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EL HOMBRE BÚHO

La oficina entera vibró por el fuerte estruendo; las ventanas panorámicas se agitaron por varios segundos, emitiendo un prolongado golpeteo. El enorme florero ubicado en la esquina amenazó con caerse y hacerse añicos, mas solo fue una amenaza, permaneció intacto en cuanto el trueno se desvaneció. Lo único que no sucumbió a los temblores fue el largo escritorio de madera, que se mantuvo rígido, soportando el peso del cadáver cuya cabeza descansaba en su superficie, sangrando por los agujeros en sus temporales; sangre que se escurría por el borde, caía por las patas de la mesa y chorreaba gota a gota en el suelo, formando un charco carmesí; negro en la oscuridad del lugar.

Toda la ciudad era visible desde aquel alto piso. Las primeras gotas de lluvia empañaron el vidrio de la pared y transformaron las luces de la ciudad en estrellas borrosas, desfiguradas; puntos de colores que se extendían a lo largo de Guayaquil en aquella noche plutónica. Tras acumularse, descendían por la enorme ventana como una cascada.

Sentado en la esquina de la oficina, intentaba marcar el número en su celular, pero el nerviosismo, muy reflejado en los torpes movimientos de sus manos, se lo dificultaba. Sus pálidas mejillas se inflaban y desinflaban de forma acelerada, escupiendo gotas de saliva en cada nueva espiración. “¡Maldita sea, encuentra el jodido contacto!” repetía en su cabeza. Lamió la manga de su camisa y la utilizó para limpiar la sangre seca de la pantalla de su teléfono. Sus manos persistían rojas y la sensación de aquella sangre secándose en los pliegues de sus dedos era nauseabunda.

Timbró, timbró, timbró… Buzón de mensajes.

Colgó.

El feroz rayó iluminó el cadáver a pocos metros. Notó el charco en el suelo y la fuente de procedencia: aquella cabeza atravesada por una bala minutos antes. Tomó el arma tirada a su lado y la colocó en su propia cabeza. Cerró los ojos. Su dedo se acomodó en el gatillo, temblando; hizo un poco de presión, decidido; mas se detuvo ante el timbre de llamada.

Contestó con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Yo…yo… —su mirada se paseaba por el cadáver, por el rostro inerte que lo observaba fijamente con enormes ojos amenazantes, vivos por sí solos, fijos en la penumbrosa nada que envolvía la oficina.

—He matado a alguien—soltó—, le disparé en la cabeza, está recostado contra mi escritorio, ¡Está muerto!

—No, no; no puedes haber matado a alguien—respondió la voz—, debe ser una confusión.

—¡La sangre chorrea en el piso! —exclamó—, te digo que está muerto, ¡Le volé la cabeza, por amor de Dios! Está muerto.

—Asegúrate de lo que dices—pidió la chica—. Comprueba que en verdad sea así.

—Qui… ¿Quieres que compruebe si está muerto?

—¡Compruébalo todo!

Tomó una grande bocanada de aire. Apoyó el celular en su pecho, sin cerrar la llamada, y caminó lento hasta el cadáver. Sentía la mirada del difunto seguirlo en cada paso, midiendo sus acciones; se detuvo a su lado, guardando un poco de distancia con la silla en que descansaba el muerto. La posición en que cayó después del disparo parecía ser perfecta para un descanso eterno. Brazos extendidos en su totalidad en el escritorio, cabeza de lado y tronco recto.

—Lo…lo estoy viendo.

—¿Tiene un agujero en su cabeza?

Su mandíbula trituraba aire, chocaba sus dientes unos con otros; estar cerca del cadáver aumentaban sus náuseas funestas.

Echó un rápido vistazo a la cabeza, retirando la mirada con brevedad.

—Lo tiene.

—Tócalo—dijo la chica—, introduce tu dedo en él.

—¿Qué diablos dices? ¡No pienso meter mi dedo en su cabeza!

—Hazlo. Tienes que hacerlo, asegurarte.

Tiró de sus propios cabellos, desesperado. Tomó aire, cerró los ojos y extendió una de sus temblorosas manos, que se agitaba en el aire con vida propia, dominada por el miedo y la culpa. Palpó la cabeza del cadáver y encontró el agujero de bala. Introdujo un dedo en él. El interior estaba caliente y húmedo.

—¿Y bien? —insistió la chica.

—Tiene el agujero.

—¿Estás seguro?

—¡Tengo el maldito dedo metido en él!

—¿Sangra?

—Sí que sangra, maldita sea. ¡Sangra y mucho!

—¿Cómo están sus ojos?

—Abiertos.

—Entiendo. Tranquilo, no te desesperes ni intentes ninguna locura.

“Ninguna locura” palabras que le recordaron el tacto del metal contra su sien. Estuvo por dispararse, en serio estuvo por hacerlo. De no ser por la llamada entrante, probablemente sus sesos estarían esparcidos en toda la pared.

—¿Qué hago con el cadáver?

—Nada. Solo…

—¿Hola? —el sonido se perdía en una molesta interferencia—¿Me oyes? ¿Hola?

Cortó.

“Jodida lluvia”

Se espantó con el fuerte clamor de la tormenta, que volvió a iluminar las facciones difuntas del hombre a su lado. Los ojos del cadáver lo volverían loco, daban la impresión de que no dejaban de examinarlo con malicia, como queriendo memorizar cada parte de su asesino para cuando se encuentren en la vida próxima. Resurrección, reencarnación o una eternidad en el infierno, cualquiera que sea, esos ojos juraban tomar venganza llegado el momento.

Decidió cerrárselos. Mirando hacia otro lado, sus dedos bajaron delicadamente los párpados del hombre que yacía muerto. Notó que el tacto era frío; solo entonces reparó en que la muerte estaba realmente a su lado, compartiendo oficina con él. Fría, callada, limitándose a observarlo todo desde su sepulcral oscuridad.

Pensar en ello lo puso a temblar. Volteó hacia la ventana panorámica, hacia el opaco paisaje de la ciudad. La cascada de agua bajando por el vidrio lo deformaba todo. Vio el faro a lo lejos, con su foco encendido. A pesar de llevar años viviendo en la ciudad, nunca se había preguntado si el faro seguía funcionando para guiar embarcaciones. Habría deseado ser iluminado por el faro, ahí en su oficina. Necesitaba un poco luz para calmarse, para pensar mejor.

Nunca se planteó el hecho de la falta de faros en sus días. Sus caminos fueron siempre guiados por la pura intuición, por la toma de decisiones al azar o por un poco de meditación sin experiencia. Se tambaleaba, era víctima de turbulencias en sus constantes vuelos, mas se reponía con la poca ayuda brindada por la luna. Y era una noche sin luna la que tenía en frente. O el agua no le permitía verla. Así como impedía distinguir su reflejo por completo. Era capaz de diferenciar sus piernas y sus zapatos, también parte de su torso, con su saco y el reloj de pulsera en su mano. Mas de su rostro y mano izquierda no veía nada. Se agachó, sin conseguir resultados.

Dio un largo suspiro y se dedicó a contemplar el paisaje. Ver la ciudad lo relajaba, era una conexión mutua, él la veía y las luces de la ciudad lo veían a él. ¿Lo veían? ¿En qué estaba pensando? La ventana abierta cuando tenía un cadáver encima de su escritorio, ¡La ciudad entera podía ser testigo! Su respiración se aceleró, el pánico escaló por su espina dorsal hasta estallar en su cabeza. Por su piel resbaló sudor frío ¿Debería cerrar las cortinas ahora? se cuestionaba. Se congeló sobre sus pies. Sintió la sangre en sus manos escurrir una vez más, impulsada por el sudor de sus palmas. ¡Cierra la maldita persiana!

Tuvo un pequeño resbalo al correr al extremo de la oficina, mas se repuso y siguió en marcha. Con movimientos exasperados tomó la manivela e intentó cerrar la persiana, tarea que se complicó al enredarse con sus propios dedos. En desesperación, la paz externa recibía su mundo caótico con rechazo, lo retrasaba y procuraba que el intruso dominando su cuerpo no contagiase la calma reinante.

Lo consiguió más tarde de lo que pudo haberle tomado. Corrió hasta el otro extremo e hizo lo mismo. La oficina se sumió en total silencio. Estado persistente que solo lo sintió llenar su piel en cuanto aisló su oficina del mundo exterior.

Se sentó en la misma esquina, junto al arma. La miraba de atisbo, tentado. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Pronto fue capaz de ver las formas que lo rodeaban; el florero de la esquina adyacente, la puerta en medio de la oficina, la lámpara colgante sin funcionar. Vio las patas del escritorio y a un lado las de la silla, a las que se agregaban los pies del cadáver; al que también era capaz de observar; sentado con rectitud en la silla, con su cabeza colgando, el mentón contra su pecho.

¿Sentado? Refregó sus ojos. ¡El cadáver estaba sentado! No lo recordaba así, ¡La cabeza estaba contra el escritorio! Se desangraba acostado, ¡No sentado!

Empuñó el arma.

En su oído retumbaba un molestoso latido, el corazón mismo intentaba escapar por su oreja. Se puso de pie con cautela. Utilizó su celular para activar la linterna, sirviendo para comprobar lo que sus buenos ojos le comunicaron: el cadáver estaba sentado, cabeza gacha.

Se acercó con pasos temblantes. Pensó que quizás lo movió sin intención en aquel apuro por cerrar las persianas. Pudo ser algo inconsciente y por ello no lo recordaba. Paso a paso, respiro a respiro, extendió su mano, ademán de querer sostener el hombro del difunto, regresarlo a su posición de origen.

Un trueno se comunicó con su miedo.

El cadáver se comunicó con él.

—¿Pensaste que una simple bala en mis temporales me mataría? —preguntó el cadáver—¡Sorpresa! no estoy muerto.

Su voz resonó en toda la oficina. Elevó la cabeza, llena de sangre coagulada, y su mirada -aquella misma mirada dilatada—se centró en su asesino.

—Yo…yo te disparé—se alejó con furor, tropezando con su propio pie, terminando en el suelo—¡Tu cabeza está agujereada!

El cadáver se levantó, palpó los hoyos de bala en su cabeza, riendo.

—Esto no es nada. Me funcionarán como oídos para escuchar tus lamentos.

—¡No es posible!—exclamó—, no puedes estar vivo.

De la boca del difunto estalló una enorme carcajada. Su mirada era solo un vestigio de la humanidad dejada detrás, en el plano terrenal del que ya había partido.

—Tal vez no lo estoy—respondió—, lo que no quiere decir que no pueda estar de visita.

—No, no, no—repetía desde el suelo, alejándose a rastras—; esto está mal, debo estarlo imaginando todo. ¡Es una maldita ilusión! la lluvia es la culpable.

—¿Te parece esto una ilusión? —tomó en su dedo índice un poco de la sangre de su cabeza y procedió a lamerla—. A mí me parece muy real. Su sabor es tan… perceptible.

Se apuró gateando hasta la esquina de la oficina, elevó el arma, apuntándola contra el resucitado.

—Un paso más y te vuelvo a volar la cabeza.

—Eso no sería un problema para mí. Resucité una vez, podría volverlo a hacer.

Sin dejar de ser apuntado, el cadáver viviente arrastró la silla hasta la esquina, sentándose a pocos centímetros del hombre causante de su resurrección, de su partida pasajera a un universo que no estaba dispuesto a aceptarlo.

—¿Estás rezando?—preguntó el hombre antes muerto.

Con el arma pegada a su pecho, el sujeto susurraba palabras para sí; ojos cerrados con fuerza y dominado por sacudidas constantes en sus extremidades. Oraba a alguno de los Dioses estelares, a cualquiera que desease escuchar sus plegarias. Lo único que le importaba era que no se tratase del Dios de lo nebuloso, de penumbras y fuego. Porque estaba bastante seguro de que era ese, precisamente, el que tenía en frente.

—Estoy pidiendo perdón por lo que haré—respondió.

—¿Qué harás?

—Terminar con este martirio.

Elevó el arma y la apoyó en su sien. Ahí estaba el tacto metálico una vez más. Un toque familiar, un beso prohibido que sentía añorarlo cual caricia de una antigua amante. Y su cabeza la recibía sin quejas, resuelta a enfrentar el furor pasional de aquellos labios metálicos.

—¡Oh, por favor! —exclamó el cadáver—. Está bien, adelante. Te aseguro que eso no servirá de nada. Además…

Acercó su rostro al del hombre suicida, implantándole un horror jamás antes conocido, causado por aquella mirada inquietante que mantenía incluso antes de resucitar, por los agujeros latentes en los laterales de su cabeza; por la sangre seca coloreando su rostro.

—Del otro lado—continuó en susurros—, lo espantoso abunda. Dímelo a mí, que acabo de llegar del lugar.

Su receptor mantenía los ojos cerrados, negándose a ver al ser perteneciente al linaje del Dios de lo prohibido.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó.

El hombre abrió los ojos. Y tras mirarlo, disparó.

El seco sonido del gatillo y la ausencia del estallido de pólvora delataron un arma vacía; se percató de que ningún recuerdo viajó fugaz por su cabeza, ningún momento de merecida memoria lo abrazó en lo que estuvo por volverse su tumba y motivo de muerte.

—Te dije que no serviría—repitió el resucitado.

Al notar su intento fallido, disparó una y otra vez. No tuvo caso, el cargador carecía de balas. Lleno de furia, estalló en gritos.

—¿Quién demonios eres? —preguntó al borde de la histeria—¿Algún tipo de brujo? ¿La misma muerte?

—Tú sabes quién soy. No me hagas decirlo… no quieres que lo diga.

Un olor fétido se coló por las fosas nasales del sujeto. No hizo falta rastrear su procedencia cuando su surgimiento tuvo lugar al acercarse el resucitado. El muerto empezaba a apestar y el olor nauseabundo, combinado con la imagen pavorosa del cuerpo disparado y lleno de sangre, creaban el ambiente propicio para que derramase sus vísceras por el suelo, expulsadas en un disparo bucal para el que sí tenía carga.

Mas se controló. Se convenció de ignorar su rededor, así como ignoraba el repentino dolor de pecho, rogando que no se tratase de un infarto.

—Tengo que salir de aquí o moriré—comentó el hombre.

—No hay salida. Solo somos tú y yo.

—¡Solo soy yo, joder! ¡Tú eres un maldito cadáver parlante!

El teléfono timbró. Se apresuró a contestarlo.

—Hola—era la chica.

—Escucha, tienes que sacarme de aquí. ¡Tienes que venir ahora!

—Calma, calma. Estoy en camino. ¿Todo bien?

—Nada está bien. Sé que sonará loco, pero el cadáver ha resucitado, ¡Me está acosando! esta oficina se ha vuelto un infierno. La puerta está trabada, las luces no funcionan, ¡un infierno! estoy encerrado—su voz se quebró—sácame de aquí, por favor.

—Estoy en camino, procura no…

—¿No qué? ¿Hola?

Señal muerta.

—Podemos volver a lo nuestro. Mira a tu alrededor, Charlie. Me equivoqué al decir que somos solo los dos. Han venido unos cuantos amigos también.

En la esquina opuesta, una sombra se elevaba. Un hombre de gran estatura, con ojos blancos brillantes, resaltando en la penumbra de la oficina. Nada más que sus pies y vestigios de su cabeza eran visibles. Y los ojos, observándolo todo con aquel peculiar brillo.

—Han cruzado la línea conmigo—susurró el cadáver.

—¿Qué quieres de mí?

—Pregunta equivocada, Charlie.

El ruido del bulto al caer sobre el escritorio los interrumpió. Era una mujer, su contorno perfectamente visible, curvas definidas y uñas de exagerada longitud.

—La pregunta correcta—continuó—, es qué quiero yo de ti.

El cadáver elevó su dedo, interrumpiendo el reclamo del sujeto.

—No quiero más palabrería. Quiero que me mires a los ojos. Siente lo que es estar al otro lado, conoce, adquiere experiencia.

Los ojos, tornados en amarillo con una densa pupila negra dilatada, se abrieron cual pozo que conduce a una fuente interminable de agua. Colocó aquella apertura sobre los del hombre, invitándolo a sumergirse en ellos.

—¡Mírame! ¡Mírame!

Percibió los ojos del cadáver cuales dos gusanos excavando en tierra; y el terreno dentro de su ser era virgen, conocido únicamente por las intenciones que muy bien ocultaba bajo las sábanas de su alma. Y era eso lo que sintió ser penetrado por aquella mirada frívola, por los gusanos devoradores, ocultos en forma de ojos.

—¡Mira mis ojos! —gritaba el cadáver—¡Observa!

Y en la batalla humanidad contra muerte, su fuerte grito estalló anunciando la pérdida. Aulló con desesperación, rasgando su garganta en el proceso, poniendo a pitar sus oídos. Su corazón se aceleró y en sus manos divisó el primer paso a su metamorfosis.

Los pelos aparecían uno por uno a una velocidad descontrolada. Poblaron toda su extremidad, y el cadáver carcajeaba sin parar a medida que en la espesa oscuridad de la oficina se dibujaban sonrisas, emergidas de la aparente nada, surgidas de la aflicción.

Antes de recuperar la consciencia, se vio a sí mismo ser conducido de la mano del cadáver hacia una entrada de madera blanca, rodeada por un halo negro.

—Bienvenido a tu resurrección—susurró, abriéndole paso.

Al despertar, no contuvo la sorpresa de ver su brazo lleno de plumas negras.

—¿Qué es lo que viste?

—Todo—dijo.

—¿Qué eres?

—Soy un búho.

—¿Un qué?

—Un búho. ¡Soy un búho!

—¡Un ser de la noche! —gritó el resucitado.

—¡Soy un búho!

—Podrás hacer lo que nunca te atreviste a hacer—el cadáver se acercó a las persianas y las abrió—, lo que no te fue permitido jamás en la vida. Siempre poniendo barreras a tus deseos, siempre pensando en si sería correcto.

Embriagado por la sensación de cambio, paseó con su mirada sus extremidades inferiores, las cuales sentía como sus mismas alas. Era un búho.

—Cuando nuestros ojos están cerrados, es necesario librarlos de esa oscuridad, adaptarlos. Yo esta noche te he conferido una mejor visión del universo.

—Soy un búho—repitió el sujeto.

—Por ello, emprenderás tu vuelo.

Empujó el vidrio de las ventanas, sonriendo en una mueca torcida. De los agujeros en sus temporales escapaban verdaderos gusanos, recorriendo lo largo de su cabeza, llegando hasta su boca.

—La ciudad es tu hábitat, querido búho—el resucitado extendió sus brazos—, sé libre y permíteme cargar con el peso de tu humanidad.

El hombre búho se acercó, respirando la fuerte brisa que se colaba por la ventana abierta. Vio rayos a lo lejos, estruendos repentinos que buscaban espantarlo, mas no temía. Era un ser de la noche, era un hombre búho.

—Salta—animó el cadáver.

Puso un pie en el filo de la ventana. Sus ropas se empaparon de la fresca lluvia del exterior y, a pesar de que el aire azotando su rostro intentó advertirle, el hombre búho no escuchaba más idioma que el del instinto animal, implantado en la resurrección de su nuevo yo.

—¿De qué te liberarás? —preguntó el resucitado.

—De todo—respondió—, quiero dejar atrás la niebla en mi vista, el consuelo falaz de una luz cegadora que solo oscurece mis pasos. Quiero ver, quiero volar.

—Salta—volvió a animar.

A su voz se sumaron múltiples ecos. En las sombras brillaron ojos blancos y bocas torcidas, todas unidas al mismo canto.

—Salta—decía el eco formado por las múltiples voces—. Salta.

Tomó aire. Llenó sus pulmones y estiró uno de los pies. Mirando abajo, sintió una creciente necesidad de llenar la ciudad con su vuelo. Cubrir las luces con la extensión de sus alas; empaparse de la lluvia y regalar a las nubes el gusto de ser tocado.

—Soy un búho—dijo.

El teléfono en su bolsillo timbró. Tomarlo con su mano transformada en una masa de pelos fue complicado.

—¿En dónde estás? —preguntó la mujer.

—Voy a saltar.

—¿Vas a qué? No, espera. ¡De qué demonios hablas! ¡No saltes a ningún sitio!

—El resucitado aclaró mi mente. Tengo que saltar.

—¿Comprobaste que murió?

—Lo hice.

—¿Y cómo sabes que resucitó?

—¿A qué te refieres?

—Deberías comprobarlo. Sentir su corazón latir.

Lanzó una rápida mirada al cadáver.

—Hazlo—repitió la mujer—, toca su pecho y siéntelo latir.

Usó su palma para ponerla sobre el resucitado. Fue incapaz de percibir latido alguno.

—Está muerto, todo…

—¿Hola?

—No sa…

—¿Me oyes?

Pitido. Colgó.

—Creo que tendremos que deshacernos de esto—le quitó el teléfono.

—Devuélvemelo.

—Salta.

—No.

Impactó al hombre búho contra el suelo. En un movimiento rápido, lo agarró del saco y lo tiró contra el concreto. El hombre búho sintió su cabeza dar vueltas; en su borroso campo de visión distinguía diversas formas flotantes en la oscuridad, todas ellas con ojos blancos brillantes y labios deformados.

—Desaparece—ordenó el cadáver—, te haremos desaparecer. ¡Desaparece!

Las voces se alzaron al mismo canto; clamando el desvanecimiento del búho frente a ellos.

El hombre resucitado se acercó al sujeto causante de sus agujereados temporales y procuró mantener su rostro muy pegado al de él. Sus facciones, de cerca, mostraban una clara putrefacción. Su olor era una mezcla entre podredumbre y carne quemada. Sus temporales ya no presentaban agujeros; los gusanos los llenaban por completo.

—¡Desaparece! —gritó en la cara del hombre.

Sin poder aguantar más, el hombre búho vomitó. Su pelaje se manchó con el desperdicio de su estómago. Su consciencia era lejana.

La llamada volvía a entrar. El cadáver le acercó el teléfono a la oreja. “despídete” le susurró.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Me matará. El resucitado me matará.

—¡No hay ningún resucitado! ¡No hay ningún muerto si quiera!

—Lo hay. Y está acabando conmigo.

—¿Recuerdas acaso cuando lo mataste?

Su memoria hizo un esfuerzo.

—No. Sé que lo hice.

—¿Recuerdas haber disparado? ¿Intentaste realmente abrir la puerta de la oficina?

Los cuestionamientos de la mujer se volvían una pelota de palabras sin sentido. ¡Claro que lo había intentado! ¿O no fue así? Su realidad tambaleaba.

—¿Inten…ste…cender…luces? —una fuerte interferencia cortaba sus palabras.

—¿Hola?

Colgó.

¿Encender las luces? Siempre estuvieron apagadas. Siempre estuvieron apagadas… ¿Por qué? No lo comprendía. Y no podía pensar. Todo daba vueltas.

—Yo te asesiné—alcanzó a decir—¡Yo te asesiné!

—Desaparece—dictó el resucitado—¡Desaparece!

Un solo grito; el coro de voces espectrales se elevó en una ola de rugidos deseosos de sangre, de desaparición.

—¡Yo te asesiné, yo te asesiné, yo te asesiné!

—¡Desaparece! ¡Desaparece! ¡Desaparece!

No pensaba detenerse. Con su grito opacaría el de aquella multitud penumbrosa, confesando su acto adquiriría el perdón.

Se cubrió los oídos con fuerza y reventó sus pulmones a gritos. Las luces se encendieron y él no paraba de acusarse. Sonidos de tacones se acercaron; una mujer lo tomó de los hombros y lo acercó en un abrazo.

—Tranquilo, tranquilo—intentaba callar al hombre búho, que no paraba de gritar—, ya estoy aquí, no hay nadie más, solo los dos.

—Lo asesiné—repetía—, lo asesiné.

Un fuerte guardia esperaba de pie en la entrada de la oficina.

—Shh—lo calló la chica—, no quieres decir eso.

—Pero es cierto—susurró—, el cadáver… es cierto.

—No es posible que hayas asesinado a nadie—replicó la mujer.

Retiró de su cartera un espejo y lo extendió al hombre.

—Tú mismo te suicidaste tiempo atrás—agregó.

Y tomando el espejo por el mango, el hombre vio en su reflejo el rostro del cadáver resucitado.

FIN

Hidenburg 1937

Ahora que no estás, pienso en esos días en los que vivimos juntos, y recuerdo con cariño aquel viaje trasatlántico que hicimos a Nueva York en 1937. Tan jóvenes e ingenuos, en esos días creíamos que el amor era la fuerza motora del planeta, capaz de llevarnos una mañana hasta la luna y aterrizarnos frente al Hudson, para darnos el tiempo suficiente de beber ginebra en esos bares del puerto de Manhattan que tanto te gustaban.

Yo te recuerdo muy bien. Ese día vestías una gabardina que hacía juego con una bonita boina morada. Llevabas un bolso rectangular, pequeño y negro, zapatillas también negras con punta de bruja y la gargantilla color rosa que de utilizaste durante nuestro último baile. 

Recuerdo que en ese año peleabas con tu madre por tu cabello corto y juró no volverte a hablar si te ibas a Estados Unidos conmigo. Se enojó un tiempo y a mí no me dirigió la palabra por cinco años más, pese a haberte perdonado. Pero todo lo valió. Verte bailar en nuestro pequeño departamento de diez metros cuadrados valió todo el desprecio de tu madre.

Añoro tu risa. Más ahora que nunca. Esa risa que callaba a los jazzistas, que enmudecía a los marinos, que sobornaba a los policías. Esa risa ridículamente hermosa.

También recuerdo la noche anterior a la catástrofe. Bailábamos desnudos frente a la ventana de nuestro cuarto, mientras nos susurrábamos  «Let’s do it» y nos besábamos cada que el aliento nos lo permitía.

Fue en mayo de ese año, cuando sabíamos que el amor era fuego y nos quemaba, que una chispa nuestra voló al cielo e incendió el firmamento, en una horrorosa fiesta de juegos pirotécnicos alemanes, cuando el Hindenburg se hizo cenizas, mientras tu y yo, pirómanos románticos, hacíamos el amor.

Enfrentando la lluvia

Nadie creía en mí cuando les mencionaba el poder purificador de la lluvia. En esta ciudad todo el mundo se esconde de ella; tan pronto como empiezan a caer las primeras gotas las calles se desalojan cual tragedia inminente. Las tiendas cierran, las luces se apagan y en un parpadeo, lo único que puedes ver a tu alrededor son las avenidas inundadas. Se piensa que la lluvia es destructora, que con tan solo poner en contacto una mínima superficie de tu cuerpo con ella, puedes terminar en la tumba,

No tengo idea de dónde nace tal leyenda; tal vez es uno de esos mitos que surgen en toda población y de los que se teme sin razón aparente. Todo hasta que un hombre decide probar lo contrario.

Ese hombre soy yo.

Durante muchos años permanecí escondido de la lluvia, ingresando a casa de la mano de mis padres que pretendían protegerme del gran mal de las nubes. Mas yo siempre me quedaba observando a través de la ventana, maravillado ante el espectáculo de las gotas al impactar.

Y finalmente hoy podré comprobar que la lluvia no es ningún mal. Que es purificadora, porque si te detienes a observarla, nace en tu alma algo nuevo, limpia tus pensamientos y los renueva de una calidad artística incomparable. Si todo aquello sucede con la simple observación de las gotas al caer, ¿No sería mayor el efecto beneficiador al sentirlas en el cuerpo? Eso es lo que estoy dispuesto a probar. Hoy, día en que finalmente soy libre de las cadenas de mis progenitores, día en que el permanecer en las calles es una decisión sujeta solo a mi voluntad. Hoy, que las nubes están más grises que nunca.

Las primeras gotas caen y todo el mundo echa a correr. Los padres levantan a sus niños y buscan refugio. De vivir muy lejos, las personas permiten que se alojen en sus casas; todo el mundo se vuelve sensible y empático cuando las tragedias se avecinan, o cuando se ven envueltas en una.

Mientras ingresan, me miran todos con extrañeza. Yo no me muevo, permanezco en la mitad de la calle, riéndome de aquellos que huyen cual ratas asustadas. Les enseñaré a todos que la lluvia es nuestra amiga, que lo único que debemos temer de ella, es su ausencia. Porque el agua procedente de las nubes grises es sinónimo de vida misma.

La tormenta se desata. Gruesas gotas caen y en su trayecto impactan en las desoladas calles de la ciudad. Gran parte de ellas impactan sobre mí. Las siento estrellarse contra mi cabeza, empaparme por completo la frente. Decido entonces acostarme para observar mejor el caer de las gotas a lo largo de mi cuerpo.

Abajo, recostado en el pavimento, la vista es más espectacular. Siento la lluvia llegar hasta mi torso y producir en él un cosquilleo risorio, un poco de agua se mete en mi ojo y de pronto la visión se me nubla, todo se torna borroso a mi alrededor. Mis piernas se vuelven débiles y soy incapaz de moverlas. Al echar una mirada a mis brazos, puedo notar que han desaparecido, se marcharon junto a la corriente de agua que recorre la avenida.

Siento entonces que mi torso también se está desvaneciendo. Pierdo total sensibilidad en las piernas e intento hablar, susurrar lo exquisito que es la sensación de consumirse en la lluvia; mas no puedo, mi garganta se ha esfumado.

Ya solo queda mi cabeza, que poco a poco va desapareciendo, desprendiéndose en pedazos que fluyen en un mar de gotas, arrastrados por ellas sin ningún camino fijo.

Me convierto en el primero de los hombres de papel en enfrentar la lluvia, y la sensación del agua dañando el material del que estoy hecho, es la mejor que he tenido en la vida.

FIN

La noche de la verdad

Originalmente publicado en: Revista Salto al reverso #6

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Imagen por: Kristaps Bergfelds

Cierta noche, Alejandra recibió una extraña carta en su buzón. La carta decía: “Sé que llevas tiempo preguntándote por qué vives y a dónde vas. Si quieres saber las respuestas, te espero a medianoche en la azotea del edificio del frente”.

Alejandra quedó intrigada por aquel extraño mensaje. Era cierto, sin duda, que aquellas preguntas habían estado dando vueltas en su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo desde la muerte de su hermano. ¿Pero cómo pudo haberse enterado aquella persona? ¿Cómo pudo saber cuáles eran exactamente las preguntas existenciales que le intrigaban?

Pasó todo el día siguiente pensando, considerando si acudir a la cita o no. Llegó a pensar que era una trampa, después de todo siempre tuvo dudas sobre si la muerte de su hermano realmente había sido un suicidio. ¿Y si fue un homicidio? ¿Y si la persona que envió la carta estaba directamente relacionada con ello?

Cuando llegó la noche en cuestión, Alejandra decidió no ir. A la mañana siguiente se fue a trabajar. Durante todo el día la embargó la sensación de haberse perdido de algo, como si encontrarse con aquella persona fuese realmente importante. Pero racionalizó y se convenció de haber tomado la decisión correcta.

Al llegar a su casa por la noche, otra carta le esperaba. La carta decía: “¿Aún piensas que fue una buena decisión no vernos? Tu hermano pensó lo mismo cuando recibió su carta. Él asistió al tercer y último llamado. Este es el segundo llamado para ti: entérate de la verdad. Te espero a medianoche en el edificio del frente.”
Alejandra se llenó de emociones en conflicto, una mezcla de rabia e intriga. ¿Y si sus sospechas eran ciertas?

Decidió ir. Durante la cita no pasó nada fuera de lo común. El remitente le habló alrededor de veintiún minutos y Alejandra regresó a su casa. En esa conversación se enteró de por qué el ser humano vive y a dónde va. Aquella noche Alejandra se suicidó.


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LLUVIA DE FEBRERO

Hubiésemos tomado las palabras no alcanzadas de nuestras bocas para sumergirnos. La lluvia, el pajarito, el libro y Vicentico. Todo tibio como la tierra húmeda, mirando el salado desde una mesita chueca, todo apolillado y casi perdido.

Y la vida sonreía debajo de los cristales que obsequiaba el cielo y el corazón partido con cada gesto. Todo no es desaliento, he dicho que la vida sonreía en aquel momento. Y no contenta con eso, silenció el murmullo y me lo puso en los ojos. Atolondrada mirando el vacío mientras él estimulaba su cerebro, y su corazón inmune para el mío decadente.

« Estoy triste » me decía mientras veía el fondo de la botella. Pero así es la cosa. Al rato la vida de mis labios que sonreía nombraba sin nombres y el corazón se seguía doliendo. « tengo una rabia retenida » dije enseguida y ya no más. Sorbo directo a las venas y al olvido que se levanta a las 6am.

Parece que nadie entiende, parece que Nadie ha desaparecido entre el manto gris de la ciudad, y él en su momento glorioso de tranquilidad frente a mi inquebrantable e impredecible alma. Y yo en un tumulto de emociones retenidas, queriendo ponerle cualquier concepto a lo que se llamase amor.

Me había dicho cabreado que escribiese, o que le escribiese. Pero de hacerlo, como ahora, solemnemente el alma se agita como cuando solo ella siente y sufre por un placer ambigüo. Y para variar amanecí triste y de lado de la mort. Para variar las horas se hacían eternas antes de la despedida. Tal vez la última de mi ingenuidad arrebatada.

Tal vez, porque a la mort le gusta jugar y yo siempre pierdo. Porque la mort me llama y yo le pierdo. Porque la mort va conmigo y yo me pierdo.

vuelve el tiempo

Año 2018. 

Tal vez, hoy escriba demasiado o me permita morir un rato frente al espejo. He puesto en  bandeja de plata mi inconstancia, mis intentos, mis defectos, mi arrogancia; para que los saboreen tres segundos mientras mi debilidad emocional está en marcha. Yo desde abajo: sentada, escuchando a unos zapatos sobre la tierra correr y huir me digo:  “debería reprocharles o agradecerles, pero debería hacer algo”.

Hace cuatro años estaba loca, y hoy me desvanezco frente a mis poemas, y escupo tres veces sobre una pantalla de vida virtual, de inexistente calma; entre tanta mierda. Tengo mis manos y una costilla sangrando. Solamente quiero llegar y descansar, llegar a algún lugar para luego alzar la cabeza y seguir dando pasos, seguir atormentando cerebros heridos, marchitos, y seguir en mi desnudez que tanto aturde, que desbarata, indomable, y nunca más escapar.

Memoria del desviste 1, 2 y 3

1

Las medias nacen, como todo lo importante, de una o un conjunto de ideas. Algunas veces en la mesa de un bar, en un vehículo en movimiento, en la regadera, en el bosque o en medio de una tormenta.

Es grosero de nuestra parte olvidar felicitar a la cuarta copa que, llena de licor, ordenó las neuronas e idealizó la ruta para crear la prenda. Tampoco agradecemos a la gota número trece mil cuatrocientos noventa y tres, que cayó en la parte correcta del cuerpo, para activar la creatividad y gestar la idea.

¡Olvidamos al verdadero detonante!

Basta el maullido de un gato color negro, a la hora correcta, para que alguien dibuje una prenda, la fabrique, la coloque en un anaquel o exhibidor, sea comprada, sea utilizada, sea admirada, sea participe de un espectáculo privado, sea liberada y sea olvidada por varias noches bajo la cama.

La memoria del desviste se olvida de la prenda poco tiempo después de ser expulsada.

2

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

3

Vamos a obviar algo: En 2018, el 14 de enero a las 19:43 horas, te dije por primera vez que te amaba. Ese amor no nació en enero, sino después de una tarde de lluvia, un martes de marzo de 2016. Creció tanto que si tuviera que materializarlo el día de hoy (septiembre de 2019), sería similar a un frondoso árbol de dulces mangos del tamaño de Neptuno.

Obvio lo anterior, ignoremos por un momento ese gran amor que habita en mí, que me rompe por dentro y que me reconstruye pedazo a pedazo para poder verte cada que mis ojos se acercan a ti. 

Ignorando el amor, no puedo seguir contigo. Y no por mí, sino porque el amor que me tienes hoy, si tuviera que materializarlo, sería del tamaño de la mitad de la más pequeña semilla de mostaza del mundo, y no tengo fe ni esperanza para creer que esto, que hasta hoy ha coexistido en nosotros, genere nuevamente frutos.

Problemas con un muerto

Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Publicado originalmente en Salto al reverso.

Piezoelectricidad: El verdadero poder del cuarzo

“Profecía del Ángel de Luz y la esfera dorada”, por Blacksmith Dragonheart.

Durante toda la historia, al cuarzo se le han atribuido muchos poderes y propiedades mágicas que incluso hoy, en pleno siglo XXI, se siguen creyendo…
Partiendo de unas de las profecías de BlacksGaea, de la cual unos dicen que no se cumplió y otros dicen que , se realizó una investigación sobre la esfera dorada que lleva el ángel en la ilustración. Si bien existen discrepancias sobre la profecía, el estudio se enfoca en lo comprobable y demostrable científicamente: la esfera existe y está hecha de simple y común cuarzo, sólo que con impurezas de oxido ferroso que le dan el color “dorado” con que la describen.

El cuarzo es un mineral muy conocido, es muy común incluso hoy en día, así que lo puedes encontrar en cualquier lugar, sí, en cualquier lugar… y muy cerca de tí, en tu reloj por ejemplo.
Conocida como Tamerlán, roca fría, flechas de cupido, piedra solar, cabellos de Venus, piedra trueno; a lo largo de la historia le han dado muchos usos que hoy ya se han demostrado que no tiene, pero lo documentado aquí es algo que muy pocos conocen.
De todos los nombres antiguos para el cuarzo, hay un nombre infiltrado en la lista que no tiene registro en la historia, pero a pesar de esto es el único nombre que describe su verdadero poder mágico… ¡y la historia no lo cuenta! El cuarzo realmente no es frío o helado como se creía, tampoco tiene que ver con Cupido ni con Venus, y realmente no es caliente como se creía para ser llamada piedra solar, etc., sin embargo, nuestra historia, la cual nos tragamos como una píldora, nos dice que así han llamado al cuarzo y que esos son los únicos usos que le han dado.
El único nombre que representa la propiedad que realmente tiene el cuarzo es “Piedra trueno”, porque tiene propiedades eléctricas demostradas científicamente y son utilizadas en muchas cosas que no sabías, pero como te decía: esto no lo cuenta la historia.

Antiguamente los magos -nuestros primeros químicos- descubrieron el verdadero poder de esta piedra de cristal, pero la historia que nos cuentan no registra este hecho gracias al oscurantismo, época en la que se perdió mucho conocimiento y muchos libros fueron quemados… Luego, estos estudios de magia y alquimia, que ahora llamamos ciencia, fueron retomados y redescubrieron este poder que (para las mentes observadoras) es imposible de ocultar: el poder del trueno.

Si has vivido cientos de años, no encontrarás ninguna diferencia entre las palabras magia y ciencia, poder y propiedad, hechizo y fenómeno, elemento y material, trueno y electricidad. Pero como de seguro sólo cuentas con menos de cien años, te lo explicaré con palabras que usa la ciencia de hoy: La verdadera propiedad del cuarzo es ser un material piezoeléctrico, es decir, al ser sometido a presión, libera cargas eléctricas en su superficie.

Así es, los antiguos usaban el verdadero poder del cuarzo, y luego de muchas guerras y batallas, hoy ya lo podemos usar libremente, porque el uso de estos poderes mágicos ahora son aceptados como “ciencia”.
Y este poder, como quedó dicho anteriormente, se trata de someter el cuarzo a una fuerza o presión para que suelte cargas eléctricas en su superficie, ¿magia? Ya sabemos uno de los motivos por los cuales los grandes magos y brujos llevaban cristales incrustados en sus báculos. Ahora es tan normal, que hasta tú llevas cristales “mágicos” contigo. El cuarzo, por ejemplo, está en la mayoría de equipos electrónicos que utilizas: relojes, computadores, televisores, etc., aprovechando de esta piedra mágica su propiedad piezoeléctrica  que no se ha mencionado antes en la historia.

Así concluyo con la documentación de esta arma poderosa, y lo es porque muchos sabios, herreros, magos y científicos varios le han encontrado un gran uso a la capacidad de convertir presión en electricidad.
Y es por eso que hay quienes dicen que la profecía se ha cumplido, porque existen personas a quienes se les ha revelado cómo convertir unas fuerzas en otras.

LQQD.
Gracias por leer.

Atte.

The
BLACKSMITH


  • Más sobre el cuarzo AQUÍ.
  • Más sobre fenómenos piezoeléctricos AQUÍ.
  • Dragones, algo que no sabías sobre el oscurantismo: AQUÍ.

DIAMANTES

Gente de carbón – Carlos Quijano

Observaba con curiosidad las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso, depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de los oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas. Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrecía en cintas magnéticas que vendía por metro. Rada comerciaba con emociones exiliadas que recogía día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que habían hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso; promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para notar si alguna mercancía le hacía un guiño. Se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado desde la crisis que hubo después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir, pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en un puesto de libros. Mulu, el servicial propietario, se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —dijo, intentando captar la atención de la chiquilla—. ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar.

Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas, aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos; producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estuviera Lara.

Durante un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero que estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso: era el suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio del que no se percibe el fondo. Estiró su mano para tocar la prenda, sintió la textura y lo supo. Se acercó a olerla y, muy por debajo de los fétidos olores del lugar, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

—¿Qué haces, niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

—Esto es de mi madre —respondió con valentía la chica.

—¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

—¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

—¿Dices trueque? —La voz sonó menos estridente, suavizada—. ¿Qué das a cambio? —dijo con total interés la vieja—. ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla.

La mujer miraba con detenimiento el suéter verde.

—No, ya recuerdo…, una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

—¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntó ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos, y prosiguió—: ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —Enseñaba, en sus manos pequeñas, un diminuto corazón que palpitaba acelerado de amor.

La anciana abrió los ojos muy sorprendida. Era un trueque muy tentador y pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

—No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter. Solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguro que ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter, caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, pintado en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando y anhelando encontrar a su madre. Lara se sentó sobre el camastro, apenas podía asomarse a la ventana. Había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

—¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritó, emocionada. No quería perderla de vista, pero no podía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor, guiada por un luminoso vínculo de amor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión, pero como pudo regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas, Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara apenas tuvo fuerzas para abrazarla y entregarle la pelota saltarina, por fin. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara, con ternura, la cobijó con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: A Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo; se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado después de juntarlos.

Derechos de autor reservados. Claro Oscuro, 2017.