Compañía en la ruta

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Jacob Chan
Edición: Klelia Guerrero García

Sea que prefieras lo estable
o que te atraiga la ilusión
de lo nuevo y su emoción,
me parece inevitable
que la duda llegue afable.
Y es que aunque no sea invitada
de cualquiera se hace aliada
para provocar confusión,
idealización e inacción,
y una existencia “pausada”.

Si estás en el primer caso,
será la movilización
la fuente de perturbación,
y al inicio o al ocaso
la acusada del fracaso.
Si tu grupo es el segundo,
aunque entiendas lo fecundo
del silencio y de su abstracción,
el cambio será tu adicción
en cualquier rincón del mundo.

Sin juzgar ni escandalizar,
más allá de la exposición
y hacia ambas mi afición,
quizás nos sirva agilizar
la observación, y analizar
la fuente de tal posición.
Que esta sea una decisión,
un resultado consciente
—más del ser que de la mente—
en lugar de una distracción.

Aceptando que “Don Miedo”
estará en cualquier opción,
es mejor que nuestra elección
—sea carrusel o torpedo—
sea propia, ¡más no un remedo!
Invitémoslo a la ruta
quién sabe y, si la disfruta,
tiene la consideración
de aclararnos la visión
mientras llega y nos escruta.

El nacimiento de “Adultez Verde”

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Imagen: Adultez Verde Podcast

Llegaron (o casi) los 30. Llegó una larga época de cuarentena y restricciones sociales causadas por la pandemia mundial. Llegaron esas preguntas que habíamos ignorado en el pasado, con mayor fuerza, todas a la vez. Llegaron los redescubrimientos del significado de nuestra humanidad, de la importancia de compartir y generar comunidad. Llegó el momento de ser, aunque eso signifique salir —¡y bien lejos!— de nuestra zona de confort. Llegó el momento de (re)construir(nos) más allá de las estructuras nos hemos auto impuesto.

….

Era un fin de semana de noviembre de 2020. Luego de seis meses de silencio entre Tatiana y yo, una “casualidad” nos volvió a juntar. Decidimos hacer una videollamada y, luego de las actualizaciones usuales —novedades con la familia, el trabajo, el corazón—, hubo una nueva “coincidencia”: ambas habíamos intentado, sin éxito, involucrar a otras personas para trabajar en la creación de un podcast. Su idea inicial era revisar la diferencia de perspectivas entre generaciones sobre temas cotidianos (principalmente millennials y Z’s); la mía, invitar a la movilización y participación social alrededor de temas cotidianos (especialmente en nuestra generación). ¿Sería posible amalgamar nuestras ideas y crear algo juntas? Decidimos darnos una semana para pensar individualmente en las opciones disponibles, antes de volver a conversar.

Entre ese día y nuestra siguiente llamada ambas vivimos días retadores, que nos animaron a poner sobre la mesa temas más profundos: nuestros procesos de introspección. En resumen, el último año nos había conducido a revisar y reconstruir nuestra autodefinición, reconocer nuestro deseo de consolidarnos como miembros de una comunidad, y abrazar nuestro anhelo de construir algo propio. Notamos también que, más allá de la diferencia de contextos, nuestros aprendizajes, dudas y miedos se parecían mucho más de lo que hubiésemos podido imaginar. Así pues, decidimos que el podcast sería un espacio para conversar, reflexionar y reírnos sobre lo que se dice —y lo que no— alrededor del limbo entre la juventud y la adultez.

Nos pusimos manos a la obra y empezamos por escojer un nombre. Tras analizar aproximadamente diez opciones en tres horas de reunión, vimos la luz, se llamaría “Adultez Verde”. Pese a ser responsables de nuestras deudas y necesidades desde hace casi una década, ambas negábamos en cierto nivel nuestra condición de adultas; nos sentíamos “verdes”, poco preparadas y renuentes para habitar la adultez.

Una vez superadas las dudas logísticas, empezamos a grabar. Tuvimos al menos cinco episodios grabados antes de sentarnos a escuchar nuestra primera grabación. ¿Realmente sueno así? ¿Por qué divago tanto? ¡Mi risa delata mis nervios! ¡Tengo tal o cual muletilla!… Podría continuar. Escucharnos desde el corazón en lugar de nuestra necesidad de perfección, reconociendo y apreciando el poder de nuestra humanidad fue, sin duda, uno de los aprendizajes más inesperados y valiosos del proceso.

Más tarde, a pesar de que ya teníamos cerca de diez episodios pulidos, no parábamos de aplazar el lanzamiento. Los pretextos incluían detalles sobre el material promocional, la edición musical o la idoneidad del contexto; todo servía para seguir paralizadas por el miedo que nos daba exponernos así al mundo, especialmente ante nuestra familia y amigos. Cuando por fin lo vimos, decidimos arriesgarnos más allá de las dudas, de las expectativas y de la imagen que creamos y creímos nuestra. Hacer camino al andar era la mejor —si no, la única— forma de empezar a sanar para lograrlo.

Con la publicación oficial de nuestro primer episodio, Adultez Verde ya es una realidad. Además de ser nuestra terapia pública, aquel empujón que nos echó al agua y nos está enseñando a nadar, es un llamado a revisar juntos nuestros paradigmas y preconceptos y a darle la oportunidad a aquellas historias que aún no ven la luz.

Nos encantaría saber de tí, escuchar y compartir tus vivencias y anhelos, por lo que si algo de todo esto resuena contigo, te invito a ser parte de la familia Adultez Verde y escuchar nuestros episodios, disponibles a través de Anchor y Spotify todos los miércoles.

Naturaleza cíclica

Encontró la carta mientras caminaba por un sendero pedregoso en donde las yerbas crecían bajas y escasas. Era un papel de bordes dorados, pálido y escrito a mano, una rareza que no se consentía en sus tiempos de escritos automáticos y máquinas colaboradoras. Lo tomó con aprensión y lo desenrolló haciendo una pinza con sus dedos mecánicos. Era de una caligrafía inigualable. Se leía:

“He pensado constantemente en el sentido de aquel simbolismo, en esa figura inanimada que lucía más viva que todo ser dotado de movimiento en nuestra tierra. Es, sin duda, una imagen esclarecedora, capaz de transmitirlo todo con el simple hecho de ser vista. Es una pena que se haya estropeado. O que la hayan estropeado. Pero la vi, y la duda queda. De todas formas, estoy ya demasiado viejo para responderla, supongo que mi búsqueda muere en estas anotaciones que espero algún día lleguen a las manos adecuadas.

Con amor:

Leonardo R.J”

Dobló el papel y lo guardó entre las páginas del libro abierto sobre su escritorio, diciéndose que ese sería el prólogo de lo que él consideraría su obra final. Lo cerró. Se mantuvo con la mano sobre el mentón, pensando acerca de aquella curiosidad que tanto le atañía: ¿No es acaso todo un ciclo? Es la manera en que todo funciona, mediante la existencia cíclica. Lo vemos en el ciclo de la vida, en el ciclo del agua, en el ciclo de elementos químicos como el carbono y el fósforo, en el ciclo de las estrellas y de los cometas. Naturaleza cíclica.

Se sacudió los pelos canos y salió de la oficina con su chaqueta puesta encima.

No fue hasta que estuvo en la biblioteca de la Universidad, cerca de los jardines, que se encontró con el curioso cuaderno metálico que era llevado por el viento. La letra era mecánica, y en él se leía:

“Siempre me alegran los mensajes que con curiosidad analizan la estructura de nuestro mundo. Es una tarea tan agotante y placentera a la vez. En esta ocasión, me ha llegado de casualidad una extraña carta que me ha recordado esos días de incógnita sobre la realidad de nuestra existencia: la naturaleza cíclica. Sin embargo, a pesar de ser ahora conocedores de aquel sistema infinito que es nuestro existir, es irrelevante respecto a lo que hacemos con él, pues nuestro presente es eterno.

De todas formas, la mayor incógnita ahora es el saber el enlace entre esos ciclos, si se limita a nosotros o lo engloba todo: material e inmaterial. Estoy seguro de que en unos años me será resuelta también esa duda.

Con amor:

Casimir O.P”

Cerró el cuaderno y lo depositó en el suelo junto a la hoja desgastada.

Puso su mano en el mentón y se detuvo a pensar en la imposibilidad de la comunicación intercíclica, de la conexión entre dos existencias distintas.

Volviendo al presente, depositó el cuaderno en el suelo y continuó su camino hacia la biblioteca de la Universidad.

Fantasmas de ausencia

Perder la cotidianidad me llevó a caminar junto a una desconocida ausencia que se volvería ahora mi compañera. Aislarse del exterior puede abrir las mentes, despejarlas; tomar distancia con la realidad próxima es alejarse de ruidos que aturden el pensar, es poder mirar detrás de las propias órbitas, cerrar los párpados y escabullirse junto a los ojos, esconderse en un caparazón de límites definidos solo por la fragilidad del pestañear. Pero aislarse del exterior es también una degradación si se extiende lo suficiente.

Los primeros días no intuía su presencia. Se escabullían entre mis libros, se escondían detrás de la música que escuchaba o simplemente me observaban de lejos. Unas pocas veces sentía sus miradas clavadas en mi espalda mientras observaba la ciudad, desde mi balcón, mas le restaba importancia al suceso; la situación lo vuelve a uno paranoico y jamás le prestaría atención a lo irracional. Mas sus pupilas estaban ahí, analizando el momento preciso para manifestarse.

Las primeras señales las tuve al cabo de un par de semanas, cuando oteaba entre los espacios de mi repisa de libros, o si de curioso me acercaba a alguno de los objetos viejos para retirar el polvo de un soplido; veía las partículas esparcirse en pequeñas motas a través del aire, juntándose en disimuladas formas que podían ser cualquier cosa: una mano, unos dedos, una suerte de rostro; mas continuaba demasiado incrédulo para aceptarlo. Y aunque entre esos soplidos podía sentir el frío impregnarse en mis labios, bastaba con moverme del sitio para que regresara la cálida temperatura ambiental a besar mi helada boca.

Sentía los pasos seguir tras mis talones, pequeños golpes en el piso que debieron alertarme de alguna manera; ciertamente, no eran golpes perfectamente audibles, pero sin duda lo suficiente como para que voltease y adjudicara el débil sonar a la caída de algún objeto. Y cuando escuchaba música y disfrutaba de la melodía, podía ver con el rabillo de mis ojos pasar sus sombras, danzar al ritmo de la orquesta sonante, como pidiendo ser vistos, intentando captar mi terca atención.

En definitiva, estaban listos, habían decidido manifestarse. Solo pude ver la figura de esos traviesos fantasmas cuando me mantuve despierto aquella noche de luna rosada. Los encontré en el balcón de la casa, sentados en el borde del pasamanos, mi lugar favorito para estar. Sus figuras no eran agradables, pero tampoco podría definirlas como algo espantoso. Simplemente existían, ocupaban un lugar entre mis cosas, y su estética, diferente, no merece ser juzgada por ojos inexpertos, por cristalinos tan limitados y disfuncionales.

Esa noche me limité a verlos, a intentar entender su naturaleza. Eran, sin duda, vestigios de algo preexistente, de figuras materiales ahora ausentes; eran una creación degradada a un punto indefinido entre lo humano y lo inefable. Y ahí estaba ella, un fantasma más en mi balcón, sin proyectar sombra, sin hacer ruido alguno, petrificada bajo la luz de esa noche fría. Mis ojos atendieron todas las presencias, mas la de ella fue la que menos comprendí y la que más añoré.

Los días siguientes descubrí que cada uno de ellos tenía su momento. Cuando preparaba la comida con Bill Evans sonando de fondo, seguía mis movimientos cual sombra, me sugería con ademanes recetas especiales y colaboraba en la limpieza de los trastes. Si se trataba de estudiar, me acompañaba sin protestas, indicando en el libro lo que debería resultarme importante, o simplemente observándome leer, tomar apuntes, memorizar o analizar con entendimiento.

Estaban en todos lados; esas figuras fantasmales parecían conocerme hasta el rincón más remoto de mi ser; mas era su presencia la más constante, a veces silenciosa, en otras ocasiones tan ruidosa que rayaba en lo molesto. Y yo siempre atisbaba en su dirección, admirado por lo incomprensible que me resultaba.

Ya en las noches, cuando todas las demás figuras desvanecían, acudíamos al balcón a observarlo todo, juntos, callados, comunicándonos a través del fuerte viento de la madrugada. Llegado el momento -definido sin nada más que una simple fluctuante voluntad mutua- danzábamos juntos, armonizando nuestras diferentes naturalezas, acordando un compás dictado por el simple deseo de comprensión, de ilusoria admiración.

Y cuando estaba ya en la soledad de mi habitación, antes de dormir, le enviaba un mensaje a ella, o la llamaba, en ocasiones ambas cosas; a ella, la parte preexistente, procurando que nunca descubriese mi secreto, manteniéndolo inconfesable; a ella, a quien engañaba con su ausencia, reemplazándola con su figura degradada a un límite aún incomprensible.

Solo una pequeña pausa

Me remango la camisa y dejo mis brazos descubiertos. La calurosa tarde sufre ya la transición hacia una noche fría; el sol tinta el cielo de un tenue color rojo y un atisbo de luna se dibuja entre las deambulantes nubes.

Enciendo un cigarro y me dedico a contemplar la belleza creada a partir de colisiones. Al expulsar el humo y ver la forma en que se eleva hacia el cielo, me percato de que la película grisácea se funde con el atardecer y otorga al cuadro un toque de particularidad única. Si miro a través de esa columna de humo ascendente, el rojo se opaca y de alguna manera, tal combinación resulta agradable a mi vista. Un poco de gris volvió perfecto el cuadro vespertino.

Me cuestiono entonces la importancia de los momentos opacos en nuestros días. De ese sabor amargo que nos sigue los pasos en todo instante, en cada acción diaria. En el cielo se desvanece, mas en nosotros es un tanto complicado el desaparecerlo del todo. Doy otra calada a mi cigarro y vuelvo a perderme en tal fusión de naturaleza contraria.

El teléfono vibra en mi bolsillo. Sin mirar de quien se trata, cuelgo la llamada y apago el aparato. Las sombras se ciernen lentamente en donde estoy de pie. Ya solo un débil haz de luz las espanta. Los faroles se encienden, anticipándose a la oscuridad total.

Puedo ver las aves volar sobre mi cabeza, todas en una gran bandada organizada, juntas. Vuelan en dirección al sol moribundo, como queriendo disfrutar hasta el último vestigio de luz. ¿Qué pensarían los demás, si me viesen corriendo delante de las sombras, persiguiendo la luz hasta que la noche la extinguiese? Después de todo, no me gusta la noche. Siempre he preferido la vitalidad del sol. Pero nublado está bien, nublado me gusta. Es la combinación perfecta entre los dos estadios del día -el gris una vez más, actúa- es la mezcla perfecta. Lo digo porque sé de ello; especialmente en licores, puedo combinarlos y crear algo de otro mundo. Puedo, si quiero, hacer que los demás saquen al monstruo que llevan dentro, ¡De un solo trago! liberar esa naturaleza bestial.

¿Somos todos unos monstruos? Sé que en nuestro cerebro reside una parte animal, instintiva. Lo he leído en diversos lugares; aquella parte que nos mantiene con vida. Lo he leído, lo sé; me gusta leer. Si hiciese una cuenta de los libros que me han acompañado en mis viajes… no podría, porque no los recuerdo ahora.

Doy otra calada al cigarro, está por terminarse. Una vez más, el teléfono vibra en mi bolsillo. Pensé que lo había apagado, pero ahí estaba, vibrando cual hombre desesperado por atención. Lo tomo en mi mano y puedo ver el número desconocido. Cuelgo la llamada y me aseguro de apagarlo esta vez. Vuelvo a guardarlo.

Retomo el pensamiento de los libros. Mi profesión me había llevado a comprender que las personas son como libros, que necesitas escucharlos -leerlos- para descubrir sus problemas y poder ayudarlos. Que todo lo que necesitan es eso, ser atendidos. Cuando se sientan frente a mí y empiezan a contarme sus días, a platicarme lo que los atormenta, yo presto oído. En cuanto finalizan, es mi turno de hablar. De guiarlos. En ocasiones, libero su bestia interna, cuando lo considero necesario. Está bien, lo admito, a veces lo hago por deleite. Por conocer sus oscuros instintos. A pesar de que el resultado suele causarme repugnancia.

Otra calada más. Expulso el humo con placer y lo observo difundirse en el ambiente. El teléfono vuelve a vibrar, ¡maldita sea! ¡en cada calada!

Un ruido en el interior del edificio estalla. Gritos y vidrios rotos. Devuelvo mis mangas a su lugar y abrocho los botones. Aplasto el cigarro con la punta de mi pie, apagándolo sin poder terminarlo.

Abro la puerta e ingreso. Al parecer teníamos la primera pelea de la noche. Dos hombres discutiendo frente a la barra. Era hora de escucharlos, de tomar mi lugar.

Tenía que seguir mezclando bebidas. Seguir limpiando vómitos.

Y probablemente, liberar una que otra bestia.

La mascota de bernardo

Nunca había conocido a nadie que tuviese como mascota a uno de esos curiosos animales. Pero el señor Bernardo lo tenía, y lo dejaba andar libre por su casa durante las noches, solo durante las noches, porque en el día podría ocasionar un grave desbarajuste, además de asustar a los vecinos si ellos llegaban a verlo.

La primera vez que lo conocí fue cuando, regresando de clases, pude ver al señor Bernardo tocando la guitarra, al pie de su casa. Estaba sentado junto a su puerta de entrada, el instrumento a mano y rasgando las cuerdas al ritmo de una canción de JJ. El señor Bernardo era un hombre de gustos típicos, en todo sentido. Y mucho más en la música. Si por las mañanas te acercabas un poco a su casa, eras capaz de escuchar los “pasillos” a todo volumen, aunque ahora entiendo que eso, además de gustarle, le ayudaba a ocultar el sonido de su mascota, un ruido nada común, nada típico, un sonido que rompía con los esquemas de sus gustos; porque de un hombre como él, esperarías que poseyese unas aves cantoras en una pequeña jaula, o un perro de raza pequeña al que acariciaría entre cada canción, y el animalito lo lamería y le brindaría el careciente afecto humano, muy ausente en los días de Bernardo, hombre solitario, degustador del silencio de voces que pendía del techo de su hogar como un cartel de bienvenida, un adorno que bastaba para decorarlo todo, para satisfacer la sensación de agobio que uno acostumbra a perder al ingresar a un hogar.

En cuanto me acerqué a preguntarle qué tocaba -pregunta con el fin de entablar conversación, la verdad es que conocía la pieza musical- Bernardo se negó a responder y solo agitó su cabeza en rechazo “Nada de lo que pueda hablar con un joven” dijo un tanto decepcionado en lo que empezaba una nueva canción. Pero yo no opiné sobre su ofensivo comentario, me limité a sentarme a su lado y a observarlo entonar el siguiente pasillo, también de JJ. Cuando inició a cantar, lo seguí en la letra y Bernardo se mostró un poco sorprendido, un poco incrédulo, lleno de melancolía según pude percatarme por la forma en que sus labios se doblaron. Cantamos largo rato, hasta que decidió entrar a atender a su mascota, que ya lo llamaba.

“Tú no la escuchas por la música, pero me está llamando” comentó en lo que guardaba la guitarra en su estuche “Si uno no acude al llamado se puede poner agresiva, puede ser un tanto peligrosa” E ingresó con paso lento, rascando su calvicie en un claro signo de hastío. Yo permanecí fuera, sentado, esperanzado en escuchar el ruido de su mascota, mas no lo conseguí, no ese primer día. Y cuando uno no consigue darle a su curiosidad lo que tanto exige, unos hincones de obligatoriedad buscan imponerse en tu cabeza, ideas se retuercen en cada segundo, formadas en un plano en el que si tu capricho es atendido encuentras paz.

Fueron esas insistentes punzadas por las que días después pude ver a la mascota de Bernardo. Nuestros encuentros, para entonces, se habían vuelto rutinarios; siempre fuera de su casa, con la guitarra, con pasillos, con interrupciones repentinas debido a su mascota, la que ya lo llamaba con mayor insistencia, con menor intervalo entre canción y canción. “Debe ser que no la ha alimentado” comenté un día en el que cantábamos “Sombras”. Bernardo me echó una mirada neutral en esa ocasión, pero supe que la siguiente sería amenazadora, insultante, porque uno no puede simplemente lanzar opiniones desacertadas, mucho menos en medio de una canción de regocijo, en momentos de armonía y melodías danzantes. Pero en esa ocasión pude verla. Bernardo ingresó a atender a su mascota y una fina ranura quedó abierta en la puerta; algo inusual, la puerta la dejaba siempre bien cerrada, solo con el suficiente espacio para las partículas de aire. En esa ocasión el espacio era vasto para mis ojos. Y tras acercarme, en un impulso de las cavernas, pude divisar la mascota que se alzaba detrás de la puerta.

Bernardo la alimentaba con mucho cuidado, con una pesada cadena atada a su cuello, porque era necesario tenerla, ya que su naturaleza salvaje parecía estar a flote; a pesar de su boca muy humana y sus extremidades similares a cualquier hombre, uno podía deducir que se trataba de una mascota, de una criatura a la que se necesita cuidar y alimentar, darle apoyo y educarla. Especialmente educarla, enseñarle su lugar, costumbres, adaptarla a lo que es conveniente.

Fue la única ocasión en que pude verla. No mucho tiempo después Bernardo desapareció. Fue una tarde como cualquier otra, sin nada en especial, ni siquiera el cielo se mostraba distinto a lo usual, nada alterado en aquel día, nada fuera de lugar a excepción de la casa de Bernardo. Es un poco paradójico, increíble tal vez, el cómo las cosas se alteran de forma minúscula, focalizada, y lo que se desmorona en una parte de la realidad, apenas causa un pequeño azote del viento en otra. Eso si es que acaso causa algo.

La puerta de la casa de Bernardo fue encontrada abierta. Dentro, todo tirado por los suelos, platos, ollas, vasos; ropa rasgada, mostrando orificios y grandes rayas de discontinuidad de la tela. Y Bernardo simplemente no estaba, nadie sabía de él. Nadie había escuchado nada. Que falleció, murmuraron algunos, premisa que no alcancé nunca a comprender.

Pero yo sé que lo más probable es que su mascota haya escapado de la cadena que la ataba, tal vez mientras era alimentada, ocasionando un gran tiradero al verse libre. Y seguro Bernardo corrió detrás de ella, intentando atraparla, queriendo atar a su cuello la pesada cadena una vez más.

El festín de los escondidos

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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“Wasp nest sculpture”, (CC0)

Cierto día, un objeto enorme empezó a orbitar alrededor de La Tierra. Aquel objeto parecía ser una gigantesca nave en forma de insecto. Sin embargo, no se trataba de una embarcación sino de una gran entidad extraterrestre conocida como La Reina, un ser insectoide de casi tres mil kilómetros de largo adaptado al vacío del espacio y capaz de viajar grandes distancias albergando a millones de seres en su interior.

***

—Rachel, Rachel —dijo la apurada y asustada madre—. ¿Me escuchas? Debemos huir al búnker.

La niña estaba muy perturbada por lo que acababa de ocurrir. A lo lejos se podía ver como, desde adentro de un insecto gigante, brotaban millones de otros insectos de casi tres metros de altura. Los noticieros reportaban eventos similares en prácticamente todos los lugares poblados del planeta.

***

Aquella raza extraterrestre estaba repitiendo en La Tierra el mismo proceso de cada invasión. Cuando La reina detectaba un planeta con alta concentración de seres vivos, se colocaba en órbita durante algunos días analizando el terreno. Para ello, usaba manifestaciones del espectro electromagnético. Una vez estudiado el objetivo, La reina lanzaba hacia la superficie cierta cantidad de insectos más pequeños. Estos insectos, conocidos como Los zánganos, medían casi cien kilómetros de largo. Cada uno de Los zánganos tenía asignada una zona poblada para despojarla de toda la materia orgánica posible.

Para la tarea de recolección estaban Las obreras, que se dedicaban a transportar a su destino a cuanto ser vivo se cruzara en su camino. Una vez terminada la recolección, Las obreras vuelven a cada uno de Los zánganos y éstos abandonan el planeta para volver al cuerpo de La Reina. Ésta se mantiene orbitando el planeta mientras Las obreras organizan y colocan preservantes a toda la materia orgánica recolectada para alimentar al enjambre que vive en su interior. Durante ese proceso, La reina continúa escaneando el planeta hasta determinar el momento preciso para recompensar a Las obreras con algo que, traducido a lengua humana, sería como El festín de los escondidos.

***

—Rachel, ¡presta atención! —La madre acarició la cabeza de la asustada niña hasta calmarla—. Eso, ¡muy bien! Vamos, repite lo que dijo mamá.

—No debo salir ni abrir la puerta hasta que oiga que me llamas desde afuera —repitió la niña entre sollozos.

—Eso nena, ¡muy bien! ¿Qué más? —respondió la madre, aliviada de haber retomado el control de la situación.

—No le voy a abrir a nadie que no seas tú—respondió la niña, ya resignada a quedarse sola por casi doce horas como cada vez que su madre salía.

—Eso nena, muy bien. No olvides nuestra clave secreta. Yo ya regreso, iré por comida.

 ***

El festín de los escondidos es una celebración diseñada para satisfacer los deseos primarios de Las obreras, que tienen prohibido comer porción alguna del material recolectado. La reina, usando las mismas manifestaciones del espectro electromagnético, altera las ondas cerebrales de los seres que, manteniéndose ocultos, lograron sobrevivir al proceso de recolección. Las ondas de La reina  se manifiestan como alucinaciones muy significativas para el que las sufre.  Tienen como objetivo hacer que el individuo afectado salga de su escondite para ser devorado por Las obreras que, en un incontrolable frenesí asesino, devoran violentamente todo aquello que se encuentre en su camino.

***

—Nena, nena. Ábreme, ya regresé.

—¿Eres tú, mami? Dime la clave —pregunta la niña, aún llorando por el encierro y la soledad.

—Sí, bebé. Soy yo. La clave es postre.

La niña, creyendo oír la voz de su madre pronunciando la clave secreta, abrió la puerta. Las obreras entraron y murió devorada por ellas.

La nostalgia

I
La Nostalgia es una pequeña alimaña.

La Nostalgia no es una santa ni mucho menos.

La Nostalgia nace con nosotros,

es como una calaverita creciéndote en el hombro izquierdo.

II
Si tu nombre empieza con jota, estás acabado.

La Nostalgia es como La Muerte, pero vestida del Jack de espadas.

La Nostalgia usa la jota como anzuelo y empieza a pescar en tus recuerdos.

La Nostalgia, como pescadora, tiene una maestría excepcional.

III
Apostada en un botecito negro con bandera de pirata

está La Nostalgia agitando su caña.

Fumando en su pipa con forma de ojo,

está La Nostalgia pescando recuerdos.

Pica la historia de tu último amor,

y entonces La Nostalgia come.

Y come deprisa, como bulímica.

También vomita luego del frenesí.

IV
Las aguas del lago de tu hombro izquierdo se contaminan de bulimia emocional.

Aguas sucias producen sentimientos enfermos,

los peces muertos del lago se pudren mientas La Nostalgia ríe.

Los olores fétidos en el ambiente se vuelven depresión.

V
Un espasmo en la pierna izquierda te dice que el lago se rebosó,

que el cuerpo somatiza tanta ansiedad.

Y entonces recoges el anzuelo que La Nostalgia dejó como ancla de su bote

…y te lo fumas, o lo bebes, o lo inhalas,

te lo inyectas, o lo lloras, da igual.

VI
Y te transportas a ese planeta que es todo mar.

Y flotas sin esfuerzo, como si volaras en el espacio.

Y oyes tu propia voz desde el cielo,

sonando en todo el planeta. Tu voz es la voz de un dios.

Y te dices a ti mismo, flotando en un mar sin sal, con un sol que no quema:

“El mar infinito es el cielo.”

VII

Y despiertas un día lunes…

teniendo que regresar a tu prisión con forma de oficina.

La jeringa

Cierto físico cuántico estaba trabajando en una máquina del tiempo. En las pruebas de su máquina logró viajar con éxito al futuro. No pudo ver mucho, porque solo estuvo veintiún segundos allí.

A poco tiempo de su regreso , el físico enfermó gravemente de una fuerte infección. Los médicos, con mucha dificultad, controlaban los síntomas. Pero la infección no hacía más que empeorar. La bacteria mostraba resistencia a todos los antibióticos que se le administraban.

El físico, ya resignado a la muerte, regresó a su casa. Esperando el momento de su partida, acostado en su cama, se durmió. Un ruido lo despertó a las tres de la mañana. Abrió los ojos y no halló nada raro, hasta que se fijó bien. En su mesita de noche encontró una jeringa con una nota que decía: “Viajar al futuro es peligroso para un sistema inmune no preparado. Inyéctese este antibiótico y haga el favor de no volver”.

El físico sanó y cambió de profesión.