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¿Dónde estoy y qué me trajo aquí?

Originalmente publicado en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Te has sentido fuera de lugar en algún espacio importante de tu vida? ¿Te has preparado para estar donde estás pero, pese a todo, hay momentos en los que te paraliza el miedo y crees que todo va a salir mal?

Aunque no lo parezca, creer que somos lxs únicxs en esa situación es como pensar que somos lxs unicxs a quienes se les acelera el corazón cuando están frente a su “crush”. Y en el marco de esa analogía, el problema no es que se nos acelere el corazón —o que teníamos no estar a la.altura de algo—, sino que eso nos paralice.

En el episodio 9 de Adultez Verde: ¿Cómo lidiar con el síndrome del impostor? Conversamos con Wilter Vera sobre los miedos, dudas y aprendizajes en su camino profesional, incluso con la presencia de ese acompañante invisible pero universal: el miedo.



Como ya saben, a pesar de que mis áreas profesional y académica son a la que más tiempo y atención he dedicado, son también aquellas en la que más temores tengo.  Pensando en las razones detrás de esos miedos, con el reto y la transmisión en vivo de la semana, observé tres detonantes sobre los que quisiera profundizar:

– El primero, es el miedo a decepcionar(me). Resulta que, como muchas personas, crecí con el estereotipo de que la perfección no solo era posible, sino que era necesaria. Académicamente esto facilitaba las cosas, ya que mi única “misión” era implementar con ciertos estándares aquello que —de acuerdo con mis paradigmas— ya decía hacer: colegio, carrera de pregrado y postgrado. Hasta allí todo iba de maravilla. O eso creí. No obstante, este no fue el caso en la vida profesional. Dado que la estrategia de seguir un camino establecido desde el exterior me había funcionado antes, quise hacer lo mismo en este contexto: acepté trabajos por sugerencias, oportunidades y recomendaciones que surgían desde afuera. Lo que nadie me contó es que, eventualmente, al hacer eso me desconectaría de mi centro, de mi ser, de mi maestra interior infinita, de una manera tal que llegaría un día en el que no me reconocería a mi misma. No niego que tuve anuncios de lo que se avecinaba, pero estos tuvieron que ser cada vez más intensos hasta que fue imposible no ponerles atención. Para ese momento, se sintieron como una avalancha: pesada, inmovilizadora y asfixiante.

– El segundo es el miedo a “replicar”. En algunos espacios he compartido que tengo algo que aún me supera: ese sentido de rebelión que —observando con más cuidado— parece surgir, precisamente, de esas estructuras auto-impuestas. Al estar tan restringida, mi subconsciente no permite más imposiciones. Eso ha generado que, como repuesta a las expectativas externas, reaccione de forma instintiva y rechace cosas como la estabilidad, mejores remuneraciones, mayor exposición, entre otras cosas que he creído se esperaban de mí. El problema aquí es que mi ser y mi luz merecen ser compartidos, brillar… eso tampoco se podía seguir conteniendo. Y aunque no sé bien todavía cómo hacerlo, luego del golpe y la confusión propias de la avalancha recibida, me siento agradecida por tener una mejor idea de hacia dónde avanzar en esta línea.

– El tercero es el miedo a fallar. Tras toda una vida de seguir el libreto de ser la mejor en lo que hiciera, de entrenar y reforzar ese sentido de competencia, llegó el día en que me choqué con que eso no siempre sería posible. Y no solo eso, más adelante entendí también que aquello era saludable, que me hacía bien. Que reconocerme humana, imperfecta y limitada era parte de mi perfección e infinidad. Que ahí radicaba mi poder. Gracias a eso, hace unos meses por fin reparé que el priorizar las cosas en las que pongo mi atención y mi energía. Gracias a eso me he permitido fluir un poco más, sentirme más en libertad. Tampoco sé cómo se “hace” esto, o cuál es el camino adecuado para potenciar ese poder pero creo que escuchar a mi intuición —en lugar de a mis paradigmas— y permitirme fallar son unos grandiosos primeros pasos.

Retomando lo comentado en nuestro episodio, los héroes y las heroínas de la historia también tienen miedo, pero este no es paralizante sino un simple acompañante. Y en línea con las conclusiones del mismo, quizá tener miedo no sea tan malo: a veces es lo único que logra mantenernos a salvo.

¿Y donde estoy ahora? Tratando reconocer mis miedos, sentarme a conversar con ellos, saber que me acompañarán y observar cómo he reaccionado ante ellos. Se siente como una prueba de ensayo y error infinita. Se siente como un retiro intensivo con mi humanidad. Se siente real-mente bien.

¿Tienes idea de dónde estás en este proceso?

Identidad y profesión

Publicado originalmente en Recurriendo a la locura para mantener la cordura

Fotografía: Klelia Guerrero García

¿Creen que quien a lobos se junta, a aullar aprende? De ser el caso, ¿cuál es la “manada” con la que más compartimos?

Para muchxs de nosotrxs, será nuestro trabajo: con la división cada vez más difusa de horarios en los que trabajamos y con la invasión de espacios que el ejercicio contemporáneo de muchas profesiones supone, este componente puede tomarse fácilmente la mitad de nuestros días.

Pero, ¿qué tanto puede incidir en nuestra identidad el ejercicio de una profesión? En el episodio 7 de Adultez Verde: “¿Y si alineamos nuestra profesión y nuestra pasión?”, conversamos con Estefanía Gordillo sobre sus experiencias y aprendizajes alrededor de la decisión de migrar del mundo de la abogacía al del canto.



En esta ocasión, las reflexiones que comparto vienen de un par de recursos de una entrevista a Wes Moore (Super Soul podcast) que encontré muy valiosas con respecto a este tema:

1. Cuando somos niños, nos dicen qué hacer cómo hacerlo y cuándo hacerlo. La adultez puede ser el primer respiro, la primera oportunidad para hacernos cargo, de verdad, de nuestros días. El problema es que, para cuando llega este momento, hemos encontrado tantas distracciones en el camino que ya se nos ha olvidado cómo hacerlo. Y sentirnos “poco preparadxs” para tan grande responsabilidad causa miedo.

2. ¿Por dónde empezar? ¿Hacia dónde ir? Las señales siempre están ahí, solo que no somos capaces de verlas gracias a ese miedo y a esas distracciones. Nuestra voz interna y los llamados de atención externos tienden a ser progresivamente más fuertes hasta que, eventualmente, consiguen capturar nuestra atención —y con suerte, también nuestra acción—.

3. ¿Por qué haces lo que haces? ¿Porque es tu especialidad? ¿Porque paga tus viajes? ¿Porque es de las mejores opciones en el sector?… Si tras tres respuestas aún no sale la respuesta “porque me apasiona”, quizás sea una señal para reconsiderar lo que hacemos con nuestros días. Asimismo, si alguna vez nos preguntan esto y no somos capaces de explicarlo claramente, puede significar que tampoco lo tenemos claro.

4. El peor resultado de una crisis es hacer de cuenta que no pasó. Si nos encontramos en una situación así, la invitación es a mantenernos alertas, a estar abiertxs a escuchar, a ver, a intentar. ¿Es riesgoso? ¡Por supuesto! Pero más vale coquetear con el fracaso que nunca bailar con el gozo de hacer lo que nos mueve de verdad.

5. Encontraremos significado con aquello que haga nuestro corazón latir un poco más fuerte, en aquello que brille de color cuando lo demás se vea gris. Encontraremos nuestro servicio cuando veamos la conexión entre eso que nos da significado y alguna de las grandes necesidades del mundo. Cumpliremos nuestra misión cuando tomemos acción al respecto.