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El hombre en coma

Caminaba hacia el parque cuando me encontré al hombre en coma. El día era un poco gris, de esos en los que la visión de las casas te pone nostálgico, o el chapoteo de tus pies al cruzar sobre un diminuto charco te parece una melodía de notas graves. Mis pasos, nada acelerados, se tomaban su tiempo entre ellos, un intervalo que me permitía admirar el filtro melancólico bajo el que estaba la ciudad; es curioso, a las personas que conocía no les gustaba salir en días así, en que los rayos de sol son un mito contado para mantener viva la tenue llama de felicidad; pero gustaban de caminar bajo cielos radiantes, apreciaban solo un lado de la naturaleza, mas volteaban la mirada hacia el otro, hacia el que los obligaba a inspeccionar en esa habitación de su consciencia poco conocida, habitada por sentimientos guardados y criaturas poco afables.

Al girar la esquina fue cuando lo vi: acostado sobre una banca de cemento, con las manos estiradas hacia el suelo y mirando fijamente las nubes, estaba tirado el hombre en coma. Así fue como él se presentó ante mí.

Intenté encontrarle justificación a su peculiar posición: en su estado de ebriedad habría caído así en la banca, sin ser consciente de nada más que de estar vivo; o sufría tal vez de alguna enfermedad degenerativa que le impedía adoptar una postura corriente, cómoda, quizá, debido a ello, esa sería su postura cómoda. Como última opción pensé que podría tratarse de un sujeto producto de mi imaginación, como solía sucederme en aquellos días en que rondaba por las afueras del Instituto Ponce y el aura de los internados -enfermos mentales sufrientes de visiones espantosas- me llegaba con facilidad de contagio y terminaba entonces imaginando situaciones, escenarios reproducidos con suma viveza ante mis ojos; pero lo descarté porque jamás se mantenían una vez que les hablaba. Ninguna de estas cosas era correcta. Al acercarme, supe finalmente que se trataba de una persona real, de carne y hueso.

Me senté en el suelo, a su lado, el desnivel de la banca y el piso lo dejaban a él un poco más arriba, y a pesar de que notó mi presencia, permaneció en silencio largo rato, sin despegar su mirada de arriba, de las nubes.

—Hola—dije finalmente, tras un largo momento de un nada incómodo silencio.

—Hola—respondió él, manteniendo su inactividad corpórea.

—¿Por qué te sientas así?—pregunté sin tapujos, inmiscuyéndome en asuntos que no eran de mi importancia.

—Porque estoy en coma. No puedo moverme de este sitio.

—¿En coma? Estás consciente, hasta donde puedo comprobar.

—¿Cómo puedes comprobarlo?—preguntó con voz dubitativa, como juzgando mis palabras de una afirmación sin sentido, idiota.

—Porque me estás hablando—dije yo—, las personas en coma no hablan.

—Son palabras insignificantes, carecientes de importancia. Además, es otro tipo de coma. Es un coma espiritual.

Su voz era emitida con una tonalidad que no podría comparar con la de alguna otra garganta, era distinta, un poco temblorosa, podía escuchar sus cuerdas vocales esforzándose por vibrar y expulsar el sonido. Parecían estar cerca de paralizarse, en cualquier momento su lengua sería abandonada por el resto del aparato fonador y se quedaría moviéndose en su boca, sin conseguir generar más que un lastimero y ronco sonido.

—¿Un coma espiritual? De pronto tu espíritu se ha quedado dormido en tu interior y no parece poder despertar ¿Es lo que tratas de decir?

—Es exactamente lo que trato de decir—respondió sonriendo—. Parece que va a volver a llover.

Hizo una abdominal y se incorporó sobre su cuerpo. Su rígida postura de cadáver fue reemplazada por un dinámico y fluido mover de sus articulaciones. Se estiró con un gran bostezo y lo siguientes segundos se dedicó a contemplarme.

—¿Todo bien?—pregunté, intrigado por su mirada acusadora.

—Pensé que eras un poco más viejo. Supongo que está mal juzgar la edad mediante la forma de expresarse. Sin ofender

—Tranquilo, me lo dicen todo el tiempo.

El sujeto en coma se puso de pie y echó una mirada más hacia el cielo. Su cuello era una superficie lisa que se interrumpía por una pronunciada manzana de Adán. Sacó la lengua y cerró los ojos; sus manos las llevó detrás de su cabeza.

Yo, un poco incómodo por su actitud, preferí voltear a ver a otro lado y pretender que no lo conocía; aunque eso no era ninguna mentira. Sin poder continuar con su extraña actitud, decidí preguntárselo.

—¿Qué es lo que haces? Luces como un maníaco.

—Intento saborear la lluvia—respondió con la lengua entre sus dientes, balbuceando las palabras.

—No puedes saborear la lluvia si no está lloviendo—repuse—, sin contar el hecho de que saborearla no tiene ninguna gracia, carece de todo sentido.

El tipo me miró de reojo, incrédulo. Me tendió su mano y me ayudó a ponerme de pie. Éramos de la misma altura, quizá le ganaba por uno o dos centímetros. Me miró directo a los ojos, colocando su mano en mi hombro.

—Tiene sentido cuando has perdido la capacidad de disfrutarla—dijo sosteniendo la mirada—, cuando tu lengua se transforma en un simple gusano movedizo, cuando tus manos no son más que dos frívolas máquinas que no sienten lo que tocan; cuando todo lo que perciben tus ojos son colores muertos. Créeme, sí que tiene sentido entonces.

Dicho eso, volvió a doblar su cabeza y a sacar la lengua, esperando el caer de la lluvia. Yo no respondí nada, volví al suelo, me acosté en él y observé al hombre en coma mantenerse en esa posición, inmóvil, una estatua dotada de vida. El ulular de los frondosos árboles eran una barrera a cualquier otro sonido, lo único que se podía escuchar en el sitio era mi respiración y una que otra hoja arrastrada por el viento. No tardé en ser acicalado por las vestiduras de un pesado sueño; mis ojos se cerraban, mas en medio de ese ir y venir de la consciencia, el hombre en coma continuaba sin moverse.

Las primeras gotas cayeron justo en mi frente. No las sentí hasta que se volvieron una tormenta.

Desperté y pude ver al hombre en coma riendo a carcajadas gorgoteantes, con su boca abierta tan llena de agua que se derramaba por sus comisuras, inclinado, mirando hacia el cielo. Su boca se había vuelto una cascada imparable, fluyente, que caía de la mano junto a un sonido irrisorio.

—¡Oye!—llamé—¡Oye! ¿Estás bien?

Se limitaba a sonreír; sus ojos, cerrados con fuerza, parecían también estar riendo.

—¡Oye!—grité. Regresó a verme, tras su mirada se escondía un placer inhumano, sus pupilas exclamaban ello.

—Tienes que intentarlo—dijo entre sonrisas—, cierra tus ojos y siente cómo el agua se acumula en tu lengua, cómo se derrama por tus labios cuando alcanza el final; percibe la oscuridad de tus párpados y comprenderás porqué es en la noche cuando salen a vagar los espíritus. ¡Hazlo!

Clavó en mí su gran sonrisa y dilatadas pupilas. Una sonrisa estirada de extremo a extremo, delatando una dentadura casi perfecta, solo capaz de materializarse en el mundo de los sueños.

Cerré mis ojos y miré hacia arriba, adoptando la misma posición que él: brazos estirados a los laterales, cual hombre crucificado, cabeza extendida hasta su punto máximo, boca abierta, recibiendo el agua en mis dientes, empapando mis mejillas y lengua, procurando evitar tragármela en su llegada a mis fauces. Sentía las gotas golpear mis encías, dispersarse por mis mucosas, llenarse poco a poco. Sucedió en escasos segundos, la lluvia anegó mi boca, mi lengua estaba totalmente sumergida, y sentía el agua resbalar por la comisura de mis labios, llegar al borde y caer pausadamente, sin prisas, como una débil cascada que acaricia la piedra debajo de ella, erosionando poco a poco su superficie. Con los ojos cerrados, el frío con que el agua descendía se acentuaba, podría jurar que mis mejillas estaban congeladas, que mi lengua era un tímpano de hielo; mas se movían, todo en mí se movía; de alguna manera, ese pequeño lago en que se convirtió mi boca, era parte de mí; podía sentir la lluvia caer sobre él, cual tormenta lloviendo encima del mar; sentía el agua incorporarse a esa masa para darle más volumen, más tiempo de vida.

Unas profundas ganas de tragarme el pequeño lago me invadían. Quería sentirlo derramarse por mi garganta, llegar a mi estómago, distribuirse por todo mi sistema. Lo deseaba. Y cuando estuve cerca de logarlo, cuando mi lengua se hacía a un lado para permitirle el paso a mi esófago, el hombre en coma me detuvo con un gran empujón, provocando que derramase todo lo contenido en mi boca.

—¡Al suelo, al suelo!—exclamó sosteniendo mi cabeza—¡Silencio, silencio!

Me miró con suspicacia, recorriendo mi rostro, mi boca, mi cuello, todo mi cuerpo.

—¿Acaso te la has querido tragar?—preguntó riendo—¡Acaso te la has querido tragar! ¡Sí que has querido! ¡Lo has querido!

—Yo…

—¡Silencio! Shh, no hables—susurró—, tenemos que marcharnos. Mira ese edificio de allá, creo que nadie lo habita. Tenemos que correr hacia él, ser muy rápidos, llegar hasta su último piso. No podemos permanecer un minuto más en esta tormenta. ¡No hables! Ya habrá tiempo para explicarlo todo. ¡Ahora!

Tiró de mi mano con fuerza y echó a correr. Yo iba detrás, tropezando con rocas en el camino, evitando obstáculos, intentando no caerme en los enormes charcos de agua por los que caminábamos. El sujeto volteaba de cuando en cuando, mas no para verme a mí, lo que realmente inspeccionaba con sus ojos de pánico estaba más lejos, en el parque que ahora dejábamos detrás. Soltó mi mano cuando llegamos a la puerta del edificio, empujó la entrada con una mano temblorosa y ascendió las escaleras hábilmente, con gran rapidez, inclinado en cuatro patas cual animal. Yo iba detrás, confundido, pensando todavía en el lago que escupí de mi boca, que dejé caer en el sucio suelo del parque; se habrá fusionado con las otras aguas sucias en la tierra.

Llegamos hasta el piso final. Era una habitación abandonada, las paredes mohosas se adherían a tu nariz con un olor fuerte a humedad, las manchas en el cemento del piso seguían un patrón circular que cubría toda la extensión del sitio. Y la débil lámpara en el techo titilaba cada vez que un rayo iluminaba la estancia, éramos capaces de verlo caer desde la enorme ventana del cuarto. Pero el hombre en coma cerró sus cortinas, y entonces el tiritar de la lámpara era aviso de que el rayo había caído y de que, a continuación, un enorme estallido reventaría nuestros tímpanos, porque el cielo nos estaba gritando en el oído.

La pequeña mesa cuadrada en el centro de la habitación tenía dos sillas frente a frente, la palmatoria en el medio sostenía una corta vela blanca que el hombre encendió utilizando los fósforos dejados en el velador, junto a la cama. “Ya lo entenderás” dijo al encender la mecha, “No podemos fiarnos de esa mísera lámpara”

Luego se acostó en el colchón desgastado de la cama, su color grisáceo parecía ser resultado de polvo acumulado y tenía en su superficie varios huecos por los que asomaba la esponja de que estaba hecho. Intenté acercarme a la ventana, mas él me lo impidió: “Ni se te ocurra abrir esa cortina, muchacho” fue lo que dijo. Tirado en el colchón, adoptaba la misma posición que cuando estaba de pie bajo la lluvia.

—¿Qué hacemos aquí?—pregunté confundido. La lámpara de techo titiló, el estruendo estalló a los pocos segundos.

—Esperar—respondió.

—¿A qué?

—A que lleguen. “Quiénes” ¿Esa será tu siguiente pregunta?—se incorporó sobre la cama—, no seas tan predecible, chico. Cuando la tormenta llegue a su clímax y decida arrastrar consigo toda la porquería a su paso, sabrás a quiénes me refiero. Eso si es que antes no somos arrastrados.

Otro titilar de la lámpara. Esta vez tomó cerca de un minuto que el estruendo reventase. Y cuando lo hizo, la energía no regresó. Nos quedamos iluminados por la frágil luz de la vela, un fuego recto, alto, sin viento que lo hiciera mecerse en ninguna dirección.

—Te lo dije—comentó el hombre en coma—, no podemos confiarnos de esta mísera lámpara de techo.

El círculo de luz que abarcaba la vela era pequeño, la mayor parte de la habitación se sumía en una manta de oscuridad desde la que difícilmente se distinguía algo más que los contornos de los objetos. El contorno del velador, el perímetro de la cama, la gruesa extensión oscura que era la cortina de la ventana. Y el hombre en coma sonreía.

—Nunca falla mi vela—agregó—. Por eso siempre la tengo lista.

La energía regresó con otro breve titilar de la lámpara.

—¿Es tu casa?—inquirí—, es un espacio muy reducido.

—No es mi casa. No es de nadie. Pero la he adecuado para mí, porque no he visto a otra persona interesada en ocupar el espacio. Sin embargo, de haberlo, no podría reclamarle el estar aquí. No es mi casa, no es de nadie.

—¿Cómo la has encontrado?

—Es lo que sucede cuando caminas sin rumbo fijo—se puso de pie y se acercó al velador, abrió uno de los cajones y retiró de él una navaja—; terminas haciendo de cualquier lugar tu hogar. Y una tarde necesitaba un hogar, del fuerte sol podía cubrirme bajo los árboles, pero lo único que te protege de la furia de la lluvia es un techo. Así que, empapado, eché a andar en busca de uno. Divisé este viejo edificio e ingresé en él, solo para encontrarme con esta maldecida habitación.

El sujeto balanceaba la navaja entre sus manos. Su movimiento me volvía nervioso, de lado a lado con ella, lanzándola al aire y atrapándola, mirándome de cuando en cuando. Me senté en la pequeña mesa cuadrada del centro, frente a la vela, y comencé a jugar con ella, atravesándola con mi dedo, tentando al calor de incendiarme. Saber que estás bajo control de tu entorno es lo que te mantiene cuerdo, aunque ese control se limite al débil fuego de una vela.

—¿Para qué es la navaja?

—¡Oh! ¿Esto?—la inspeccionó de arriba abajo—, la necesitaremos después. Cuando lleguen.

Me tragué las ganas de preguntar de quiénes hablaba. No es bueno hacer enfadar a un sujeto en poder de una navaja.

La lámpara de techo titiló hasta apagarse. Nos quedamos a oscuras. El cielo estalló en un rugido descomunal que puso a temblar la ventana. Cuando la energía regresó, el hombre en coma estaba sentado frente a mí, con la navaja apoyada en la mesa, punta hacia arriba, y una imborrable enorme sonrisa.

—¡Vaya truenos!—exclamó con euforia—¡El jodido cielo se nos viene encima!

Yo no quitaba la mirada de la navaja.

—Deberíamos salir de aquí—sugerí—. Yo debería salir de aquí.

El hombre se abalanzó sobre mí, me agarró del cuello y susurró muy cerca de mi oído:

—Nadie se va de aquí. No podemos irnos. Están afuera, te atraparán.

—¡No hay nadie afuera, maldita sea!—sentí la furia poseer mis movimientos, aparté al tipo de un empujón y me puse de pie violentamente—¡Somos los únicos aquí! Todo el edificio está abandonado, y yo debería retirarme antes de que me den por muerto.

Miré la actitud del hombre en coma, sentado en su silla, observándome con furia, su boca doblada en una mueca de desprecio, y su mano temblante, sosteniendo la navaja con tensión. Me eché encima de él, directo a quitarle el arma en su mano. El forcejeo no me resultó una dificultad, el sujeto era delgado, con su piel a ras del hueso, escaso de masa muscular alguna, bastó con sostenerlo del brazo para sentir cómo mi fuerza lo superaba por mucho. Apreté su mano contra el suelo, haciendo presión en su muñeca, buscando que dejase ir la navaja. Sus dedos ya se abrían ante mi voluntad, rendidos en ese desigual forcejeo. Mas la lámpara titiló hasta apagarse, la energía se cortó y, bajo la única luz de la vela, pude observar el horror plasmado en el rostro del hombre en coma.

—Ya vienen—dijo con un hilo de voz.

La vela se apagó. El fuego se extinguió sin previo aviso. Debajo de mí ya no sentía nada más que el suelo, sin duda el sujeto se había escabullido lejos. Avizorando, lo descubrí encendiendo de nuevo la vela.

—Están aquí—susurró, iluminado tétricamente por la llama.

En ese instante la puerta empezó a ser golpeada con fuerza. Llamaban desde fuera, y lo hacían con vigor, con una insistencia inusitada. El hombre en coma se dejó caer contra la puerta.

—¡Nadie entrará aquí!—exclamó—¡Largo!

Desde fuera gritaban injurias y empujaban la madera, en ocasiones la puerta cedía por centímetros y el hombre en coma la embestía con su hombro para volverla a cerrar.

—¡No te quedes ahí parado!—me gritó—¡Ayúdame a contenerlos!

La puerta volvía a ceder, el hombre en coma parecía perder contra la fuerza en su contra. Me puse de pie y embestí la madera con todas mis energías, sin saber exactamente de qué nos conteníamos, a quiénes impedíamos el ingreso.

—Fuerza chico—dijo—, podemos contra ellos.

—¿Quiénes son?—pregunté entre gruñidos.

—El grupo de los Sólidos—respondió con ojos muy abiertos—. Y pretenden desaparecernos porque hemos encontrado el secreto, porque nos hemos unido con el agua, con la tormenta ¡Porque la hemos sentido recorrernos!

Una mano ingresó por la ranura de la puerta; su color grisáceo, opaco, simulaba a la muerte; sus uñas amarillas eran de una insólita repugnancia. El hombre en coma se percató de ella, que ya ingresaba hasta la flexura de su codo, y procedió a enterrarle la navaja. La apuñalaba sin piedad, una y otra vez, a pesar de que la sangre embarraba su mano y salpicaba hasta su rostro. Finalmente, la mano cedió y regresó tras la puerta.

—Sin piedad con ellos, muchacho—su rostro salpicado por gotas de sangre me miró con confianza—, tenemos que ser fuertes.

Por la ranura superior de la puerta asomó una nariz, seguida de un ojo globoso que protruía anormalmente de su cavidad. El hombre en coma saltó y clavó la navaja en el iris de aquel desgraciado globo ocular, que reventó cual burbuja hecha de sangre.

—No podremos con todos—me dijo en un hilo de voz—, tendrás que agujerear el techo, permitir que el agua entre en la habitación, es la única salida.

Me extendió la navaja y la tomé sin saber exactamente lo que tenía que hacer.

—El techo, muchacho—repitió—, un gran hueco, yo intentaré soportar su peso, pero no será por mucho, tienes que ser rápido.

Asentí. El peligro lamiendo mis tobillos me obligó a improvisar con apuro. Despejé la mesa echando la vela al suelo, apilé las sillas en ella, una sobre otra, para ganar altura, y me puse de pie sobre la estructura. El techo seguía estando muy arriba para mí, al menos dos metros por encima. El hombre en coma aplicaba su asténico cuerpo contra la madera, su mirada me gritaba que me apresure.

Tomé aire. Elevé mis brazos sobre mi cabeza, con la punta de la navaja hacia arriba, y salté hacia el techo; las mesas y sillas cayeron. Lo atravesé con el metal, mas me quedé colgado de él. Por mucho que intentaba desenterrar la navaja, no resultaba posible. Miré hacia el hombre en coma. Vi cómo perdió fuerzas y la puerta cedió, echándolo a un lado; por ella ingresaron un grupo de personas a quienes no podía distinguirles género alguno; sus facciones no correspondían a las de un hombre o mujer, no sabría decir si incluso correspondían a las humanas.

Entre ellos ingresó la persona de la mano apuñalada y la del ojo reventado. Ambas habían dejado de sangrar, mas ocluían sus heridas con las manos. Un aviso de sonrisa se dibujaba en todos ellos.

El hombre en coma se incorporó de golpe, se colocó debajo de mí y me tomó del pie.

—Entrégalo—pidieron todos al mismo tiempo.

Pude contarlos. Eran seis personas, todas con trajes elegantes y del mismo color moribundo, el escaso cabello en sus cabezas era compensado por el que les crecía en los brazos.

—Largo—respondió el hombre en coma—, no nos obliguen a desaparecer.

—Entrégalo—repitió el grupo de los Sólidos.

Sentí la mano del hombre en coma apretarse alrededor mi tobillo. Sus delgados dedos se aferraban. Con determinación, tiró de mí. La navaja se desprendió del techo junto conmigo, y el hueco dejado en el zinc era lo suficiente grande como para que entrase un hombre. Pero por él ingresó la lluvia, caía a vendavales. La lámpara en el techo titiló una vez más, la energía regresó. La lluvia nos empapó al hombre en coma y a mí. Él tomó la navaja de mi mano y la apuntó hacia el grupo de los que llamaba los Sólidos.

—Rápido, muchacho—dijo ayudándome a ponerme de pie—, adopta la posición.

Lo miré extrañado.

—¡La posición! ¡Bajo la lluvia! ¡En el parque!

Entendí su mensaje, mas seguía pareciéndome una demencia. La cara del grupo se volvió seria, uno de ellos intentó dar un paso, mas el hombre en coma lo amenazó con su navaja.

—Apuntaré a sus corazones ahora—intimó. Todos retrocedieron.

Junté mis piernas y estiré mis brazos hacia lateral. Elevé mi cabeza y abrí la boca, dejando que la lluvia llenase mis fauces. No tardó en acumularse en un pequeño lago sobre el que continuaban cayendo las gotas. El grupo entero dio un paso hacia adelante.

—¡Se lo va a tragar!—exclamó el hombre en coma—¡Se lo tragará todo!

El grupo se miró entre ellos, dubitativos.

—Juro que, si intentan algo, el tipo se lo va a tragar—puso una de sus manos en mi hombro—, cierra los ojos, muchacho, déjate llevar. Y si te digo, lo ingresas todo a tu sistema.

Cerré los ojos. Me sumergí en la oscuridad de los párpados, en las sombras de mi interior. Una vez más me vi siendo apoderado por el sentir de esas gotas, de ese lago. Ya nada más existía, los ruidos del exterior me llegaban en ecos apagados. La voz del hombre en coma resonaba distante, mas era audible.

Sin ser capaz de ver lo que sucedió, solo escuché los pasos desatarse, múltiples pasos, como si se tratasen de más de seis personas. Gruñidos y gritos de dolor se apoderaron del hombre en coma, escuché su señal en un susurro “Trágalo”

Lo hice.

Lo que ingresó en mí no fue lluvia, no fue agua, no fue líquido. Lo que sea que ingresó, lo sentí recorrer cada parte de mi garganta, de mi esófago, de mi estómago, de mi intestino. Lo sentí distribuirse en cada órgano y en cada célula. Explotó en mi interior, me otorgó sentidos indescriptibles, sobrepasaban la comprensión de mi mente mortal. Hasta que todo se apagó.

Cuando desperté, la tormenta acaecía. No sentía la lluvia impactar mi piel; abrí la boca y dejé que mi lengua se empapara, mas tampoco era el sentir previo. Estaba mojado, pero eso solo lo comprobaba por mi vista.

A mi lado, descansaba la navaja del hombre en coma.

Comprendí que vendrían ahora por mí, y que era necesario transmitir el secreto antes de morir.

FIN

Fantasmas de ausencia

Perder la cotidianidad me llevó a caminar junto a una desconocida ausencia que se volvería ahora mi compañera. Aislarse del exterior puede abrir las mentes, despejarlas; tomar distancia con la realidad próxima es alejarse de ruidos que aturden el pensar, es poder mirar detrás de las propias órbitas, cerrar los párpados y escabullirse junto a los ojos, esconderse en un caparazón de límites definidos solo por la fragilidad del pestañear. Pero aislarse del exterior es también una degradación si se extiende lo suficiente.

Los primeros días no intuía su presencia. Se escabullían entre mis libros, se escondían detrás de la música que escuchaba o simplemente me observaban de lejos. Unas pocas veces sentía sus miradas clavadas en mi espalda mientras observaba la ciudad, desde mi balcón, mas le restaba importancia al suceso; la situación lo vuelve a uno paranoico y jamás le prestaría atención a lo irracional. Mas sus pupilas estaban ahí, analizando el momento preciso para manifestarse.

Las primeras señales las tuve al cabo de un par de semanas, cuando oteaba entre los espacios de mi repisa de libros, o si de curioso me acercaba a alguno de los objetos viejos para retirar el polvo de un soplido; veía las partículas esparcirse en pequeñas motas a través del aire, juntándose en disimuladas formas que podían ser cualquier cosa: una mano, unos dedos, una suerte de rostro; mas continuaba demasiado incrédulo para aceptarlo. Y aunque entre esos soplidos podía sentir el frío impregnarse en mis labios, bastaba con moverme del sitio para que regresara la cálida temperatura ambiental a besar mi helada boca.

Sentía los pasos seguir tras mis talones, pequeños golpes en el piso que debieron alertarme de alguna manera; ciertamente, no eran golpes perfectamente audibles, pero sin duda lo suficiente como para que voltease y adjudicara el débil sonar a la caída de algún objeto. Y cuando escuchaba música y disfrutaba de la melodía, podía ver con el rabillo de mis ojos pasar sus sombras, danzar al ritmo de la orquesta sonante, como pidiendo ser vistos, intentando captar mi terca atención.

En definitiva, estaban listos, habían decidido manifestarse. Solo pude ver la figura de esos traviesos fantasmas cuando me mantuve despierto aquella noche de luna rosada. Los encontré en el balcón de la casa, sentados en el borde del pasamanos, mi lugar favorito para estar. Sus figuras no eran agradables, pero tampoco podría definirlas como algo espantoso. Simplemente existían, ocupaban un lugar entre mis cosas, y su estética, diferente, no merece ser juzgada por ojos inexpertos, por cristalinos tan limitados y disfuncionales.

Esa noche me limité a verlos, a intentar entender su naturaleza. Eran, sin duda, vestigios de algo preexistente, de figuras materiales ahora ausentes; eran una creación degradada a un punto indefinido entre lo humano y lo inefable. Y ahí estaba ella, un fantasma más en mi balcón, sin proyectar sombra, sin hacer ruido alguno, petrificada bajo la luz de esa noche fría. Mis ojos atendieron todas las presencias, mas la de ella fue la que menos comprendí y la que más añoré.

Los días siguientes descubrí que cada uno de ellos tenía su momento. Cuando preparaba la comida con Bill Evans sonando de fondo, seguía mis movimientos cual sombra, me sugería con ademanes recetas especiales y colaboraba en la limpieza de los trastes. Si se trataba de estudiar, me acompañaba sin protestas, indicando en el libro lo que debería resultarme importante, o simplemente observándome leer, tomar apuntes, memorizar o analizar con entendimiento.

Estaban en todos lados; esas figuras fantasmales parecían conocerme hasta el rincón más remoto de mi ser; mas era su presencia la más constante, a veces silenciosa, en otras ocasiones tan ruidosa que rayaba en lo molesto. Y yo siempre atisbaba en su dirección, admirado por lo incomprensible que me resultaba.

Ya en las noches, cuando todas las demás figuras desvanecían, acudíamos al balcón a observarlo todo, juntos, callados, comunicándonos a través del fuerte viento de la madrugada. Llegado el momento -definido sin nada más que una simple fluctuante voluntad mutua- danzábamos juntos, armonizando nuestras diferentes naturalezas, acordando un compás dictado por el simple deseo de comprensión, de ilusoria admiración.

Y cuando estaba ya en la soledad de mi habitación, antes de dormir, le enviaba un mensaje a ella, o la llamaba, en ocasiones ambas cosas; a ella, la parte preexistente, procurando que nunca descubriese mi secreto, manteniéndolo inconfesable; a ella, a quien engañaba con su ausencia, reemplazándola con su figura degradada a un límite aún incomprensible.

Solo una pequeña pausa

Me remango la camisa y dejo mis brazos descubiertos. La calurosa tarde sufre ya la transición hacia una noche fría; el sol tinta el cielo de un tenue color rojo y un atisbo de luna se dibuja entre las deambulantes nubes.

Enciendo un cigarro y me dedico a contemplar la belleza creada a partir de colisiones. Al expulsar el humo y ver la forma en que se eleva hacia el cielo, me percato de que la película grisácea se funde con el atardecer y otorga al cuadro un toque de particularidad única. Si miro a través de esa columna de humo ascendente, el rojo se opaca y de alguna manera, tal combinación resulta agradable a mi vista. Un poco de gris volvió perfecto el cuadro vespertino.

Me cuestiono entonces la importancia de los momentos opacos en nuestros días. De ese sabor amargo que nos sigue los pasos en todo instante, en cada acción diaria. En el cielo se desvanece, mas en nosotros es un tanto complicado el desaparecerlo del todo. Doy otra calada a mi cigarro y vuelvo a perderme en tal fusión de naturaleza contraria.

El teléfono vibra en mi bolsillo. Sin mirar de quien se trata, cuelgo la llamada y apago el aparato. Las sombras se ciernen lentamente en donde estoy de pie. Ya solo un débil haz de luz las espanta. Los faroles se encienden, anticipándose a la oscuridad total.

Puedo ver las aves volar sobre mi cabeza, todas en una gran bandada organizada, juntas. Vuelan en dirección al sol moribundo, como queriendo disfrutar hasta el último vestigio de luz. ¿Qué pensarían los demás, si me viesen corriendo delante de las sombras, persiguiendo la luz hasta que la noche la extinguiese? Después de todo, no me gusta la noche. Siempre he preferido la vitalidad del sol. Pero nublado está bien, nublado me gusta. Es la combinación perfecta entre los dos estadios del día -el gris una vez más, actúa- es la mezcla perfecta. Lo digo porque sé de ello; especialmente en licores, puedo combinarlos y crear algo de otro mundo. Puedo, si quiero, hacer que los demás saquen al monstruo que llevan dentro, ¡De un solo trago! liberar esa naturaleza bestial.

¿Somos todos unos monstruos? Sé que en nuestro cerebro reside una parte animal, instintiva. Lo he leído en diversos lugares; aquella parte que nos mantiene con vida. Lo he leído, lo sé; me gusta leer. Si hiciese una cuenta de los libros que me han acompañado en mis viajes… no podría, porque no los recuerdo ahora.

Doy otra calada al cigarro, está por terminarse. Una vez más, el teléfono vibra en mi bolsillo. Pensé que lo había apagado, pero ahí estaba, vibrando cual hombre desesperado por atención. Lo tomo en mi mano y puedo ver el número desconocido. Cuelgo la llamada y me aseguro de apagarlo esta vez. Vuelvo a guardarlo.

Retomo el pensamiento de los libros. Mi profesión me había llevado a comprender que las personas son como libros, que necesitas escucharlos -leerlos- para descubrir sus problemas y poder ayudarlos. Que todo lo que necesitan es eso, ser atendidos. Cuando se sientan frente a mí y empiezan a contarme sus días, a platicarme lo que los atormenta, yo presto oído. En cuanto finalizan, es mi turno de hablar. De guiarlos. En ocasiones, libero su bestia interna, cuando lo considero necesario. Está bien, lo admito, a veces lo hago por deleite. Por conocer sus oscuros instintos. A pesar de que el resultado suele causarme repugnancia.

Otra calada más. Expulso el humo con placer y lo observo difundirse en el ambiente. El teléfono vuelve a vibrar, ¡maldita sea! ¡en cada calada!

Un ruido en el interior del edificio estalla. Gritos y vidrios rotos. Devuelvo mis mangas a su lugar y abrocho los botones. Aplasto el cigarro con la punta de mi pie, apagándolo sin poder terminarlo.

Abro la puerta e ingreso. Al parecer teníamos la primera pelea de la noche. Dos hombres discutiendo frente a la barra. Era hora de escucharlos, de tomar mi lugar.

Tenía que seguir mezclando bebidas. Seguir limpiando vómitos.

Y probablemente, liberar una que otra bestia.

La mascota de bernardo

Nunca había conocido a nadie que tuviese como mascota a uno de esos curiosos animales. Pero el señor Bernardo lo tenía, y lo dejaba andar libre por su casa durante las noches, solo durante las noches, porque en el día podría ocasionar un grave desbarajuste, además de asustar a los vecinos si ellos llegaban a verlo.

La primera vez que lo conocí fue cuando, regresando de clases, pude ver al señor Bernardo tocando la guitarra, al pie de su casa. Estaba sentado junto a su puerta de entrada, el instrumento a mano y rasgando las cuerdas al ritmo de una canción de JJ. El señor Bernardo era un hombre de gustos típicos, en todo sentido. Y mucho más en la música. Si por las mañanas te acercabas un poco a su casa, eras capaz de escuchar los “pasillos” a todo volumen, aunque ahora entiendo que eso, además de gustarle, le ayudaba a ocultar el sonido de su mascota, un ruido nada común, nada típico, un sonido que rompía con los esquemas de sus gustos; porque de un hombre como él, esperarías que poseyese unas aves cantoras en una pequeña jaula, o un perro de raza pequeña al que acariciaría entre cada canción, y el animalito lo lamería y le brindaría el careciente afecto humano, muy ausente en los días de Bernardo, hombre solitario, degustador del silencio de voces que pendía del techo de su hogar como un cartel de bienvenida, un adorno que bastaba para decorarlo todo, para satisfacer la sensación de agobio que uno acostumbra a perder al ingresar a un hogar.

En cuanto me acerqué a preguntarle qué tocaba -pregunta con el fin de entablar conversación, la verdad es que conocía la pieza musical- Bernardo se negó a responder y solo agitó su cabeza en rechazo “Nada de lo que pueda hablar con un joven” dijo un tanto decepcionado en lo que empezaba una nueva canción. Pero yo no opiné sobre su ofensivo comentario, me limité a sentarme a su lado y a observarlo entonar el siguiente pasillo, también de JJ. Cuando inició a cantar, lo seguí en la letra y Bernardo se mostró un poco sorprendido, un poco incrédulo, lleno de melancolía según pude percatarme por la forma en que sus labios se doblaron. Cantamos largo rato, hasta que decidió entrar a atender a su mascota, que ya lo llamaba.

“Tú no la escuchas por la música, pero me está llamando” comentó en lo que guardaba la guitarra en su estuche “Si uno no acude al llamado se puede poner agresiva, puede ser un tanto peligrosa” E ingresó con paso lento, rascando su calvicie en un claro signo de hastío. Yo permanecí fuera, sentado, esperanzado en escuchar el ruido de su mascota, mas no lo conseguí, no ese primer día. Y cuando uno no consigue darle a su curiosidad lo que tanto exige, unos hincones de obligatoriedad buscan imponerse en tu cabeza, ideas se retuercen en cada segundo, formadas en un plano en el que si tu capricho es atendido encuentras paz.

Fueron esas insistentes punzadas por las que días después pude ver a la mascota de Bernardo. Nuestros encuentros, para entonces, se habían vuelto rutinarios; siempre fuera de su casa, con la guitarra, con pasillos, con interrupciones repentinas debido a su mascota, la que ya lo llamaba con mayor insistencia, con menor intervalo entre canción y canción. “Debe ser que no la ha alimentado” comenté un día en el que cantábamos “Sombras”. Bernardo me echó una mirada neutral en esa ocasión, pero supe que la siguiente sería amenazadora, insultante, porque uno no puede simplemente lanzar opiniones desacertadas, mucho menos en medio de una canción de regocijo, en momentos de armonía y melodías danzantes. Pero en esa ocasión pude verla. Bernardo ingresó a atender a su mascota y una fina ranura quedó abierta en la puerta; algo inusual, la puerta la dejaba siempre bien cerrada, solo con el suficiente espacio para las partículas de aire. En esa ocasión el espacio era vasto para mis ojos. Y tras acercarme, en un impulso de las cavernas, pude divisar la mascota que se alzaba detrás de la puerta.

Bernardo la alimentaba con mucho cuidado, con una pesada cadena atada a su cuello, porque era necesario tenerla, ya que su naturaleza salvaje parecía estar a flote; a pesar de su boca muy humana y sus extremidades similares a cualquier hombre, uno podía deducir que se trataba de una mascota, de una criatura a la que se necesita cuidar y alimentar, darle apoyo y educarla. Especialmente educarla, enseñarle su lugar, costumbres, adaptarla a lo que es conveniente.

Fue la única ocasión en que pude verla. No mucho tiempo después Bernardo desapareció. Fue una tarde como cualquier otra, sin nada en especial, ni siquiera el cielo se mostraba distinto a lo usual, nada alterado en aquel día, nada fuera de lugar a excepción de la casa de Bernardo. Es un poco paradójico, increíble tal vez, el cómo las cosas se alteran de forma minúscula, focalizada, y lo que se desmorona en una parte de la realidad, apenas causa un pequeño azote del viento en otra. Eso si es que acaso causa algo.

La puerta de la casa de Bernardo fue encontrada abierta. Dentro, todo tirado por los suelos, platos, ollas, vasos; ropa rasgada, mostrando orificios y grandes rayas de discontinuidad de la tela. Y Bernardo simplemente no estaba, nadie sabía de él. Nadie había escuchado nada. Que falleció, murmuraron algunos, premisa que no alcancé nunca a comprender.

Pero yo sé que lo más probable es que su mascota haya escapado de la cadena que la ataba, tal vez mientras era alimentada, ocasionando un gran tiradero al verse libre. Y seguro Bernardo corrió detrás de ella, intentando atraparla, queriendo atar a su cuello la pesada cadena una vez más.