Cuando me dejé sorprender

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Klelia Guerrero García

Muchas veces me pregunté
si realmente llegaría
algo que me sacaría
del espacio al que me adapté
—al que luego incluso me até—.
Después de tanto, dudaba
llegar a ser desarmada
de las capas que vestía
aun cuando me entristecía
la soledad que implicaba.

Estaba atenta y decía
“vida, te invito a sorprender”
pero al ver aquello pender
de un hilo: mi valentía,
mi ilusión se reducía.
Y seguía el descontento
con intento tras intento
en los que el patrón repetía…
Algo adentro se sentía
sin ser visible el obtento.

Tanto se movió, de a poco,
hasta que al fin llegó el día
en que yo me lanzaría
sin temores ni sofoco,
sin pensar “¿si me equivoco?”
Cuando me dejé sorprender
no quise más detener
la fuerza con que vivía,
familiar a la que veía
en Lucas y su radiante ser.

¿Dónde estoy y qué me trajo aquí?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Te has sentido fuera de lugar en algún espacio importante de tu vida? ¿Te has preparado para estar donde estás pero, pese a todo, hay momentos en los que te paraliza el miedo y crees que todo va a salir mal?

Aunque no lo parezca, creer que somos lxs únicxs en esa situación es como pensar que somos lxs unicxs a quienes se les acelera el corazón cuando están frente a su “crush”. Y en el marco de esa analogía, el problema no es que se nos acelere el corazón —o que teníamos no estar a la.altura de algo—, sino que eso nos paralice.

En el episodio 9 de Adultez Verde: ¿Cómo lidiar con el síndrome del impostor? Conversamos con Wilter Vera sobre los miedos, dudas y aprendizajes en su camino profesional, incluso con la presencia de ese acompañante invisible pero universal: el miedo.



Como ya saben, a pesar de que mis áreas profesional y académica son a la que más tiempo y atención he dedicado, son también aquellas en la que más temores tengo.  Pensando en las razones detrás de esos miedos, con el reto y la transmisión en vivo de la semana, observé tres detonantes sobre los que quisiera profundizar:

– El primero, es el miedo a decepcionar(me). Resulta que, como muchas personas, crecí con el estereotipo de que la perfección no solo era posible, sino que era necesaria. Académicamente esto facilitaba las cosas, ya que mi única “misión” era implementar con ciertos estándares aquello que —de acuerdo con mis paradigmas— ya decía hacer: colegio, carrera de pregrado y postgrado. Hasta allí todo iba de maravilla. O eso creí. No obstante, este no fue el caso en la vida profesional. Dado que la estrategia de seguir un camino establecido desde el exterior me había funcionado antes, quise hacer lo mismo en este contexto: acepté trabajos por sugerencias, oportunidades y recomendaciones que surgían desde afuera. Lo que nadie me contó es que, eventualmente, al hacer eso me desconectaría de mi centro, de mi ser, de mi maestra interior infinita, de una manera tal que llegaría un día en el que no me reconocería a mi misma. No niego que tuve anuncios de lo que se avecinaba, pero estos tuvieron que ser cada vez más intensos hasta que fue imposible no ponerles atención. Para ese momento, se sintieron como una avalancha: pesada, inmovilizadora y asfixiante.

– El segundo es el miedo a “replicar”. En algunos espacios he compartido que tengo algo que aún me supera: ese sentido de rebelión que —observando con más cuidado— parece surgir, precisamente, de esas estructuras auto-impuestas. Al estar tan restringida, mi subconsciente no permite más imposiciones. Eso ha generado que, como repuesta a las expectativas externas, reaccione de forma instintiva y rechace cosas como la estabilidad, mejores remuneraciones, mayor exposición, entre otras cosas que he creído se esperaban de mí. El problema aquí es que mi ser y mi luz merecen ser compartidos, brillar… eso tampoco se podía seguir conteniendo. Y aunque no sé bien todavía cómo hacerlo, luego del golpe y la confusión propias de la avalancha recibida, me siento agradecida por tener una mejor idea de hacia dónde avanzar en esta línea.

– El tercero es el miedo a fallar. Tras toda una vida de seguir el libreto de ser la mejor en lo que hiciera, de entrenar y reforzar ese sentido de competencia, llegó el día en que me choqué con que eso no siempre sería posible. Y no solo eso, más adelante entendí también que aquello era saludable, que me hacía bien. Que reconocerme humana, imperfecta y limitada era parte de mi perfección e infinidad. Que ahí radicaba mi poder. Gracias a eso, hace unos meses por fin reparé que el priorizar las cosas en las que pongo mi atención y mi energía. Gracias a eso me he permitido fluir un poco más, sentirme más en libertad. Tampoco sé cómo se “hace” esto, o cuál es el camino adecuado para potenciar ese poder pero creo que escuchar a mi intuición —en lugar de a mis paradigmas— y permitirme fallar son unos grandiosos primeros pasos.

Retomando lo comentado en nuestro episodio, los héroes y las heroínas de la historia también tienen miedo, pero este no es paralizante sino un simple acompañante. Y en línea con las conclusiones del mismo, quizá tener miedo no sea tan malo: a veces es lo único que logra mantenernos a salvo.

¿Y donde estoy ahora? Tratando reconocer mis miedos, sentarme a conversar con ellos, saber que me acompañarán y observar cómo he reaccionado ante ellos. Se siente como una prueba de ensayo y error infinita. Se siente como un retiro intensivo con mi humanidad. Se siente real-mente bien.

¿Tienes idea de dónde estás en este proceso?

Amor: de ser parte del problema a ser parte de la solución

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía por: Klelia Guerrero García

La normalización de lo que ocurre a nuestro alrededor tiende a “cegarnos”. La comodidad de nuestra burbuja de privilegios puede empujarnos a pensar que no es necesario cambiar demasiado. El miedo a observar cómo muchos de nuestros actos ha contribuido a la perpetuación de la problemática de género, lo hace todo más incómodo.

En el episodio 8 de Adultez Verde: “¿Soy parte de los prejuicios de género?” conversamos con Andrés Sebastián sobre las observaciones y aprendizajes que le ha dejado su proceso de deconstrucción de paradigmas personales alrededor del género.



Debo confesar que grabar este episodio me mostró lo poco que sabía del tema: terminología, opciones, realidades, alcance… Podría seguir. Antes de decidir sobre el reto de la semana, decidí informarme un poco más y tratar de compartir lo aprendido en mi entorno inmediato (familia, trabajo, etc.). Así, para nuestra transmisión de todos los jueves, nos enfocamos en los estereotipos e ideas con los que Taty y yo hemos vivido con respecto a nuestra identidad de género, incluyendo experiencias como guardar silencio ante discriminaciones explícitas, permitir que nos interrumpan mientras estamos hablando, o criticar las posturas/roles de otras personas. A partir de lo anterior, revisamos algunas alternativas de cómo trabajar para mejorar estás situaciones.

Les comparto algunas ideas que me llevo para mis días, a partir de las conclusiones y reflexiones de esta semana:
– Mi valor no depende de la situación en la que me encuentro hoy ni de ninguna de las partes que me componen. Esas partes son infinitas (profesión, hobbies, familia, deporte, pareja…) y cambian constantemente. ¿Qué sentido tiene enfrascarnos en una versión de uno de estos elementos, si pueden resultar obsoletos al instante siguiente?
– Mi valor no depende de lo que el resto piense. Todo lo contrario, quienes me rodean actuarán en consecuencia de cuánto me conozco y valoro. Aplica a cualesquiera de esas partes que me componen: cuando llego a conocerlas, a honrarlas, a amarlas, es muy difícil que desde afuera se las perciba como “inadecuadas”. Incluso si es el caso, no afectará nuestra propia visión al respecto.
– Ser y dejar ser. Curiosamente, se me da con bastante facilidad la parte de “ser”, pero he observado que me cuesta un poco más la parte del “dejar ser”, especialmente con quienes amo y me importan. Así que esa es, definitivamente, una tarea pendiente pero que al menos he observado y reconozco como importante.
– No se trata de la ejecución o no del rol (en cualquiera de nuestras partes componentes), sino de tener la oportunidad de decidir al respecto. Pero nuevamente, para esto se necesita tener criterio y elegir qué hacer con esa posibilidad de decidir.

Para concluir, lxs invito a pensar en las razones detrás de las adaptaciones o evoluciones alrededor de nuestros roles, principalmente de género, pero aplica a todo lo expuesto. Si pensaba que quedarse en casa a atender a la familia era algo anticuado y ya no lo hago, ¿cuándo cambió? Si creía que un trabajo estable y con buen salario era todo lo que necesitaba profesionalmente y ya no es así, ¿cómo cambió? Si uno de mis más grandes anhelos era viajar por el mundo y conocer el mundo y ahora no resulta tan prioritario, ¿por qué cambió?

Al ver mi propia evolución, la respuesta es: con, por, para y gracias al amor. Amor para conmigo, cuando descubrí cosas que me daban valor más allá de mis propias expectativas y las del mundo. Amor para con otros, que me permitió ver con nobleza su nobleza y la de sus actos. Amor para con el universo, que me permitió poner por encima de mi propio disfrute las consecuencias y costos generados con mis acciones.

Así que, aunque resulte “cliché”, quizá eso sea todo lo que nos haga falta para fluir un poco más y juzgar un poco menos. Quizá, debemos orientarnos en una cultura de amor y no de “quiños” (véase nuestra transmisión en vivo para entender la referencia). Quizá, #allweneedislove.

EMPATÍA Y REDES SOCIALES

Desde el auge de la era digital, y en la actualidad, potenciados por la pandemia, las relaciones humanas tienen gran parte de ser dentro del mundo de los datos, de la virtualidad, de las redes sociales. El lenguaje se ha movilizado al interior de la marea de los mensajes instantáneos, e incluso las interpretaciones, a través de la manera en que está escrito el mensaje, podrían ser, si no una evolución de la forma de comunicarse, una ampliación de las habilidades lingüísticas y sociales. Sin embargo, dentro del fenómeno comunicativo que representa esta virtualidad, es probable que la empatía se vea también afectada.

Es sencillo e incluso lógico el sentir empatía por las personas pertenecientes al círculo social que uno deambula, por las personas con las que se mantiene una relación directa, cotidiana, aquellas con las que se han establecido lazos afectivos y, por ende, empáticos. Pero la complicación se vuelve un tanto más evidente cuando se habla de personas ajenas a la cotidianidad que se frecuenta, desconocidos con los que no se tiene mayor relación que el simple hecho de ser humanos y compartir especie.

Nada facilita más el sentir empatía que el estímulo visual; la empatía, en gran parte, ingresa por los ojos, cuando se presencian los estragos del mal que el otro lleva a sus espaldas, cuando se visualiza ese sentir expresado en rostros nada alegres. Y en las relaciones digitales, el estímulo visual es un elemento faltante. No es raro encontrarse en redes sociales como Facebook, comentarios en donde priman los insultos, en donde se atacan mutuamente sin siquiera conocerse, sin temer herir a la persona que está detrás de la pantalla; no se pueden observar los gestos faciales ni las expresiones corporales, se es incapaz de identificar si la otra persona resultó o no herida por el comentario realizado; las microexpresiones, que forman una parte importante de la interpretación lingüística, a través de las que se entiende -aunque sea de manera inconsciente- el sentir de la persona dentro de un ámbito social, quedan abolidas en el relacionarse digital. Ya no se percibe al otro como un ser sintiente, como individuo capaz de percibir también la realidad a través de los sentidos, se ignora su estatus de semejante, se lo transforma en usuario, un ente desprovisto de emociones y de voz; lo único que se observa son líneas de textos emitidas por nombres sin ningún significado detrás. Simples usuarios, simples datos.

¿Se comportarían así fuera del ámbito de la virtualidad? ¿Se extrapolaría esta conducta anti-empática a las relaciones sociales cotidianas? Al estar frente a la persona, el estímulo visual activaría la empatía al observar las expresiones, al escuchar el tono de voz, al percibir las emociones del otro. Pero ¿Qué sucedería si esta empatía queda anulada por largo tiempo? Afortunadamente, no lo sabríamos; desafortunadamente, nos consumiría un mundo digital en donde las relaciones tendrían lugar en mayor medida dentro de la virtualidad, y, fuera de ella, la postura anti-empática se mantendría como la norma.

vuelve el tiempo

Año 2018. 

Tal vez, hoy escriba demasiado o me permita morir un rato frente al espejo. He puesto en  bandeja de plata mi inconstancia, mis intentos, mis defectos, mi arrogancia; para que los saboreen tres segundos mientras mi debilidad emocional está en marcha. Yo desde abajo: sentada, escuchando a unos zapatos sobre la tierra correr y huir me digo:  “debería reprocharles o agradecerles, pero debería hacer algo”.

Hace cuatro años estaba loca, y hoy me desvanezco frente a mis poemas, y escupo tres veces sobre una pantalla de vida virtual, de inexistente calma; entre tanta mierda. Tengo mis manos y una costilla sangrando. Solamente quiero llegar y descansar, llegar a algún lugar para luego alzar la cabeza y seguir dando pasos, seguir atormentando cerebros heridos, marchitos, y seguir en mi desnudez que tanto aturde, que desbarata, indomable, y nunca más escapar.

aliméntala con sangre

La ruin rutina dejó manchas escarlatas e imborrables en nuestra cama.

La música, la regadera juntos, el bailar pegaditos y el dormir sin pijama dejaron de ser pequeños placeres de la vida compartida, para convertirse en pequeñas discusiones con formas de dagas, de cuchillos y de hachas hirientes.

Le di todo y me dio todo:

El alma, los besos y la sangre.

Y se llevó todo. Y me lleve todo:

La sangre, los besos y los jardines.

Identidad y profesión

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Creen que quien a lobos se junta, a aullar aprende? De ser el caso, ¿cuál es la “manada” con la que más compartimos?

Para muchxs de nosotrxs, será nuestro trabajo: con la división cada vez más difusa de horarios en los que trabajamos y con la invasión de espacios que el ejercicio contemporáneo de muchas profesiones supone, este componente puede tomarse fácilmente la mitad de nuestros días.

Pero, ¿qué tanto puede incidir en nuestra identidad el ejercicio de una profesión? En el episodio 7 de Adultez Verde: “¿Y si alineamos nuestra profesión y nuestra pasión?”, conversamos con Estefanía Gordillo sobre sus experiencias y aprendizajes alrededor de la decisión de migrar del mundo de la abogacía al del canto.



En esta ocasión, las reflexiones que comparto vienen de un par de recursos de una entrevista a Wes Moore (Super Soul podcast) que encontré muy valiosas con respecto a este tema:

1. Cuando somos niños, nos dicen qué hacer cómo hacerlo y cuándo hacerlo. La adultez puede ser el primer respiro, la primera oportunidad para hacernos cargo, de verdad, de nuestros días. El problema es que, para cuando llega este momento, hemos encontrado tantas distracciones en el camino que ya se nos ha olvidado cómo hacerlo. Y sentirnos “poco preparadxs” para tan grande responsabilidad causa miedo.

2. ¿Por dónde empezar? ¿Hacia dónde ir? Las señales siempre están ahí, solo que no somos capaces de verlas gracias a ese miedo y a esas distracciones. Nuestra voz interna y los llamados de atención externos tienden a ser progresivamente más fuertes hasta que, eventualmente, consiguen capturar nuestra atención —y con suerte, también nuestra acción—.

3. ¿Por qué haces lo que haces? ¿Porque es tu especialidad? ¿Porque paga tus viajes? ¿Porque es de las mejores opciones en el sector?… Si tras tres respuestas aún no sale la respuesta “porque me apasiona”, quizás sea una señal para reconsiderar lo que hacemos con nuestros días. Asimismo, si alguna vez nos preguntan esto y no somos capaces de explicarlo claramente, puede significar que tampoco lo tenemos claro.

4. El peor resultado de una crisis es hacer de cuenta que no pasó. Si nos encontramos en una situación así, la invitación es a mantenernos alertas, a estar abiertxs a escuchar, a ver, a intentar. ¿Es riesgoso? ¡Por supuesto! Pero más vale coquetear con el fracaso que nunca bailar con el gozo de hacer lo que nos mueve de verdad.

5. Encontraremos significado con aquello que haga nuestro corazón latir un poco más fuerte, en aquello que brille de color cuando lo demás se vea gris. Encontraremos nuestro servicio cuando veamos la conexión entre eso que nos da significado y alguna de las grandes necesidades del mundo. Cumpliremos nuestra misión cuando tomemos acción al respecto.

Problemas con un muerto

Cuando la besé por primera vez, su novio ya había muerto. Yo no sé temer a los muertos, nunca aprendí a hacerlo, pero ella sí. Su fantasma (del exnovio) nos seguía a todos lados, a todas horas. No había descanso de él.
Yo creía que él no era consciente de su situación de fantasma. Al parecer él creía seguir siendo novio y no exnovio porque, vamos, este no es un cuento de Tim Burton, los muertos a lo suyo; pero no, él aquí seguía y observaba. Yo nunca lo vi y, sin embargo, ella lo señalaba.
Insisto, yo nunca lo vi, pero él estaba allí asomándose desde la ventana, desde la cocina, con nosotros en la ducha, desde el lado izquierdo de la cama, desde el patio, desde el café de la esquina, escondido en medio de todas las conversaciones y desde las fotos de edificios viejos. Según no se iba. A ella la acechaba a toda hora y a mí me odiaba.
La última vez que hicimos el amor, no sabía que sería la última. Dijo su nombre. Lo invocó y él apareció entre nosotros dos como perro faldero, oliendo a sudor y azufre, con la cara marchita y sonriendo. Fue la primera vez que lo vi y fue muy tarde.
Yo no sé temer a los muertos, pero tampoco sé querer a novias que no saben poner atención a sus vivos, por querer volver con los ex que se suponen muertos.

Publicado originalmente en Salto al reverso.

METÁSTASIS

¿Cuántos cuerpos han dormido

a un costado de mi cama en este invierno perpetuo?,

y, ¿cuántos besos se han caído

al suelo por el peso del amor?

No basta con desear ver

una golondrina en mi cabeza,

ni bastara si flores azules cubrieran mi boca.

Yo que no espero, te pienso

Yo que nada espero, te extraño.

El misterio de la calma,

el karma que ha muerto,

se marchita el alma

y no entiende que mi palabra es un error.

Ya sé que con la noche viene el sexo

y que con el amanecer el abrazo,

y que hay drama al filo de la puerta porque te has ido,

y que llora la cama

y que se calla la risa porque la eternidad

se ha desvanecido con las luces del auto.

He caído en el espacio abierto que dejó tu boca,

yo que nada espero, te beso

yo que ya nada espero, te quiero.

Mi palabra es un error.