una meditación real nos puede mostrar que no es necesario que sea así, y que el hecho de que dos patios conjuntos estén bien cuidados da más beneficios al barrio de los que cada dueño “recibe” individualmente.


En resumen, este episodio es una invitación a que estemos abiertas/os a redescubrir nuevas formas de vernos y de ver el mundo para que, sin importar el verdor de nuestro césped —la etapa en la que estemos—, apreciemos nuestro ser en todo su esplendor y valoremos nuestra unicidad, mientras contribuimos a alegrar el barrio.

Nada es tan grave

Publicado originalmente en Salto al Reverso

Fotografía: Klelia Guerrero García

Confieso que tengo días
en los que me pongo esquiva
aunque mi intuición se aviva.
Reducen mis energías
y, pese a las alegrías
que recibiré al compartir,
me es más fácil reducir
aquellas interacciones
que dan las conversaciones
en las que he de intervenir.

Es que al ser introvertida
me resulta atractivo
escuchar, en rol pasivo,
lo que el hablante convida…
¡es seguro salvavida!
Mas esa actitud impide
e incluso hace que olvide
que, según la perspectiva,
es grande o chica la oliva:
¡y así el miedo que se mide!

Como un viaje me enseñara,
el compartir nuestra historia
—esa pérdida o victoria—
sería puente y no mampara
si la escucha acompañara.
Y así, tras el grande cielo
que nos envuelve en el vuelo
veríamos también el ave,
que dice: “nada es tan grave”.

Migrando ando: localidad y pertenencia

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿De dónde eres?

Normalmente, esa pregunta es parte de las primeras interacciones entre dos personas. Sin embargo, aunque así lo parezca, la respuesta no siempre es tan obvia, especialmente con la concepción cada vez más globalizada de la vida. Tanto para Tatiana como para mí, las experiencias migratorias asociadas con oportunidades académicas, profesionales y personales, representan huellas decisorias sobre quienes somos hoy. Eso es, precisamente, lo que quisimos compartir a través del segundo episodio de Adultez Verde: “Migrando ando: localidad y pertenencia”.



Era una noche de jueves, el tercero de marzo de 2021. En la transmisión en vivo para la promoción de nuestro segundo episodio, contamos algunas anécdotas adicionales de nuestras etapas como migrantes. Aprovechamos también para recapitular algunas de las conclusiones a las que llegamos en esa conversación con Marge García, nuestra invitada, entre ellas: la importancia de reconocer que migrar conlleva tanto costos como recompensas, a menudo mayores a los previstos; el valor de la apertura para aprovechar las enseñanzas que las diferencias culturales y de contexto nos pueden ofrecer; y, la dosis de humildad que puede regalarnos el estar solos en situaciones desconocidas.

Tras la grabación me dispuse a salir, pues tenía una invitación a cenar aprovechando mi visita a la capital. Llegó, entonces, José Arsenio, el conductor de Uber asignado para el viaje. Como siempre, tomé el asiento del copiloto y empezamos a conversar sobre cómo estuvo nuestro día y de dónde provenía nuestro acento, ya que ninguno de los dos sonaba quiteño. Aquí un poco de su historia: originario de Baños, oficial retirado de la milicia que vivió en Quevedo y Latacunga mientras estaba activo, y migró a Londres tras la crisis económica, financiera y social que enfrentó Ecuador desde 1998. Para dar un poco de contexto, esa crisis nacional significó que los ahorros de cientos de miles de familias se vieran atrapados en el sistema bancario y licuados en valor, dado el proceso que devaluó nuestra moneda oficial previa en aproximadamente 400% durante ese año y dio paso a la dolarización de nuestra economía.

Mi curiosidad seguía creciendo, así que hice un par de preguntas adicionales: ¿Qué dejó atrás al momento de partir? ¿Cómo y en cuánto tiempo logró adaptarse —puesto que tenía más de cuarenta años de edad y cero conocimientos de inglés al migrar—? ¿Qué lo hizo volver? Más allá de sus respuestas, su historia me regaló un nuevo elemento para la narrativa sobre la migración: las migraciones forzadas pueden representar situaciones más crueles de la que podemos imaginar, por lo que requieren no solo de nuestra empatía, sino de nuestra acción.


Más tarde, una conversación con quien disfruté de la cena a la que me dirigía, agregó otro elemento: “nuestro país (Colombia) tiene rabo de paja en este asunto; hemos migrado tanto y a tantos países, que no podemos pensar siquiera en negar la entrada a alguien en necesidad”. ¡Qué hermoso sería que, como sociedad, mantengamos en la memoria aquellos momentos críticos, en los que también los nuestros tuvieron que moverse! La migración no es un fenómeno nuevo y su “expectativa de vida” se ve acotada solo por nuestra existencia. Si bien puede generar retos sociales asociados con la capacidad de recepción de los países de destino, es muy probable que no haya país alguno sin rabo de paja en el tema, por lo que estar de un lado u otro de la moneda es solo cuestión de tiempo.

Sin mayor sustento técnico, me atrevo a afirmar que la migración es imperativa para nuestra evolución e integración, como personas, sociedades e incluso como civilización. Recurro, entonces, a una de las ideas mencionadas en nuestro episodio: más allá de las lecciones de geografía que nos dieron en la escuela, la vida —y, particularmente, estos tiempos de pandemia— nos está recordando que somos una sola familia (la humanidad) y que habitamos en la misma casa (el planeta Tierra). Actuemos en consecuencia.

Compañía en la ruta

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Jacob Chan
Edición: Klelia Guerrero García

Sea que prefieras lo estable
o que te atraiga la ilusión
de lo nuevo y su emoción,
me parece inevitable
que la duda llegue afable.
Y es que aunque no sea invitada
de cualquiera se hace aliada
para provocar confusión,
idealización e inacción,
y una existencia “pausada”.

Si estás en el primer caso,
será la movilización
la fuente de perturbación,
y al inicio o al ocaso
la acusada del fracaso.
Si tu grupo es el segundo,
aunque entiendas lo fecundo
del silencio y de su abstracción,
el cambio será tu adicción
en cualquier rincón del mundo.

Sin juzgar ni escandalizar,
más allá de la exposición
y hacia ambas mi afición,
quizás nos sirva agilizar
la observación, y analizar
la fuente de tal posición.
Que esta sea una decisión,
un resultado consciente
—más del ser que de la mente—
en lugar de una distracción.

Aceptando que “Don Miedo”
estará en cualquier opción,
es mejor que nuestra elección
—sea carrusel o torpedo—
sea propia, ¡más no un remedo!
Invitémoslo a la ruta
quién sabe y, si la disfruta,
tiene la consideración
de aclararnos la visión
mientras llega y nos escruta.

El nacimiento de “Adultez Verde”

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Imagen: Adultez Verde Podcast

Llegaron (o casi) los 30. Llegó una larga época de cuarentena y restricciones sociales causadas por la pandemia mundial. Llegaron esas preguntas que habíamos ignorado en el pasado, con mayor fuerza, todas a la vez. Llegaron los redescubrimientos del significado de nuestra humanidad, de la importancia de compartir y generar comunidad. Llegó el momento de ser, aunque eso signifique salir —¡y bien lejos!— de nuestra zona de confort. Llegó el momento de (re)construir(nos) más allá de las estructuras nos hemos auto impuesto.

….

Era un fin de semana de noviembre de 2020. Luego de seis meses de silencio entre Tatiana y yo, una “casualidad” nos volvió a juntar. Decidimos hacer una videollamada y, luego de las actualizaciones usuales —novedades con la familia, el trabajo, el corazón—, hubo una nueva “coincidencia”: ambas habíamos intentado, sin éxito, involucrar a otras personas para trabajar en la creación de un podcast. Su idea inicial era revisar la diferencia de perspectivas entre generaciones sobre temas cotidianos (principalmente millennials y Z’s); la mía, invitar a la movilización y participación social alrededor de temas cotidianos (especialmente en nuestra generación). ¿Sería posible amalgamar nuestras ideas y crear algo juntas? Decidimos darnos una semana para pensar individualmente en las opciones disponibles, antes de volver a conversar.

Entre ese día y nuestra siguiente llamada ambas vivimos días retadores, que nos animaron a poner sobre la mesa temas más profundos: nuestros procesos de introspección. En resumen, el último año nos había conducido a revisar y reconstruir nuestra autodefinición, reconocer nuestro deseo de consolidarnos como miembros de una comunidad, y abrazar nuestro anhelo de construir algo propio. Notamos también que, más allá de la diferencia de contextos, nuestros aprendizajes, dudas y miedos se parecían mucho más de lo que hubiésemos podido imaginar. Así pues, decidimos que el podcast sería un espacio para conversar, reflexionar y reírnos sobre lo que se dice —y lo que no— alrededor del limbo entre la juventud y la adultez.

Nos pusimos manos a la obra y empezamos por escojer un nombre. Tras analizar aproximadamente diez opciones en tres horas de reunión, vimos la luz, se llamaría “Adultez Verde”. Pese a ser responsables de nuestras deudas y necesidades desde hace casi una década, ambas negábamos en cierto nivel nuestra condición de adultas; nos sentíamos “verdes”, poco preparadas y renuentes para habitar la adultez.

Una vez superadas las dudas logísticas, empezamos a grabar. Tuvimos al menos cinco episodios grabados antes de sentarnos a escuchar nuestra primera grabación. ¿Realmente sueno así? ¿Por qué divago tanto? ¡Mi risa delata mis nervios! ¡Tengo tal o cual muletilla!… Podría continuar. Escucharnos desde el corazón en lugar de nuestra necesidad de perfección, reconociendo y apreciando el poder de nuestra humanidad fue, sin duda, uno de los aprendizajes más inesperados y valiosos del proceso.

Más tarde, a pesar de que ya teníamos cerca de diez episodios pulidos, no parábamos de aplazar el lanzamiento. Los pretextos incluían detalles sobre el material promocional, la edición musical o la idoneidad del contexto; todo servía para seguir paralizadas por el miedo que nos daba exponernos así al mundo, especialmente ante nuestra familia y amigos. Cuando por fin lo vimos, decidimos arriesgarnos más allá de las dudas, de las expectativas y de la imagen que creamos y creímos nuestra. Hacer camino al andar era la mejor —si no, la única— forma de empezar a sanar para lograrlo.

Con la publicación oficial de nuestro primer episodio, Adultez Verde ya es una realidad. Además de ser nuestra terapia pública, aquel empujón que nos echó al agua y nos está enseñando a nadar, es un llamado a revisar juntos nuestros paradigmas y preconceptos y a darle la oportunidad a aquellas historias que aún no ven la luz.

Nos encantaría saber de tí, escuchar y compartir tus vivencias y anhelos, por lo que si algo de todo esto resuena contigo, te invito a ser parte de la familia Adultez Verde y escuchar nuestros episodios, disponibles a través de Anchor y Spotify todos los miércoles.