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Cadáver en la acera

El cuerpo apareció en la acera sin que nadie se percatase cómo. Simplemente estaba ahí, tirado, el cuerpo del ser humano más hermoso que se pudiera haber visto, acompañado del gris que resaltaba sus facciones, que lo protegía del tacto de fuego del sol. Al principio nadie reparó en que era un cadáver, lo pasaban de largo, caminaban por los lados sin prestarle más atención que una mirada de soslayo; los más atrevidos mantenían el atisbo por más segundos, sostenían la mirada un largo rato y luego continuaban, temerosos de que alguien advirtiese en aquella extraña conducta. Aunque lo habrían comprendido, la belleza del cuerpo era tal que la tentación de mantenerse viendo embriagaba a todo el que pasaba por el sitio. Por eso no concebían que pudiese ser un cadáver, porque era bello, y la muerte siempre tiene que verse fea, vulgar, algo grotesco y repudiable. No podía ser un cadáver. Pensaban que se trataría de una persona muy ebria para levantarse, o abandonada en días recientes, acostumbrándose a la vida de un mendigo; otros creían que era un simple muñeco tirado para llamar la atención y otros tantos lo consideraban incluso algo irreal, una fantasía.

Fueron esas dudas las que llevaron a descubrir el estado del cadáver. El primer hombre en acercarse lo tocó con su pie, ante la vista asombrada de las demás personas. Fue el único en atreverse en ese momento; con la punta del pie lo meció una y otra vez sin obtener respuesta. Pero había roto la barrera del acercamiento físico, penetrado la línea que separa a los individuos entre ellos; una vez que se cruza el límite de separación física, que se entra en contacto con el otro, ya todo puede suceder, es el encuentro entre dos personas despojadas de la ilusoria distancia, de la desconfianza. El cuerpo continuó echado sin el menor rastro de movimiento voluntario.

—Creo que está muerto—anunció el hombre en voz alta.

Las personas a su alrededor soltaron exclamaciones de sorpresa, murmuraban teorías y otros tantos ya decían que seguramente se lo merecía “Nadie amanece muerto en la acera por nada” Y al ver el atrevimiento del sujeto que fue capaz de irrumpir en el cuerpo, los otros se cuestionaban si no tendrían también derecho de hacerlo, de satisfacer su curiosidad a cuesta del cadáver, de permitirse a sí mismos comprobar que en efecto la vida había escapado de ese contenedor orgánico.

—¿Seguro que lo está?—preguntó una mujer, acercándose a palpar el rostro del cadáver, tan impoluto como las gotas de agua que de él resbalaban—. Parece que estuvo aquí toda la noche de lluvia.

Removió la larga cabellera negra para observar mejor sus facciones; eran acentuadas, dotadas de una simetría imposible, capaz de desafiar toda percepción estética del ojo común. Y sus párpados, cerrados, eran dos eclipses de piel lisa en la que la visión se perdía para recorrerlos con admiración. Sus labios un par de arcos curvos cuyo deleite parecía ser el encontrarse el uno con el otro; su nariz y sus orejas eran pendientes del más pulcro material, colgando sin miedo a la codicia.

—No puede ser—susurró la mujer, pasando un dedo por la mejilla del cuerpo—. No puede ser.

Se levantó cubierta de lágrimas y se marchó llorando.

La multitud se acercó en un gran círculo para contemplar el origen de tal reacción. Vestido solo con una larga manta negra, el cuerpo permanecía estirado y la larga cabellera no parecía tener nudos en ninguna de sus fibras.

—¿Qué le habrá pasado?—preguntó un niño, sin ocultar la sorpresa en su mirada.

—No parecería estar muerto—comentó otro hombre—. Es como si estuviera dormido.

—Dormida—corrigió otro—. Es una mujer.

Fue cuando la duda despertó en sus pensamientos; las facciones eran marcadas, precisas, lo suficiente como para dudar si los rasgos pertenecían a alguno de los géneros. Entonces los murmullos se elevaron, intentado concretar si se trataba de un hombre o una mujer.

—¿Qué sentido tiene si ya ha fallecido?—preguntó una señora de pelos canos—. No importa su sexo, lo que importa es que está muerto y deberíamos retirarlo del paso.

Todos se cruzaron miradas, mas ninguna de aprobación. Deseaban contemplarlo, mantenerse estupefactos ante la atrocidad de la muerte.

—No puede simplemente llevárselo—comentó otra—. Es tan…

Calló. Pero todos supieron lo que tenía para decir. Todos lo pensaban.

Varias personas se sentaron junto al cadáver y colocaron sus manos en la piel, intentando comprender la naturaleza de esa sensación táctil tan placentera y del goce visual que generaba el poder mirarlo de manera directa. Muchos le elevaban los párpados para contemplar las pupilas escondidas y permanecían minutos enteros sin desviar la mirada, con los dedos como pinzas para separar la piel que insistía en taparlos.

Un niñito fue quien dio la voz de alerta.

—No es un hombre—comentó, levantando desde los pies la manta que lo cubría—. No tiene nada.

Como necesitando evidencia para comprender que se refería a que era una mujer, todos optaron por levantar la manta negra y otear por debajo hacia el sexo del cadáver; y su sorpresa fue mayor al reparar en que no tenía ningún sexo. Ni hombre, ni mujer, solo un cadáver sin definiciones sexuales. Muchas personas se sorprendieron y otras tantas se lamentaron; pero fueron más las que no alcanzaban a comprender la rareza del asunto, del ser posible que en el lugar que ocuparía un pene o una vulva no existiese más que una piel llana, limpia, sin ninguna clase de formación anatómica. Las preguntas sobre si no se trataría de una falsedad, de un muñeco, emergían una vez más. Las ideas de cómo comprobarlo se expulsaban con total naturalidad, con la naturalidad de alguien que profana un cuerpo ajeno.

—Podríamos revisar si tiene corazón—ideó alguien de la multitud.

—Es un cuerpo, no está bien hacer lo que hacemos—dijo una voz entre el clamor—. Hay que tener un poco de respeto.

Y antes de que las ideas hirvieran en una disputa de lo que sería o no lo mejor, lo correcto o incorrecto, la mujer que se marchó sollozante regresó junto a los creyentes y el sacerdote, que exclamaba oraciones de manera eufórica y cuyo rostro se desfiguró al ser testigo del estado del cadáver: tocado, desnudo, ultrajado.

—¡No podemos permitir este sacrilegio!—exclamó rabioso—. El Hijo de Dios ha regresado a juzgarnos, a salvarnos, y lo recibimos con injurias.

Quienes se mantenían cerca del cuerpo se miraron dubitativos y otros tantos se levantaron poco a poco, temerosos del pecado mortal que podría conducirlos a un castigo eterno. Y ayudado por los súbditos, el sacerdote retiró a los curiosos de alrededor del cadáver. “Esperaremos su resurrección”  acordonaron el cuerpo con cintas y conos de peligro y se arrodillaron a exclamar oraciones y echar vapores de olores encima del cuerpo.

Las demás personas observaban estupefactas, cohibidas por la multitud que manifestaba estar cuidando del enviado, del que despertaría para salvarlos. Sin embargo, la lluvia volvió a caer esa noche, una tormenta que segregó todo acúmulo de creyentes y de curiosos, porque los truenos se imponían ante el deseo de curiosidad, ante el placer de la percepción sensorial que se obtenía del ser muerto, del cadáver conservado en perfecta belleza.

Nadie dudaba de que al día siguiente estaría ahí, igual de impecable, conservando la virtuosidad que le caracterizaba. Amaneció con flores a su alrededor, rosas de distintos colores decoraban la superficie del cuerpo, lo rodeaban en multitud de hojas desprendidas que se amoldaban a sus curvas. Las personas acudían a observarlo, se quedaban plantadas junto a él y en ocasiones cruzaban los límites de la cinta para permitirse inspeccionar los ojos del cuerpo, para elevar los párpados y mirarlo directamente. Y si algo sucedía en ese instante, era notorio por la actitud siguiente de aquellos que se atrevían a mirar en sus pupilas. Se alejaban pensativos, sonrientes, como llenos de una gracia no conocida antes, irradiando decisión, seguridad. Todos podían notarlo, mas eran pocos los que se motivaban a esa hazaña, a perderse en el cadáver.

—¿Qué se siente?—preguntó un sujeto a una mujer que se alejaba tras el contacto visual.

—Todo—respondió—. Todo.

Y la curiosidad acrecentaba en los oyentes, que no podían ser indiferentes al cambio de personalidad de los más audaces, de los que perpetuaban el sacrilegio completo, que se atrevían a mirar al cadáver al alma, si es que acaso contaba con una.

Eran muchos más los que se dedicaban a extender sus manos para palpar un poco de la piel del cuerpo. Se inclinaban en puntillas hasta alcanzarlo y de esa manera sentir el disfrute de esa superficie inefable, tan inentendible para las palabras, que las emociones tras palparla no conseguían denominación alguna. Mas la aparente calma se rompió en un corto instante, el desbalance fue abrupto.

El grupo de personas irrumpió en el sitio sin previo aviso, eufóricos, exaltados. “El jodido cadáver es una maldición” gritaban por los cielos “Está haciendo a la gente morirse” Los miembros de la iglesia prestaron especial atención a las palabras “Se suicidan, todos se suicidan tras verlo” La larga fila para elevar los párpados se petrificó, y el último participante, perdido en el infinito vacío de la pupila, parecía no escuchar lo que se le decía “Ha sucedido con todos ¡Se suicidan sin dudarlo! De un momento a otro” El sacerdote no se lo creía, miraba una y otra vez el cuerpo del cadáver, tan pulcro, tan hermoso, tan…

—¡Endemoniado!—gritó—. Lucifer nos está engañando como engañó a Eva. ¡Dios nos perdone! este cadáver es el maligno mismo encarnado.

—¡Entierren ese cuerpo!—gritaron.

—¡Que lo quemen!

Y la disputa alcanzó su apogeo cuando un grupo salió en defensa del cadáver, rodeándolo con ferocidad, alegando que ellos conocían el propósito, la verdad detrás de su presencia. “Lo hemos visto” aseguraban, con sus ojos maravillados, dilatados, contemplando un escenario que nadie parecía entender “Todo lo hemos visto” pero los abucheaban e incitaban a dejar de ser parte de una horrible conspiración.

No pasó mucho hasta que el cadáver estuvo de mano en mano, siendo estirado por las distintas fuerzas que aseguraban tener la razón. Su manta se desgarró y la desnudez quedó al descubierto, sin ningún sexo, sin ninguna característica definitoria. Lo estiraban de las piernas, de los brazos, de la cabeza; y a pesar de su frágil apariencia, el peso del cuerpo era denso, rígido; la pelea no continuó más que unos pocos minutos, en los que sus músculos desgastados obligaron a las multitudes a soltarlo. Era un peso jamás evidenciado, no era un peso humano.

Lo dejaron en el suelo. Nadie sería capaz de moverlo, no de manera natural. Todos se miraron y unos se marcharon por temor, por miedo alimentado ante esa demostración de fuerza de un cuerpo inerte; otros por cansancio, y unos pocos se quedaron para golpear al cuerpo en el suelo, detestarlo, repudiarlo por quitarle la vida a sus personas. Pero a pesar de los golpes, el cuerpo resistía sin rasguño alguno. Nunca los tuvo.

Esa noche el cadáver se quedó solo. Y la mañana siguiente ya nadie acudía a visitarlo; los últimos en contemplar sus ojos ya se habían suicidado y el resto de las personas le temían, lo despreciaban, preferían no mirarlo si pasaban a su lado, resistir la tentación de su belleza.

Así, en la tarde del tercer día, nadie pudo ver al cadáver volverse pútrido, sucumbir ante la podredumbre mientras perdía su belleza. No resucitó en cuerpo, pero se volvió polvo, uno que respiraban todos los caminantes, aunque se rehusaran a aceptarlo.

La noche de la verdad

Originalmente publicado en: Revista Salto al reverso #6

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Imagen por: Kristaps Bergfelds

Cierta noche, Alejandra recibió una extraña carta en su buzón. La carta decía: “Sé que llevas tiempo preguntándote por qué vives y a dónde vas. Si quieres saber las respuestas, te espero a medianoche en la azotea del edificio del frente”.

Alejandra quedó intrigada por aquel extraño mensaje. Era cierto, sin duda, que aquellas preguntas habían estado dando vueltas en su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo desde la muerte de su hermano. ¿Pero cómo pudo haberse enterado aquella persona? ¿Cómo pudo saber cuáles eran exactamente las preguntas existenciales que le intrigaban?

Pasó todo el día siguiente pensando, considerando si acudir a la cita o no. Llegó a pensar que era una trampa, después de todo siempre tuvo dudas sobre si la muerte de su hermano realmente había sido un suicidio. ¿Y si fue un homicidio? ¿Y si la persona que envió la carta estaba directamente relacionada con ello?

Cuando llegó la noche en cuestión, Alejandra decidió no ir. A la mañana siguiente se fue a trabajar. Durante todo el día la embargó la sensación de haberse perdido de algo, como si encontrarse con aquella persona fuese realmente importante. Pero racionalizó y se convenció de haber tomado la decisión correcta.

Al llegar a su casa por la noche, otra carta le esperaba. La carta decía: “¿Aún piensas que fue una buena decisión no vernos? Tu hermano pensó lo mismo cuando recibió su carta. Él asistió al tercer y último llamado. Este es el segundo llamado para ti: entérate de la verdad. Te espero a medianoche en el edificio del frente.”
Alejandra se llenó de emociones en conflicto, una mezcla de rabia e intriga. ¿Y si sus sospechas eran ciertas?

Decidió ir. Durante la cita no pasó nada fuera de lo común. El remitente le habló alrededor de veintiún minutos y Alejandra regresó a su casa. En esa conversación se enteró de por qué el ser humano vive y a dónde va. Aquella noche Alejandra se suicidó.


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