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Problemas con un muerto

Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Publicado originalmente en Salto al reverso.

Piezoelectricidad: El verdadero poder del cuarzo

“Profecía del Ángel de Luz y la esfera dorada”, por Blacksmith Dragonheart.

Durante toda la historia, al cuarzo se le han atribuido muchos poderes y propiedades mágicas que incluso hoy, en pleno siglo XXI, se siguen creyendo…
Partiendo de unas de las profecías de BlacksGaea, de la cual unos dicen que no se cumplió y otros dicen que , se realizó una investigación sobre la esfera dorada que lleva el ángel en la ilustración. Si bien existen discrepancias sobre la profecía, el estudio se enfoca en lo comprobable y demostrable científicamente: la esfera existe y está hecha de simple y común cuarzo, sólo que con impurezas de oxido ferroso que le dan el color “dorado” con que la describen.

El cuarzo es un mineral muy conocido, es muy común incluso hoy en día, así que lo puedes encontrar en cualquier lugar, sí, en cualquier lugar… y muy cerca de tí, en tu reloj por ejemplo.
Conocida como Tamerlán, roca fría, flechas de cupido, piedra solar, cabellos de Venus, piedra trueno; a lo largo de la historia le han dado muchos usos que hoy ya se han demostrado que no tiene, pero lo documentado aquí es algo que muy pocos conocen.
De todos los nombres antiguos para el cuarzo, hay un nombre infiltrado en la lista que no tiene registro en la historia, pero a pesar de esto es el único nombre que describe su verdadero poder mágico… ¡y la historia no lo cuenta! El cuarzo realmente no es frío o helado como se creía, tampoco tiene que ver con Cupido ni con Venus, y realmente no es caliente como se creía para ser llamada piedra solar, etc., sin embargo, nuestra historia, la cual nos tragamos como una píldora, nos dice que así han llamado al cuarzo y que esos son los únicos usos que le han dado.
El único nombre que representa la propiedad que realmente tiene el cuarzo es “Piedra trueno”, porque tiene propiedades eléctricas demostradas científicamente y son utilizadas en muchas cosas que no sabías, pero como te decía: esto no lo cuenta la historia.

Antiguamente los magos -nuestros primeros químicos- descubrieron el verdadero poder de esta piedra de cristal, pero la historia que nos cuentan no registra este hecho gracias al oscurantismo, época en la que se perdió mucho conocimiento y muchos libros fueron quemados… Luego, estos estudios de magia y alquimia, que ahora llamamos ciencia, fueron retomados y redescubrieron este poder que (para las mentes observadoras) es imposible de ocultar: el poder del trueno.

Si has vivido cientos de años, no encontrarás ninguna diferencia entre las palabras magia y ciencia, poder y propiedad, hechizo y fenómeno, elemento y material, trueno y electricidad. Pero como de seguro sólo cuentas con menos de cien años, te lo explicaré con palabras que usa la ciencia de hoy: La verdadera propiedad del cuarzo es ser un material piezoeléctrico, es decir, al ser sometido a presión, libera cargas eléctricas en su superficie.

Así es, los antiguos usaban el verdadero poder del cuarzo, y luego de muchas guerras y batallas, hoy ya lo podemos usar libremente, porque el uso de estos poderes mágicos ahora son aceptados como “ciencia”.
Y este poder, como quedó dicho anteriormente, se trata de someter el cuarzo a una fuerza o presión para que suelte cargas eléctricas en su superficie, ¿magia? Ya sabemos uno de los motivos por los cuales los grandes magos y brujos llevaban cristales incrustados en sus báculos. Ahora es tan normal, que hasta tú llevas cristales “mágicos” contigo. El cuarzo, por ejemplo, está en la mayoría de equipos electrónicos que utilizas: relojes, computadores, televisores, etc., aprovechando de esta piedra mágica su propiedad piezoeléctrica  que no se ha mencionado antes en la historia.

Así concluyo con la documentación de esta arma poderosa, y lo es porque muchos sabios, herreros, magos y científicos varios le han encontrado un gran uso a la capacidad de convertir presión en electricidad.
Y es por eso que hay quienes dicen que la profecía se ha cumplido, porque existen personas a quienes se les ha revelado cómo convertir unas fuerzas en otras.

LQQD.
Gracias por leer.

Atte.

The
BLACKSMITH


  • Más sobre el cuarzo AQUÍ.
  • Más sobre fenómenos piezoeléctricos AQUÍ.
  • Dragones, algo que no sabías sobre el oscurantismo: AQUÍ.

DIAMANTES

Gente de carbón – Carlos Quijano

Observaba con curiosidad las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso, depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de los oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas. Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrecía en cintas magnéticas que vendía por metro. Rada comerciaba con emociones exiliadas que recogía día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que habían hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso; promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para notar si alguna mercancía le hacía un guiño. Se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado desde la crisis que hubo después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir, pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en un puesto de libros. Mulu, el servicial propietario, se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —dijo, intentando captar la atención de la chiquilla—. ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar.

Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas, aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos; producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estuviera Lara.

Durante un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero que estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso: era el suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio del que no se percibe el fondo. Estiró su mano para tocar la prenda, sintió la textura y lo supo. Se acercó a olerla y, muy por debajo de los fétidos olores del lugar, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

—¿Qué haces, niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

—Esto es de mi madre —respondió con valentía la chica.

—¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

—¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

—¿Dices trueque? —La voz sonó menos estridente, suavizada—. ¿Qué das a cambio? —dijo con total interés la vieja—. ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla.

La mujer miraba con detenimiento el suéter verde.

—No, ya recuerdo…, una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

—¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntó ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos, y prosiguió—: ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —Enseñaba, en sus manos pequeñas, un diminuto corazón que palpitaba acelerado de amor.

La anciana abrió los ojos muy sorprendida. Era un trueque muy tentador y pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

—No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter. Solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguro que ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter, caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, pintado en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando y anhelando encontrar a su madre. Lara se sentó sobre el camastro, apenas podía asomarse a la ventana. Había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

—¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritó, emocionada. No quería perderla de vista, pero no podía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor, guiada por un luminoso vínculo de amor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión, pero como pudo regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas, Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara apenas tuvo fuerzas para abrazarla y entregarle la pelota saltarina, por fin. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara, con ternura, la cobijó con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: A Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo; se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado después de juntarlos.

Derechos de autor reservados. Claro Oscuro, 2017.

El hombre en coma

Caminaba hacia el parque cuando me encontré al hombre en coma. El día era un poco gris, de esos en los que la visión de las casas te pone nostálgico, o el chapoteo de tus pies al cruzar sobre un diminuto charco te parece una melodía de notas graves. Mis pasos, nada acelerados, se tomaban su tiempo entre ellos, un intervalo que me permitía admirar el filtro melancólico bajo el que estaba la ciudad; es curioso, a las personas que conocía no les gustaba salir en días así, en que los rayos de sol son un mito contado para mantener viva la tenue llama de felicidad; pero gustaban de caminar bajo cielos radiantes, apreciaban solo un lado de la naturaleza, mas volteaban la mirada hacia el otro, hacia el que los obligaba a inspeccionar en esa habitación de su consciencia poco conocida, habitada por sentimientos guardados y criaturas poco afables.

Al girar la esquina fue cuando lo vi: acostado sobre una banca de cemento, con las manos estiradas hacia el suelo y mirando fijamente las nubes, estaba tirado el hombre en coma. Así fue como él se presentó ante mí.

Intenté encontrarle justificación a su peculiar posición: en su estado de ebriedad habría caído así en la banca, sin ser consciente de nada más que de estar vivo; o sufría tal vez de alguna enfermedad degenerativa que le impedía adoptar una postura corriente, cómoda, quizá, debido a ello, esa sería su postura cómoda. Como última opción pensé que podría tratarse de un sujeto producto de mi imaginación, como solía sucederme en aquellos días en que rondaba por las afueras del Instituto Ponce y el aura de los internados -enfermos mentales sufrientes de visiones espantosas- me llegaba con facilidad de contagio y terminaba entonces imaginando situaciones, escenarios reproducidos con suma viveza ante mis ojos; pero lo descarté porque jamás se mantenían una vez que les hablaba. Ninguna de estas cosas era correcta. Al acercarme, supe finalmente que se trataba de una persona real, de carne y hueso.

Me senté en el suelo, a su lado, el desnivel de la banca y el piso lo dejaban a él un poco más arriba, y a pesar de que notó mi presencia, permaneció en silencio largo rato, sin despegar su mirada de arriba, de las nubes.

—Hola—dije finalmente, tras un largo momento de un nada incómodo silencio.

—Hola—respondió él, manteniendo su inactividad corpórea.

—¿Por qué te sientas así?—pregunté sin tapujos, inmiscuyéndome en asuntos que no eran de mi importancia.

—Porque estoy en coma. No puedo moverme de este sitio.

—¿En coma? Estás consciente, hasta donde puedo comprobar.

—¿Cómo puedes comprobarlo?—preguntó con voz dubitativa, como juzgando mis palabras de una afirmación sin sentido, idiota.

—Porque me estás hablando—dije yo—, las personas en coma no hablan.

—Son palabras insignificantes, carecientes de importancia. Además, es otro tipo de coma. Es un coma espiritual.

Su voz era emitida con una tonalidad que no podría comparar con la de alguna otra garganta, era distinta, un poco temblorosa, podía escuchar sus cuerdas vocales esforzándose por vibrar y expulsar el sonido. Parecían estar cerca de paralizarse, en cualquier momento su lengua sería abandonada por el resto del aparato fonador y se quedaría moviéndose en su boca, sin conseguir generar más que un lastimero y ronco sonido.

—¿Un coma espiritual? De pronto tu espíritu se ha quedado dormido en tu interior y no parece poder despertar ¿Es lo que tratas de decir?

—Es exactamente lo que trato de decir—respondió sonriendo—. Parece que va a volver a llover.

Hizo una abdominal y se incorporó sobre su cuerpo. Su rígida postura de cadáver fue reemplazada por un dinámico y fluido mover de sus articulaciones. Se estiró con un gran bostezo y lo siguientes segundos se dedicó a contemplarme.

—¿Todo bien?—pregunté, intrigado por su mirada acusadora.

—Pensé que eras un poco más viejo. Supongo que está mal juzgar la edad mediante la forma de expresarse. Sin ofender

—Tranquilo, me lo dicen todo el tiempo.

El sujeto en coma se puso de pie y echó una mirada más hacia el cielo. Su cuello era una superficie lisa que se interrumpía por una pronunciada manzana de Adán. Sacó la lengua y cerró los ojos; sus manos las llevó detrás de su cabeza.

Yo, un poco incómodo por su actitud, preferí voltear a ver a otro lado y pretender que no lo conocía; aunque eso no era ninguna mentira. Sin poder continuar con su extraña actitud, decidí preguntárselo.

—¿Qué es lo que haces? Luces como un maníaco.

—Intento saborear la lluvia—respondió con la lengua entre sus dientes, balbuceando las palabras.

—No puedes saborear la lluvia si no está lloviendo—repuse—, sin contar el hecho de que saborearla no tiene ninguna gracia, carece de todo sentido.

El tipo me miró de reojo, incrédulo. Me tendió su mano y me ayudó a ponerme de pie. Éramos de la misma altura, quizá le ganaba por uno o dos centímetros. Me miró directo a los ojos, colocando su mano en mi hombro.

—Tiene sentido cuando has perdido la capacidad de disfrutarla—dijo sosteniendo la mirada—, cuando tu lengua se transforma en un simple gusano movedizo, cuando tus manos no son más que dos frívolas máquinas que no sienten lo que tocan; cuando todo lo que perciben tus ojos son colores muertos. Créeme, sí que tiene sentido entonces.

Dicho eso, volvió a doblar su cabeza y a sacar la lengua, esperando el caer de la lluvia. Yo no respondí nada, volví al suelo, me acosté en él y observé al hombre en coma mantenerse en esa posición, inmóvil, una estatua dotada de vida. El ulular de los frondosos árboles eran una barrera a cualquier otro sonido, lo único que se podía escuchar en el sitio era mi respiración y una que otra hoja arrastrada por el viento. No tardé en ser acicalado por las vestiduras de un pesado sueño; mis ojos se cerraban, mas en medio de ese ir y venir de la consciencia, el hombre en coma continuaba sin moverse.

Las primeras gotas cayeron justo en mi frente. No las sentí hasta que se volvieron una tormenta.

Desperté y pude ver al hombre en coma riendo a carcajadas gorgoteantes, con su boca abierta tan llena de agua que se derramaba por sus comisuras, inclinado, mirando hacia el cielo. Su boca se había vuelto una cascada imparable, fluyente, que caía de la mano junto a un sonido irrisorio.

—¡Oye!—llamé—¡Oye! ¿Estás bien?

Se limitaba a sonreír; sus ojos, cerrados con fuerza, parecían también estar riendo.

—¡Oye!—grité. Regresó a verme, tras su mirada se escondía un placer inhumano, sus pupilas exclamaban ello.

—Tienes que intentarlo—dijo entre sonrisas—, cierra tus ojos y siente cómo el agua se acumula en tu lengua, cómo se derrama por tus labios cuando alcanza el final; percibe la oscuridad de tus párpados y comprenderás porqué es en la noche cuando salen a vagar los espíritus. ¡Hazlo!

Clavó en mí su gran sonrisa y dilatadas pupilas. Una sonrisa estirada de extremo a extremo, delatando una dentadura casi perfecta, solo capaz de materializarse en el mundo de los sueños.

Cerré mis ojos y miré hacia arriba, adoptando la misma posición que él: brazos estirados a los laterales, cual hombre crucificado, cabeza extendida hasta su punto máximo, boca abierta, recibiendo el agua en mis dientes, empapando mis mejillas y lengua, procurando evitar tragármela en su llegada a mis fauces. Sentía las gotas golpear mis encías, dispersarse por mis mucosas, llenarse poco a poco. Sucedió en escasos segundos, la lluvia anegó mi boca, mi lengua estaba totalmente sumergida, y sentía el agua resbalar por la comisura de mis labios, llegar al borde y caer pausadamente, sin prisas, como una débil cascada que acaricia la piedra debajo de ella, erosionando poco a poco su superficie. Con los ojos cerrados, el frío con que el agua descendía se acentuaba, podría jurar que mis mejillas estaban congeladas, que mi lengua era un tímpano de hielo; mas se movían, todo en mí se movía; de alguna manera, ese pequeño lago en que se convirtió mi boca, era parte de mí; podía sentir la lluvia caer sobre él, cual tormenta lloviendo encima del mar; sentía el agua incorporarse a esa masa para darle más volumen, más tiempo de vida.

Unas profundas ganas de tragarme el pequeño lago me invadían. Quería sentirlo derramarse por mi garganta, llegar a mi estómago, distribuirse por todo mi sistema. Lo deseaba. Y cuando estuve cerca de logarlo, cuando mi lengua se hacía a un lado para permitirle el paso a mi esófago, el hombre en coma me detuvo con un gran empujón, provocando que derramase todo lo contenido en mi boca.

—¡Al suelo, al suelo!—exclamó sosteniendo mi cabeza—¡Silencio, silencio!

Me miró con suspicacia, recorriendo mi rostro, mi boca, mi cuello, todo mi cuerpo.

—¿Acaso te la has querido tragar?—preguntó riendo—¡Acaso te la has querido tragar! ¡Sí que has querido! ¡Lo has querido!

—Yo…

—¡Silencio! Shh, no hables—susurró—, tenemos que marcharnos. Mira ese edificio de allá, creo que nadie lo habita. Tenemos que correr hacia él, ser muy rápidos, llegar hasta su último piso. No podemos permanecer un minuto más en esta tormenta. ¡No hables! Ya habrá tiempo para explicarlo todo. ¡Ahora!

Tiró de mi mano con fuerza y echó a correr. Yo iba detrás, tropezando con rocas en el camino, evitando obstáculos, intentando no caerme en los enormes charcos de agua por los que caminábamos. El sujeto volteaba de cuando en cuando, mas no para verme a mí, lo que realmente inspeccionaba con sus ojos de pánico estaba más lejos, en el parque que ahora dejábamos detrás. Soltó mi mano cuando llegamos a la puerta del edificio, empujó la entrada con una mano temblorosa y ascendió las escaleras hábilmente, con gran rapidez, inclinado en cuatro patas cual animal. Yo iba detrás, confundido, pensando todavía en el lago que escupí de mi boca, que dejé caer en el sucio suelo del parque; se habrá fusionado con las otras aguas sucias en la tierra.

Llegamos hasta el piso final. Era una habitación abandonada, las paredes mohosas se adherían a tu nariz con un olor fuerte a humedad, las manchas en el cemento del piso seguían un patrón circular que cubría toda la extensión del sitio. Y la débil lámpara en el techo titilaba cada vez que un rayo iluminaba la estancia, éramos capaces de verlo caer desde la enorme ventana del cuarto. Pero el hombre en coma cerró sus cortinas, y entonces el tiritar de la lámpara era aviso de que el rayo había caído y de que, a continuación, un enorme estallido reventaría nuestros tímpanos, porque el cielo nos estaba gritando en el oído.

La pequeña mesa cuadrada en el centro de la habitación tenía dos sillas frente a frente, la palmatoria en el medio sostenía una corta vela blanca que el hombre encendió utilizando los fósforos dejados en el velador, junto a la cama. “Ya lo entenderás” dijo al encender la mecha, “No podemos fiarnos de esa mísera lámpara”

Luego se acostó en el colchón desgastado de la cama, su color grisáceo parecía ser resultado de polvo acumulado y tenía en su superficie varios huecos por los que asomaba la esponja de que estaba hecho. Intenté acercarme a la ventana, mas él me lo impidió: “Ni se te ocurra abrir esa cortina, muchacho” fue lo que dijo. Tirado en el colchón, adoptaba la misma posición que cuando estaba de pie bajo la lluvia.

—¿Qué hacemos aquí?—pregunté confundido. La lámpara de techo titiló, el estruendo estalló a los pocos segundos.

—Esperar—respondió.

—¿A qué?

—A que lleguen. “Quiénes” ¿Esa será tu siguiente pregunta?—se incorporó sobre la cama—, no seas tan predecible, chico. Cuando la tormenta llegue a su clímax y decida arrastrar consigo toda la porquería a su paso, sabrás a quiénes me refiero. Eso si es que antes no somos arrastrados.

Otro titilar de la lámpara. Esta vez tomó cerca de un minuto que el estruendo reventase. Y cuando lo hizo, la energía no regresó. Nos quedamos iluminados por la frágil luz de la vela, un fuego recto, alto, sin viento que lo hiciera mecerse en ninguna dirección.

—Te lo dije—comentó el hombre en coma—, no podemos confiarnos de esta mísera lámpara de techo.

El círculo de luz que abarcaba la vela era pequeño, la mayor parte de la habitación se sumía en una manta de oscuridad desde la que difícilmente se distinguía algo más que los contornos de los objetos. El contorno del velador, el perímetro de la cama, la gruesa extensión oscura que era la cortina de la ventana. Y el hombre en coma sonreía.

—Nunca falla mi vela—agregó—. Por eso siempre la tengo lista.

La energía regresó con otro breve titilar de la lámpara.

—¿Es tu casa?—inquirí—, es un espacio muy reducido.

—No es mi casa. No es de nadie. Pero la he adecuado para mí, porque no he visto a otra persona interesada en ocupar el espacio. Sin embargo, de haberlo, no podría reclamarle el estar aquí. No es mi casa, no es de nadie.

—¿Cómo la has encontrado?

—Es lo que sucede cuando caminas sin rumbo fijo—se puso de pie y se acercó al velador, abrió uno de los cajones y retiró de él una navaja—; terminas haciendo de cualquier lugar tu hogar. Y una tarde necesitaba un hogar, del fuerte sol podía cubrirme bajo los árboles, pero lo único que te protege de la furia de la lluvia es un techo. Así que, empapado, eché a andar en busca de uno. Divisé este viejo edificio e ingresé en él, solo para encontrarme con esta maldecida habitación.

El sujeto balanceaba la navaja entre sus manos. Su movimiento me volvía nervioso, de lado a lado con ella, lanzándola al aire y atrapándola, mirándome de cuando en cuando. Me senté en la pequeña mesa cuadrada del centro, frente a la vela, y comencé a jugar con ella, atravesándola con mi dedo, tentando al calor de incendiarme. Saber que estás bajo control de tu entorno es lo que te mantiene cuerdo, aunque ese control se limite al débil fuego de una vela.

—¿Para qué es la navaja?

—¡Oh! ¿Esto?—la inspeccionó de arriba abajo—, la necesitaremos después. Cuando lleguen.

Me tragué las ganas de preguntar de quiénes hablaba. No es bueno hacer enfadar a un sujeto en poder de una navaja.

La lámpara de techo titiló hasta apagarse. Nos quedamos a oscuras. El cielo estalló en un rugido descomunal que puso a temblar la ventana. Cuando la energía regresó, el hombre en coma estaba sentado frente a mí, con la navaja apoyada en la mesa, punta hacia arriba, y una imborrable enorme sonrisa.

—¡Vaya truenos!—exclamó con euforia—¡El jodido cielo se nos viene encima!

Yo no quitaba la mirada de la navaja.

—Deberíamos salir de aquí—sugerí—. Yo debería salir de aquí.

El hombre se abalanzó sobre mí, me agarró del cuello y susurró muy cerca de mi oído:

—Nadie se va de aquí. No podemos irnos. Están afuera, te atraparán.

—¡No hay nadie afuera, maldita sea!—sentí la furia poseer mis movimientos, aparté al tipo de un empujón y me puse de pie violentamente—¡Somos los únicos aquí! Todo el edificio está abandonado, y yo debería retirarme antes de que me den por muerto.

Miré la actitud del hombre en coma, sentado en su silla, observándome con furia, su boca doblada en una mueca de desprecio, y su mano temblante, sosteniendo la navaja con tensión. Me eché encima de él, directo a quitarle el arma en su mano. El forcejeo no me resultó una dificultad, el sujeto era delgado, con su piel a ras del hueso, escaso de masa muscular alguna, bastó con sostenerlo del brazo para sentir cómo mi fuerza lo superaba por mucho. Apreté su mano contra el suelo, haciendo presión en su muñeca, buscando que dejase ir la navaja. Sus dedos ya se abrían ante mi voluntad, rendidos en ese desigual forcejeo. Mas la lámpara titiló hasta apagarse, la energía se cortó y, bajo la única luz de la vela, pude observar el horror plasmado en el rostro del hombre en coma.

—Ya vienen—dijo con un hilo de voz.

La vela se apagó. El fuego se extinguió sin previo aviso. Debajo de mí ya no sentía nada más que el suelo, sin duda el sujeto se había escabullido lejos. Avizorando, lo descubrí encendiendo de nuevo la vela.

—Están aquí—susurró, iluminado tétricamente por la llama.

En ese instante la puerta empezó a ser golpeada con fuerza. Llamaban desde fuera, y lo hacían con vigor, con una insistencia inusitada. El hombre en coma se dejó caer contra la puerta.

—¡Nadie entrará aquí!—exclamó—¡Largo!

Desde fuera gritaban injurias y empujaban la madera, en ocasiones la puerta cedía por centímetros y el hombre en coma la embestía con su hombro para volverla a cerrar.

—¡No te quedes ahí parado!—me gritó—¡Ayúdame a contenerlos!

La puerta volvía a ceder, el hombre en coma parecía perder contra la fuerza en su contra. Me puse de pie y embestí la madera con todas mis energías, sin saber exactamente de qué nos conteníamos, a quiénes impedíamos el ingreso.

—Fuerza chico—dijo—, podemos contra ellos.

—¿Quiénes son?—pregunté entre gruñidos.

—El grupo de los Sólidos—respondió con ojos muy abiertos—. Y pretenden desaparecernos porque hemos encontrado el secreto, porque nos hemos unido con el agua, con la tormenta ¡Porque la hemos sentido recorrernos!

Una mano ingresó por la ranura de la puerta; su color grisáceo, opaco, simulaba a la muerte; sus uñas amarillas eran de una insólita repugnancia. El hombre en coma se percató de ella, que ya ingresaba hasta la flexura de su codo, y procedió a enterrarle la navaja. La apuñalaba sin piedad, una y otra vez, a pesar de que la sangre embarraba su mano y salpicaba hasta su rostro. Finalmente, la mano cedió y regresó tras la puerta.

—Sin piedad con ellos, muchacho—su rostro salpicado por gotas de sangre me miró con confianza—, tenemos que ser fuertes.

Por la ranura superior de la puerta asomó una nariz, seguida de un ojo globoso que protruía anormalmente de su cavidad. El hombre en coma saltó y clavó la navaja en el iris de aquel desgraciado globo ocular, que reventó cual burbuja hecha de sangre.

—No podremos con todos—me dijo en un hilo de voz—, tendrás que agujerear el techo, permitir que el agua entre en la habitación, es la única salida.

Me extendió la navaja y la tomé sin saber exactamente lo que tenía que hacer.

—El techo, muchacho—repitió—, un gran hueco, yo intentaré soportar su peso, pero no será por mucho, tienes que ser rápido.

Asentí. El peligro lamiendo mis tobillos me obligó a improvisar con apuro. Despejé la mesa echando la vela al suelo, apilé las sillas en ella, una sobre otra, para ganar altura, y me puse de pie sobre la estructura. El techo seguía estando muy arriba para mí, al menos dos metros por encima. El hombre en coma aplicaba su asténico cuerpo contra la madera, su mirada me gritaba que me apresure.

Tomé aire. Elevé mis brazos sobre mi cabeza, con la punta de la navaja hacia arriba, y salté hacia el techo; las mesas y sillas cayeron. Lo atravesé con el metal, mas me quedé colgado de él. Por mucho que intentaba desenterrar la navaja, no resultaba posible. Miré hacia el hombre en coma. Vi cómo perdió fuerzas y la puerta cedió, echándolo a un lado; por ella ingresaron un grupo de personas a quienes no podía distinguirles género alguno; sus facciones no correspondían a las de un hombre o mujer, no sabría decir si incluso correspondían a las humanas.

Entre ellos ingresó la persona de la mano apuñalada y la del ojo reventado. Ambas habían dejado de sangrar, mas ocluían sus heridas con las manos. Un aviso de sonrisa se dibujaba en todos ellos.

El hombre en coma se incorporó de golpe, se colocó debajo de mí y me tomó del pie.

—Entrégalo—pidieron todos al mismo tiempo.

Pude contarlos. Eran seis personas, todas con trajes elegantes y del mismo color moribundo, el escaso cabello en sus cabezas era compensado por el que les crecía en los brazos.

—Largo—respondió el hombre en coma—, no nos obliguen a desaparecer.

—Entrégalo—repitió el grupo de los Sólidos.

Sentí la mano del hombre en coma apretarse alrededor mi tobillo. Sus delgados dedos se aferraban. Con determinación, tiró de mí. La navaja se desprendió del techo junto conmigo, y el hueco dejado en el zinc era lo suficiente grande como para que entrase un hombre. Pero por él ingresó la lluvia, caía a vendavales. La lámpara en el techo titiló una vez más, la energía regresó. La lluvia nos empapó al hombre en coma y a mí. Él tomó la navaja de mi mano y la apuntó hacia el grupo de los que llamaba los Sólidos.

—Rápido, muchacho—dijo ayudándome a ponerme de pie—, adopta la posición.

Lo miré extrañado.

—¡La posición! ¡Bajo la lluvia! ¡En el parque!

Entendí su mensaje, mas seguía pareciéndome una demencia. La cara del grupo se volvió seria, uno de ellos intentó dar un paso, mas el hombre en coma lo amenazó con su navaja.

—Apuntaré a sus corazones ahora—intimó. Todos retrocedieron.

Junté mis piernas y estiré mis brazos hacia lateral. Elevé mi cabeza y abrí la boca, dejando que la lluvia llenase mis fauces. No tardó en acumularse en un pequeño lago sobre el que continuaban cayendo las gotas. El grupo entero dio un paso hacia adelante.

—¡Se lo va a tragar!—exclamó el hombre en coma—¡Se lo tragará todo!

El grupo se miró entre ellos, dubitativos.

—Juro que, si intentan algo, el tipo se lo va a tragar—puso una de sus manos en mi hombro—, cierra los ojos, muchacho, déjate llevar. Y si te digo, lo ingresas todo a tu sistema.

Cerré los ojos. Me sumergí en la oscuridad de los párpados, en las sombras de mi interior. Una vez más me vi siendo apoderado por el sentir de esas gotas, de ese lago. Ya nada más existía, los ruidos del exterior me llegaban en ecos apagados. La voz del hombre en coma resonaba distante, mas era audible.

Sin ser capaz de ver lo que sucedió, solo escuché los pasos desatarse, múltiples pasos, como si se tratasen de más de seis personas. Gruñidos y gritos de dolor se apoderaron del hombre en coma, escuché su señal en un susurro “Trágalo”

Lo hice.

Lo que ingresó en mí no fue lluvia, no fue agua, no fue líquido. Lo que sea que ingresó, lo sentí recorrer cada parte de mi garganta, de mi esófago, de mi estómago, de mi intestino. Lo sentí distribuirse en cada órgano y en cada célula. Explotó en mi interior, me otorgó sentidos indescriptibles, sobrepasaban la comprensión de mi mente mortal. Hasta que todo se apagó.

Cuando desperté, la tormenta acaecía. No sentía la lluvia impactar mi piel; abrí la boca y dejé que mi lengua se empapara, mas tampoco era el sentir previo. Estaba mojado, pero eso solo lo comprobaba por mi vista.

A mi lado, descansaba la navaja del hombre en coma.

Comprendí que vendrían ahora por mí, y que era necesario transmitir el secreto antes de morir.

FIN

Naturaleza cíclica

Encontró la carta mientras caminaba por un sendero pedregoso en donde las yerbas crecían bajas y escasas. Era un papel de bordes dorados, pálido y escrito a mano, una rareza que no se consentía en sus tiempos de escritos automáticos y máquinas colaboradoras. Lo tomó con aprensión y lo desenrolló haciendo una pinza con sus dedos mecánicos. Era de una caligrafía inigualable. Se leía:

“He pensado constantemente en el sentido de aquel simbolismo, en esa figura inanimada que lucía más viva que todo ser dotado de movimiento en nuestra tierra. Es, sin duda, una imagen esclarecedora, capaz de transmitirlo todo con el simple hecho de ser vista. Es una pena que se haya estropeado. O que la hayan estropeado. Pero la vi, y la duda queda. De todas formas, estoy ya demasiado viejo para responderla, supongo que mi búsqueda muere en estas anotaciones que espero algún día lleguen a las manos adecuadas.

Con amor:

Leonardo R.J”

Dobló el papel y lo guardó entre las páginas del libro abierto sobre su escritorio, diciéndose que ese sería el prólogo de lo que él consideraría su obra final. Lo cerró. Se mantuvo con la mano sobre el mentón, pensando acerca de aquella curiosidad que tanto le atañía: ¿No es acaso todo un ciclo? Es la manera en que todo funciona, mediante la existencia cíclica. Lo vemos en el ciclo de la vida, en el ciclo del agua, en el ciclo de elementos químicos como el carbono y el fósforo, en el ciclo de las estrellas y de los cometas. Naturaleza cíclica.

Se sacudió los pelos canos y salió de la oficina con su chaqueta puesta encima.

No fue hasta que estuvo en la biblioteca de la Universidad, cerca de los jardines, que se encontró con el curioso cuaderno metálico que era llevado por el viento. La letra era mecánica, y en él se leía:

“Siempre me alegran los mensajes que con curiosidad analizan la estructura de nuestro mundo. Es una tarea tan agotante y placentera a la vez. En esta ocasión, me ha llegado de casualidad una extraña carta que me ha recordado esos días de incógnita sobre la realidad de nuestra existencia: la naturaleza cíclica. Sin embargo, a pesar de ser ahora conocedores de aquel sistema infinito que es nuestro existir, es irrelevante respecto a lo que hacemos con él, pues nuestro presente es eterno.

De todas formas, la mayor incógnita ahora es el saber el enlace entre esos ciclos, si se limita a nosotros o lo engloba todo: material e inmaterial. Estoy seguro de que en unos años me será resuelta también esa duda.

Con amor:

Casimir O.P”

Cerró el cuaderno y lo depositó en el suelo junto a la hoja desgastada.

Puso su mano en el mentón y se detuvo a pensar en la imposibilidad de la comunicación intercíclica, de la conexión entre dos existencias distintas.

Volviendo al presente, depositó el cuaderno en el suelo y continuó su camino hacia la biblioteca de la Universidad.

Fantasmas de ausencia

Perder la cotidianidad me llevó a caminar junto a una desconocida ausencia que se volvería ahora mi compañera. Aislarse del exterior puede abrir las mentes, despejarlas; tomar distancia con la realidad próxima es alejarse de ruidos que aturden el pensar, es poder mirar detrás de las propias órbitas, cerrar los párpados y escabullirse junto a los ojos, esconderse en un caparazón de límites definidos solo por la fragilidad del pestañear. Pero aislarse del exterior es también una degradación si se extiende lo suficiente.

Los primeros días no intuía su presencia. Se escabullían entre mis libros, se escondían detrás de la música que escuchaba o simplemente me observaban de lejos. Unas pocas veces sentía sus miradas clavadas en mi espalda mientras observaba la ciudad, desde mi balcón, mas le restaba importancia al suceso; la situación lo vuelve a uno paranoico y jamás le prestaría atención a lo irracional. Mas sus pupilas estaban ahí, analizando el momento preciso para manifestarse.

Las primeras señales las tuve al cabo de un par de semanas, cuando oteaba entre los espacios de mi repisa de libros, o si de curioso me acercaba a alguno de los objetos viejos para retirar el polvo de un soplido; veía las partículas esparcirse en pequeñas motas a través del aire, juntándose en disimuladas formas que podían ser cualquier cosa: una mano, unos dedos, una suerte de rostro; mas continuaba demasiado incrédulo para aceptarlo. Y aunque entre esos soplidos podía sentir el frío impregnarse en mis labios, bastaba con moverme del sitio para que regresara la cálida temperatura ambiental a besar mi helada boca.

Sentía los pasos seguir tras mis talones, pequeños golpes en el piso que debieron alertarme de alguna manera; ciertamente, no eran golpes perfectamente audibles, pero sin duda lo suficiente como para que voltease y adjudicara el débil sonar a la caída de algún objeto. Y cuando escuchaba música y disfrutaba de la melodía, podía ver con el rabillo de mis ojos pasar sus sombras, danzar al ritmo de la orquesta sonante, como pidiendo ser vistos, intentando captar mi terca atención.

En definitiva, estaban listos, habían decidido manifestarse. Solo pude ver la figura de esos traviesos fantasmas cuando me mantuve despierto aquella noche de luna rosada. Los encontré en el balcón de la casa, sentados en el borde del pasamanos, mi lugar favorito para estar. Sus figuras no eran agradables, pero tampoco podría definirlas como algo espantoso. Simplemente existían, ocupaban un lugar entre mis cosas, y su estética, diferente, no merece ser juzgada por ojos inexpertos, por cristalinos tan limitados y disfuncionales.

Esa noche me limité a verlos, a intentar entender su naturaleza. Eran, sin duda, vestigios de algo preexistente, de figuras materiales ahora ausentes; eran una creación degradada a un punto indefinido entre lo humano y lo inefable. Y ahí estaba ella, un fantasma más en mi balcón, sin proyectar sombra, sin hacer ruido alguno, petrificada bajo la luz de esa noche fría. Mis ojos atendieron todas las presencias, mas la de ella fue la que menos comprendí y la que más añoré.

Los días siguientes descubrí que cada uno de ellos tenía su momento. Cuando preparaba la comida con Bill Evans sonando de fondo, seguía mis movimientos cual sombra, me sugería con ademanes recetas especiales y colaboraba en la limpieza de los trastes. Si se trataba de estudiar, me acompañaba sin protestas, indicando en el libro lo que debería resultarme importante, o simplemente observándome leer, tomar apuntes, memorizar o analizar con entendimiento.

Estaban en todos lados; esas figuras fantasmales parecían conocerme hasta el rincón más remoto de mi ser; mas era su presencia la más constante, a veces silenciosa, en otras ocasiones tan ruidosa que rayaba en lo molesto. Y yo siempre atisbaba en su dirección, admirado por lo incomprensible que me resultaba.

Ya en las noches, cuando todas las demás figuras desvanecían, acudíamos al balcón a observarlo todo, juntos, callados, comunicándonos a través del fuerte viento de la madrugada. Llegado el momento -definido sin nada más que una simple fluctuante voluntad mutua- danzábamos juntos, armonizando nuestras diferentes naturalezas, acordando un compás dictado por el simple deseo de comprensión, de ilusoria admiración.

Y cuando estaba ya en la soledad de mi habitación, antes de dormir, le enviaba un mensaje a ella, o la llamaba, en ocasiones ambas cosas; a ella, la parte preexistente, procurando que nunca descubriese mi secreto, manteniéndolo inconfesable; a ella, a quien engañaba con su ausencia, reemplazándola con su figura degradada a un límite aún incomprensible.

El observador del otro lado

La impresión de ser observado desde la casa del frente lo ponía a temblar. Todo comenzó como una molesta sensación que decidió ignorar al principio. Acababa de mudarse a su nuevo hogar, decidido a pasar las vacaciones relajado, lejos de aquel barrio del que huyó espantado por el incesante ruido al que se veía sometido gracias a sus vecinos. Pero el trabajo había terminado, el silencio regresaba cual amante arrepentido de su partida y un injustificado estado de paranoia no bastaría para echarlo todo a perder. Vivía solo y la casa del frente estaba vacía, al igual que la de al lado y la siguiente, y todas las casas de la manzana. Nadie podía verlo. Encontrar un lugar desolado como ese fue trabajo duro; no cedería ante las falsas sensaciones causadas por el estrés.

Necesitaba relajarse, permitir que su cuerpo se adapte al nuevo ritmo de calma y tranquilidad, darles tiempo a sus sentidos para unificarse con el silencio.

Se sentó en el sillón de la sala y tomó un largo respiro. Miró hacia el techo, una superficie llana sin patrón alguno, careciente de todo interés, un simple color blanquecino que llegaba a sus ojos con opaca luminosidad. Dejó caer sus párpados, entrelazó sus manos, respiró hondamente; luchó contra la sensación, mas nada pudo conseguir, sentía las miradas clavadas en él.

Se levantó. Intentando mantener la calma, se acercó a la ventana que daba a la calle, corrió las cortinas y analizó el exterior. El asfalto vacío, con solo una fría corriente de aire caminando por su superficie. Las casas del rededor lucían calmas, decoradas por el nublado cielo vespertino que las volvía un óleo de colores opacos.  Recorrió con su mirada cada una de las viviendas, notando un poco de extrañeza en la del frente. No eran sus paredes o su raída puerta, tampoco le pareció que se tratase de sus ventanas cerradas y cortinas corridas. Sin embargo, la casa daba la impresión de estar viva. Podía sentirla respirar; si se concentraba mucho en la gastada pintura de su fachada, podía incluso percibir una leve sonrisa del habitante en su interior.

Sacudió su cabeza “Nadie hay afuera” repetía en su mente. Mas las miradas invisibles se clavaban en sus poros, volviendo su piel una manta de angustia que lo ponía a restregar sus heladas manos una con otra. Intentó cerrar toda cortina, asegurar cada puerta y ventana, se escondió incluso en el baño; lugar en que se encontró con su reflejo, y detrás de lo que aparentemente eran sus ojos, descubrió que las pupilas pertenecían en realidad al observador de la casa del frente; a ese intruso que se había colado en una propiedad privada, a ese inepto que estaba arruinando sus momentos de calma.

Tomó un cuchillo de la cocina y lo utilizó para cortar hojas del papel periódico; estuvo por volarse un dedo en el proceso; sus movimientos eran temblorosos, inseguros. No dejaba de pensar en que el observador del otro lado se mantenía viendo cómo cortaba el periódico, riéndose de lo ingenuo que era al pensar que eso lo solucionaría todo. Pero tenía que intentarlo, ya no soportaba las miradas, el silencio era un abrazo triturador cuando se sentía ultrajado, cuando vivía el acecho de un par de ojos desconocidos.

Pegó el periódico en las ventanas, una capa sobre otra, hasta dejarlo todo muy opaco, que ni el mismo sol pudiese entrar sin su permiso. Ni siquiera la luna se atrevería a invadir sus aposentos. Cuando hubo terminado, se sentó una vez más en el sofá.

No había sombras junto a él, la escasez de luz era absoluta. El techo se fundía con la oscuridad, volviéndose todo su entorno un solo espacio frío e infinito. Respiró con tranquilidad; los ojos habían desaparecido, no conseguían penetrar las sombras, eran incapaces de identificarlo en medio de las penumbras porque él también se fundía en ese espacio insondable.

Sintió paz. Dirigió su mirada hacia el techo; era incapaz de verlo, pero él sabía que estaba ahí, que el techo se ocultó a su sentido, pero que seguía en su lugar, inmovible, blanco, careciente de interés alguno.

Él sabía que el techo estaba ahí.

Y la mirada del otro lado sabía que él estaba ahí.

Su corazón dio un vuelco. La sensación había desaparecido, los pesados ojos ya no se posaban en sus acciones, pero sabían que estaba sentado en ese sofá, sabían que estaba dentro de esa casa, sumido en una falsa ilusión de oscuridad protectora. Los ojos lo sabían, el observador del otro lado lo sabía. Lo estaba viendo sin necesidad de percibirlo a través de la mirada; lo estaba viendo con la simple intuición, y él no podía luchar contra ello.

Desesperado, rasgó los periódicos de las ventanas; la luz entró violenta, irritando sus ojos, asesinando las sombras. Se quedó de pie en la ventana, observando fijamente la casa del frente, batallando con el observador del otro lado, manteniendo la mirada firme.

El silencio del exterior cantaba una orquesta con el latir de su corazón. Tomó el arma de su aparador y salió con paso decidido.

Fuera el aire era ligero, y la casa se elevaba, desafiante, apoyando al intruso que la invadía, al observador inoportuno que lo torturaba con su insistente mirada. Un golpe con su pierna y la puerta cedió. Empuñó el arma con firmeza. Cruzó al interior.

Periódicos regados en el suelo, un techo blanco desprovisto de todo interés, un cuchillo descansando en el piso.

Se asomó a la ventana y miró hacia su casa. Silenciosa, calma, inerte.

Se disparó.

La mascota de bernardo

Nunca había conocido a nadie que tuviese como mascota a uno de esos curiosos animales. Pero el señor Bernardo lo tenía, y lo dejaba andar libre por su casa durante las noches, solo durante las noches, porque en el día podría ocasionar un grave desbarajuste, además de asustar a los vecinos si ellos llegaban a verlo.

La primera vez que lo conocí fue cuando, regresando de clases, pude ver al señor Bernardo tocando la guitarra, al pie de su casa. Estaba sentado junto a su puerta de entrada, el instrumento a mano y rasgando las cuerdas al ritmo de una canción de JJ. El señor Bernardo era un hombre de gustos típicos, en todo sentido. Y mucho más en la música. Si por las mañanas te acercabas un poco a su casa, eras capaz de escuchar los “pasillos” a todo volumen, aunque ahora entiendo que eso, además de gustarle, le ayudaba a ocultar el sonido de su mascota, un ruido nada común, nada típico, un sonido que rompía con los esquemas de sus gustos; porque de un hombre como él, esperarías que poseyese unas aves cantoras en una pequeña jaula, o un perro de raza pequeña al que acariciaría entre cada canción, y el animalito lo lamería y le brindaría el careciente afecto humano, muy ausente en los días de Bernardo, hombre solitario, degustador del silencio de voces que pendía del techo de su hogar como un cartel de bienvenida, un adorno que bastaba para decorarlo todo, para satisfacer la sensación de agobio que uno acostumbra a perder al ingresar a un hogar.

En cuanto me acerqué a preguntarle qué tocaba -pregunta con el fin de entablar conversación, la verdad es que conocía la pieza musical- Bernardo se negó a responder y solo agitó su cabeza en rechazo “Nada de lo que pueda hablar con un joven” dijo un tanto decepcionado en lo que empezaba una nueva canción. Pero yo no opiné sobre su ofensivo comentario, me limité a sentarme a su lado y a observarlo entonar el siguiente pasillo, también de JJ. Cuando inició a cantar, lo seguí en la letra y Bernardo se mostró un poco sorprendido, un poco incrédulo, lleno de melancolía según pude percatarme por la forma en que sus labios se doblaron. Cantamos largo rato, hasta que decidió entrar a atender a su mascota, que ya lo llamaba.

“Tú no la escuchas por la música, pero me está llamando” comentó en lo que guardaba la guitarra en su estuche “Si uno no acude al llamado se puede poner agresiva, puede ser un tanto peligrosa” E ingresó con paso lento, rascando su calvicie en un claro signo de hastío. Yo permanecí fuera, sentado, esperanzado en escuchar el ruido de su mascota, mas no lo conseguí, no ese primer día. Y cuando uno no consigue darle a su curiosidad lo que tanto exige, unos hincones de obligatoriedad buscan imponerse en tu cabeza, ideas se retuercen en cada segundo, formadas en un plano en el que si tu capricho es atendido encuentras paz.

Fueron esas insistentes punzadas por las que días después pude ver a la mascota de Bernardo. Nuestros encuentros, para entonces, se habían vuelto rutinarios; siempre fuera de su casa, con la guitarra, con pasillos, con interrupciones repentinas debido a su mascota, la que ya lo llamaba con mayor insistencia, con menor intervalo entre canción y canción. “Debe ser que no la ha alimentado” comenté un día en el que cantábamos “Sombras”. Bernardo me echó una mirada neutral en esa ocasión, pero supe que la siguiente sería amenazadora, insultante, porque uno no puede simplemente lanzar opiniones desacertadas, mucho menos en medio de una canción de regocijo, en momentos de armonía y melodías danzantes. Pero en esa ocasión pude verla. Bernardo ingresó a atender a su mascota y una fina ranura quedó abierta en la puerta; algo inusual, la puerta la dejaba siempre bien cerrada, solo con el suficiente espacio para las partículas de aire. En esa ocasión el espacio era vasto para mis ojos. Y tras acercarme, en un impulso de las cavernas, pude divisar la mascota que se alzaba detrás de la puerta.

Bernardo la alimentaba con mucho cuidado, con una pesada cadena atada a su cuello, porque era necesario tenerla, ya que su naturaleza salvaje parecía estar a flote; a pesar de su boca muy humana y sus extremidades similares a cualquier hombre, uno podía deducir que se trataba de una mascota, de una criatura a la que se necesita cuidar y alimentar, darle apoyo y educarla. Especialmente educarla, enseñarle su lugar, costumbres, adaptarla a lo que es conveniente.

Fue la única ocasión en que pude verla. No mucho tiempo después Bernardo desapareció. Fue una tarde como cualquier otra, sin nada en especial, ni siquiera el cielo se mostraba distinto a lo usual, nada alterado en aquel día, nada fuera de lugar a excepción de la casa de Bernardo. Es un poco paradójico, increíble tal vez, el cómo las cosas se alteran de forma minúscula, focalizada, y lo que se desmorona en una parte de la realidad, apenas causa un pequeño azote del viento en otra. Eso si es que acaso causa algo.

La puerta de la casa de Bernardo fue encontrada abierta. Dentro, todo tirado por los suelos, platos, ollas, vasos; ropa rasgada, mostrando orificios y grandes rayas de discontinuidad de la tela. Y Bernardo simplemente no estaba, nadie sabía de él. Nadie había escuchado nada. Que falleció, murmuraron algunos, premisa que no alcancé nunca a comprender.

Pero yo sé que lo más probable es que su mascota haya escapado de la cadena que la ataba, tal vez mientras era alimentada, ocasionando un gran tiradero al verse libre. Y seguro Bernardo corrió detrás de ella, intentando atraparla, queriendo atar a su cuello la pesada cadena una vez más.

El festín de los escondidos

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Wasp nest sculpture», (CC0)

Cierto día, un objeto enorme empezó a orbitar alrededor de La Tierra. Aquel objeto parecía ser una gigantesca nave en forma de insecto. Sin embargo, no se trataba de una embarcación sino de una gran entidad extraterrestre conocida como La Reina, un ser insectoide de casi tres mil kilómetros de largo adaptado al vacío del espacio y capaz de viajar grandes distancias albergando a millones de seres en su interior.

***

—Rachel, Rachel —dijo la apurada y asustada madre—. ¿Me escuchas? Debemos huir al búnker.

La niña estaba muy perturbada por lo que acababa de ocurrir. A lo lejos se podía ver como, desde adentro de un insecto gigante, brotaban millones de otros insectos de casi tres metros de altura. Los noticieros reportaban eventos similares en prácticamente todos los lugares poblados del planeta.

***

Aquella raza extraterrestre estaba repitiendo en La Tierra el mismo proceso de cada invasión. Cuando La reina detectaba un planeta con alta concentración de seres vivos, se colocaba en órbita durante algunos días analizando el terreno. Para ello, usaba manifestaciones del espectro electromagnético. Una vez estudiado el objetivo, La reina lanzaba hacia la superficie cierta cantidad de insectos más pequeños. Estos insectos, conocidos como Los zánganos, medían casi cien kilómetros de largo. Cada uno de Los zánganos tenía asignada una zona poblada para despojarla de toda la materia orgánica posible.

Para la tarea de recolección estaban Las obreras, que se dedicaban a transportar a su destino a cuanto ser vivo se cruzara en su camino. Una vez terminada la recolección, Las obreras vuelven a cada uno de Los zánganos y éstos abandonan el planeta para volver al cuerpo de La Reina. Ésta se mantiene orbitando el planeta mientras Las obreras organizan y colocan preservantes a toda la materia orgánica recolectada para alimentar al enjambre que vive en su interior. Durante ese proceso, La reina continúa escaneando el planeta hasta determinar el momento preciso para recompensar a Las obreras con algo que, traducido a lengua humana, sería como El festín de los escondidos.

***

—Rachel, ¡presta atención! —La madre acarició la cabeza de la asustada niña hasta calmarla—. Eso, ¡muy bien! Vamos, repite lo que dijo mamá.

—No debo salir ni abrir la puerta hasta que oiga que me llamas desde afuera —repitió la niña entre sollozos.

—Eso nena, ¡muy bien! ¿Qué más? —respondió la madre, aliviada de haber retomado el control de la situación.

—No le voy a abrir a nadie que no seas tú—respondió la niña, ya resignada a quedarse sola por casi doce horas como cada vez que su madre salía.

—Eso nena, muy bien. No olvides nuestra clave secreta. Yo ya regreso, iré por comida.

 ***

El festín de los escondidos es una celebración diseñada para satisfacer los deseos primarios de Las obreras, que tienen prohibido comer porción alguna del material recolectado. La reina, usando las mismas manifestaciones del espectro electromagnético, altera las ondas cerebrales de los seres que, manteniéndose ocultos, lograron sobrevivir al proceso de recolección. Las ondas de La reina  se manifiestan como alucinaciones muy significativas para el que las sufre.  Tienen como objetivo hacer que el individuo afectado salga de su escondite para ser devorado por Las obreras que, en un incontrolable frenesí asesino, devoran violentamente todo aquello que se encuentre en su camino.

***

—Nena, nena. Ábreme, ya regresé.

—¿Eres tú, mami? Dime la clave —pregunta la niña, aún llorando por el encierro y la soledad.

—Sí, bebé. Soy yo. La clave es postre.

La niña, creyendo oír la voz de su madre pronunciando la clave secreta, abrió la puerta. Las obreras entraron y murió devorada por ellas.

La jeringa

Cierto físico cuántico estaba trabajando en una máquina del tiempo. En las pruebas de su máquina logró viajar con éxito al futuro. No pudo ver mucho, porque solo estuvo veintiún segundos allí.

A poco tiempo de su regreso , el físico enfermó gravemente de una fuerte infección. Los médicos, con mucha dificultad, controlaban los síntomas. Pero la infección no hacía más que empeorar. La bacteria mostraba resistencia a todos los antibióticos que se le administraban.

El físico, ya resignado a la muerte, regresó a su casa. Esperando el momento de su partida, acostado en su cama, se durmió. Un ruido lo despertó a las tres de la mañana. Abrió los ojos y no halló nada raro, hasta que se fijó bien. En su mesita de noche encontró una jeringa con una nota que decía: “Viajar al futuro es peligroso para un sistema inmune no preparado. Inyéctese este antibiótico y haga el favor de no volver”.

El físico sanó y cambió de profesión.