La sensibilidad de las palabras

Los pensamientos poseen un gran poder que generan inestabilidad a nuestros sentimientos, desalinean por completo nuestro cuerpo y, en ocasiones, nos retienen por un sinfín de horas en la cama. Nos dejan en la mayor vulnerabilidad preguntándonos constantemente qué es la vida. Nos consumen la esencia y nos encarcelan en una burbuja virtualizada por las propias necesidades del ser humano.

Los recuerdos comienzan a exaltarse, mientras que el cuerpo va perdiendo todas sus capas para contener las emociones reprimidas que decidimos guardar u olvidar. Nos obligamos a crear imágenes, sensaciones y pensamientos con la intención de sustituir lo que sucede con nosotros mismos, siendo así lo inventado más real que lo real.

Mi mundo ya no es el de antes porque no puedo sonreír, tocar, besar, abrazar y danzar. Mi realidad se ha convertido en una completa virtualidad, donde las palabras se codifican a través de una computadora y mi voz pierde la esencia para decir un te amo. He comenzado a sentir un gran vacío que se transforma en una burbuja de soledad, creada por esta realidad que se ha instalado e incorporado como una pulga sujetada a un perro.

Escrito por Darashea Toala
Fundadora de Piel Lírica

Pausa necesaria

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Adultez Verde ha llegado al fin de su primera temporada. Luego de meses de preparación y de 11 episodios publicados, llegó el momento de poner en práctica una de las recomendaciones más frecuentes en nuestro podcast: Pausar, observar y cuestionar si las cosas están avanzando en la dirección que buscamos.

Hace aproximadamente dos semanas se sentía la “presión” de esta introspección: la incertidumbre sobre qué, cómo y cuándo haríamos, hizo presencia desde el minuto cero. Alrededor de los mismos días, yo estuve en esas etapas de pocas energías, de procesos laborales intensos y de elevadas dosis de procrastinación. Y es allí donde la vida me recordó el valor de trabajar en equipo, de tener alguien que nos dé el tirón de orejas para volver la atención hacia lo que realmente importa.

Con la vuelta de Taty a Ecuador, la emoción del “¡por fin juntas!” nos invadió. Mientras esperábamos que esto sucediera, surgieron muchas expectativas de lo que podríamos hacer con las nuevas condiciones. Cuando finalmente ocurre, decidimos trabajar juntas y en presencial cada jueves.

El pasado jueves, luego de la grabación de un episodio y de nuestra transmisión en vivo, llegó el momento cero: ¿Cómo luciría nuestro proceso de redefinición y de reconstrucción?

Como antecedente, en una coincidencia de esas que no se pueden llamar coincidencias, el día anterior una amiga de Tats, Melanie Moscoso, nos había puesto frente a frente con el hecho de que nuestra visión del proyecto y del valor que queríamos ofrecer no estaba del todo aterrizada. Con una jornada tan divertida como demandante, logramos mejorar esa situación.

Así, de vuelta al proceso creativo de aquel jueves, luego de una corta actualización semanal y del “hit” producido con la cena, finalmente vimos la luz: este proceso de restructuración busca humanizar nuestro contenido, agregar eficiencia a nuestra entrega de valor y comunicar mejor (si, pese a tener un podcast, estamos consientes de que la comunicación no es nuestro fuerte 😅).

Más allá de los detalles específicos con respecto a estos cambios, fue lindo reconectar con nuestras motivaciones primarias del proyecto y con las razones por las que iniciamos a trabajar en él. Fue hermoso ver cómo Taty reconocía mi humanidad y la acompañaba y, a partir de eso, cómo pude reconocer mi propia humanidad.

Entonces, ese proceso de introspección organizacional que teníamos previsto se convirtió –al menos de mi lado– en introspección individual sobre mis motivaciones, responsabilidades y anhelos para con Adultez Verde; se volvió agradecimiento por la energía, entusiasmo y soporte de mi “partner in crime”; me regaló la alegría de observar que hemos logrado hacer de ese sueño, una realidad que supera nuestras limitaciones y paradigmas individuales.

Me despido de esta edición especial con un par de preguntas: ¿Cuál es la motivación o sueño que más trasciende tus condiciones de individuo? ¿Cómo se siente ser parte de eso? ¿Estás alimentando ese espacio, de forma consciente y constante? Mientras respondes esas preguntas, ama, agradece y abraza esos sueños o motivos, ya que seguramente son gran parte del combustible de tu día a día.

Si te sientes insegurx sobre tu respuesta a la primera pregunta, te invito a observar alrededor. Puede ser algo muy específico como un proyecto familiar, de trabajo o un viaje, pero no hace falta ir a tal detalle: con tu sola existencia eres parte de una gran familia (la humanidad), que comparte una misma casa (nuestro querido planeta Tierra). Y si estás leyendo esto significa que tienes la oportunidad de compartir tus dones con esa familia y en esa casa, de soñar y construir solx o con compañía, de redefinirte… ¿Cómo la vas a aprovechar?

¿Manejo mis interacciones digitales o estas me manejan a mí?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Las nuevas tecnologías de información y comunicación, la internet y las redes sociales han dado un vuelco a la forma en que percibimos el mundo y nos desenvolvemos en él. Hay resultados maravillosos de su uso pero, a pesar de que la velocidad de evolución y los niveles de incidencia de estos espacios son cada vez mayores, nada nos prepara para ser parte de la montaña rusa que involucra este «universo paralelo».

Cuando somos pequeñxs, recibimos una introducción, una preparación progresiva, a varias áreas de la vida. El uso de este tipo de plataformas no es una de esas incluso en un contexto en el que nuestras vidas han migrado en gran parte hacia ellas. Así, aun cuando no es su intención afectarnos, podemos enfrentar efectos colaterales como distracción excesiva, ansiedad, potenciación de discursos negativos, invasión de la privacidad, imposición de estereotipos y expectativas inalcanzables y hasta desconexión con nuestros seres queridos.

Por esto, en nuestro episodio 11,  conversamos con Federica Vons sobre la ética digital y las aristas en las que podemos trabajar para mejorar esta situación.

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Como siempre, aprovecho este espacio para compartir mis reflexiones personales a partir de las conclusiones, conversaciones e interacciones con el público que se generan en torno al episodio de la semana. En esta ocasión, se resumen en tres puntos:

El primero es la búsqueda de información. Como mencionamos en el episodio, todos somos influencia en nuestras comunidades, sin importar su tamaño, por lo que nuestras acciones —o la falta de estas— tienen impacto en nuestro entorno. Por tanto, la toma de decisiones fundamentadas sobre cómo queremos manejarnos en el mundo digital es imperativa, tal y como lo es en el mundo físico. ¿Cuánto tiempo queremos dedicarle? ¿Qué contenido quiero recibir y compartir? ¿Qué canales voy a usar? Pero, tal vez, la más importante sea: ¿Cuáles son mis motivaciones detrás de lo que decido hacer o dejar de hacer?

El segundo tiene que ver con dar y recibir ayuda. Muchas de las «metidas de pata» en el mundo digital surgen de las brechas de elementos y espacios que nos ayuden a entenderlo y aprovecharlo mejor. Considerando que el espectro de conocimiento y consciencia alrededor del uso de estas herramientas es tan amplio como el de seres humanos —o potenciales usuarios—, es vital que reconozcamos nuestro rol de «educadorxs» y contagiemos en el sentido de responsabilidad sobre el uso de estas herramientas a quienes están «detrás» de nosotros en ese espectro y dentro de nuestro círculo de influencia. Esto puede verse como compartir consejos con colegas de trabajo, ofrecer guía y ayuda en su uso a hijos, sobrinos o padres —yo lo sé, este último a veces cuesta mucho 😅—, entre otras.

El tercero trata de la democratizacion de la opinión pública a través de los espacios digitales y, particularmente, de las redes sociales. Puntualizo dos características sobre las que propongo trabajar:

– La regla de la mayoría, principio básico de la democracia, puede volverse antidemocrática cuando afecta derechos fundamentales. En el contexto de la redes sociales, que algo sea tendencia o reciba apoyo público generalizado no lo valida ni lo vuelve adecuado. ¿Va en contra de mis principios personales o de algún derecho humano? ¿Es discriminatorio o infunde sentimientos de división? ¿Realmente agrega valor a la conversación? ¿Proviene de fuentes confiables? Esos son los filtros a los que, dado el poder que la democracia nos otorga, debemos confrontar cada cosa que compartimos.

– El reconocimiento de las divergencias es primordial para desarrollar una vida en libertad. Aunque es poco probable que eso ocurra en igualdad de condiciones para todos los miembros cómo supone la democracia —ya que nuestro «poder» está correlacionado con el tamaño de nuestras redes—, sea con una comunidad grande o una pequeña, todxs tengamos la oportunidad de compartir nuestra postura ante temas contemporáneos, bajo el principio del respeto mutuo y más allá de las diferencias de opinión.

Para finalizar, lxs invito a identificar espacios de mejora en el manejo de su universo digital. Para aprovechar todo el potencial que estos espacios nos ofrecen, necesitamos recordar que todo poder viene siempre atado a una responsabilidad. Observar y empoderarnos de ambas caras de la moneda no es una opción, es nuestra obligación.

Cuando me dejé sorprender

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Klelia Guerrero García

Muchas veces me pregunté
si realmente llegaría
algo que me sacaría
del espacio al que me adapté
—al que luego incluso me até—.
Después de tanto, dudaba
llegar a ser desarmada
de las capas que vestía
aun cuando me entristecía
la soledad que implicaba.

Estaba atenta y decía
«vida, te invito a sorprender»
pero al ver aquello pender
de un hilo: mi valentía,
mi ilusión se reducía.
Y seguía el descontento
con intento tras intento
en los que el patrón repetía…
Algo adentro se sentía
sin ser visible el obtento.

Tanto se movió, de a poco,
hasta que al fin llegó el día
en que yo me lanzaría
sin temores ni sofoco,
sin pensar «¿si me equivoco?»
Cuando me dejé sorprender
no quise más detener
la fuerza con que vivía,
familiar a la que veía
en Lucas y su radiante ser.

¿Dónde estoy y qué me trajo aquí?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Te has sentido fuera de lugar en algún espacio importante de tu vida? ¿Te has preparado para estar donde estás pero, pese a todo, hay momentos en los que te paraliza el miedo y crees que todo va a salir mal?

Aunque no lo parezca, creer que somos lxs únicxs en esa situación es como pensar que somos lxs unicxs a quienes se les acelera el corazón cuando están frente a su «crush». Y en el marco de esa analogía, el problema no es que se nos acelere el corazón —o que teníamos no estar a la.altura de algo—, sino que eso nos paralice.

En el episodio 9 de Adultez Verde: ¿Cómo lidiar con el síndrome del impostor? Conversamos con Wilter Vera sobre los miedos, dudas y aprendizajes en su camino profesional, incluso con la presencia de ese acompañante invisible pero universal: el miedo.



Como ya saben, a pesar de que mis áreas profesional y académica son a la que más tiempo y atención he dedicado, son también aquellas en la que más temores tengo.  Pensando en las razones detrás de esos miedos, con el reto y la transmisión en vivo de la semana, observé tres detonantes sobre los que quisiera profundizar:

– El primero, es el miedo a decepcionar(me). Resulta que, como muchas personas, crecí con el estereotipo de que la perfección no solo era posible, sino que era necesaria. Académicamente esto facilitaba las cosas, ya que mi única «misión» era implementar con ciertos estándares aquello que —de acuerdo con mis paradigmas— ya decía hacer: colegio, carrera de pregrado y postgrado. Hasta allí todo iba de maravilla. O eso creí. No obstante, este no fue el caso en la vida profesional. Dado que la estrategia de seguir un camino establecido desde el exterior me había funcionado antes, quise hacer lo mismo en este contexto: acepté trabajos por sugerencias, oportunidades y recomendaciones que surgían desde afuera. Lo que nadie me contó es que, eventualmente, al hacer eso me desconectaría de mi centro, de mi ser, de mi maestra interior infinita, de una manera tal que llegaría un día en el que no me reconocería a mi misma. No niego que tuve anuncios de lo que se avecinaba, pero estos tuvieron que ser cada vez más intensos hasta que fue imposible no ponerles atención. Para ese momento, se sintieron como una avalancha: pesada, inmovilizadora y asfixiante.

– El segundo es el miedo a «replicar». En algunos espacios he compartido que tengo algo que aún me supera: ese sentido de rebelión que —observando con más cuidado— parece surgir, precisamente, de esas estructuras auto-impuestas. Al estar tan restringida, mi subconsciente no permite más imposiciones. Eso ha generado que, como repuesta a las expectativas externas, reaccione de forma instintiva y rechace cosas como la estabilidad, mejores remuneraciones, mayor exposición, entre otras cosas que he creído se esperaban de mí. El problema aquí es que mi ser y mi luz merecen ser compartidos, brillar… eso tampoco se podía seguir conteniendo. Y aunque no sé bien todavía cómo hacerlo, luego del golpe y la confusión propias de la avalancha recibida, me siento agradecida por tener una mejor idea de hacia dónde avanzar en esta línea.

– El tercero es el miedo a fallar. Tras toda una vida de seguir el libreto de ser la mejor en lo que hiciera, de entrenar y reforzar ese sentido de competencia, llegó el día en que me choqué con que eso no siempre sería posible. Y no solo eso, más adelante entendí también que aquello era saludable, que me hacía bien. Que reconocerme humana, imperfecta y limitada era parte de mi perfección e infinidad. Que ahí radicaba mi poder. Gracias a eso, hace unos meses por fin reparé que el priorizar las cosas en las que pongo mi atención y mi energía. Gracias a eso me he permitido fluir un poco más, sentirme más en libertad. Tampoco sé cómo se «hace» esto, o cuál es el camino adecuado para potenciar ese poder pero creo que escuchar a mi intuición —en lugar de a mis paradigmas— y permitirme fallar son unos grandiosos primeros pasos.

Retomando lo comentado en nuestro episodio, los héroes y las heroínas de la historia también tienen miedo, pero este no es paralizante sino un simple acompañante. Y en línea con las conclusiones del mismo, quizá tener miedo no sea tan malo: a veces es lo único que logra mantenernos a salvo.

¿Y donde estoy ahora? Tratando reconocer mis miedos, sentarme a conversar con ellos, saber que me acompañarán y observar cómo he reaccionado ante ellos. Se siente como una prueba de ensayo y error infinita. Se siente como un retiro intensivo con mi humanidad. Se siente real-mente bien.

¿Tienes idea de dónde estás en este proceso?

Amor: de ser parte del problema a ser parte de la solución

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía por: Klelia Guerrero García

La normalización de lo que ocurre a nuestro alrededor tiende a «cegarnos». La comodidad de nuestra burbuja de privilegios puede empujarnos a pensar que no es necesario cambiar demasiado. El miedo a observar cómo muchos de nuestros actos ha contribuido a la perpetuación de la problemática de género, lo hace todo más incómodo.

En el episodio 8 de Adultez Verde: «¿Soy parte de los prejuicios de género?» conversamos con Andrés Sebastián sobre las observaciones y aprendizajes que le ha dejado su proceso de deconstrucción de paradigmas personales alrededor del género.



Debo confesar que grabar este episodio me mostró lo poco que sabía del tema: terminología, opciones, realidades, alcance… Podría seguir. Antes de decidir sobre el reto de la semana, decidí informarme un poco más y tratar de compartir lo aprendido en mi entorno inmediato (familia, trabajo, etc.). Así, para nuestra transmisión de todos los jueves, nos enfocamos en los estereotipos e ideas con los que Taty y yo hemos vivido con respecto a nuestra identidad de género, incluyendo experiencias como guardar silencio ante discriminaciones explícitas, permitir que nos interrumpan mientras estamos hablando, o criticar las posturas/roles de otras personas. A partir de lo anterior, revisamos algunas alternativas de cómo trabajar para mejorar estás situaciones.

Les comparto algunas ideas que me llevo para mis días, a partir de las conclusiones y reflexiones de esta semana:
– Mi valor no depende de la situación en la que me encuentro hoy ni de ninguna de las partes que me componen. Esas partes son infinitas (profesión, hobbies, familia, deporte, pareja…) y cambian constantemente. ¿Qué sentido tiene enfrascarnos en una versión de uno de estos elementos, si pueden resultar obsoletos al instante siguiente?
– Mi valor no depende de lo que el resto piense. Todo lo contrario, quienes me rodean actuarán en consecuencia de cuánto me conozco y valoro. Aplica a cualesquiera de esas partes que me componen: cuando llego a conocerlas, a honrarlas, a amarlas, es muy difícil que desde afuera se las perciba como «inadecuadas». Incluso si es el caso, no afectará nuestra propia visión al respecto.
– Ser y dejar ser. Curiosamente, se me da con bastante facilidad la parte de «ser», pero he observado que me cuesta un poco más la parte del «dejar ser», especialmente con quienes amo y me importan. Así que esa es, definitivamente, una tarea pendiente pero que al menos he observado y reconozco como importante.
– No se trata de la ejecución o no del rol (en cualquiera de nuestras partes componentes), sino de tener la oportunidad de decidir al respecto. Pero nuevamente, para esto se necesita tener criterio y elegir qué hacer con esa posibilidad de decidir.

Para concluir, lxs invito a pensar en las razones detrás de las adaptaciones o evoluciones alrededor de nuestros roles, principalmente de género, pero aplica a todo lo expuesto. Si pensaba que quedarse en casa a atender a la familia era algo anticuado y ya no lo hago, ¿cuándo cambió? Si creía que un trabajo estable y con buen salario era todo lo que necesitaba profesionalmente y ya no es así, ¿cómo cambió? Si uno de mis más grandes anhelos era viajar por el mundo y conocer el mundo y ahora no resulta tan prioritario, ¿por qué cambió?

Al ver mi propia evolución, la respuesta es: con, por, para y gracias al amor. Amor para conmigo, cuando descubrí cosas que me daban valor más allá de mis propias expectativas y las del mundo. Amor para con otros, que me permitió ver con nobleza su nobleza y la de sus actos. Amor para con el universo, que me permitió poner por encima de mi propio disfrute las consecuencias y costos generados con mis acciones.

Así que, aunque resulte «cliché», quizá eso sea todo lo que nos haga falta para fluir un poco más y juzgar un poco menos. Quizá, debemos orientarnos en una cultura de amor y no de «quiños» (véase nuestra transmisión en vivo para entender la referencia). Quizá, #allweneedislove.

EMPATÍA Y REDES SOCIALES

Desde el auge de la era digital, y en la actualidad, potenciados por la pandemia, las relaciones humanas tienen gran parte de ser dentro del mundo de los datos, de la virtualidad, de las redes sociales. El lenguaje se ha movilizado al interior de la marea de los mensajes instantáneos, e incluso las interpretaciones, a través de la manera en que está escrito el mensaje, podrían ser, si no una evolución de la forma de comunicarse, una ampliación de las habilidades lingüísticas y sociales. Sin embargo, dentro del fenómeno comunicativo que representa esta virtualidad, es probable que la empatía se vea también afectada.

Es sencillo e incluso lógico el sentir empatía por las personas pertenecientes al círculo social que uno deambula, por las personas con las que se mantiene una relación directa, cotidiana, aquellas con las que se han establecido lazos afectivos y, por ende, empáticos. Pero la complicación se vuelve un tanto más evidente cuando se habla de personas ajenas a la cotidianidad que se frecuenta, desconocidos con los que no se tiene mayor relación que el simple hecho de ser humanos y compartir especie.

Nada facilita más el sentir empatía que el estímulo visual; la empatía, en gran parte, ingresa por los ojos, cuando se presencian los estragos del mal que el otro lleva a sus espaldas, cuando se visualiza ese sentir expresado en rostros nada alegres. Y en las relaciones digitales, el estímulo visual es un elemento faltante. No es raro encontrarse en redes sociales como Facebook, comentarios en donde priman los insultos, en donde se atacan mutuamente sin siquiera conocerse, sin temer herir a la persona que está detrás de la pantalla; no se pueden observar los gestos faciales ni las expresiones corporales, se es incapaz de identificar si la otra persona resultó o no herida por el comentario realizado; las microexpresiones, que forman una parte importante de la interpretación lingüística, a través de las que se entiende -aunque sea de manera inconsciente- el sentir de la persona dentro de un ámbito social, quedan abolidas en el relacionarse digital. Ya no se percibe al otro como un ser sintiente, como individuo capaz de percibir también la realidad a través de los sentidos, se ignora su estatus de semejante, se lo transforma en usuario, un ente desprovisto de emociones y de voz; lo único que se observa son líneas de textos emitidas por nombres sin ningún significado detrás. Simples usuarios, simples datos.

¿Se comportarían así fuera del ámbito de la virtualidad? ¿Se extrapolaría esta conducta anti-empática a las relaciones sociales cotidianas? Al estar frente a la persona, el estímulo visual activaría la empatía al observar las expresiones, al escuchar el tono de voz, al percibir las emociones del otro. Pero ¿Qué sucedería si esta empatía queda anulada por largo tiempo? Afortunadamente, no lo sabríamos; desafortunadamente, nos consumiría un mundo digital en donde las relaciones tendrían lugar en mayor medida dentro de la virtualidad, y, fuera de ella, la postura anti-empática se mantendría como la norma.

vuelve el tiempo

Año 2018. 

Tal vez, hoy escriba demasiado o me permita morir un rato frente al espejo. He puesto en  bandeja de plata mi inconstancia, mis intentos, mis defectos, mi arrogancia; para que los saboreen tres segundos mientras mi debilidad emocional está en marcha. Yo desde abajo: sentada, escuchando a unos zapatos sobre la tierra correr y huir me digo:  «debería reprocharles o agradecerles, pero debería hacer algo».

Hace cuatro años estaba loca, y hoy me desvanezco frente a mis poemas, y escupo tres veces sobre una pantalla de vida virtual, de inexistente calma; entre tanta mierda. Tengo mis manos y una costilla sangrando. Solamente quiero llegar y descansar, llegar a algún lugar para luego alzar la cabeza y seguir dando pasos, seguir atormentando cerebros heridos, marchitos, y seguir en mi desnudez que tanto aturde, que desbarata, indomable, y nunca más escapar.

aliméntala con sangre

La ruin rutina dejó manchas escarlatas e imborrables en nuestra cama.

La música, la regadera juntos, el bailar pegaditos y el dormir sin pijama dejaron de ser pequeños placeres de la vida compartida, para convertirse en pequeñas discusiones con formas de dagas, de cuchillos y de hachas hirientes.

Le di todo y me dio todo:

El alma, los besos y la sangre.

Y se llevó todo. Y me lleve todo:

La sangre, los besos y los jardines.

Identidad y profesión

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Creen que quien a lobos se junta, a aullar aprende? De ser el caso, ¿cuál es la «manada» con la que más compartimos?

Para muchxs de nosotrxs, será nuestro trabajo: con la división cada vez más difusa de horarios en los que trabajamos y con la invasión de espacios que el ejercicio contemporáneo de muchas profesiones supone, este componente puede tomarse fácilmente la mitad de nuestros días.

Pero, ¿qué tanto puede incidir en nuestra identidad el ejercicio de una profesión? En el episodio 7 de Adultez Verde: «¿Y si alineamos nuestra profesión y nuestra pasión?», conversamos con Estefanía Gordillo sobre sus experiencias y aprendizajes alrededor de la decisión de migrar del mundo de la abogacía al del canto.



En esta ocasión, las reflexiones que comparto vienen de un par de recursos de una entrevista a Wes Moore (Super Soul podcast) que encontré muy valiosas con respecto a este tema:

1. Cuando somos niños, nos dicen qué hacer cómo hacerlo y cuándo hacerlo. La adultez puede ser el primer respiro, la primera oportunidad para hacernos cargo, de verdad, de nuestros días. El problema es que, para cuando llega este momento, hemos encontrado tantas distracciones en el camino que ya se nos ha olvidado cómo hacerlo. Y sentirnos «poco preparadxs» para tan grande responsabilidad causa miedo.

2. ¿Por dónde empezar? ¿Hacia dónde ir? Las señales siempre están ahí, solo que no somos capaces de verlas gracias a ese miedo y a esas distracciones. Nuestra voz interna y los llamados de atención externos tienden a ser progresivamente más fuertes hasta que, eventualmente, consiguen capturar nuestra atención —y con suerte, también nuestra acción—.

3. ¿Por qué haces lo que haces? ¿Porque es tu especialidad? ¿Porque paga tus viajes? ¿Porque es de las mejores opciones en el sector?… Si tras tres respuestas aún no sale la respuesta «porque me apasiona», quizás sea una señal para reconsiderar lo que hacemos con nuestros días. Asimismo, si alguna vez nos preguntan esto y no somos capaces de explicarlo claramente, puede significar que tampoco lo tenemos claro.

4. El peor resultado de una crisis es hacer de cuenta que no pasó. Si nos encontramos en una situación así, la invitación es a mantenernos alertas, a estar abiertxs a escuchar, a ver, a intentar. ¿Es riesgoso? ¡Por supuesto! Pero más vale coquetear con el fracaso que nunca bailar con el gozo de hacer lo que nos mueve de verdad.

5. Encontraremos significado con aquello que haga nuestro corazón latir un poco más fuerte, en aquello que brille de color cuando lo demás se vea gris. Encontraremos nuestro servicio cuando veamos la conexión entre eso que nos da significado y alguna de las grandes necesidades del mundo. Cumpliremos nuestra misión cuando tomemos acción al respecto.