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Pausa necesaria

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

Adultez Verde ha llegado al fin de su primera temporada. Luego de meses de preparación y de 11 episodios publicados, llegó el momento de poner en práctica una de las recomendaciones más frecuentes en nuestro podcast: Pausar, observar y cuestionar si las cosas están avanzando en la dirección que buscamos.

Hace aproximadamente dos semanas se sentía la “presión” de esta introspección: la incertidumbre sobre qué, cómo y cuándo haríamos, hizo presencia desde el minuto cero. Alrededor de los mismos días, yo estuve en esas etapas de pocas energías, de procesos laborales intensos y de elevadas dosis de procrastinación. Y es allí donde la vida me recordó el valor de trabajar en equipo, de tener alguien que nos dé el tirón de orejas para volver la atención hacia lo que realmente importa.

Con la vuelta de Taty a Ecuador, la emoción del “¡por fin juntas!” nos invadió. Mientras esperábamos que esto sucediera, surgieron muchas expectativas de lo que podríamos hacer con las nuevas condiciones. Cuando finalmente ocurre, decidimos trabajar juntas y en presencial cada jueves.

El pasado jueves, luego de la grabación de un episodio y de nuestra transmisión en vivo, llegó el momento cero: ¿Cómo luciría nuestro proceso de redefinición y de reconstrucción?

Como antecedente, en una coincidencia de esas que no se pueden llamar coincidencias, el día anterior una amiga de Tats, Melanie Moscoso, nos había puesto frente a frente con el hecho de que nuestra visión del proyecto y del valor que queríamos ofrecer no estaba del todo aterrizada. Con una jornada tan divertida como demandante, logramos mejorar esa situación.

Así, de vuelta al proceso creativo de aquel jueves, luego de una corta actualización semanal y del “hit” producido con la cena, finalmente vimos la luz: este proceso de restructuración busca humanizar nuestro contenido, agregar eficiencia a nuestra entrega de valor y comunicar mejor (si, pese a tener un podcast, estamos consientes de que la comunicación no es nuestro fuerte 😅).

Más allá de los detalles específicos con respecto a estos cambios, fue lindo reconectar con nuestras motivaciones primarias del proyecto y con las razones por las que iniciamos a trabajar en él. Fue hermoso ver cómo Taty reconocía mi humanidad y la acompañaba y, a partir de eso, cómo pude reconocer mi propia humanidad.

Entonces, ese proceso de introspección organizacional que teníamos previsto se convirtió –al menos de mi lado– en introspección individual sobre mis motivaciones, responsabilidades y anhelos para con Adultez Verde; se volvió agradecimiento por la energía, entusiasmo y soporte de mi “partner in crime”; me regaló la alegría de observar que hemos logrado hacer de ese sueño, una realidad que supera nuestras limitaciones y paradigmas individuales.

Me despido de esta edición especial con un par de preguntas: ¿Cuál es la motivación o sueño que más trasciende tus condiciones de individuo? ¿Cómo se siente ser parte de eso? ¿Estás alimentando ese espacio, de forma consciente y constante? Mientras respondes esas preguntas, ama, agradece y abraza esos sueños o motivos, ya que seguramente son gran parte del combustible de tu día a día.

Si te sientes insegurx sobre tu respuesta a la primera pregunta, te invito a observar alrededor. Puede ser algo muy específico como un proyecto familiar, de trabajo o un viaje, pero no hace falta ir a tal detalle: con tu sola existencia eres parte de una gran familia (la humanidad), que comparte una misma casa (nuestro querido planeta Tierra). Y si estás leyendo esto significa que tienes la oportunidad de compartir tus dones con esa familia y en esa casa, de soñar y construir solx o con compañía, de redefinirte… ¿Cómo la vas a aprovechar?

¿Por qué me afecta la apariencia física de los demás?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Cuando alguien decide tomar una oferta laboral, mudarse, iniciar una relación, apoyar un equipo de fútbol… ¿Cómo reaccionamos?

Pues, generalmente, con curiosidad, emoción y —bajo un contexto ideal— empatía. No obstante, las modificaciones corporales, más si se trata de tatuajes, piercings o expansiones, tienden a despertar otro tipo de reacciones: entran en acción nuestros preconceptos y despiertan sensaciones de juicio. Esto se agrava cuando nuestra reacción ante estos depende de las características (físicas, sociales y económicas) de quienes los lucen, convirtiendo así algo tan sencillo, una cuestión de gustos personales, en un detonante social con gran impacto.

Por eso, en el episodio 10 “Tatuajes: pre concepciones y (re) definiciones” conversamos con Enrique Crespo, un gran amigo que ha logrado “lucir” este arte incluso al ocupar cargos directivos en contextos tradicionalistas.

En alguna clase de yoga, nuestro maestro dijo: una de las “debilidades” de la humanidad es que confía demasiado en sus ojos. Tenemos cinco —si no seis— sentidos, pero dejamos que los ojos definan tanto de lo que percibimos del mundo, de nuestra vida y de quienes tenemos alrededor.

Este recordatorio es importante porque, si no tuviéramos ojos, el cómo lucen o dejan de lucir los demás, no tendría la más mínima importancia. Sin embargo, tenemos ojos y es innegable que nos aportan información. En este sentido, la invitación de esta nota —a partir de la transmisión en vivo y las conclusiones de la semana— es que quizás podemos aprovechar mejor, de forma más consciente, la información que estos nos aportan.

La primera conclusión es que todxs podemos y estamos en la responsabilidad de contribuir al cambio de mentalidad con respecto juzgamiento de la apariencia física. Creo que, independientemente de lo que hagamos, dónde vivamos, o qué roles desempeñemos, esa contribución inicia en mi relación conmigo. Con tanta influencia externa, esa relación de autocuidado y apreciación personal —con énfasis en la percepción y concepción de nuestra apariencia física— se puede alejar de nuestra esencia y de lo que realmente nos mueve.

Para quienes estamos en posiciones de “privilegio”, la segunda conclusión resalta la responsabilidad que tenemos para liderar y abrir camino con el ejemplo. Y la parte más importante aquí es que observemos nuestra propia versión de privilegio, ya que no solo se trata de nuestra posición profesional, status social, independencia económica o rol familiar: todxs tenemos un espacio en el que somos influencia y referencia, incluso sin darnos cuenta.

Finalmente, si quieres hacerte un tatuaje o cualquier modificación corporal, como con toda decisión, te invitamos a que te informes y que observes las razones por las que decides hacerlo o no. Actuar desde una causa inadecuada puede hacer que nos arrepintamos más adelante; una situación no tan ideal cuando las modificaciones en cuestión son irreversibles o al menos muy difíciles de revertir.

Y más allá de si estás pensando en hacerte o no una modificación corporal, el amigarnos con nuestra propia imagen y respetar realmente la de los demás es primordial para aprovechar plenamente nuestra existencia. Nada de lo externo cambia quiénes somos, nuestra capacidad o valor. Lo propio aplica para todos los seres humanos que encontremos en este viaje con fecha de caducidad desconocida pero inminente, en esta “chulla vida”.

Cuando me dejé sorprender

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Klelia Guerrero García

Muchas veces me pregunté
si realmente llegaría
algo que me sacaría
del espacio al que me adapté
—al que luego incluso me até—.
Después de tanto, dudaba
llegar a ser desarmada
de las capas que vestía
aun cuando me entristecía
la soledad que implicaba.

Estaba atenta y decía
“vida, te invito a sorprender”
pero al ver aquello pender
de un hilo: mi valentía,
mi ilusión se reducía.
Y seguía el descontento
con intento tras intento
en los que el patrón repetía…
Algo adentro se sentía
sin ser visible el obtento.

Tanto se movió, de a poco,
hasta que al fin llegó el día
en que yo me lanzaría
sin temores ni sofoco,
sin pensar “¿si me equivoco?”
Cuando me dejé sorprender
no quise más detener
la fuerza con que vivía,
familiar a la que veía
en Lucas y su radiante ser.

¿Dónde estoy y qué me trajo aquí?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Te has sentido fuera de lugar en algún espacio importante de tu vida? ¿Te has preparado para estar donde estás pero, pese a todo, hay momentos en los que te paraliza el miedo y crees que todo va a salir mal?

Aunque no lo parezca, creer que somos lxs únicxs en esa situación es como pensar que somos lxs unicxs a quienes se les acelera el corazón cuando están frente a su “crush”. Y en el marco de esa analogía, el problema no es que se nos acelere el corazón —o que teníamos no estar a la.altura de algo—, sino que eso nos paralice.

En el episodio 9 de Adultez Verde: ¿Cómo lidiar con el síndrome del impostor? Conversamos con Wilter Vera sobre los miedos, dudas y aprendizajes en su camino profesional, incluso con la presencia de ese acompañante invisible pero universal: el miedo.



Como ya saben, a pesar de que mis áreas profesional y académica son a la que más tiempo y atención he dedicado, son también aquellas en la que más temores tengo.  Pensando en las razones detrás de esos miedos, con el reto y la transmisión en vivo de la semana, observé tres detonantes sobre los que quisiera profundizar:

– El primero, es el miedo a decepcionar(me). Resulta que, como muchas personas, crecí con el estereotipo de que la perfección no solo era posible, sino que era necesaria. Académicamente esto facilitaba las cosas, ya que mi única “misión” era implementar con ciertos estándares aquello que —de acuerdo con mis paradigmas— ya decía hacer: colegio, carrera de pregrado y postgrado. Hasta allí todo iba de maravilla. O eso creí. No obstante, este no fue el caso en la vida profesional. Dado que la estrategia de seguir un camino establecido desde el exterior me había funcionado antes, quise hacer lo mismo en este contexto: acepté trabajos por sugerencias, oportunidades y recomendaciones que surgían desde afuera. Lo que nadie me contó es que, eventualmente, al hacer eso me desconectaría de mi centro, de mi ser, de mi maestra interior infinita, de una manera tal que llegaría un día en el que no me reconocería a mi misma. No niego que tuve anuncios de lo que se avecinaba, pero estos tuvieron que ser cada vez más intensos hasta que fue imposible no ponerles atención. Para ese momento, se sintieron como una avalancha: pesada, inmovilizadora y asfixiante.

– El segundo es el miedo a “replicar”. En algunos espacios he compartido que tengo algo que aún me supera: ese sentido de rebelión que —observando con más cuidado— parece surgir, precisamente, de esas estructuras auto-impuestas. Al estar tan restringida, mi subconsciente no permite más imposiciones. Eso ha generado que, como repuesta a las expectativas externas, reaccione de forma instintiva y rechace cosas como la estabilidad, mejores remuneraciones, mayor exposición, entre otras cosas que he creído se esperaban de mí. El problema aquí es que mi ser y mi luz merecen ser compartidos, brillar… eso tampoco se podía seguir conteniendo. Y aunque no sé bien todavía cómo hacerlo, luego del golpe y la confusión propias de la avalancha recibida, me siento agradecida por tener una mejor idea de hacia dónde avanzar en esta línea.

– El tercero es el miedo a fallar. Tras toda una vida de seguir el libreto de ser la mejor en lo que hiciera, de entrenar y reforzar ese sentido de competencia, llegó el día en que me choqué con que eso no siempre sería posible. Y no solo eso, más adelante entendí también que aquello era saludable, que me hacía bien. Que reconocerme humana, imperfecta y limitada era parte de mi perfección e infinidad. Que ahí radicaba mi poder. Gracias a eso, hace unos meses por fin reparé que el priorizar las cosas en las que pongo mi atención y mi energía. Gracias a eso me he permitido fluir un poco más, sentirme más en libertad. Tampoco sé cómo se “hace” esto, o cuál es el camino adecuado para potenciar ese poder pero creo que escuchar a mi intuición —en lugar de a mis paradigmas— y permitirme fallar son unos grandiosos primeros pasos.

Retomando lo comentado en nuestro episodio, los héroes y las heroínas de la historia también tienen miedo, pero este no es paralizante sino un simple acompañante. Y en línea con las conclusiones del mismo, quizá tener miedo no sea tan malo: a veces es lo único que logra mantenernos a salvo.

¿Y donde estoy ahora? Tratando reconocer mis miedos, sentarme a conversar con ellos, saber que me acompañarán y observar cómo he reaccionado ante ellos. Se siente como una prueba de ensayo y error infinita. Se siente como un retiro intensivo con mi humanidad. Se siente real-mente bien.

¿Tienes idea de dónde estás en este proceso?

¿Y si es más simple?

Publicado originalmente en Salto al Reverso

Fotografía: Guisella García Bacilio

¿Y si en lugar de acelerar,
de dudar, de exasperarnos,
de engañar y autoengañarnos,
nos permitimos explorar
y con nuestro ser conectar?
¿Y si en vez de limitarnos
y, a veces, aferrarnos
a expectativas sin cesar
y la disrupción evitar,
decidimos arriesgarnos?

Porque eso de complicarnos,
de hacernos esperar
y nuestros sueños aplazar
más allá de relegarnos,
de nuestra esencia alejarnos,
tal vez se puede mejorar
al optar por simplificar
y transparentes mostrarnos.
No es fácil sincerarnos,
pero mucha paz nos va a dar…

Tal vez ayude recordar
que “perfectxs” procurarnos
para salir y lanzarnos
equivale a supeditar
nuestra decisión de comprar
a una lotería ganarnos;
incluso, tras enterarnos,
de que en cuotas nos va a llegar
—cada instante, al respirar—.
¿Tiene sentido privarnos?

Viendo(nos) con otros ojos

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía; Klelia Guerrero García

¿Cómo nos vemos?

Si has usado lentes, seguro coincides con nosotras en que estos pueden ser de mucha ayuda o un gran impedimento (como cuando se empañan al beber algo caliente o al usarlo junto con la mascarilla 🙄). Si no los has usado, estas últimas situaciones se parecen a cuando tratas de ver a través de ventanas sucias, empañadas o mojadas. Asimismo, la perspectiva con la que nos vemos puede marcar la diferencia en nuestra autodefinición y en cómo nos mostramos al mundo. Por esto, en el episodio 3: Viéndo(nos) con otros ojos, conversamos con Samuel Cartaya, experto en musicoterapia, sobre la introspección.



Como cada jueves, Taty y yo nos conectamos a nuestra transmisión semanal en vivo. No obstante, esta vez, teníamos un elemento nuevo: un juego de cartas que propone preguntas que promueven la introspección. Este “juego” se deriva de un proyecto alrededor de la construcción consciente de vínculos y conexiones profundas. Para lograrlo, las preguntas ayudan a observar y compartir sobre temas poco comunes desde tres niveles. El primero es la percepción, es decir, revisa las impresiones que tenemos de los demás o que los demás tienen de nosotros. El segundo es un poco más profundo, se trata de la conexión entre los jugadores: busca compartir características, ideas y emociones sobre las cuales se puede coincidir. El tercer nivel es la reflexión, que me resulta muy interesante porque conecta con las conclusiones de nuestro tercer episodio y con mis observaciones personales de la semana.

La palabra reflexión puede tomarse de varias formas, dos de ellas son: reflejar y meditar. En cuanto a la primera, estas cartas —y los procesos de introspección, en general— nos permiten observar cómo lo que vemos en los demás es, en realidad, muestra de lo que somos y tenemos. Un ejemplo es cuando las características o acciones de otros nos afectan, y llega el momento “ajá” en el que notamos que hacemos exactamente eso que nos molesta. Otro, cuando admiramos y felicitamos lo que vemos en otro, ya que eso solo es posible si nosotros (re)conocemos la belleza y/o el potencial de dicha característica.

La segunda, podría definirse como lo que hacemos a partir de la “observación”. Una analogía simple pero que puede resultar interesante proviene de la frase: “el césped del vecino siempre luce más verde”. ¿Qué hago con eso? ¿Le pregunto a mi vecino sobre la variedad que sembró o si tiene recomendaciones sobre cómo cuidarlo? ¿Contrato a alguien para que me ayude a cuidarlo? ¿Vivo enojada/o con la vida porque creo que la situación es injusta pero no hago mucho para cambiarla? ¿Me desánimo por el resultado y dejó de cuidar mi césped?

Puede sonar exagerado, pero esas son las actitudes que tomamos sobre ciertas situaciones —en particular las que nos son más importantes— . Y es allí donde entra la meditación: parar, observar, decidir, actuar. Quizás, sin importar el tiempo o cuidado que le dedique a mi césped, nunca va a lucir como el de mi vecino. Sin embargo, una meditación real nos puede mostrar que no es necesario que sea así, y que el hecho de que dos patios conjuntos estén bien cuidados da más beneficios al barrio de los que cada dueño “recibe” individualmente.


En resumen, este episodio es una invitación a que estemos abiertas/os a redescubrir nuevas formas de vernos y de ver el mundo para que, sin importar el verdor de nuestro césped —la etapa en la que estemos—, apreciemos nuestro ser en todo su esplendor y valoremos nuestra unicidad, mientras contribuimos a alegrar el barrio.

Compañía en la ruta

Originalmente publicado en Salto al Reverso

Fotografía: Jacob Chan
Edición: Klelia Guerrero García

Sea que prefieras lo estable
o que te atraiga la ilusión
de lo nuevo y su emoción,
me parece inevitable
que la duda llegue afable.
Y es que aunque no sea invitada
de cualquiera se hace aliada
para provocar confusión,
idealización e inacción,
y una existencia “pausada”.

Si estás en el primer caso,
será la movilización
la fuente de perturbación,
y al inicio o al ocaso
la acusada del fracaso.
Si tu grupo es el segundo,
aunque entiendas lo fecundo
del silencio y de su abstracción,
el cambio será tu adicción
en cualquier rincón del mundo.

Sin juzgar ni escandalizar,
más allá de la exposición
y hacia ambas mi afición,
quizás nos sirva agilizar
la observación, y analizar
la fuente de tal posición.
Que esta sea una decisión,
un resultado consciente
—más del ser que de la mente—
en lugar de una distracción.

Aceptando que “Don Miedo”
estará en cualquier opción,
es mejor que nuestra elección
—sea carrusel o torpedo—
sea propia, ¡más no un remedo!
Invitémoslo a la ruta
quién sabe y, si la disfruta,
tiene la consideración
de aclararnos la visión
mientras llega y nos escruta.

El nacimiento de “Adultez Verde”

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Imagen: Adultez Verde Podcast

Llegaron (o casi) los 30. Llegó una larga época de cuarentena y restricciones sociales causadas por la pandemia mundial. Llegaron esas preguntas que habíamos ignorado en el pasado, con mayor fuerza, todas a la vez. Llegaron los redescubrimientos del significado de nuestra humanidad, de la importancia de compartir y generar comunidad. Llegó el momento de ser, aunque eso signifique salir —¡y bien lejos!— de nuestra zona de confort. Llegó el momento de (re)construir(nos) más allá de las estructuras nos hemos auto impuesto.

….

Era un fin de semana de noviembre de 2020. Luego de seis meses de silencio entre Tatiana y yo, una “casualidad” nos volvió a juntar. Decidimos hacer una videollamada y, luego de las actualizaciones usuales —novedades con la familia, el trabajo, el corazón—, hubo una nueva “coincidencia”: ambas habíamos intentado, sin éxito, involucrar a otras personas para trabajar en la creación de un podcast. Su idea inicial era revisar la diferencia de perspectivas entre generaciones sobre temas cotidianos (principalmente millennials y Z’s); la mía, invitar a la movilización y participación social alrededor de temas cotidianos (especialmente en nuestra generación). ¿Sería posible amalgamar nuestras ideas y crear algo juntas? Decidimos darnos una semana para pensar individualmente en las opciones disponibles, antes de volver a conversar.

Entre ese día y nuestra siguiente llamada ambas vivimos días retadores, que nos animaron a poner sobre la mesa temas más profundos: nuestros procesos de introspección. En resumen, el último año nos había conducido a revisar y reconstruir nuestra autodefinición, reconocer nuestro deseo de consolidarnos como miembros de una comunidad, y abrazar nuestro anhelo de construir algo propio. Notamos también que, más allá de la diferencia de contextos, nuestros aprendizajes, dudas y miedos se parecían mucho más de lo que hubiésemos podido imaginar. Así pues, decidimos que el podcast sería un espacio para conversar, reflexionar y reírnos sobre lo que se dice —y lo que no— alrededor del limbo entre la juventud y la adultez.

Nos pusimos manos a la obra y empezamos por escojer un nombre. Tras analizar aproximadamente diez opciones en tres horas de reunión, vimos la luz, se llamaría “Adultez Verde”. Pese a ser responsables de nuestras deudas y necesidades desde hace casi una década, ambas negábamos en cierto nivel nuestra condición de adultas; nos sentíamos “verdes”, poco preparadas y renuentes para habitar la adultez.

Una vez superadas las dudas logísticas, empezamos a grabar. Tuvimos al menos cinco episodios grabados antes de sentarnos a escuchar nuestra primera grabación. ¿Realmente sueno así? ¿Por qué divago tanto? ¡Mi risa delata mis nervios! ¡Tengo tal o cual muletilla!… Podría continuar. Escucharnos desde el corazón en lugar de nuestra necesidad de perfección, reconociendo y apreciando el poder de nuestra humanidad fue, sin duda, uno de los aprendizajes más inesperados y valiosos del proceso.

Más tarde, a pesar de que ya teníamos cerca de diez episodios pulidos, no parábamos de aplazar el lanzamiento. Los pretextos incluían detalles sobre el material promocional, la edición musical o la idoneidad del contexto; todo servía para seguir paralizadas por el miedo que nos daba exponernos así al mundo, especialmente ante nuestra familia y amigos. Cuando por fin lo vimos, decidimos arriesgarnos más allá de las dudas, de las expectativas y de la imagen que creamos y creímos nuestra. Hacer camino al andar era la mejor —si no, la única— forma de empezar a sanar para lograrlo.

Con la publicación oficial de nuestro primer episodio, Adultez Verde ya es una realidad. Además de ser nuestra terapia pública, aquel empujón que nos echó al agua y nos está enseñando a nadar, es un llamado a revisar juntos nuestros paradigmas y preconceptos y a darle la oportunidad a aquellas historias que aún no ven la luz.

Nos encantaría saber de tí, escuchar y compartir tus vivencias y anhelos, por lo que si algo de todo esto resuena contigo, te invito a ser parte de la familia Adultez Verde y escuchar nuestros episodios, disponibles a través de Anchor y Spotify todos los miércoles.