La mascota de bernardo

Nunca había conocido a nadie que tuviese como mascota a uno de esos curiosos animales. Pero el señor Bernardo lo tenía, y lo dejaba andar libre por su casa durante las noches, solo durante las noches, porque en el día podría ocasionar un grave desbarajuste, además de asustar a los vecinos si ellos llegaban a verlo.

La primera vez que lo conocí fue cuando, regresando de clases, pude ver al señor Bernardo tocando la guitarra, al pie de su casa. Estaba sentado junto a su puerta de entrada, el instrumento a mano y rasgando las cuerdas al ritmo de una canción de JJ. El señor Bernardo era un hombre de gustos típicos, en todo sentido. Y mucho más en la música. Si por las mañanas te acercabas un poco a su casa, eras capaz de escuchar los “pasillos” a todo volumen, aunque ahora entiendo que eso, además de gustarle, le ayudaba a ocultar el sonido de su mascota, un ruido nada común, nada típico, un sonido que rompía con los esquemas de sus gustos; porque de un hombre como él, esperarías que poseyese unas aves cantoras en una pequeña jaula, o un perro de raza pequeña al que acariciaría entre cada canción, y el animalito lo lamería y le brindaría el careciente afecto humano, muy ausente en los días de Bernardo, hombre solitario, degustador del silencio de voces que pendía del techo de su hogar como un cartel de bienvenida, un adorno que bastaba para decorarlo todo, para satisfacer la sensación de agobio que uno acostumbra a perder al ingresar a un hogar.

En cuanto me acerqué a preguntarle qué tocaba -pregunta con el fin de entablar conversación, la verdad es que conocía la pieza musical- Bernardo se negó a responder y solo agitó su cabeza en rechazo “Nada de lo que pueda hablar con un joven” dijo un tanto decepcionado en lo que empezaba una nueva canción. Pero yo no opiné sobre su ofensivo comentario, me limité a sentarme a su lado y a observarlo entonar el siguiente pasillo, también de JJ. Cuando inició a cantar, lo seguí en la letra y Bernardo se mostró un poco sorprendido, un poco incrédulo, lleno de melancolía según pude percatarme por la forma en que sus labios se doblaron. Cantamos largo rato, hasta que decidió entrar a atender a su mascota, que ya lo llamaba.

“Tú no la escuchas por la música, pero me está llamando” comentó en lo que guardaba la guitarra en su estuche “Si uno no acude al llamado se puede poner agresiva, puede ser un tanto peligrosa” E ingresó con paso lento, rascando su calvicie en un claro signo de hastío. Yo permanecí fuera, sentado, esperanzado en escuchar el ruido de su mascota, mas no lo conseguí, no ese primer día. Y cuando uno no consigue darle a su curiosidad lo que tanto exige, unos hincones de obligatoriedad buscan imponerse en tu cabeza, ideas se retuercen en cada segundo, formadas en un plano en el que si tu capricho es atendido encuentras paz.

Fueron esas insistentes punzadas por las que días después pude ver a la mascota de Bernardo. Nuestros encuentros, para entonces, se habían vuelto rutinarios; siempre fuera de su casa, con la guitarra, con pasillos, con interrupciones repentinas debido a su mascota, la que ya lo llamaba con mayor insistencia, con menor intervalo entre canción y canción. “Debe ser que no la ha alimentado” comenté un día en el que cantábamos “Sombras”. Bernardo me echó una mirada neutral en esa ocasión, pero supe que la siguiente sería amenazadora, insultante, porque uno no puede simplemente lanzar opiniones desacertadas, mucho menos en medio de una canción de regocijo, en momentos de armonía y melodías danzantes. Pero en esa ocasión pude verla. Bernardo ingresó a atender a su mascota y una fina ranura quedó abierta en la puerta; algo inusual, la puerta la dejaba siempre bien cerrada, solo con el suficiente espacio para las partículas de aire. En esa ocasión el espacio era vasto para mis ojos. Y tras acercarme, en un impulso de las cavernas, pude divisar la mascota que se alzaba detrás de la puerta.

Bernardo la alimentaba con mucho cuidado, con una pesada cadena atada a su cuello, porque era necesario tenerla, ya que su naturaleza salvaje parecía estar a flote; a pesar de su boca muy humana y sus extremidades similares a cualquier hombre, uno podía deducir que se trataba de una mascota, de una criatura a la que se necesita cuidar y alimentar, darle apoyo y educarla. Especialmente educarla, enseñarle su lugar, costumbres, adaptarla a lo que es conveniente.

Fue la única ocasión en que pude verla. No mucho tiempo después Bernardo desapareció. Fue una tarde como cualquier otra, sin nada en especial, ni siquiera el cielo se mostraba distinto a lo usual, nada alterado en aquel día, nada fuera de lugar a excepción de la casa de Bernardo. Es un poco paradójico, increíble tal vez, el cómo las cosas se alteran de forma minúscula, focalizada, y lo que se desmorona en una parte de la realidad, apenas causa un pequeño azote del viento en otra. Eso si es que acaso causa algo.

La puerta de la casa de Bernardo fue encontrada abierta. Dentro, todo tirado por los suelos, platos, ollas, vasos; ropa rasgada, mostrando orificios y grandes rayas de discontinuidad de la tela. Y Bernardo simplemente no estaba, nadie sabía de él. Nadie había escuchado nada. Que falleció, murmuraron algunos, premisa que no alcancé nunca a comprender.

Pero yo sé que lo más probable es que su mascota haya escapado de la cadena que la ataba, tal vez mientras era alimentada, ocasionando un gran tiradero al verse libre. Y seguro Bernardo corrió detrás de ella, intentando atraparla, queriendo atar a su cuello la pesada cadena una vez más.

Energía prestada

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Ogień» por Artur Rydzewski (CC BY-SA 2.0)

Decadente y apagado

mi cuerpo pide energía

prestada al mejor postor.

No cuestiono, acepto

el don que me otorga

la oscuridad que me habita.

Luces rojas brillan,

el reloj es superado

y el cuerpo sacrificado.

Y solo escucho estas palabras:

«Todos los días es de noche».

«Yo solo sé morir».

El festín de los escondidos

Originalmente publicado en: Blog de Salto al reverso

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«Wasp nest sculpture», (CC0)

Cierto día, un objeto enorme empezó a orbitar alrededor de La Tierra. Aquel objeto parecía ser una gigantesca nave en forma de insecto. Sin embargo, no se trataba de una embarcación sino de una gran entidad extraterrestre conocida como La Reina, un ser insectoide de casi tres mil kilómetros de largo adaptado al vacío del espacio y capaz de viajar grandes distancias albergando a millones de seres en su interior.

***

—Rachel, Rachel —dijo la apurada y asustada madre—. ¿Me escuchas? Debemos huir al búnker.

La niña estaba muy perturbada por lo que acababa de ocurrir. A lo lejos se podía ver como, desde adentro de un insecto gigante, brotaban millones de otros insectos de casi tres metros de altura. Los noticieros reportaban eventos similares en prácticamente todos los lugares poblados del planeta.

***

Aquella raza extraterrestre estaba repitiendo en La Tierra el mismo proceso de cada invasión. Cuando La reina detectaba un planeta con alta concentración de seres vivos, se colocaba en órbita durante algunos días analizando el terreno. Para ello, usaba manifestaciones del espectro electromagnético. Una vez estudiado el objetivo, La reina lanzaba hacia la superficie cierta cantidad de insectos más pequeños. Estos insectos, conocidos como Los zánganos, medían casi cien kilómetros de largo. Cada uno de Los zánganos tenía asignada una zona poblada para despojarla de toda la materia orgánica posible.

Para la tarea de recolección estaban Las obreras, que se dedicaban a transportar a su destino a cuanto ser vivo se cruzara en su camino. Una vez terminada la recolección, Las obreras vuelven a cada uno de Los zánganos y éstos abandonan el planeta para volver al cuerpo de La Reina. Ésta se mantiene orbitando el planeta mientras Las obreras organizan y colocan preservantes a toda la materia orgánica recolectada para alimentar al enjambre que vive en su interior. Durante ese proceso, La reina continúa escaneando el planeta hasta determinar el momento preciso para recompensar a Las obreras con algo que, traducido a lengua humana, sería como El festín de los escondidos.

***

—Rachel, ¡presta atención! —La madre acarició la cabeza de la asustada niña hasta calmarla—. Eso, ¡muy bien! Vamos, repite lo que dijo mamá.

—No debo salir ni abrir la puerta hasta que oiga que me llamas desde afuera —repitió la niña entre sollozos.

—Eso nena, ¡muy bien! ¿Qué más? —respondió la madre, aliviada de haber retomado el control de la situación.

—No le voy a abrir a nadie que no seas tú—respondió la niña, ya resignada a quedarse sola por casi doce horas como cada vez que su madre salía.

—Eso nena, muy bien. No olvides nuestra clave secreta. Yo ya regreso, iré por comida.

 ***

El festín de los escondidos es una celebración diseñada para satisfacer los deseos primarios de Las obreras, que tienen prohibido comer porción alguna del material recolectado. La reina, usando las mismas manifestaciones del espectro electromagnético, altera las ondas cerebrales de los seres que, manteniéndose ocultos, lograron sobrevivir al proceso de recolección. Las ondas de La reina  se manifiestan como alucinaciones muy significativas para el que las sufre.  Tienen como objetivo hacer que el individuo afectado salga de su escondite para ser devorado por Las obreras que, en un incontrolable frenesí asesino, devoran violentamente todo aquello que se encuentre en su camino.

***

—Nena, nena. Ábreme, ya regresé.

—¿Eres tú, mami? Dime la clave —pregunta la niña, aún llorando por el encierro y la soledad.

—Sí, bebé. Soy yo. La clave es postre.

La niña, creyendo oír la voz de su madre pronunciando la clave secreta, abrió la puerta. Las obreras entraron y murió devorada por ellas.

La nostalgia

I
La Nostalgia es una pequeña alimaña.

La Nostalgia no es una santa ni mucho menos.

La Nostalgia nace con nosotros,

es como una calaverita creciéndote en el hombro izquierdo.

II
Si tu nombre empieza con jota, estás acabado.

La Nostalgia es como La Muerte, pero vestida del Jack de espadas.

La Nostalgia usa la jota como anzuelo y empieza a pescar en tus recuerdos.

La Nostalgia, como pescadora, tiene una maestría excepcional.

III
Apostada en un botecito negro con bandera de pirata

está La Nostalgia agitando su caña.

Fumando en su pipa con forma de ojo,

está La Nostalgia pescando recuerdos.

Pica la historia de tu último amor,

y entonces La Nostalgia come.

Y come deprisa, como bulímica.

También vomita luego del frenesí.

IV
Las aguas del lago de tu hombro izquierdo se contaminan de bulimia emocional.

Aguas sucias producen sentimientos enfermos,

los peces muertos del lago se pudren mientas La Nostalgia ríe.

Los olores fétidos en el ambiente se vuelven depresión.

V
Un espasmo en la pierna izquierda te dice que el lago se rebosó,

que el cuerpo somatiza tanta ansiedad.

Y entonces recoges el anzuelo que La Nostalgia dejó como ancla de su bote

…y te lo fumas, o lo bebes, o lo inhalas,

te lo inyectas, o lo lloras, da igual.

VI
Y te transportas a ese planeta que es todo mar.

Y flotas sin esfuerzo, como si volaras en el espacio.

Y oyes tu propia voz desde el cielo,

sonando en todo el planeta. Tu voz es la voz de un dios.

Y te dices a ti mismo, flotando en un mar sin sal, con un sol que no quema:

“El mar infinito es el cielo.”

VII

Y despiertas un día lunes…

teniendo que regresar a tu prisión con forma de oficina.

La jeringa

Cierto físico cuántico estaba trabajando en una máquina del tiempo. En las pruebas de su máquina logró viajar con éxito al futuro. No pudo ver mucho, porque solo estuvo veintiún segundos allí.

A poco tiempo de su regreso , el físico enfermó gravemente de una fuerte infección. Los médicos, con mucha dificultad, controlaban los síntomas. Pero la infección no hacía más que empeorar. La bacteria mostraba resistencia a todos los antibióticos que se le administraban.

El físico, ya resignado a la muerte, regresó a su casa. Esperando el momento de su partida, acostado en su cama, se durmió. Un ruido lo despertó a las tres de la mañana. Abrió los ojos y no halló nada raro, hasta que se fijó bien. En su mesita de noche encontró una jeringa con una nota que decía: “Viajar al futuro es peligroso para un sistema inmune no preparado. Inyéctese este antibiótico y haga el favor de no volver”.

El físico sanó y cambió de profesión.