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Cadáver en la acera

El cuerpo apareció en la acera sin que nadie se percatase cómo. Simplemente estaba ahí, tirado, el cuerpo del ser humano más hermoso que se pudiera haber visto, acompañado del gris que resaltaba sus facciones, que lo protegía del tacto de fuego del sol. Al principio nadie reparó en que era un cadáver, lo pasaban de largo, caminaban por los lados sin prestarle más atención que una mirada de soslayo; los más atrevidos mantenían el atisbo por más segundos, sostenían la mirada un largo rato y luego continuaban, temerosos de que alguien advirtiese en aquella extraña conducta. Aunque lo habrían comprendido, la belleza del cuerpo era tal que la tentación de mantenerse viendo embriagaba a todo el que pasaba por el sitio. Por eso no concebían que pudiese ser un cadáver, porque era bello, y la muerte siempre tiene que verse fea, vulgar, algo grotesco y repudiable. No podía ser un cadáver. Pensaban que se trataría de una persona muy ebria para levantarse, o abandonada en días recientes, acostumbrándose a la vida de un mendigo; otros creían que era un simple muñeco tirado para llamar la atención y otros tantos lo consideraban incluso algo irreal, una fantasía.

Fueron esas dudas las que llevaron a descubrir el estado del cadáver. El primer hombre en acercarse lo tocó con su pie, ante la vista asombrada de las demás personas. Fue el único en atreverse en ese momento; con la punta del pie lo meció una y otra vez sin obtener respuesta. Pero había roto la barrera del acercamiento físico, penetrado la línea que separa a los individuos entre ellos; una vez que se cruza el límite de separación física, que se entra en contacto con el otro, ya todo puede suceder, es el encuentro entre dos personas despojadas de la ilusoria distancia, de la desconfianza. El cuerpo continuó echado sin el menor rastro de movimiento voluntario.

—Creo que está muerto—anunció el hombre en voz alta.

Las personas a su alrededor soltaron exclamaciones de sorpresa, murmuraban teorías y otros tantos ya decían que seguramente se lo merecía “Nadie amanece muerto en la acera por nada” Y al ver el atrevimiento del sujeto que fue capaz de irrumpir en el cuerpo, los otros se cuestionaban si no tendrían también derecho de hacerlo, de satisfacer su curiosidad a cuesta del cadáver, de permitirse a sí mismos comprobar que en efecto la vida había escapado de ese contenedor orgánico.

—¿Seguro que lo está?—preguntó una mujer, acercándose a palpar el rostro del cadáver, tan impoluto como las gotas de agua que de él resbalaban—. Parece que estuvo aquí toda la noche de lluvia.

Removió la larga cabellera negra para observar mejor sus facciones; eran acentuadas, dotadas de una simetría imposible, capaz de desafiar toda percepción estética del ojo común. Y sus párpados, cerrados, eran dos eclipses de piel lisa en la que la visión se perdía para recorrerlos con admiración. Sus labios un par de arcos curvos cuyo deleite parecía ser el encontrarse el uno con el otro; su nariz y sus orejas eran pendientes del más pulcro material, colgando sin miedo a la codicia.

—No puede ser—susurró la mujer, pasando un dedo por la mejilla del cuerpo—. No puede ser.

Se levantó cubierta de lágrimas y se marchó llorando.

La multitud se acercó en un gran círculo para contemplar el origen de tal reacción. Vestido solo con una larga manta negra, el cuerpo permanecía estirado y la larga cabellera no parecía tener nudos en ninguna de sus fibras.

—¿Qué le habrá pasado?—preguntó un niño, sin ocultar la sorpresa en su mirada.

—No parecería estar muerto—comentó otro hombre—. Es como si estuviera dormido.

—Dormida—corrigió otro—. Es una mujer.

Fue cuando la duda despertó en sus pensamientos; las facciones eran marcadas, precisas, lo suficiente como para dudar si los rasgos pertenecían a alguno de los géneros. Entonces los murmullos se elevaron, intentado concretar si se trataba de un hombre o una mujer.

—¿Qué sentido tiene si ya ha fallecido?—preguntó una señora de pelos canos—. No importa su sexo, lo que importa es que está muerto y deberíamos retirarlo del paso.

Todos se cruzaron miradas, mas ninguna de aprobación. Deseaban contemplarlo, mantenerse estupefactos ante la atrocidad de la muerte.

—No puede simplemente llevárselo—comentó otra—. Es tan…

Calló. Pero todos supieron lo que tenía para decir. Todos lo pensaban.

Varias personas se sentaron junto al cadáver y colocaron sus manos en la piel, intentando comprender la naturaleza de esa sensación táctil tan placentera y del goce visual que generaba el poder mirarlo de manera directa. Muchos le elevaban los párpados para contemplar las pupilas escondidas y permanecían minutos enteros sin desviar la mirada, con los dedos como pinzas para separar la piel que insistía en taparlos.

Un niñito fue quien dio la voz de alerta.

—No es un hombre—comentó, levantando desde los pies la manta que lo cubría—. No tiene nada.

Como necesitando evidencia para comprender que se refería a que era una mujer, todos optaron por levantar la manta negra y otear por debajo hacia el sexo del cadáver; y su sorpresa fue mayor al reparar en que no tenía ningún sexo. Ni hombre, ni mujer, solo un cadáver sin definiciones sexuales. Muchas personas se sorprendieron y otras tantas se lamentaron; pero fueron más las que no alcanzaban a comprender la rareza del asunto, del ser posible que en el lugar que ocuparía un pene o una vulva no existiese más que una piel llana, limpia, sin ninguna clase de formación anatómica. Las preguntas sobre si no se trataría de una falsedad, de un muñeco, emergían una vez más. Las ideas de cómo comprobarlo se expulsaban con total naturalidad, con la naturalidad de alguien que profana un cuerpo ajeno.

—Podríamos revisar si tiene corazón—ideó alguien de la multitud.

—Es un cuerpo, no está bien hacer lo que hacemos—dijo una voz entre el clamor—. Hay que tener un poco de respeto.

Y antes de que las ideas hirvieran en una disputa de lo que sería o no lo mejor, lo correcto o incorrecto, la mujer que se marchó sollozante regresó junto a los creyentes y el sacerdote, que exclamaba oraciones de manera eufórica y cuyo rostro se desfiguró al ser testigo del estado del cadáver: tocado, desnudo, ultrajado.

—¡No podemos permitir este sacrilegio!—exclamó rabioso—. El Hijo de Dios ha regresado a juzgarnos, a salvarnos, y lo recibimos con injurias.

Quienes se mantenían cerca del cuerpo se miraron dubitativos y otros tantos se levantaron poco a poco, temerosos del pecado mortal que podría conducirlos a un castigo eterno. Y ayudado por los súbditos, el sacerdote retiró a los curiosos de alrededor del cadáver. “Esperaremos su resurrección”  acordonaron el cuerpo con cintas y conos de peligro y se arrodillaron a exclamar oraciones y echar vapores de olores encima del cuerpo.

Las demás personas observaban estupefactas, cohibidas por la multitud que manifestaba estar cuidando del enviado, del que despertaría para salvarlos. Sin embargo, la lluvia volvió a caer esa noche, una tormenta que segregó todo acúmulo de creyentes y de curiosos, porque los truenos se imponían ante el deseo de curiosidad, ante el placer de la percepción sensorial que se obtenía del ser muerto, del cadáver conservado en perfecta belleza.

Nadie dudaba de que al día siguiente estaría ahí, igual de impecable, conservando la virtuosidad que le caracterizaba. Amaneció con flores a su alrededor, rosas de distintos colores decoraban la superficie del cuerpo, lo rodeaban en multitud de hojas desprendidas que se amoldaban a sus curvas. Las personas acudían a observarlo, se quedaban plantadas junto a él y en ocasiones cruzaban los límites de la cinta para permitirse inspeccionar los ojos del cuerpo, para elevar los párpados y mirarlo directamente. Y si algo sucedía en ese instante, era notorio por la actitud siguiente de aquellos que se atrevían a mirar en sus pupilas. Se alejaban pensativos, sonrientes, como llenos de una gracia no conocida antes, irradiando decisión, seguridad. Todos podían notarlo, mas eran pocos los que se motivaban a esa hazaña, a perderse en el cadáver.

—¿Qué se siente?—preguntó un sujeto a una mujer que se alejaba tras el contacto visual.

—Todo—respondió—. Todo.

Y la curiosidad acrecentaba en los oyentes, que no podían ser indiferentes al cambio de personalidad de los más audaces, de los que perpetuaban el sacrilegio completo, que se atrevían a mirar al cadáver al alma, si es que acaso contaba con una.

Eran muchos más los que se dedicaban a extender sus manos para palpar un poco de la piel del cuerpo. Se inclinaban en puntillas hasta alcanzarlo y de esa manera sentir el disfrute de esa superficie inefable, tan inentendible para las palabras, que las emociones tras palparla no conseguían denominación alguna. Mas la aparente calma se rompió en un corto instante, el desbalance fue abrupto.

El grupo de personas irrumpió en el sitio sin previo aviso, eufóricos, exaltados. “El jodido cadáver es una maldición” gritaban por los cielos “Está haciendo a la gente morirse” Los miembros de la iglesia prestaron especial atención a las palabras “Se suicidan, todos se suicidan tras verlo” La larga fila para elevar los párpados se petrificó, y el último participante, perdido en el infinito vacío de la pupila, parecía no escuchar lo que se le decía “Ha sucedido con todos ¡Se suicidan sin dudarlo! De un momento a otro” El sacerdote no se lo creía, miraba una y otra vez el cuerpo del cadáver, tan pulcro, tan hermoso, tan…

—¡Endemoniado!—gritó—. Lucifer nos está engañando como engañó a Eva. ¡Dios nos perdone! este cadáver es el maligno mismo encarnado.

—¡Entierren ese cuerpo!—gritaron.

—¡Que lo quemen!

Y la disputa alcanzó su apogeo cuando un grupo salió en defensa del cadáver, rodeándolo con ferocidad, alegando que ellos conocían el propósito, la verdad detrás de su presencia. “Lo hemos visto” aseguraban, con sus ojos maravillados, dilatados, contemplando un escenario que nadie parecía entender “Todo lo hemos visto” pero los abucheaban e incitaban a dejar de ser parte de una horrible conspiración.

No pasó mucho hasta que el cadáver estuvo de mano en mano, siendo estirado por las distintas fuerzas que aseguraban tener la razón. Su manta se desgarró y la desnudez quedó al descubierto, sin ningún sexo, sin ninguna característica definitoria. Lo estiraban de las piernas, de los brazos, de la cabeza; y a pesar de su frágil apariencia, el peso del cuerpo era denso, rígido; la pelea no continuó más que unos pocos minutos, en los que sus músculos desgastados obligaron a las multitudes a soltarlo. Era un peso jamás evidenciado, no era un peso humano.

Lo dejaron en el suelo. Nadie sería capaz de moverlo, no de manera natural. Todos se miraron y unos se marcharon por temor, por miedo alimentado ante esa demostración de fuerza de un cuerpo inerte; otros por cansancio, y unos pocos se quedaron para golpear al cuerpo en el suelo, detestarlo, repudiarlo por quitarle la vida a sus personas. Pero a pesar de los golpes, el cuerpo resistía sin rasguño alguno. Nunca los tuvo.

Esa noche el cadáver se quedó solo. Y la mañana siguiente ya nadie acudía a visitarlo; los últimos en contemplar sus ojos ya se habían suicidado y el resto de las personas le temían, lo despreciaban, preferían no mirarlo si pasaban a su lado, resistir la tentación de su belleza.

Así, en la tarde del tercer día, nadie pudo ver al cadáver volverse pútrido, sucumbir ante la podredumbre mientras perdía su belleza. No resucitó en cuerpo, pero se volvió polvo, uno que respiraban todos los caminantes, aunque se rehusaran a aceptarlo.

Cineteca nacional

Solo tengo una rutina fuera del trabajo, y es que todos los martes y los miércoles, después de las cinco de la tarde, me fumo un cigarrillo en una de las bancas del jardín de la Cineteca Nacional. Y después lloro.

Los martes y los miércoles son días de llorar a mares. Siempre después de las cinco de la tarde, porque son los únicos días que me permito extrañar con todo mi ser, con mis ojos y mis entrañas, a Gildardo, mi exnovio, con el que estuve los últimos cinco años, con el que planeaba casarme y con quien hubiera tenido a dos hermosos hijos (Graciela y Gerardo). El único con el que podría haber volado hasta Santiago de Chile en globo aerostático y regresar a México a pie.

Sí, así de fantasiosas eran mis expectativas con Gildardo.

Hay tardes en las fantaseo que lo llamo. Imagino que le pregunto cómo está, que le recomiendo libros y que le doy mis últimas críticas sobre las películas de Marvel. Me veo contándole sobre la proximidad de nuestros cumpleaños para después, hacerme la olvidadiza y pedirle que me recuerde el viaje que hicimos a Japón. Que me diga los nombres de las montañas y que me explique nuevamente el porqué del sabor y del color del flan de azuki, y el por qué decía que mis ojos eran más hermosos que todos los cerezos de las islas del sol naciente.

Otras veces sí marco desde la caseta telefónica de la Cineteca. Espero escuchar su voz y le cuelgo. Esas son las ocasiones en las que lloro más.

¿Y por qué la Cineteca Nacional?, fácil, porque las fotografías que adornarían nuestra boda, serían tomadas ahí. Porque ahí nos conocimos, ahí fue nuestro primer beso (cuarenta minutos después de conocernos) y porque en sus gradas Gildardo me pidió que nos casáramos. Por eso vengo a llorar aquí los martes y los miércoles después de fumarme un cigarrillo.

Sí, claro que los edificios tienen memoria. Por eso la Cineteca llora conmigo.

Fotografía de ana.torr.ent en Instagram.

EL HOMBRE BÚHO

La oficina entera vibró por el fuerte estruendo; las ventanas panorámicas se agitaron por varios segundos, emitiendo un prolongado golpeteo. El enorme florero ubicado en la esquina amenazó con caerse y hacerse añicos, mas solo fue una amenaza, permaneció intacto en cuanto el trueno se desvaneció. Lo único que no sucumbió a los temblores fue el largo escritorio de madera, que se mantuvo rígido, soportando el peso del cadáver cuya cabeza descansaba en su superficie, sangrando por los agujeros en sus temporales; sangre que se escurría por el borde, caía por las patas de la mesa y chorreaba gota a gota en el suelo, formando un charco carmesí; negro en la oscuridad del lugar.

Toda la ciudad era visible desde aquel alto piso. Las primeras gotas de lluvia empañaron el vidrio de la pared y transformaron las luces de la ciudad en estrellas borrosas, desfiguradas; puntos de colores que se extendían a lo largo de Guayaquil en aquella noche plutónica. Tras acumularse, descendían por la enorme ventana como una cascada.

Sentado en la esquina de la oficina intentaba marcar el número en su celular, pero el nerviosismo, muy reflejado en los torpes movimientos de sus manos, se lo dificultaba. Sus pálidas mejillas se inflaban y desinflaban de forma acelerada, escupiendo gotas de saliva en cada nueva espiración. “¡Maldita sea, encuentra el jodido contacto!” repetía en su cabeza. Lamió la manga de su camisa y la utilizó para limpiar la sangre seca de la pantalla de su teléfono. Sus manos persistían rojas y la sensación de aquella sangre secándose en los pliegues de sus dedos era nauseabunda.

Timbró, timbró, timbró… Buzón de mensajes.

Colgó.

El feroz rayó iluminó el cadáver a pocos metros. Notó el charco en el suelo y la fuente de procedencia: aquella cabeza atravesada por una bala minutos atrás. Tomó el arma tirada a su lado y la colocó en su propia cabeza. Cerró los ojos. Su dedo se acomodó en el gatillo, temblando; hizo un poco de presión, decidido; mas se detuvo ante el timbre de llamada.

Contestó con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Yo…yo… —su mirada se paseaba por el cadáver, por el rostro inerte que lo observaba fijamente con enormes ojos amenazantes, vivos por sí solos, fijos en la penumbrosa nada que envolvía la oficina.

—He matado a alguien—soltó—, le disparé en la cabeza, está recostado contra mi escritorio, ¡Está muerto!

—No, no, no puedes haber matado a alguien—respondió la voz—, debe ser una confusión.

—¡La sangre chorrea en el piso! —exclamó—, te digo que está muerto, ¡Le volé la cabeza, por amor de Dios! Está muerto.

—Asegúrate de lo que dices—pidió la chica—. Comprueba que en verdad sea así.

—Qui… ¿Quieres que compruebe si está muerto?

—¡Compruébalo todo!

Tomó una grande bocanada de aire. Apoyó el celular en su pecho, sin cerrar la llamada, y caminó lento hasta el cadáver. Sentía la mirada del difunto seguirlo en cada paso, midiendo sus acciones; se detuvo a su lado, guardando un poco de distancia con la silla en que descansaba el muerto. La posición en que cayó después del disparo parecía ser perfecta para un descanso eterno: brazos extendidos en su totalidad en el escritorio, cabeza de lado y tronco recto.

—Lo…lo estoy viendo.

—¿Tiene un agujero en su cabeza?

Su mandíbula trituraba aire, chocaba sus dientes unos con otros; estar cerca del cadáver aumentaban sus náuseas funestas.

Echó un rápido vistazo a la cabeza, retirando la mirada con brevedad.

—Lo tiene.

—Tócalo—dijo la chica—, introduce tu dedo en él.

—¿Qué diablos dices? ¡No pienso meter mi dedo en su cabeza!

—Hazlo. Tienes que hacerlo, asegurarte.

Tiró de sus propios cabellos, desesperado. Tomó aire, cerró los ojos y extendió una de sus temblorosas manos, que se agitaba en el aire con vida propia, dominada por el miedo y la culpa. Palpó la cabeza del cadáver y encontró el agujero de bala. Introdujo un dedo en él. El interior estaba caliente y húmedo.

—¿Y bien? —insistió la chica.

—Tiene el agujero.

—¿Estás seguro?

—¡Tengo el maldito dedo metido en él!

—¿Sangra?

—Sí que sangra, maldita sea. ¡Sangra y mucho!

—¿Cómo están sus ojos?

—Abiertos.

—Entiendo. Tranquilo, no te desesperes ni intentes ninguna locura.

“Ninguna locura” palabras que le recordaron el tacto del metal contra su sien. Estuvo por dispararse, en serio estuvo por hacerlo. De no ser por la llamada entrante, probablemente sus sesos estarían esparcidos en toda la pared.

—¿Qué hago con el cadáver?

—Nada. Solo…

—¿Hola? —el sonido se perdía en una molesta interferencia—¿Me oyes? ¿Hola?

Cortó.

“Jodida lluvia”

Se espantó con el fuerte clamor de la tormenta, que volvió a iluminar las facciones difuntas del hombre a su lado. Los ojos del cadáver lo volverían loco, daban la impresión de que no dejaban de examinarlo con malicia, como queriendo memorizar cada parte de su asesino para cuando se encuentren en la vida próxima. Resurrección, reencarnación o una eternidad en el infierno, cualquiera que sea, esos ojos juraban tomar venganza llegado el momento.

Decidió cerrárselos. Mirando hacia otro lado, sus dedos bajaron delicadamente los párpados del hombre que yacía muerto. Notó que el tacto era frío; solo entonces reparó en que la muerte estaba realmente a su lado, compartiendo oficina con él. Fría, callada, limitándose a observarlo todo desde su sepulcral oscuridad.

Pensar en ello lo puso a temblar. Volteó hacia la ventana panorámica, hacia el opaco paisaje de la ciudad. La cascada de agua bajando por el vidrio lo deformaba todo. Vio el faro a lo lejos, con su foco encendido. A pesar de llevar años viviendo en la ciudad, nunca se había preguntado si el faro seguía funcionando para guiar embarcaciones. Habría deseado ser iluminado por el faro ahí en su oficina. Necesitaba un poco luz para calmarse, para pensar mejor.

Nunca se planteó el hecho de la falta de faros en sus días. Sus caminos fueron siempre guiados por la pura intuición, por la toma de decisiones al azar o por un poco de meditación sin experiencia. Se tambaleaba, era víctima de turbulencias en sus constantes vuelos, mas se reponía con la poca ayuda brindada por la luna. Y era una noche sin luna la que tenía en frente. O el agua no le permitía verla. Así como impedía distinguir su reflejo por completo. Era capaz de diferenciar sus piernas y sus zapatos, también parte de su torso, con su saco y el reloj de pulsera en su mano. Mas de su rostro y mano izquierda no veía nada. Se agachó, sin conseguir resultados, no se veía.

Dio un largo suspiro y se dedicó a contemplar el paisaje. Ver la ciudad lo relajaba, era una conexión mutua, él la veía y las luces de la ciudad lo veían a él. ¿Lo veían? ¿En qué estaba pensando? La ventana abierta cuando tenía un cadáver encima de su escritorio, ¡La ciudad entera podía ser testigo! Su respiración se aceleró, el pánico escaló por su espina dorsal hasta estallar en su cabeza. Por su piel resbaló sudor frío ¿Debería cerrar las cortinas ahora? se cuestionaba. Se congeló sobre sus pies. Sintió la sangre en sus manos escurrir una vez más, impulsada por el sudor de sus palmas. ¡Cierra la maldita persiana!

Tuvo un pequeño resbalón al correr al extremo de la oficina, mas se repuso y siguió en marcha. Con movimientos exasperados tomó la manivela e intentó cerrar la persiana, tarea que se complicó al enredarse con sus propios dedos. En desesperación, la paz externa recibía su mundo caótico con rechazo, lo retrasaba y procuraba que el intruso dominando su cuerpo no contagiase la calma reinante.

Lo consiguió más tarde de lo que pudo haberle tomado. Corrió hasta el otro extremo e hizo lo mismo. La oficina se sumió en total silencio. Estado persistente que solo lo sintió llenar su piel en cuanto aisló su oficina del mundo exterior.

Se sentó en la misma esquina, junto al arma. La miraba de atisbo, tentado. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Pronto fue capaz de ver las formas que lo rodeaban: el florero de la esquina adyacente, la puerta en medio de la oficina, la lámpara colgante sin funcionar. Vio las patas del escritorio y a un lado las de la silla, a las que se agregaban los pies del cadáver, al que también era capaz de observar, sentado con rectitud en la silla, con su cabeza colgando, el mentón contra su pecho.

¿Sentado? Refregó sus ojos. ¡El cadáver estaba sentado! No lo recordaba así ¡La cabeza estaba contra el escritorio! Se desangraba acostado ¡No sentado!

Empuñó el arma.

En su oído retumbaba un molestoso latido, el corazón mismo intentaba escapar por su oreja. Se puso de pie con cautela. Utilizó su celular para activar la linterna, sirviendo para comprobar lo que sus buenos ojos le comunicaron: el cadáver estaba sentado, cabeza gacha.

Se acercó con pasos temblantes. Pensó que quizás lo movió sin intención en aquel apuro por cerrar las persianas. Pudo ser algo inconsciente y por ello no lo recordaba. Paso a paso, respiro a respiro, extendió su mano, ademán de querer sostener el hombro del difunto, regresarlo a su posición de origen.

Un trueno se comunicó con su miedo.

El cadáver se comunicó con él.

—¿Pensaste que una simple bala en mis temporales me mataría? —preguntó el cadáver—¡Sorpresa! no estoy muerto.

Su voz resonó en toda la oficina. Elevó la cabeza, llena de sangre coagulada, y su mirada -aquella misma mirada dilatada—se centró en su asesino.

—Yo…yo te disparé—Se alejó con furor, tropezando con su propio pie, terminando en el suelo—¡Tu cabeza está agujereada!

El cadáver se levantó, palpó los hoyos de bala en su cabeza, riendo.

—Esto no es nada. Me funcionarán como oídos para escuchar tus lamentos.

—¡No es posible!—exclamó—, no puedes estar vivo.

De la boca del difunto estalló una enorme carcajada. Su mirada era solo un vestigio de la humanidad dejada detrás, en el plano terrenal del que ya había partido.

—Tal vez no lo estoy—respondió—, lo que no quiere decir que no pueda estar de visita.

—No, no, no—repetía desde el suelo, alejándose a rastras—; esto está mal, debo estarlo imaginando todo. ¡Es una maldita ilusión! la lluvia es la culpable.

—¿Te parece esto una ilusión? —tomó en su dedo índice un poco de la sangre de su cabeza y procedió a lamerla—. A mí me parece muy real. Su sabor es tan… perceptible.

Se apuró gateando hasta la esquina de la oficina, elevó el arma, apuntándola contra el resucitado.

—Un paso más y te vuelvo a volar la cabeza.

—Eso no sería un problema para mí. Resucité una vez, podría volverlo a hacer.

Sin dejar de ser apuntado, el cadáver viviente arrastró la silla hasta la esquina, sentándose a pocos centímetros del hombre causante de su resurrección, de su partida pasajera a un universo que no estaba dispuesto a aceptarlo.

—¿Estás rezando?—preguntó el hombre antes muerto.

Con el arma pegada a su pecho, el sujeto susurraba palabras para sí; ojos cerrados con fuerza y dominado por sacudidas constantes en sus extremidades. Oraba a alguno de los Dioses estelares, a cualquiera que desease escuchar sus plegarias. Lo único que le importaba era que no se tratase del Dios de lo nebuloso, de penumbras y fuego. Porque estaba bastante seguro de que era ese, precisamente, el que tenía en frente.

—Estoy pidiendo perdón por lo que haré—respondió.

—¿Qué harás?

—Terminar con este martirio.

Elevó el arma y la apoyó en su sien. Ahí estaba el tacto metálico una vez más. Un toque familiar, un beso prohibido que sentía añorarlo cual caricia de una antigua amante. Y su cabeza la recibía sin quejas, resuelta a enfrentar el furor pasional de aquellos labios metálicos.

—¡Oh, por favor! —exclamó el cadáver—. Está bien, adelante. Te aseguro que eso no servirá de nada. Además…

Acercó su rostro al del hombre suicida, implantándole un horror jamás antes conocido, causado por aquella mirada inquietante que mantenía incluso antes de resucitar, por los agujeros latentes en los laterales de su cabeza, por la sangre seca coloreando su rostro.

—Del otro lado—continuó en susurros—, lo espantoso abunda. Dímelo a mí que acabo de llegar del lugar.

Su receptor mantenía los ojos cerrados, negándose a ver al ser perteneciente al linaje del Dios de lo prohibido.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó.

El hombre abrió los ojos. Y tras mirarlo, disparó.

El seco sonido del gatillo y la ausencia del estallido de pólvora delataron un arma vacía; se percató de que ningún recuerdo viajó fugaz por su cabeza, ningún momento de merecida memoria lo abrazó en lo que estuvo por volverse su tumba y motivo de muerte.

—Te dije que no serviría—repitió el resucitado.

Al notar su intento fallido, disparó una y otra vez. No tuvo caso, el cargador carecía de balas. Lleno de furia, estalló en gritos.

—¿Quién demonios eres? —preguntó al borde de la histeria—¿Algún tipo de brujo? ¿La misma muerte?

—Tú sabes quién soy. No me hagas decirlo… no quieres que lo diga.

Un olor fétido se coló por las fosas nasales del sujeto. No hizo falta rastrear su procedencia cuando su intensidad aumentó al acercarse el resucitado. El muerto empezaba a apestar y el olor nauseabundo, combinado con la imagen pavorosa del cuerpo disparado y lleno de sangre, creaban el ambiente propicio para que derramase sus vísceras por el suelo, expulsadas en un disparo digestivo para el que sí tenía carga.

Mas se controló. Se convenció de ignorar ese ambiente, así como ignoraba el repentino dolor de pecho, rogando que no se tratase de un infarto.

—Tengo que salir de aquí o moriré—comentó el hombre.

—No hay salida. Solo somos tú y yo.

—¡Solo soy yo, joder! ¡Tú eres un maldito cadáver parlante!

El teléfono timbró. Se apresuró a contestarlo.

—Hola—era la chica.

—Escucha, tienes que sacarme de aquí. ¡Tienes que venir ahora!

—Calma, calma. Estoy en camino. ¿Todo bien?

—Nada está bien. Sé que sonará loco, pero el cadáver ha resucitado, ¡Me está acosando! esta oficina se ha vuelto un infierno. La puerta está trabada, las luces no funcionan, ¡Un infierno! estoy encerrado—Su voz se quebró—Sácame de aquí, por favor.

—Estoy en camino, procura no…

—¿No qué? ¿Hola?

Señal muerta.

—Podemos volver a lo nuestro. Mira a tu alrededor, Charlie. Me equivoqué al decir que somos solo los dos. Han venido unos cuantos amigos también.

En la esquina opuesta, una sombra se elevaba. Un hombre de gran estatura, con ojos blancos brillantes, resaltando en la penumbra de la oficina. Nada más que sus pies y vestigios de su cabeza eran visibles. Y los ojos, observándolo todo con aquel peculiar brillo.

—Han cruzado la línea conmigo—susurró el cadáver.

—¿Qué quieres de mí?

—Pregunta equivocada, Charlie.

El ruido del bulto al caer sobre el escritorio los interrumpió. Era una mujer, su contorno perfectamente visible, curvas definidas y uñas de exagerada longitud.

—La pregunta correcta—continuó—, es qué quiero yo de ti.

El cadáver elevó su dedo, interrumpiendo el reclamo del sujeto.

—No quiero más palabrería. Quiero que me mires a los ojos. Siente lo que es estar al otro lado, conoce, adquiere experiencia.

Los ojos, tornados en amarillo con una densa pupila negra dilatada, se abrieron cual pozo que conduce a una fuente interminable de agua. Colocó aquella apertura sobre los del hombre, invitándolo a sumergirse en ellos.

—¡Mírame! ¡Mírame!

Percibió los ojos del cadáver cuales dos gusanos excavando en tierra; y el terreno dentro de su ser era virgen, conocido únicamente por las intenciones que muy bien ocultaba bajo las sábanas de su alma. Y era eso lo que sintió ser penetrado por aquella mirada frívola, por los gusanos devoradores, ocultos en forma de ojos.

—¡Mira mis ojos! —gritaba el cadáver—¡Observa!

Y en la batalla humanidad contra muerte, su fuerte grito estalló anunciando la pérdida. Aulló con desesperación, rasgando su garganta en el proceso, poniendo a pitar sus oídos. Su corazón se aceleró y en sus manos divisó el primer paso a su metamorfosis.

Los pelos aparecían uno por uno a una velocidad descontrolada. Poblaron toda su extremidad, y el cadáver carcajeaba sin parar a medida que en la espesa oscuridad de la oficina se dibujaban sonrisas, emergidas de la aparente nada, surgidas de la aflicción.

Antes de recuperar la consciencia, se vio a sí mismo ser conducido de la mano del cadáver hacia una entrada de madera blanca, rodeada por un halo negro.

—Bienvenido a tu resurrección—susurró, abriéndole paso.

Al despertar, no contuvo la sorpresa de ver su brazo lleno de plumas negras.

—¿Qué es lo que viste?

—Todo—dijo.

—¿Qué eres?

—Soy un búho.

—¿Un qué?

—Un búho. ¡Soy un búho!

—¡Un ser de la noche! —gritó el resucitado.

—¡Soy un búho!

—Podrás hacer lo que nunca te atreviste a hacer—el cadáver se acercó a las persianas y las abrió—, lo que no te fue permitido jamás en la vida. Siempre poniendo barreras a tus deseos, siempre pensando en si sería correcto.

Embriagado por la sensación de cambio, paseó con su mirada sus extremidades inferiores, las cuales sentía como sus mismas alas. Era un búho.

—Cuando nuestros ojos están cerrados, es necesario librarlos de esa oscuridad, adaptarlos. Yo esta noche te he conferido una mejor visión del universo.

—Soy un búho—repitió el sujeto.

—Por ello, emprenderás tu vuelo.

Empujó el vidrio de las ventanas sonriendo en una mueca torcida. De los agujeros en sus temporales escapaban los gusanos, recorriendo lo largo de su cabeza, llegando hasta su boca.

—La ciudad es tu hábitat, querido búho—El resucitado extendió sus brazos—, sé libre y permíteme cargar con el peso de tu humanidad.

El hombre búho se acercó, respirando la fuerte brisa que se colaba por la ventana abierta. Vio rayos a lo lejos, estruendos repentinos que buscaban espantarlo, mas no temía. Era un ser de la noche, era un hombre búho.

—Salta—animó el cadáver.

Puso un pie en el filo de la ventana. Sus ropas se empaparon de la fresca lluvia del exterior y, a pesar de que el aire azotando su rostro intentó advertirle, el hombre búho no escuchaba más idioma que el del instinto animal, implantado en la resurrección de su nuevo yo.

—¿De qué te liberarás? —preguntó el resucitado.

—De todo—respondió—, quiero dejar atrás la niebla en mi vista, el consuelo falaz de una luz cegadora que solo oscurece mis pasos. Quiero ver, quiero volar.

—Salta—volvió a animar.

A su voz se sumaron múltiples ecos. En las sombras brillaron ojos blancos y bocas torcidas, todas unidas al mismo canto.

—Salta—decía el eco formado por las múltiples voces—. Salta.

Tomó aire. Llenó sus pulmones y estiró uno de los pies. Mirando abajo, sintió una creciente necesidad de llenar la ciudad con su vuelo. Cubrir las luces con la extensión de sus alas; empaparse de la lluvia y regalar a las nubes el gusto de ser tocado.

—Soy un búho—dijo.

El teléfono en su bolsillo timbró. Tomarlo con su mano transformada en una masa de pelos fue complicado.

—¿En dónde estás? —preguntó la mujer.

—Voy a saltar.

—¿Vas a qué? No, espera. ¡De qué demonios hablas! ¡No saltes a ningún sitio!

—El resucitado aclaró mi mente. Tengo que saltar.

—¿Comprobaste que murió?

—Lo hice.

—¿Y cómo sabes que resucitó?

—¿A qué te refieres?

—Deberías comprobarlo. Sentir su corazón latir.

Lanzó una rápida mirada al cadáver.

—Hazlo—repitió la mujer—, toca su pecho y siéntelo latir.

Usó su palma para ponerla sobre el resucitado. Fue incapaz de percibir latido alguno.

—Está muerto, todo…

—¿Hola?

—No sa…

—¿Me oyes?

Pitido. Colgó.

—Creo que tendremos que deshacernos de esto—le quitó el teléfono.

—Devuélvemelo.

—Salta.

—No.

En un movimiento rápido, el cadácer lo agarró del saco y lo tiró contra el concreto. El hombre búho sintió su cabeza dar vueltas; en su borroso campo de visión distinguía diversas formas flotantes en la oscuridad, todas ellas con ojos blancos brillantes y labios deformados.

—Desaparece—ordenó el cadáver—, te haremos desaparecer. ¡Desaparece!

Las voces se alzaron al mismo canto; clamando el desvanecimiento del búho frente a ellos.

El hombre resucitado se acercó al sujeto causante de sus agujereados temporales y procuró mantener su rostro muy pegado al de él. Sus facciones, de cerca, mostraban una clara putrefacción. Su olor era una mezcla entre podredumbre y carne quemada. Sus temporales ya no presentaban agujeros; los gusanos los llenaban por completo.

—¡Desaparece! —gritó en la cara del hombre.

Sin poder aguantar más, el hombre búho vomitó. Su pelaje se manchó con el desperdicio de su estómago. Su consciencia era lejana.

La llamada volvía a entrar. El cadáver le acercó el teléfono a la oreja. “despídete” le susurró.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Me matará. El resucitado me matará.

—¡No hay ningún resucitado! ¡No hay ningún muerto si quiera!

—Lo hay. Y está acabando conmigo.

—¿Recuerdas acaso cuando lo mataste?

Su memoria hizo un esfuerzo.

—No. Sé que lo hice.

—¿Recuerdas haber disparado? ¿Intentaste realmente abrir la puerta de la oficina?

Los cuestionamientos de la mujer se volvían una pelota de palabras sin sentido. ¡Claro que lo había intentado! ¿O no fue así? Su realidad tambaleaba.

—¿Inten…ste…cender…luces? —una fuerte interferencia cortaba sus palabras.

—¿Hola?

Colgó.

¿Encender las luces? Siempre estuvieron apagadas. Siempre estuvieron apagadas… ¿Por qué? No lo comprendía. Y no podía pensar. Todo daba vueltas.

—Yo te asesiné—alcanzó a decir—¡Yo te asesiné!

—Desaparece—dictó el resucitado—¡Desaparece!

Un solo grito; el coro de voces espectrales se elevó en una ola de rugidos deseosos de sangre, de desaparición.

—¡Yo te asesiné, yo te asesiné, yo te asesiné!

—¡Desaparece! ¡Desaparece! ¡Desaparece!

No pensaba detenerse. Con su grito opacaría el de aquella multitud penumbrosa, confesando su acto adquiriría el perdón.

Se cubrió los oídos con fuerza y reventó sus pulmones a gritos. Las luces se encendieron y él no paraba de acusarse. Sonidos de tacones se acercaron; una mujer lo tomó de los hombros y lo acercó en un abrazo.

—Tranquilo, tranquilo—intentaba callar al hombre búho, que no paraba de gritar—, ya estoy aquí, no hay nadie más, solo los dos.

—Lo asesiné—repetía—, lo asesiné.

Un fuerte guardia esperaba de pie en la entrada de la oficina.

—Shh—lo calló la chica—, no quieres decir eso.

—Pero es cierto—susurró—, el cadáver… es cierto.

—No es posible que hayas asesinado a nadie—replicó la mujer.

Retiró de su cartera un espejo y lo extendió al hombre.

—Tú mismo te suicidaste tiempo atrás—agregó.

Y tomando el espejo por el mango, el hombre vio en su reflejo el rostro del cadáver resucitado.

FIN

Hidenburg 1937

Ahora que no estás, pienso en esos días en los que vivimos juntos, y recuerdo con cariño aquel viaje trasatlántico que hicimos a Nueva York en 1937. Tan jóvenes e ingenuos, en esos días creíamos que el amor era la fuerza motora del planeta, capaz de llevarnos una mañana hasta la luna y aterrizarnos frente al Hudson, para darnos el tiempo suficiente de beber ginebra en esos bares del puerto de Manhattan que tanto te gustaban.

Yo te recuerdo muy bien. Ese día vestías una gabardina que hacía juego con una bonita boina morada. Llevabas un bolso rectangular, pequeño y negro, zapatillas también negras con punta de bruja y la gargantilla color rosa que de utilizaste durante nuestro último baile. 

Recuerdo que en ese año peleabas con tu madre por tu cabello corto y juró no volverte a hablar si te ibas a Estados Unidos conmigo. Se enojó un tiempo y a mí no me dirigió la palabra por cinco años más, pese a haberte perdonado. Pero todo lo valió. Verte bailar en nuestro pequeño departamento de diez metros cuadrados valió todo el desprecio de tu madre.

Añoro tu risa. Más ahora que nunca. Esa risa que callaba a los jazzistas, que enmudecía a los marinos, que sobornaba a los policías. Esa risa ridículamente hermosa.

También recuerdo la noche anterior a la catástrofe. Bailábamos desnudos frente a la ventana de nuestro cuarto, mientras nos susurrábamos  «Let’s do it» y nos besábamos cada que el aliento nos lo permitía.

Fue en mayo de ese año, cuando sabíamos que el amor era fuego y nos quemaba, que una chispa nuestra voló al cielo e incendió el firmamento, en una horrorosa fiesta de juegos pirotécnicos alemanes, cuando el Hindenburg se hizo cenizas, mientras tu y yo, pirómanos románticos, hacíamos el amor.

Enfrentando la lluvia

Nadie creía en mí cuando les mencionaba el poder purificador de la lluvia. En esta ciudad todo el mundo se esconde de ella; tan pronto como empiezan a caer las primeras gotas las calles se desalojan cual tragedia inminente. Las tiendas cierran, las luces se apagan y en un parpadeo, lo único que puedes ver a tu alrededor son las avenidas inundadas. Se piensa que la lluvia es destructora, que con tan solo poner en contacto una mínima superficie de tu cuerpo con ella, puedes terminar en la tumba,

No tengo idea de dónde nace tal leyenda; tal vez es uno de esos mitos que surgen en toda población y de los que se teme sin razón aparente. Todo hasta que un hombre decide probar lo contrario.

Ese hombre soy yo.

Durante muchos años permanecí escondido de la lluvia, ingresando a casa de la mano de mis padres que pretendían protegerme del gran mal de las nubes. Mas yo siempre me quedaba observando a través de la ventana, maravillado ante el espectáculo de las gotas al impactar.

Y finalmente hoy podré comprobar que la lluvia no es ningún mal. Que es purificadora, porque si te detienes a observarla, nace en tu alma algo nuevo, limpia tus pensamientos y los renueva de una calidad artística incomparable. Si todo aquello sucede con la simple observación de las gotas al caer, ¿No sería mayor el efecto beneficiador al sentirlas en el cuerpo? Eso es lo que estoy dispuesto a probar. Hoy, día en que finalmente soy libre de las cadenas de mis progenitores, día en que el permanecer en las calles es una decisión sujeta solo a mi voluntad. Hoy, que las nubes están más grises que nunca.

Las primeras gotas caen y todo el mundo echa a correr. Los padres levantan a sus niños y buscan refugio. De vivir muy lejos, las personas permiten que se alojen en sus casas; todo el mundo se vuelve sensible y empático cuando las tragedias se avecinan, o cuando se ven envueltas en una.

Mientras ingresan, me miran todos con extrañeza. Yo no me muevo, permanezco en la mitad de la calle, riéndome de aquellos que huyen cual ratas asustadas. Les enseñaré a todos que la lluvia es nuestra amiga, que lo único que debemos temer de ella, es su ausencia. Porque el agua procedente de las nubes grises es sinónimo de vida misma.

La tormenta se desata. Gruesas gotas caen y en su trayecto impactan en las desoladas calles de la ciudad. Gran parte de ellas impactan sobre mí. Las siento estrellarse contra mi cabeza, empaparme por completo la frente. Decido entonces acostarme para observar mejor el caer de las gotas a lo largo de mi cuerpo.

Abajo, recostado en el pavimento, la vista es más espectacular. Siento la lluvia llegar hasta mi torso y producir en él un cosquilleo risorio, un poco de agua se mete en mi ojo y de pronto la visión se me nubla, todo se torna borroso a mi alrededor. Mis piernas se vuelven débiles y soy incapaz de moverlas. Al echar una mirada a mis brazos, puedo notar que han desaparecido, se marcharon junto a la corriente de agua que recorre la avenida.

Siento entonces que mi torso también se está desvaneciendo. Pierdo total sensibilidad en las piernas e intento hablar, susurrar lo exquisito que es la sensación de consumirse en la lluvia; mas no puedo, mi garganta se ha esfumado.

Ya solo queda mi cabeza, que poco a poco va desapareciendo, desprendiéndose en pedazos que fluyen en un mar de gotas, arrastrados por ellas sin ningún camino fijo.

Me convierto en el primero de los hombres de papel en enfrentar la lluvia, y la sensación del agua dañando el material del que estoy hecho, es la mejor que he tenido en la vida.

FIN

La noche de la verdad

Originalmente publicado en: Revista Salto al reverso #6

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Imagen por: Kristaps Bergfelds

Cierta noche, Alejandra recibió una extraña carta en su buzón. La carta decía: “Sé que llevas tiempo preguntándote por qué vives y a dónde vas. Si quieres saber las respuestas, te espero a medianoche en la azotea del edificio del frente”.

Alejandra quedó intrigada por aquel extraño mensaje. Era cierto, sin duda, que aquellas preguntas habían estado dando vueltas en su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo desde la muerte de su hermano. ¿Pero cómo pudo haberse enterado aquella persona? ¿Cómo pudo saber cuáles eran exactamente las preguntas existenciales que le intrigaban?

Pasó todo el día siguiente pensando, considerando si acudir a la cita o no. Llegó a pensar que era una trampa, después de todo siempre tuvo dudas sobre si la muerte de su hermano realmente había sido un suicidio. ¿Y si fue un homicidio? ¿Y si la persona que envió la carta estaba directamente relacionada con ello?

Cuando llegó la noche en cuestión, Alejandra decidió no ir. A la mañana siguiente se fue a trabajar. Durante todo el día la embargó la sensación de haberse perdido de algo, como si encontrarse con aquella persona fuese realmente importante. Pero racionalizó y se convenció de haber tomado la decisión correcta.

Al llegar a su casa por la noche, otra carta le esperaba. La carta decía: “¿Aún piensas que fue una buena decisión no vernos? Tu hermano pensó lo mismo cuando recibió su carta. Él asistió al tercer y último llamado. Este es el segundo llamado para ti: entérate de la verdad. Te espero a medianoche en el edificio del frente.”
Alejandra se llenó de emociones en conflicto, una mezcla de rabia e intriga. ¿Y si sus sospechas eran ciertas?

Decidió ir. Durante la cita no pasó nada fuera de lo común. El remitente le habló alrededor de veintiún minutos y Alejandra regresó a su casa. En esa conversación se enteró de por qué el ser humano vive y a dónde va. Aquella noche Alejandra se suicidó.


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LLUVIA DE FEBRERO

Hubiésemos tomado las palabras no alcanzadas de nuestras bocas para sumergirnos. La lluvia, el pajarito, el libro y Vicentico. Todo tibio como la tierra húmeda, mirando el salado desde una mesita chueca, todo apolillado y casi perdido.

Y la vida sonreía debajo de los cristales que obsequiaba el cielo y el corazón partido con cada gesto. Todo no es desaliento, he dicho que la vida sonreía en aquel momento. Y no contenta con eso, silenció el murmullo y me lo puso en los ojos. Atolondrada mirando el vacío mientras él estimulaba su cerebro, y su corazón inmune para el mío decadente.

« Estoy triste » me decía mientras veía el fondo de la botella. Pero así es la cosa. Al rato la vida de mis labios que sonreía nombraba sin nombres y el corazón se seguía doliendo. « tengo una rabia retenida » dije enseguida y ya no más. Sorbo directo a las venas y al olvido que se levanta a las 6am.

Parece que nadie entiende, parece que Nadie ha desaparecido entre el manto gris de la ciudad, y él en su momento glorioso de tranquilidad frente a mi inquebrantable e impredecible alma. Y yo en un tumulto de emociones retenidas, queriendo ponerle cualquier concepto a lo que se llamase amor.

Me había dicho cabreado que escribiese, o que le escribiese. Pero de hacerlo, como ahora, solemnemente el alma se agita como cuando solo ella siente y sufre por un placer ambigüo. Y para variar amanecí triste y de lado de la mort. Para variar las horas se hacían eternas antes de la despedida. Tal vez la última de mi ingenuidad arrebatada.

Tal vez, porque a la mort le gusta jugar y yo siempre pierdo. Porque la mort me llama y yo le pierdo. Porque la mort va conmigo y yo me pierdo.

vuelve el tiempo

Año 2018. 

Tal vez, hoy escriba demasiado o me permita morir un rato frente al espejo. He puesto en  bandeja de plata mi inconstancia, mis intentos, mis defectos, mi arrogancia; para que los saboreen tres segundos mientras mi debilidad emocional está en marcha. Yo desde abajo: sentada, escuchando a unos zapatos sobre la tierra correr y huir me digo:  «debería reprocharles o agradecerles, pero debería hacer algo».

Hace cuatro años estaba loca, y hoy me desvanezco frente a mis poemas, y escupo tres veces sobre una pantalla de vida virtual, de inexistente calma; entre tanta mierda. Tengo mis manos y una costilla sangrando. Solamente quiero llegar y descansar, llegar a algún lugar para luego alzar la cabeza y seguir dando pasos, seguir atormentando cerebros heridos, marchitos, y seguir en mi desnudez que tanto aturde, que desbarata, indomable, y nunca más escapar.

Memoria del desviste 1, 2 y 3

1

Las medias nacen, como todo lo importante, de una o un conjunto de ideas. Algunas veces en la mesa de un bar, en un vehículo en movimiento, en la regadera, en el bosque o en medio de una tormenta.

Es grosero de nuestra parte olvidar felicitar a la cuarta copa que, llena de licor, ordenó las neuronas e idealizó la ruta para crear la prenda. Tampoco agradecemos a la gota número trece mil cuatrocientos noventa y tres, que cayó en la parte correcta del cuerpo, para activar la creatividad y gestar la idea.

¡Olvidamos al verdadero detonante!

Basta el maullido de un gato color negro, a la hora correcta, para que alguien dibuje una prenda, la fabrique, la coloque en un anaquel o exhibidor, sea comprada, sea utilizada, sea admirada, sea participe de un espectáculo privado, sea liberada y sea olvidada por varias noches bajo la cama.

La memoria del desviste se olvida de la prenda poco tiempo después de ser expulsada.

2

Es tan injusto que preguntes si pienso en ti. Es muy grosero de tu parte. Aún recuerdo aquel vestido de lunares cayendo al suelo, desnudando tus pechos y dejándote con la luz de tu alcoba iluminándote sin bragas.

Es agresivo que creas que te he olvidado. Al calendario no le he quitado ninguna hoja desde que te fuiste, aquí sigue siendo veintiuno de febrero. La cama huele a ti y la cocina todavía tiene la mancha que dejaste.

Si tan solo yo no te hubiera desvestido nunca, hoy sería feliz. Hoy sería un día cualquiera y no el trescientos cuatro desde tu partida. La memoria del desviste me atormenta. Muero, muero y vuelvo a morir muchas veces más cada que te veo pasar vestida en alguna avenida.

3

Vamos a obviar algo: En 2018, el 14 de enero a las 19:43 horas, te dije por primera vez que te amaba. Ese amor no nació en enero, sino después de una tarde de lluvia, un martes de marzo de 2016. Creció tanto que si tuviera que materializarlo el día de hoy (septiembre de 2019), sería similar a un frondoso árbol de dulces mangos del tamaño de Neptuno.

Obvio lo anterior, ignoremos por un momento ese gran amor que habita en mí, que me rompe por dentro y que me reconstruye pedazo a pedazo para poder verte cada que mis ojos se acercan a ti. 

Ignorando el amor, no puedo seguir contigo. Y no por mí, sino porque el amor que me tienes hoy, si tuviera que materializarlo, sería del tamaño de la mitad de la más pequeña semilla de mostaza del mundo, y no tengo fe ni esperanza para creer que esto, que hasta hoy ha coexistido en nosotros, genere nuevamente frutos.

Problemas con un muerto

Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Publicado originalmente en Salto al reverso.