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La noche de la verdad

Originalmente publicado en: Revista Salto al reverso #6

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Imagen por: Kristaps Bergfelds

Cierta noche, Alejandra recibió una extraña carta en su buzón. La carta decía: “Sé que llevas tiempo preguntándote por qué vives y a dónde vas. Si quieres saber las respuestas, te espero a medianoche en la azotea del edificio del frente”.

Alejandra quedó intrigada por aquel extraño mensaje. Era cierto, sin duda, que aquellas preguntas habían estado dando vueltas en su cabeza desde hacía ya mucho tiempo. Sobre todo desde la muerte de su hermano. ¿Pero cómo pudo haberse enterado aquella persona? ¿Cómo pudo saber cuáles eran exactamente las preguntas existenciales que le intrigaban?

Pasó todo el día siguiente pensando, considerando si acudir a la cita o no. Llegó a pensar que era una trampa, después de todo siempre tuvo dudas sobre si la muerte de su hermano realmente había sido un suicidio. ¿Y si fue un homicidio? ¿Y si la persona que envió la carta estaba directamente relacionada con ello?

Cuando llegó la noche en cuestión, Alejandra decidió no ir. A la mañana siguiente se fue a trabajar. Durante todo el día la embargó la sensación de haberse perdido de algo, como si encontrarse con aquella persona fuese realmente importante. Pero racionalizó y se convenció de haber tomado la decisión correcta.

Al llegar a su casa por la noche, otra carta le esperaba. La carta decía: “¿Aún piensas que fue una buena decisión no vernos? Tu hermano pensó lo mismo cuando recibió su carta. Él asistió al tercer y último llamado. Este es el segundo llamado para ti: entérate de la verdad. Te espero a medianoche en el edificio del frente.”
Alejandra se llenó de emociones en conflicto, una mezcla de rabia e intriga. ¿Y si sus sospechas eran ciertas?

Decidió ir. Durante la cita no pasó nada fuera de lo común. El remitente le habló alrededor de veintiún minutos y Alejandra regresó a su casa. En esa conversación se enteró de por qué el ser humano vive y a dónde va. Aquella noche Alejandra se suicidó.


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vuelve el tiempo

Año 2018. 

Tal vez, hoy escriba demasiado o me permita morir un rato frente al espejo. He puesto en  bandeja de plata mi inconstancia, mis intentos, mis defectos, mi arrogancia; para que los saboreen tres segundos mientras mi debilidad emocional está en marcha. Yo desde abajo: sentada, escuchando a unos zapatos sobre la tierra correr y huir me digo:  “debería reprocharles o agradecerles, pero debería hacer algo”.

Hace cuatro años estaba loca, y hoy me desvanezco frente a mis poemas, y escupo tres veces sobre una pantalla de vida virtual, de inexistente calma; entre tanta mierda. Tengo mis manos y una costilla sangrando. Solamente quiero llegar y descansar, llegar a algún lugar para luego alzar la cabeza y seguir dando pasos, seguir atormentando cerebros heridos, marchitos, y seguir en mi desnudez que tanto aturde, que desbarata, indomable, y nunca más escapar.

DIAMANTES

Gente de carbón – Carlos Quijano

Observaba con curiosidad las lágrimas que guardaba en pequeñas bolsitas hechas de terciopelo. Cuidadoso, depositaba una a una en el interior, sopesando el contenido antes de ajustar la jareta. Las miraba emocionado, fantaseando, imaginando el destino de cada una de ellas. Era un hábil comerciante, se consideraba un traficante respetable. Casi lo era. Así pensaban todos los mercachifles de aquel sucio mercado. Comerciaban, estafaban, traficaban, hacían trueques, robaban y se aprovechaban de los ingenuos y curiosos que se acercaban a mirar las cosas más insólitas puestas a la venta en las mesas de los oscuros tenderetes.

Jafa vendía lágrimas en bolsitas de terciopelo, Ulsu ofrecía lamentos en frascos de diferentes tamaños y formas. Trebe intercambiaba malas palabras, al principio lo hacía en forma impresa o escrita a mano, ahora las ofrecía en cintas magnéticas que vendía por metro. Rada comerciaba con emociones exiliadas que recogía día a día en la parte trasera del convento, al pie de la verdinegra montaña, todas procedentes de las monjas enclaustradas y que habían hecho votos a su dios indiferente. Espasmos, murmullos inoportunos, aullidos, gritos, malos olores, sabores desgastados y en desuso; promesas rotas que han sido remendadas con hilo y aguja, miedos ancestrales y modernos, temblores por frío o por reacción. Sustancias inocuas coloreadas con mentiras, semillas de maldad, objetos perdidos, deseos reprimidos, cosas sin valor monetario y valores pisoteados. Toda una industria global.

Un día lleno de lodo, llegó Mara al mercadillo. Chapoteaba sus sandalias en el espeso camino, su rostro churretoso buscaba con avidez sobre las improvisadas mesas; miraba para notar si alguna mercancía le hacía un guiño. Se internaba como cándida oveja en la guarida de los lobos que la seguían con ojos lascivos. Pese al denso ambiente, la niña no perdía el valor y estaba dispuesta a correr cualquier riesgo con tal de encontrar a Lara, su madre. Se habían separado desde la crisis que hubo después del colapso mundial: la globalización corrompió todos los sistemas políticos, económicos y sociales, dando como resultado aquel nuevo mundo, que no había terminado de morir, pero que se erigía sobre una generalizada distorsión. ¿Cómo distinguir la verdad en medio de tantas mentiras prefabricadas? ¿Cómo reconocer una señal entre tanta confusión? Las respuestas las tenía en su corazón. La pequeña niña lo sabría en el momento justo.

La curiosidad le hizo parar en un puesto de libros. Mulu, el servicial propietario, se acercó a Mara para ofrecer sus mercancías.

—Tengo libros para colorear, niña. Tengo colores de cera —dijo, intentando captar la atención de la chiquilla—. ¿Quieres verlos? Tengo muchos, los que quieras llevar.

Mostraba en la palma de la mano trozos de crayones de diferentes tamaños y colores. Mulu vendía libros en versiones corregidas y aumentadas, aunque no por el autor original: les agregaba páginas de otros libros deshojados o demasiado deteriorados como para venderlos por sí mismos; producía nuevas versiones a partir de páginas sueltas. A Mara no le interesaban los libros, buscaba alguna pista que pudiera conducirle a donde estuviera Lara.

Durante un rato deambuló en un pequeño mundo que no existía, pero que estaba en todas partes; entre seres que habían sido y que ahora ya no eran; en un lugar donde cualquiera podía ser cualquiera y alguien no era nadie. Al doblar en un corredor que apestaba a orines, su corazón casi se detuvo de la impresión. Colgada de un perchero estaba una prenda de un color verde rabioso: era el suéter que su madre usaba por las tardes cuando la ausencia del sol daba paso a las frías corrientes de aire. Mara corrió con el corazón pendiendo de un hilo a punto de caer en un oscuro precipicio del que no se percibe el fondo. Estiró su mano para tocar la prenda, sintió la textura y lo supo. Se acercó a olerla y, muy por debajo de los fétidos olores del lugar, estaba la esencia de Lara, haciéndole una señal.

—¿Qué haces, niña? —preguntó una voz cascada que venía del fondo.

—Esto es de mi madre —respondió con valentía la chica.

—¡Anda, fuera de aquí! —gritó la voz del fondo con marcado tono de enfado.

—¿De dónde lo ha sacado? Quiero hacer un trueque.

—¿Dices trueque? —La voz sonó menos estridente, suavizada—. ¿Qué das a cambio? —dijo con total interés la vieja—. ¿Qué tienes de valor? Porque esta ropa la he traído de un lugar muy alejado de aquí, me ha costado mucho traerla.

La mujer miraba con detenimiento el suéter verde.

—No, ya recuerdo…, una mujer me lo cambió por una pelota saltarina.

—¿Dónde? ¿En dónde vio a esa mujer? —preguntó ansiosa la niña, desesperada, con la urgencia haciéndole saltar los ojos, y prosiguió—: ¡Dígame, por favor! Le daré todo esto —Enseñaba, en sus manos pequeñas, un diminuto corazón que palpitaba acelerado de amor.

La anciana abrió los ojos muy sorprendida. Era un trueque muy tentador y pensó en aceptar, pero alejó la idea con enérgicos movimientos como si quisiera ahuyentar a una parvada de malignos buitres.

—No puedo aceptarlo, es demasiado por un suéter. Solo dame un par de lágrimas y con eso será suficiente. Y anda, ve a buscar a tu madre, seguro que ella te estará esperando.

Mara le entregó un poco más que un par de diamantes, sus ojos derramaron muchos.

Abrazando el suéter, caminó y siguió las instrucciones de la vendedora. Llegó a un barrio mugroso, devastado, pintado en escala de grises. Buscó el portal que la anciana recordaba cuando hizo el trueque con la mujer del suéter. Le costaba trabajo distinguir los colores en aquel sombrío lugar. Se detuvo y ahí estaba: un portal rojo óxido. Lo atravesó como una flecha que busca un blanco. Había muchas siluetas dibujadas con carbón que se movían despacio, cautelosas, temerosas de hacer movimientos bruscos. Mara volteaba de un lado a otro, buscando y anhelando encontrar a su madre. Lara se sentó sobre el camastro, apenas podía asomarse a la ventana. Había percibido la inquietud de las gentes de carboncillo, quería saber el motivo. El suéter rompía la oscuridad del corredor, era imposible no ver a Mara.

—¡Hija! ¡Mara! ¡Aquí! —gritó, emocionada. No quería perderla de vista, pero no podía bajar a su encuentro.

Mara pasó de largo. Se introdujo por una de las tantas puertas que había en ese corredor, guiada por un luminoso vínculo de amor. La gente de carbón se inquietaba cada vez más. Lara se sintió aspirada por una poderosa fuerza, sintió una fuerte succión, pero como pudo regresó solo un momento.

Madre e hija volvían a encontrarse. De rodillas, Mara abrazaba a su madre, postrada en un vencido camastro. Lara apenas tuvo fuerzas para abrazarla y entregarle la pelota saltarina, por fin. Besó su pelo y sintió la cascada de diamantes que la pequeña dejó caer sobre su raída ropa. Mara, con ternura, la cobijó con el suéter y miró sus ojos antes de que se cerraran para siempre. La gente de carbón se fue en un susurro. Un vecino se asomó al interior del cuartucho y vio una triste estampa: A Mara con la cabeza baja, sollozando, con una pelota saltarina entre sus dedos. A Lara con los ojos cerrados y con gesto de paz.

Miró un montón de diamantes dispersos en el suelo; se le ocurrió que muy temprano iría a negociar al mercado después de juntarlos.

Derechos de autor reservados. Claro Oscuro, 2017.

El observador del otro lado

La impresión de ser observado desde la casa del frente lo ponía a temblar. Todo comenzó como una molesta sensación que decidió ignorar al principio. Acababa de mudarse a su nuevo hogar, decidido a pasar las vacaciones relajado, lejos de aquel barrio del que huyó espantado por el incesante ruido al que se veía sometido gracias a sus vecinos. Pero el trabajo había terminado, el silencio regresaba cual amante arrepentido de su partida y un injustificado estado de paranoia no bastaría para echarlo todo a perder. Vivía solo y la casa del frente estaba vacía, al igual que la de al lado y la siguiente, y todas las casas de la manzana. Nadie podía verlo. Encontrar un lugar desolado como ese fue trabajo duro; no cedería ante las falsas sensaciones causadas por el estrés.

Necesitaba relajarse, permitir que su cuerpo se adapte al nuevo ritmo de calma y tranquilidad, darles tiempo a sus sentidos para unificarse con el silencio.

Se sentó en el sillón de la sala y tomó un largo respiro. Miró hacia el techo, una superficie llana sin patrón alguno, careciente de todo interés, un simple color blanquecino que llegaba a sus ojos con opaca luminosidad. Dejó caer sus párpados, entrelazó sus manos, respiró hondamente; luchó contra la sensación, mas nada pudo conseguir, sentía las miradas clavadas en él.

Se levantó. Intentando mantener la calma, se acercó a la ventana que daba a la calle, corrió las cortinas y analizó el exterior. El asfalto vacío, con solo una fría corriente de aire caminando por su superficie. Las casas del rededor lucían calmas, decoradas por el nublado cielo vespertino que las volvía un óleo de colores opacos.  Recorrió con su mirada cada una de las viviendas, notando un poco de extrañeza en la del frente. No eran sus paredes o su raída puerta, tampoco le pareció que se tratase de sus ventanas cerradas y cortinas corridas. Sin embargo, la casa daba la impresión de estar viva. Podía sentirla respirar; si se concentraba mucho en la gastada pintura de su fachada, podía incluso percibir una leve sonrisa del habitante en su interior.

Sacudió su cabeza “Nadie hay afuera” repetía en su mente. Mas las miradas invisibles se clavaban en sus poros, volviendo su piel una manta de angustia que lo ponía a restregar sus heladas manos una con otra. Intentó cerrar toda cortina, asegurar cada puerta y ventana, se escondió incluso en el baño; lugar en que se encontró con su reflejo, y detrás de lo que aparentemente eran sus ojos, descubrió que las pupilas pertenecían en realidad al observador de la casa del frente; a ese intruso que se había colado en una propiedad privada, a ese inepto que estaba arruinando sus momentos de calma.

Tomó un cuchillo de la cocina y lo utilizó para cortar hojas del papel periódico; estuvo por volarse un dedo en el proceso; sus movimientos eran temblorosos, inseguros. No dejaba de pensar en que el observador del otro lado se mantenía viendo cómo cortaba el periódico, riéndose de lo ingenuo que era al pensar que eso lo solucionaría todo. Pero tenía que intentarlo, ya no soportaba las miradas, el silencio era un abrazo triturador cuando se sentía ultrajado, cuando vivía el acecho de un par de ojos desconocidos.

Pegó el periódico en las ventanas, una capa sobre otra, hasta dejarlo todo muy opaco, que ni el mismo sol pudiese entrar sin su permiso. Ni siquiera la luna se atrevería a invadir sus aposentos. Cuando hubo terminado, se sentó una vez más en el sofá.

No había sombras junto a él, la escasez de luz era absoluta. El techo se fundía con la oscuridad, volviéndose todo su entorno un solo espacio frío e infinito. Respiró con tranquilidad; los ojos habían desaparecido, no conseguían penetrar las sombras, eran incapaces de identificarlo en medio de las penumbras porque él también se fundía en ese espacio insondable.

Sintió paz. Dirigió su mirada hacia el techo; era incapaz de verlo, pero él sabía que estaba ahí, que el techo se ocultó a su sentido, pero que seguía en su lugar, inmovible, blanco, careciente de interés alguno.

Él sabía que el techo estaba ahí.

Y la mirada del otro lado sabía que él estaba ahí.

Su corazón dio un vuelco. La sensación había desaparecido, los pesados ojos ya no se posaban en sus acciones, pero sabían que estaba sentado en ese sofá, sabían que estaba dentro de esa casa, sumido en una falsa ilusión de oscuridad protectora. Los ojos lo sabían, el observador del otro lado lo sabía. Lo estaba viendo sin necesidad de percibirlo a través de la mirada; lo estaba viendo con la simple intuición, y él no podía luchar contra ello.

Desesperado, rasgó los periódicos de las ventanas; la luz entró violenta, irritando sus ojos, asesinando las sombras. Se quedó de pie en la ventana, observando fijamente la casa del frente, batallando con el observador del otro lado, manteniendo la mirada firme.

El silencio del exterior cantaba una orquesta con el latir de su corazón. Tomó el arma de su aparador y salió con paso decidido.

Fuera el aire era ligero, y la casa se elevaba, desafiante, apoyando al intruso que la invadía, al observador inoportuno que lo torturaba con su insistente mirada. Un golpe con su pierna y la puerta cedió. Empuñó el arma con firmeza. Cruzó al interior.

Periódicos regados en el suelo, un techo blanco desprovisto de todo interés, un cuchillo descansando en el piso.

Se asomó a la ventana y miró hacia su casa. Silenciosa, calma, inerte.

Se disparó.