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EL HOMBRE BÚHO

La oficina entera vibró por el fuerte estruendo; las ventanas panorámicas se agitaron por varios segundos, emitiendo un prolongado golpeteo. El enorme florero ubicado en la esquina amenazó con caerse y hacerse añicos, mas solo fue una amenaza, permaneció intacto en cuanto el trueno se desvaneció. Lo único que no sucumbió a los temblores fue el largo escritorio de madera, que se mantuvo rígido, soportando el peso del cadáver cuya cabeza descansaba en su superficie, sangrando por los agujeros en sus temporales; sangre que se escurría por el borde, caía por las patas de la mesa y chorreaba gota a gota en el suelo, formando un charco carmesí; negro en la oscuridad del lugar.

Toda la ciudad era visible desde aquel alto piso. Las primeras gotas de lluvia empañaron el vidrio de la pared y transformaron las luces de la ciudad en estrellas borrosas, desfiguradas; puntos de colores que se extendían a lo largo de Guayaquil en aquella noche plutónica. Tras acumularse, descendían por la enorme ventana como una cascada.

Sentado en la esquina de la oficina, intentaba marcar el número en su celular, pero el nerviosismo, muy reflejado en los torpes movimientos de sus manos, se lo dificultaba. Sus pálidas mejillas se inflaban y desinflaban de forma acelerada, escupiendo gotas de saliva en cada nueva espiración. “¡Maldita sea, encuentra el jodido contacto!” repetía en su cabeza. Lamió la manga de su camisa y la utilizó para limpiar la sangre seca de la pantalla de su teléfono. Sus manos persistían rojas y la sensación de aquella sangre secándose en los pliegues de sus dedos era nauseabunda.

Timbró, timbró, timbró… Buzón de mensajes.

Colgó.

El feroz rayó iluminó el cadáver a pocos metros. Notó el charco en el suelo y la fuente de procedencia: aquella cabeza atravesada por una bala minutos antes. Tomó el arma tirada a su lado y la colocó en su propia cabeza. Cerró los ojos. Su dedo se acomodó en el gatillo, temblando; hizo un poco de presión, decidido; mas se detuvo ante el timbre de llamada.

Contestó con rapidez.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Yo…yo… —su mirada se paseaba por el cadáver, por el rostro inerte que lo observaba fijamente con enormes ojos amenazantes, vivos por sí solos, fijos en la penumbrosa nada que envolvía la oficina.

—He matado a alguien—soltó—, le disparé en la cabeza, está recostado contra mi escritorio, ¡Está muerto!

—No, no; no puedes haber matado a alguien—respondió la voz—, debe ser una confusión.

—¡La sangre chorrea en el piso! —exclamó—, te digo que está muerto, ¡Le volé la cabeza, por amor de Dios! Está muerto.

—Asegúrate de lo que dices—pidió la chica—. Comprueba que en verdad sea así.

—Qui… ¿Quieres que compruebe si está muerto?

—¡Compruébalo todo!

Tomó una grande bocanada de aire. Apoyó el celular en su pecho, sin cerrar la llamada, y caminó lento hasta el cadáver. Sentía la mirada del difunto seguirlo en cada paso, midiendo sus acciones; se detuvo a su lado, guardando un poco de distancia con la silla en que descansaba el muerto. La posición en que cayó después del disparo parecía ser perfecta para un descanso eterno. Brazos extendidos en su totalidad en el escritorio, cabeza de lado y tronco recto.

—Lo…lo estoy viendo.

—¿Tiene un agujero en su cabeza?

Su mandíbula trituraba aire, chocaba sus dientes unos con otros; estar cerca del cadáver aumentaban sus náuseas funestas.

Echó un rápido vistazo a la cabeza, retirando la mirada con brevedad.

—Lo tiene.

—Tócalo—dijo la chica—, introduce tu dedo en él.

—¿Qué diablos dices? ¡No pienso meter mi dedo en su cabeza!

—Hazlo. Tienes que hacerlo, asegurarte.

Tiró de sus propios cabellos, desesperado. Tomó aire, cerró los ojos y extendió una de sus temblorosas manos, que se agitaba en el aire con vida propia, dominada por el miedo y la culpa. Palpó la cabeza del cadáver y encontró el agujero de bala. Introdujo un dedo en él. El interior estaba caliente y húmedo.

—¿Y bien? —insistió la chica.

—Tiene el agujero.

—¿Estás seguro?

—¡Tengo el maldito dedo metido en él!

—¿Sangra?

—Sí que sangra, maldita sea. ¡Sangra y mucho!

—¿Cómo están sus ojos?

—Abiertos.

—Entiendo. Tranquilo, no te desesperes ni intentes ninguna locura.

“Ninguna locura” palabras que le recordaron el tacto del metal contra su sien. Estuvo por dispararse, en serio estuvo por hacerlo. De no ser por la llamada entrante, probablemente sus sesos estarían esparcidos en toda la pared.

—¿Qué hago con el cadáver?

—Nada. Solo…

—¿Hola? —el sonido se perdía en una molesta interferencia—¿Me oyes? ¿Hola?

Cortó.

“Jodida lluvia”

Se espantó con el fuerte clamor de la tormenta, que volvió a iluminar las facciones difuntas del hombre a su lado. Los ojos del cadáver lo volverían loco, daban la impresión de que no dejaban de examinarlo con malicia, como queriendo memorizar cada parte de su asesino para cuando se encuentren en la vida próxima. Resurrección, reencarnación o una eternidad en el infierno, cualquiera que sea, esos ojos juraban tomar venganza llegado el momento.

Decidió cerrárselos. Mirando hacia otro lado, sus dedos bajaron delicadamente los párpados del hombre que yacía muerto. Notó que el tacto era frío; solo entonces reparó en que la muerte estaba realmente a su lado, compartiendo oficina con él. Fría, callada, limitándose a observarlo todo desde su sepulcral oscuridad.

Pensar en ello lo puso a temblar. Volteó hacia la ventana panorámica, hacia el opaco paisaje de la ciudad. La cascada de agua bajando por el vidrio lo deformaba todo. Vio el faro a lo lejos, con su foco encendido. A pesar de llevar años viviendo en la ciudad, nunca se había preguntado si el faro seguía funcionando para guiar embarcaciones. Habría deseado ser iluminado por el faro, ahí en su oficina. Necesitaba un poco luz para calmarse, para pensar mejor.

Nunca se planteó el hecho de la falta de faros en sus días. Sus caminos fueron siempre guiados por la pura intuición, por la toma de decisiones al azar o por un poco de meditación sin experiencia. Se tambaleaba, era víctima de turbulencias en sus constantes vuelos, mas se reponía con la poca ayuda brindada por la luna. Y era una noche sin luna la que tenía en frente. O el agua no le permitía verla. Así como impedía distinguir su reflejo por completo. Era capaz de diferenciar sus piernas y sus zapatos, también parte de su torso, con su saco y el reloj de pulsera en su mano. Mas de su rostro y mano izquierda no veía nada. Se agachó, sin conseguir resultados.

Dio un largo suspiro y se dedicó a contemplar el paisaje. Ver la ciudad lo relajaba, era una conexión mutua, él la veía y las luces de la ciudad lo veían a él. ¿Lo veían? ¿En qué estaba pensando? La ventana abierta cuando tenía un cadáver encima de su escritorio, ¡La ciudad entera podía ser testigo! Su respiración se aceleró, el pánico escaló por su espina dorsal hasta estallar en su cabeza. Por su piel resbaló sudor frío ¿Debería cerrar las cortinas ahora? se cuestionaba. Se congeló sobre sus pies. Sintió la sangre en sus manos escurrir una vez más, impulsada por el sudor de sus palmas. ¡Cierra la maldita persiana!

Tuvo un pequeño resbalo al correr al extremo de la oficina, mas se repuso y siguió en marcha. Con movimientos exasperados tomó la manivela e intentó cerrar la persiana, tarea que se complicó al enredarse con sus propios dedos. En desesperación, la paz externa recibía su mundo caótico con rechazo, lo retrasaba y procuraba que el intruso dominando su cuerpo no contagiase la calma reinante.

Lo consiguió más tarde de lo que pudo haberle tomado. Corrió hasta el otro extremo e hizo lo mismo. La oficina se sumió en total silencio. Estado persistente que solo lo sintió llenar su piel en cuanto aisló su oficina del mundo exterior.

Se sentó en la misma esquina, junto al arma. La miraba de atisbo, tentado. Sus ojos no tardaron en acostumbrarse a la oscuridad. Pronto fue capaz de ver las formas que lo rodeaban; el florero de la esquina adyacente, la puerta en medio de la oficina, la lámpara colgante sin funcionar. Vio las patas del escritorio y a un lado las de la silla, a las que se agregaban los pies del cadáver; al que también era capaz de observar; sentado con rectitud en la silla, con su cabeza colgando, el mentón contra su pecho.

¿Sentado? Refregó sus ojos. ¡El cadáver estaba sentado! No lo recordaba así, ¡La cabeza estaba contra el escritorio! Se desangraba acostado, ¡No sentado!

Empuñó el arma.

En su oído retumbaba un molestoso latido, el corazón mismo intentaba escapar por su oreja. Se puso de pie con cautela. Utilizó su celular para activar la linterna, sirviendo para comprobar lo que sus buenos ojos le comunicaron: el cadáver estaba sentado, cabeza gacha.

Se acercó con pasos temblantes. Pensó que quizás lo movió sin intención en aquel apuro por cerrar las persianas. Pudo ser algo inconsciente y por ello no lo recordaba. Paso a paso, respiro a respiro, extendió su mano, ademán de querer sostener el hombro del difunto, regresarlo a su posición de origen.

Un trueno se comunicó con su miedo.

El cadáver se comunicó con él.

—¿Pensaste que una simple bala en mis temporales me mataría? —preguntó el cadáver—¡Sorpresa! no estoy muerto.

Su voz resonó en toda la oficina. Elevó la cabeza, llena de sangre coagulada, y su mirada -aquella misma mirada dilatada—se centró en su asesino.

—Yo…yo te disparé—se alejó con furor, tropezando con su propio pie, terminando en el suelo—¡Tu cabeza está agujereada!

El cadáver se levantó, palpó los hoyos de bala en su cabeza, riendo.

—Esto no es nada. Me funcionarán como oídos para escuchar tus lamentos.

—¡No es posible!—exclamó—, no puedes estar vivo.

De la boca del difunto estalló una enorme carcajada. Su mirada era solo un vestigio de la humanidad dejada detrás, en el plano terrenal del que ya había partido.

—Tal vez no lo estoy—respondió—, lo que no quiere decir que no pueda estar de visita.

—No, no, no—repetía desde el suelo, alejándose a rastras—; esto está mal, debo estarlo imaginando todo. ¡Es una maldita ilusión! la lluvia es la culpable.

—¿Te parece esto una ilusión? —tomó en su dedo índice un poco de la sangre de su cabeza y procedió a lamerla—. A mí me parece muy real. Su sabor es tan… perceptible.

Se apuró gateando hasta la esquina de la oficina, elevó el arma, apuntándola contra el resucitado.

—Un paso más y te vuelvo a volar la cabeza.

—Eso no sería un problema para mí. Resucité una vez, podría volverlo a hacer.

Sin dejar de ser apuntado, el cadáver viviente arrastró la silla hasta la esquina, sentándose a pocos centímetros del hombre causante de su resurrección, de su partida pasajera a un universo que no estaba dispuesto a aceptarlo.

—¿Estás rezando?—preguntó el hombre antes muerto.

Con el arma pegada a su pecho, el sujeto susurraba palabras para sí; ojos cerrados con fuerza y dominado por sacudidas constantes en sus extremidades. Oraba a alguno de los Dioses estelares, a cualquiera que desease escuchar sus plegarias. Lo único que le importaba era que no se tratase del Dios de lo nebuloso, de penumbras y fuego. Porque estaba bastante seguro de que era ese, precisamente, el que tenía en frente.

—Estoy pidiendo perdón por lo que haré—respondió.

—¿Qué harás?

—Terminar con este martirio.

Elevó el arma y la apoyó en su sien. Ahí estaba el tacto metálico una vez más. Un toque familiar, un beso prohibido que sentía añorarlo cual caricia de una antigua amante. Y su cabeza la recibía sin quejas, resuelta a enfrentar el furor pasional de aquellos labios metálicos.

—¡Oh, por favor! —exclamó el cadáver—. Está bien, adelante. Te aseguro que eso no servirá de nada. Además…

Acercó su rostro al del hombre suicida, implantándole un horror jamás antes conocido, causado por aquella mirada inquietante que mantenía incluso antes de resucitar, por los agujeros latentes en los laterales de su cabeza; por la sangre seca coloreando su rostro.

—Del otro lado—continuó en susurros—, lo espantoso abunda. Dímelo a mí, que acabo de llegar del lugar.

Su receptor mantenía los ojos cerrados, negándose a ver al ser perteneciente al linaje del Dios de lo prohibido.

—¡Mírame cuando te hablo! —gritó.

El hombre abrió los ojos. Y tras mirarlo, disparó.

El seco sonido del gatillo y la ausencia del estallido de pólvora delataron un arma vacía; se percató de que ningún recuerdo viajó fugaz por su cabeza, ningún momento de merecida memoria lo abrazó en lo que estuvo por volverse su tumba y motivo de muerte.

—Te dije que no serviría—repitió el resucitado.

Al notar su intento fallido, disparó una y otra vez. No tuvo caso, el cargador carecía de balas. Lleno de furia, estalló en gritos.

—¿Quién demonios eres? —preguntó al borde de la histeria—¿Algún tipo de brujo? ¿La misma muerte?

—Tú sabes quién soy. No me hagas decirlo… no quieres que lo diga.

Un olor fétido se coló por las fosas nasales del sujeto. No hizo falta rastrear su procedencia cuando su surgimiento tuvo lugar al acercarse el resucitado. El muerto empezaba a apestar y el olor nauseabundo, combinado con la imagen pavorosa del cuerpo disparado y lleno de sangre, creaban el ambiente propicio para que derramase sus vísceras por el suelo, expulsadas en un disparo bucal para el que sí tenía carga.

Mas se controló. Se convenció de ignorar su rededor, así como ignoraba el repentino dolor de pecho, rogando que no se tratase de un infarto.

—Tengo que salir de aquí o moriré—comentó el hombre.

—No hay salida. Solo somos tú y yo.

—¡Solo soy yo, joder! ¡Tú eres un maldito cadáver parlante!

El teléfono timbró. Se apresuró a contestarlo.

—Hola—era la chica.

—Escucha, tienes que sacarme de aquí. ¡Tienes que venir ahora!

—Calma, calma. Estoy en camino. ¿Todo bien?

—Nada está bien. Sé que sonará loco, pero el cadáver ha resucitado, ¡Me está acosando! esta oficina se ha vuelto un infierno. La puerta está trabada, las luces no funcionan, ¡un infierno! estoy encerrado—su voz se quebró—sácame de aquí, por favor.

—Estoy en camino, procura no…

—¿No qué? ¿Hola?

Señal muerta.

—Podemos volver a lo nuestro. Mira a tu alrededor, Charlie. Me equivoqué al decir que somos solo los dos. Han venido unos cuantos amigos también.

En la esquina opuesta, una sombra se elevaba. Un hombre de gran estatura, con ojos blancos brillantes, resaltando en la penumbra de la oficina. Nada más que sus pies y vestigios de su cabeza eran visibles. Y los ojos, observándolo todo con aquel peculiar brillo.

—Han cruzado la línea conmigo—susurró el cadáver.

—¿Qué quieres de mí?

—Pregunta equivocada, Charlie.

El ruido del bulto al caer sobre el escritorio los interrumpió. Era una mujer, su contorno perfectamente visible, curvas definidas y uñas de exagerada longitud.

—La pregunta correcta—continuó—, es qué quiero yo de ti.

El cadáver elevó su dedo, interrumpiendo el reclamo del sujeto.

—No quiero más palabrería. Quiero que me mires a los ojos. Siente lo que es estar al otro lado, conoce, adquiere experiencia.

Los ojos, tornados en amarillo con una densa pupila negra dilatada, se abrieron cual pozo que conduce a una fuente interminable de agua. Colocó aquella apertura sobre los del hombre, invitándolo a sumergirse en ellos.

—¡Mírame! ¡Mírame!

Percibió los ojos del cadáver cuales dos gusanos excavando en tierra; y el terreno dentro de su ser era virgen, conocido únicamente por las intenciones que muy bien ocultaba bajo las sábanas de su alma. Y era eso lo que sintió ser penetrado por aquella mirada frívola, por los gusanos devoradores, ocultos en forma de ojos.

—¡Mira mis ojos! —gritaba el cadáver—¡Observa!

Y en la batalla humanidad contra muerte, su fuerte grito estalló anunciando la pérdida. Aulló con desesperación, rasgando su garganta en el proceso, poniendo a pitar sus oídos. Su corazón se aceleró y en sus manos divisó el primer paso a su metamorfosis.

Los pelos aparecían uno por uno a una velocidad descontrolada. Poblaron toda su extremidad, y el cadáver carcajeaba sin parar a medida que en la espesa oscuridad de la oficina se dibujaban sonrisas, emergidas de la aparente nada, surgidas de la aflicción.

Antes de recuperar la consciencia, se vio a sí mismo ser conducido de la mano del cadáver hacia una entrada de madera blanca, rodeada por un halo negro.

—Bienvenido a tu resurrección—susurró, abriéndole paso.

Al despertar, no contuvo la sorpresa de ver su brazo lleno de plumas negras.

—¿Qué es lo que viste?

—Todo—dijo.

—¿Qué eres?

—Soy un búho.

—¿Un qué?

—Un búho. ¡Soy un búho!

—¡Un ser de la noche! —gritó el resucitado.

—¡Soy un búho!

—Podrás hacer lo que nunca te atreviste a hacer—el cadáver se acercó a las persianas y las abrió—, lo que no te fue permitido jamás en la vida. Siempre poniendo barreras a tus deseos, siempre pensando en si sería correcto.

Embriagado por la sensación de cambio, paseó con su mirada sus extremidades inferiores, las cuales sentía como sus mismas alas. Era un búho.

—Cuando nuestros ojos están cerrados, es necesario librarlos de esa oscuridad, adaptarlos. Yo esta noche te he conferido una mejor visión del universo.

—Soy un búho—repitió el sujeto.

—Por ello, emprenderás tu vuelo.

Empujó el vidrio de las ventanas, sonriendo en una mueca torcida. De los agujeros en sus temporales escapaban verdaderos gusanos, recorriendo lo largo de su cabeza, llegando hasta su boca.

—La ciudad es tu hábitat, querido búho—el resucitado extendió sus brazos—, sé libre y permíteme cargar con el peso de tu humanidad.

El hombre búho se acercó, respirando la fuerte brisa que se colaba por la ventana abierta. Vio rayos a lo lejos, estruendos repentinos que buscaban espantarlo, mas no temía. Era un ser de la noche, era un hombre búho.

—Salta—animó el cadáver.

Puso un pie en el filo de la ventana. Sus ropas se empaparon de la fresca lluvia del exterior y, a pesar de que el aire azotando su rostro intentó advertirle, el hombre búho no escuchaba más idioma que el del instinto animal, implantado en la resurrección de su nuevo yo.

—¿De qué te liberarás? —preguntó el resucitado.

—De todo—respondió—, quiero dejar atrás la niebla en mi vista, el consuelo falaz de una luz cegadora que solo oscurece mis pasos. Quiero ver, quiero volar.

—Salta—volvió a animar.

A su voz se sumaron múltiples ecos. En las sombras brillaron ojos blancos y bocas torcidas, todas unidas al mismo canto.

—Salta—decía el eco formado por las múltiples voces—. Salta.

Tomó aire. Llenó sus pulmones y estiró uno de los pies. Mirando abajo, sintió una creciente necesidad de llenar la ciudad con su vuelo. Cubrir las luces con la extensión de sus alas; empaparse de la lluvia y regalar a las nubes el gusto de ser tocado.

—Soy un búho—dijo.

El teléfono en su bolsillo timbró. Tomarlo con su mano transformada en una masa de pelos fue complicado.

—¿En dónde estás? —preguntó la mujer.

—Voy a saltar.

—¿Vas a qué? No, espera. ¡De qué demonios hablas! ¡No saltes a ningún sitio!

—El resucitado aclaró mi mente. Tengo que saltar.

—¿Comprobaste que murió?

—Lo hice.

—¿Y cómo sabes que resucitó?

—¿A qué te refieres?

—Deberías comprobarlo. Sentir su corazón latir.

Lanzó una rápida mirada al cadáver.

—Hazlo—repitió la mujer—, toca su pecho y siéntelo latir.

Usó su palma para ponerla sobre el resucitado. Fue incapaz de percibir latido alguno.

—Está muerto, todo…

—¿Hola?

—No sa…

—¿Me oyes?

Pitido. Colgó.

—Creo que tendremos que deshacernos de esto—le quitó el teléfono.

—Devuélvemelo.

—Salta.

—No.

Impactó al hombre búho contra el suelo. En un movimiento rápido, lo agarró del saco y lo tiró contra el concreto. El hombre búho sintió su cabeza dar vueltas; en su borroso campo de visión distinguía diversas formas flotantes en la oscuridad, todas ellas con ojos blancos brillantes y labios deformados.

—Desaparece—ordenó el cadáver—, te haremos desaparecer. ¡Desaparece!

Las voces se alzaron al mismo canto; clamando el desvanecimiento del búho frente a ellos.

El hombre resucitado se acercó al sujeto causante de sus agujereados temporales y procuró mantener su rostro muy pegado al de él. Sus facciones, de cerca, mostraban una clara putrefacción. Su olor era una mezcla entre podredumbre y carne quemada. Sus temporales ya no presentaban agujeros; los gusanos los llenaban por completo.

—¡Desaparece! —gritó en la cara del hombre.

Sin poder aguantar más, el hombre búho vomitó. Su pelaje se manchó con el desperdicio de su estómago. Su consciencia era lejana.

La llamada volvía a entrar. El cadáver le acercó el teléfono a la oreja. “despídete” le susurró.

—¿Estás bien? —preguntó la mujer.

—Me matará. El resucitado me matará.

—¡No hay ningún resucitado! ¡No hay ningún muerto si quiera!

—Lo hay. Y está acabando conmigo.

—¿Recuerdas acaso cuando lo mataste?

Su memoria hizo un esfuerzo.

—No. Sé que lo hice.

—¿Recuerdas haber disparado? ¿Intentaste realmente abrir la puerta de la oficina?

Los cuestionamientos de la mujer se volvían una pelota de palabras sin sentido. ¡Claro que lo había intentado! ¿O no fue así? Su realidad tambaleaba.

—¿Inten…ste…cender…luces? —una fuerte interferencia cortaba sus palabras.

—¿Hola?

Colgó.

¿Encender las luces? Siempre estuvieron apagadas. Siempre estuvieron apagadas… ¿Por qué? No lo comprendía. Y no podía pensar. Todo daba vueltas.

—Yo te asesiné—alcanzó a decir—¡Yo te asesiné!

—Desaparece—dictó el resucitado—¡Desaparece!

Un solo grito; el coro de voces espectrales se elevó en una ola de rugidos deseosos de sangre, de desaparición.

—¡Yo te asesiné, yo te asesiné, yo te asesiné!

—¡Desaparece! ¡Desaparece! ¡Desaparece!

No pensaba detenerse. Con su grito opacaría el de aquella multitud penumbrosa, confesando su acto adquiriría el perdón.

Se cubrió los oídos con fuerza y reventó sus pulmones a gritos. Las luces se encendieron y él no paraba de acusarse. Sonidos de tacones se acercaron; una mujer lo tomó de los hombros y lo acercó en un abrazo.

—Tranquilo, tranquilo—intentaba callar al hombre búho, que no paraba de gritar—, ya estoy aquí, no hay nadie más, solo los dos.

—Lo asesiné—repetía—, lo asesiné.

Un fuerte guardia esperaba de pie en la entrada de la oficina.

—Shh—lo calló la chica—, no quieres decir eso.

—Pero es cierto—susurró—, el cadáver… es cierto.

—No es posible que hayas asesinado a nadie—replicó la mujer.

Retiró de su cartera un espejo y lo extendió al hombre.

—Tú mismo te suicidaste tiempo atrás—agregó.

Y tomando el espejo por el mango, el hombre vio en su reflejo el rostro del cadáver resucitado.

FIN

El hombre en coma

Caminaba hacia el parque cuando me encontré al hombre en coma. El día era un poco gris, de esos en los que la visión de las casas te pone nostálgico, o el chapoteo de tus pies al cruzar sobre un diminuto charco te parece una melodía de notas graves. Mis pasos, nada acelerados, se tomaban su tiempo entre ellos, un intervalo que me permitía admirar el filtro melancólico bajo el que estaba la ciudad; es curioso, a las personas que conocía no les gustaba salir en días así, en que los rayos de sol son un mito contado para mantener viva la tenue llama de felicidad; pero gustaban de caminar bajo cielos radiantes, apreciaban solo un lado de la naturaleza, mas volteaban la mirada hacia el otro, hacia el que los obligaba a inspeccionar en esa habitación de su consciencia poco conocida, habitada por sentimientos guardados y criaturas poco afables.

Al girar la esquina fue cuando lo vi: acostado sobre una banca de cemento, con las manos estiradas hacia el suelo y mirando fijamente las nubes, estaba tirado el hombre en coma. Así fue como él se presentó ante mí.

Intenté encontrarle justificación a su peculiar posición: en su estado de ebriedad habría caído así en la banca, sin ser consciente de nada más que de estar vivo; o sufría tal vez de alguna enfermedad degenerativa que le impedía adoptar una postura corriente, cómoda, quizá, debido a ello, esa sería su postura cómoda. Como última opción pensé que podría tratarse de un sujeto producto de mi imaginación, como solía sucederme en aquellos días en que rondaba por las afueras del Instituto Ponce y el aura de los internados -enfermos mentales sufrientes de visiones espantosas- me llegaba con facilidad de contagio y terminaba entonces imaginando situaciones, escenarios reproducidos con suma viveza ante mis ojos; pero lo descarté porque jamás se mantenían una vez que les hablaba. Ninguna de estas cosas era correcta. Al acercarme, supe finalmente que se trataba de una persona real, de carne y hueso.

Me senté en el suelo, a su lado, el desnivel de la banca y el piso lo dejaban a él un poco más arriba, y a pesar de que notó mi presencia, permaneció en silencio largo rato, sin despegar su mirada de arriba, de las nubes.

—Hola—dije finalmente, tras un largo momento de un nada incómodo silencio.

—Hola—respondió él, manteniendo su inactividad corpórea.

—¿Por qué te sientas así?—pregunté sin tapujos, inmiscuyéndome en asuntos que no eran de mi importancia.

—Porque estoy en coma. No puedo moverme de este sitio.

—¿En coma? Estás consciente, hasta donde puedo comprobar.

—¿Cómo puedes comprobarlo?—preguntó con voz dubitativa, como juzgando mis palabras de una afirmación sin sentido, idiota.

—Porque me estás hablando—dije yo—, las personas en coma no hablan.

—Son palabras insignificantes, carecientes de importancia. Además, es otro tipo de coma. Es un coma espiritual.

Su voz era emitida con una tonalidad que no podría comparar con la de alguna otra garganta, era distinta, un poco temblorosa, podía escuchar sus cuerdas vocales esforzándose por vibrar y expulsar el sonido. Parecían estar cerca de paralizarse, en cualquier momento su lengua sería abandonada por el resto del aparato fonador y se quedaría moviéndose en su boca, sin conseguir generar más que un lastimero y ronco sonido.

—¿Un coma espiritual? De pronto tu espíritu se ha quedado dormido en tu interior y no parece poder despertar ¿Es lo que tratas de decir?

—Es exactamente lo que trato de decir—respondió sonriendo—. Parece que va a volver a llover.

Hizo una abdominal y se incorporó sobre su cuerpo. Su rígida postura de cadáver fue reemplazada por un dinámico y fluido mover de sus articulaciones. Se estiró con un gran bostezo y lo siguientes segundos se dedicó a contemplarme.

—¿Todo bien?—pregunté, intrigado por su mirada acusadora.

—Pensé que eras un poco más viejo. Supongo que está mal juzgar la edad mediante la forma de expresarse. Sin ofender

—Tranquilo, me lo dicen todo el tiempo.

El sujeto en coma se puso de pie y echó una mirada más hacia el cielo. Su cuello era una superficie lisa que se interrumpía por una pronunciada manzana de Adán. Sacó la lengua y cerró los ojos; sus manos las llevó detrás de su cabeza.

Yo, un poco incómodo por su actitud, preferí voltear a ver a otro lado y pretender que no lo conocía; aunque eso no era ninguna mentira. Sin poder continuar con su extraña actitud, decidí preguntárselo.

—¿Qué es lo que haces? Luces como un maníaco.

—Intento saborear la lluvia—respondió con la lengua entre sus dientes, balbuceando las palabras.

—No puedes saborear la lluvia si no está lloviendo—repuse—, sin contar el hecho de que saborearla no tiene ninguna gracia, carece de todo sentido.

El tipo me miró de reojo, incrédulo. Me tendió su mano y me ayudó a ponerme de pie. Éramos de la misma altura, quizá le ganaba por uno o dos centímetros. Me miró directo a los ojos, colocando su mano en mi hombro.

—Tiene sentido cuando has perdido la capacidad de disfrutarla—dijo sosteniendo la mirada—, cuando tu lengua se transforma en un simple gusano movedizo, cuando tus manos no son más que dos frívolas máquinas que no sienten lo que tocan; cuando todo lo que perciben tus ojos son colores muertos. Créeme, sí que tiene sentido entonces.

Dicho eso, volvió a doblar su cabeza y a sacar la lengua, esperando el caer de la lluvia. Yo no respondí nada, volví al suelo, me acosté en él y observé al hombre en coma mantenerse en esa posición, inmóvil, una estatua dotada de vida. El ulular de los frondosos árboles eran una barrera a cualquier otro sonido, lo único que se podía escuchar en el sitio era mi respiración y una que otra hoja arrastrada por el viento. No tardé en ser acicalado por las vestiduras de un pesado sueño; mis ojos se cerraban, mas en medio de ese ir y venir de la consciencia, el hombre en coma continuaba sin moverse.

Las primeras gotas cayeron justo en mi frente. No las sentí hasta que se volvieron una tormenta.

Desperté y pude ver al hombre en coma riendo a carcajadas gorgoteantes, con su boca abierta tan llena de agua que se derramaba por sus comisuras, inclinado, mirando hacia el cielo. Su boca se había vuelto una cascada imparable, fluyente, que caía de la mano junto a un sonido irrisorio.

—¡Oye!—llamé—¡Oye! ¿Estás bien?

Se limitaba a sonreír; sus ojos, cerrados con fuerza, parecían también estar riendo.

—¡Oye!—grité. Regresó a verme, tras su mirada se escondía un placer inhumano, sus pupilas exclamaban ello.

—Tienes que intentarlo—dijo entre sonrisas—, cierra tus ojos y siente cómo el agua se acumula en tu lengua, cómo se derrama por tus labios cuando alcanza el final; percibe la oscuridad de tus párpados y comprenderás porqué es en la noche cuando salen a vagar los espíritus. ¡Hazlo!

Clavó en mí su gran sonrisa y dilatadas pupilas. Una sonrisa estirada de extremo a extremo, delatando una dentadura casi perfecta, solo capaz de materializarse en el mundo de los sueños.

Cerré mis ojos y miré hacia arriba, adoptando la misma posición que él: brazos estirados a los laterales, cual hombre crucificado, cabeza extendida hasta su punto máximo, boca abierta, recibiendo el agua en mis dientes, empapando mis mejillas y lengua, procurando evitar tragármela en su llegada a mis fauces. Sentía las gotas golpear mis encías, dispersarse por mis mucosas, llenarse poco a poco. Sucedió en escasos segundos, la lluvia anegó mi boca, mi lengua estaba totalmente sumergida, y sentía el agua resbalar por la comisura de mis labios, llegar al borde y caer pausadamente, sin prisas, como una débil cascada que acaricia la piedra debajo de ella, erosionando poco a poco su superficie. Con los ojos cerrados, el frío con que el agua descendía se acentuaba, podría jurar que mis mejillas estaban congeladas, que mi lengua era un tímpano de hielo; mas se movían, todo en mí se movía; de alguna manera, ese pequeño lago en que se convirtió mi boca, era parte de mí; podía sentir la lluvia caer sobre él, cual tormenta lloviendo encima del mar; sentía el agua incorporarse a esa masa para darle más volumen, más tiempo de vida.

Unas profundas ganas de tragarme el pequeño lago me invadían. Quería sentirlo derramarse por mi garganta, llegar a mi estómago, distribuirse por todo mi sistema. Lo deseaba. Y cuando estuve cerca de logarlo, cuando mi lengua se hacía a un lado para permitirle el paso a mi esófago, el hombre en coma me detuvo con un gran empujón, provocando que derramase todo lo contenido en mi boca.

—¡Al suelo, al suelo!—exclamó sosteniendo mi cabeza—¡Silencio, silencio!

Me miró con suspicacia, recorriendo mi rostro, mi boca, mi cuello, todo mi cuerpo.

—¿Acaso te la has querido tragar?—preguntó riendo—¡Acaso te la has querido tragar! ¡Sí que has querido! ¡Lo has querido!

—Yo…

—¡Silencio! Shh, no hables—susurró—, tenemos que marcharnos. Mira ese edificio de allá, creo que nadie lo habita. Tenemos que correr hacia él, ser muy rápidos, llegar hasta su último piso. No podemos permanecer un minuto más en esta tormenta. ¡No hables! Ya habrá tiempo para explicarlo todo. ¡Ahora!

Tiró de mi mano con fuerza y echó a correr. Yo iba detrás, tropezando con rocas en el camino, evitando obstáculos, intentando no caerme en los enormes charcos de agua por los que caminábamos. El sujeto volteaba de cuando en cuando, mas no para verme a mí, lo que realmente inspeccionaba con sus ojos de pánico estaba más lejos, en el parque que ahora dejábamos detrás. Soltó mi mano cuando llegamos a la puerta del edificio, empujó la entrada con una mano temblorosa y ascendió las escaleras hábilmente, con gran rapidez, inclinado en cuatro patas cual animal. Yo iba detrás, confundido, pensando todavía en el lago que escupí de mi boca, que dejé caer en el sucio suelo del parque; se habrá fusionado con las otras aguas sucias en la tierra.

Llegamos hasta el piso final. Era una habitación abandonada, las paredes mohosas se adherían a tu nariz con un olor fuerte a humedad, las manchas en el cemento del piso seguían un patrón circular que cubría toda la extensión del sitio. Y la débil lámpara en el techo titilaba cada vez que un rayo iluminaba la estancia, éramos capaces de verlo caer desde la enorme ventana del cuarto. Pero el hombre en coma cerró sus cortinas, y entonces el tiritar de la lámpara era aviso de que el rayo había caído y de que, a continuación, un enorme estallido reventaría nuestros tímpanos, porque el cielo nos estaba gritando en el oído.

La pequeña mesa cuadrada en el centro de la habitación tenía dos sillas frente a frente, la palmatoria en el medio sostenía una corta vela blanca que el hombre encendió utilizando los fósforos dejados en el velador, junto a la cama. “Ya lo entenderás” dijo al encender la mecha, “No podemos fiarnos de esa mísera lámpara”

Luego se acostó en el colchón desgastado de la cama, su color grisáceo parecía ser resultado de polvo acumulado y tenía en su superficie varios huecos por los que asomaba la esponja de que estaba hecho. Intenté acercarme a la ventana, mas él me lo impidió: “Ni se te ocurra abrir esa cortina, muchacho” fue lo que dijo. Tirado en el colchón, adoptaba la misma posición que cuando estaba de pie bajo la lluvia.

—¿Qué hacemos aquí?—pregunté confundido. La lámpara de techo titiló, el estruendo estalló a los pocos segundos.

—Esperar—respondió.

—¿A qué?

—A que lleguen. “Quiénes” ¿Esa será tu siguiente pregunta?—se incorporó sobre la cama—, no seas tan predecible, chico. Cuando la tormenta llegue a su clímax y decida arrastrar consigo toda la porquería a su paso, sabrás a quiénes me refiero. Eso si es que antes no somos arrastrados.

Otro titilar de la lámpara. Esta vez tomó cerca de un minuto que el estruendo reventase. Y cuando lo hizo, la energía no regresó. Nos quedamos iluminados por la frágil luz de la vela, un fuego recto, alto, sin viento que lo hiciera mecerse en ninguna dirección.

—Te lo dije—comentó el hombre en coma—, no podemos confiarnos de esta mísera lámpara de techo.

El círculo de luz que abarcaba la vela era pequeño, la mayor parte de la habitación se sumía en una manta de oscuridad desde la que difícilmente se distinguía algo más que los contornos de los objetos. El contorno del velador, el perímetro de la cama, la gruesa extensión oscura que era la cortina de la ventana. Y el hombre en coma sonreía.

—Nunca falla mi vela—agregó—. Por eso siempre la tengo lista.

La energía regresó con otro breve titilar de la lámpara.

—¿Es tu casa?—inquirí—, es un espacio muy reducido.

—No es mi casa. No es de nadie. Pero la he adecuado para mí, porque no he visto a otra persona interesada en ocupar el espacio. Sin embargo, de haberlo, no podría reclamarle el estar aquí. No es mi casa, no es de nadie.

—¿Cómo la has encontrado?

—Es lo que sucede cuando caminas sin rumbo fijo—se puso de pie y se acercó al velador, abrió uno de los cajones y retiró de él una navaja—; terminas haciendo de cualquier lugar tu hogar. Y una tarde necesitaba un hogar, del fuerte sol podía cubrirme bajo los árboles, pero lo único que te protege de la furia de la lluvia es un techo. Así que, empapado, eché a andar en busca de uno. Divisé este viejo edificio e ingresé en él, solo para encontrarme con esta maldecida habitación.

El sujeto balanceaba la navaja entre sus manos. Su movimiento me volvía nervioso, de lado a lado con ella, lanzándola al aire y atrapándola, mirándome de cuando en cuando. Me senté en la pequeña mesa cuadrada del centro, frente a la vela, y comencé a jugar con ella, atravesándola con mi dedo, tentando al calor de incendiarme. Saber que estás bajo control de tu entorno es lo que te mantiene cuerdo, aunque ese control se limite al débil fuego de una vela.

—¿Para qué es la navaja?

—¡Oh! ¿Esto?—la inspeccionó de arriba abajo—, la necesitaremos después. Cuando lleguen.

Me tragué las ganas de preguntar de quiénes hablaba. No es bueno hacer enfadar a un sujeto en poder de una navaja.

La lámpara de techo titiló hasta apagarse. Nos quedamos a oscuras. El cielo estalló en un rugido descomunal que puso a temblar la ventana. Cuando la energía regresó, el hombre en coma estaba sentado frente a mí, con la navaja apoyada en la mesa, punta hacia arriba, y una imborrable enorme sonrisa.

—¡Vaya truenos!—exclamó con euforia—¡El jodido cielo se nos viene encima!

Yo no quitaba la mirada de la navaja.

—Deberíamos salir de aquí—sugerí—. Yo debería salir de aquí.

El hombre se abalanzó sobre mí, me agarró del cuello y susurró muy cerca de mi oído:

—Nadie se va de aquí. No podemos irnos. Están afuera, te atraparán.

—¡No hay nadie afuera, maldita sea!—sentí la furia poseer mis movimientos, aparté al tipo de un empujón y me puse de pie violentamente—¡Somos los únicos aquí! Todo el edificio está abandonado, y yo debería retirarme antes de que me den por muerto.

Miré la actitud del hombre en coma, sentado en su silla, observándome con furia, su boca doblada en una mueca de desprecio, y su mano temblante, sosteniendo la navaja con tensión. Me eché encima de él, directo a quitarle el arma en su mano. El forcejeo no me resultó una dificultad, el sujeto era delgado, con su piel a ras del hueso, escaso de masa muscular alguna, bastó con sostenerlo del brazo para sentir cómo mi fuerza lo superaba por mucho. Apreté su mano contra el suelo, haciendo presión en su muñeca, buscando que dejase ir la navaja. Sus dedos ya se abrían ante mi voluntad, rendidos en ese desigual forcejeo. Mas la lámpara titiló hasta apagarse, la energía se cortó y, bajo la única luz de la vela, pude observar el horror plasmado en el rostro del hombre en coma.

—Ya vienen—dijo con un hilo de voz.

La vela se apagó. El fuego se extinguió sin previo aviso. Debajo de mí ya no sentía nada más que el suelo, sin duda el sujeto se había escabullido lejos. Avizorando, lo descubrí encendiendo de nuevo la vela.

—Están aquí—susurró, iluminado tétricamente por la llama.

En ese instante la puerta empezó a ser golpeada con fuerza. Llamaban desde fuera, y lo hacían con vigor, con una insistencia inusitada. El hombre en coma se dejó caer contra la puerta.

—¡Nadie entrará aquí!—exclamó—¡Largo!

Desde fuera gritaban injurias y empujaban la madera, en ocasiones la puerta cedía por centímetros y el hombre en coma la embestía con su hombro para volverla a cerrar.

—¡No te quedes ahí parado!—me gritó—¡Ayúdame a contenerlos!

La puerta volvía a ceder, el hombre en coma parecía perder contra la fuerza en su contra. Me puse de pie y embestí la madera con todas mis energías, sin saber exactamente de qué nos conteníamos, a quiénes impedíamos el ingreso.

—Fuerza chico—dijo—, podemos contra ellos.

—¿Quiénes son?—pregunté entre gruñidos.

—El grupo de los Sólidos—respondió con ojos muy abiertos—. Y pretenden desaparecernos porque hemos encontrado el secreto, porque nos hemos unido con el agua, con la tormenta ¡Porque la hemos sentido recorrernos!

Una mano ingresó por la ranura de la puerta; su color grisáceo, opaco, simulaba a la muerte; sus uñas amarillas eran de una insólita repugnancia. El hombre en coma se percató de ella, que ya ingresaba hasta la flexura de su codo, y procedió a enterrarle la navaja. La apuñalaba sin piedad, una y otra vez, a pesar de que la sangre embarraba su mano y salpicaba hasta su rostro. Finalmente, la mano cedió y regresó tras la puerta.

—Sin piedad con ellos, muchacho—su rostro salpicado por gotas de sangre me miró con confianza—, tenemos que ser fuertes.

Por la ranura superior de la puerta asomó una nariz, seguida de un ojo globoso que protruía anormalmente de su cavidad. El hombre en coma saltó y clavó la navaja en el iris de aquel desgraciado globo ocular, que reventó cual burbuja hecha de sangre.

—No podremos con todos—me dijo en un hilo de voz—, tendrás que agujerear el techo, permitir que el agua entre en la habitación, es la única salida.

Me extendió la navaja y la tomé sin saber exactamente lo que tenía que hacer.

—El techo, muchacho—repitió—, un gran hueco, yo intentaré soportar su peso, pero no será por mucho, tienes que ser rápido.

Asentí. El peligro lamiendo mis tobillos me obligó a improvisar con apuro. Despejé la mesa echando la vela al suelo, apilé las sillas en ella, una sobre otra, para ganar altura, y me puse de pie sobre la estructura. El techo seguía estando muy arriba para mí, al menos dos metros por encima. El hombre en coma aplicaba su asténico cuerpo contra la madera, su mirada me gritaba que me apresure.

Tomé aire. Elevé mis brazos sobre mi cabeza, con la punta de la navaja hacia arriba, y salté hacia el techo; las mesas y sillas cayeron. Lo atravesé con el metal, mas me quedé colgado de él. Por mucho que intentaba desenterrar la navaja, no resultaba posible. Miré hacia el hombre en coma. Vi cómo perdió fuerzas y la puerta cedió, echándolo a un lado; por ella ingresaron un grupo de personas a quienes no podía distinguirles género alguno; sus facciones no correspondían a las de un hombre o mujer, no sabría decir si incluso correspondían a las humanas.

Entre ellos ingresó la persona de la mano apuñalada y la del ojo reventado. Ambas habían dejado de sangrar, mas ocluían sus heridas con las manos. Un aviso de sonrisa se dibujaba en todos ellos.

El hombre en coma se incorporó de golpe, se colocó debajo de mí y me tomó del pie.

—Entrégalo—pidieron todos al mismo tiempo.

Pude contarlos. Eran seis personas, todas con trajes elegantes y del mismo color moribundo, el escaso cabello en sus cabezas era compensado por el que les crecía en los brazos.

—Largo—respondió el hombre en coma—, no nos obliguen a desaparecer.

—Entrégalo—repitió el grupo de los Sólidos.

Sentí la mano del hombre en coma apretarse alrededor mi tobillo. Sus delgados dedos se aferraban. Con determinación, tiró de mí. La navaja se desprendió del techo junto conmigo, y el hueco dejado en el zinc era lo suficiente grande como para que entrase un hombre. Pero por él ingresó la lluvia, caía a vendavales. La lámpara en el techo titiló una vez más, la energía regresó. La lluvia nos empapó al hombre en coma y a mí. Él tomó la navaja de mi mano y la apuntó hacia el grupo de los que llamaba los Sólidos.

—Rápido, muchacho—dijo ayudándome a ponerme de pie—, adopta la posición.

Lo miré extrañado.

—¡La posición! ¡Bajo la lluvia! ¡En el parque!

Entendí su mensaje, mas seguía pareciéndome una demencia. La cara del grupo se volvió seria, uno de ellos intentó dar un paso, mas el hombre en coma lo amenazó con su navaja.

—Apuntaré a sus corazones ahora—intimó. Todos retrocedieron.

Junté mis piernas y estiré mis brazos hacia lateral. Elevé mi cabeza y abrí la boca, dejando que la lluvia llenase mis fauces. No tardó en acumularse en un pequeño lago sobre el que continuaban cayendo las gotas. El grupo entero dio un paso hacia adelante.

—¡Se lo va a tragar!—exclamó el hombre en coma—¡Se lo tragará todo!

El grupo se miró entre ellos, dubitativos.

—Juro que, si intentan algo, el tipo se lo va a tragar—puso una de sus manos en mi hombro—, cierra los ojos, muchacho, déjate llevar. Y si te digo, lo ingresas todo a tu sistema.

Cerré los ojos. Me sumergí en la oscuridad de los párpados, en las sombras de mi interior. Una vez más me vi siendo apoderado por el sentir de esas gotas, de ese lago. Ya nada más existía, los ruidos del exterior me llegaban en ecos apagados. La voz del hombre en coma resonaba distante, mas era audible.

Sin ser capaz de ver lo que sucedió, solo escuché los pasos desatarse, múltiples pasos, como si se tratasen de más de seis personas. Gruñidos y gritos de dolor se apoderaron del hombre en coma, escuché su señal en un susurro “Trágalo”

Lo hice.

Lo que ingresó en mí no fue lluvia, no fue agua, no fue líquido. Lo que sea que ingresó, lo sentí recorrer cada parte de mi garganta, de mi esófago, de mi estómago, de mi intestino. Lo sentí distribuirse en cada órgano y en cada célula. Explotó en mi interior, me otorgó sentidos indescriptibles, sobrepasaban la comprensión de mi mente mortal. Hasta que todo se apagó.

Cuando desperté, la tormenta acaecía. No sentía la lluvia impactar mi piel; abrí la boca y dejé que mi lengua se empapara, mas tampoco era el sentir previo. Estaba mojado, pero eso solo lo comprobaba por mi vista.

A mi lado, descansaba la navaja del hombre en coma.

Comprendí que vendrían ahora por mí, y que era necesario transmitir el secreto antes de morir.

FIN

El observador del otro lado

La impresión de ser observado desde la casa del frente lo ponía a temblar. Todo comenzó como una molesta sensación que decidió ignorar al principio. Acababa de mudarse a su nuevo hogar, decidido a pasar las vacaciones relajado, lejos de aquel barrio del que huyó espantado por el incesante ruido al que se veía sometido gracias a sus vecinos. Pero el trabajo había terminado, el silencio regresaba cual amante arrepentido de su partida y un injustificado estado de paranoia no bastaría para echarlo todo a perder. Vivía solo y la casa del frente estaba vacía, al igual que la de al lado y la siguiente, y todas las casas de la manzana. Nadie podía verlo. Encontrar un lugar desolado como ese fue trabajo duro; no cedería ante las falsas sensaciones causadas por el estrés.

Necesitaba relajarse, permitir que su cuerpo se adapte al nuevo ritmo de calma y tranquilidad, darles tiempo a sus sentidos para unificarse con el silencio.

Se sentó en el sillón de la sala y tomó un largo respiro. Miró hacia el techo, una superficie llana sin patrón alguno, careciente de todo interés, un simple color blanquecino que llegaba a sus ojos con opaca luminosidad. Dejó caer sus párpados, entrelazó sus manos, respiró hondamente; luchó contra la sensación, mas nada pudo conseguir, sentía las miradas clavadas en él.

Se levantó. Intentando mantener la calma, se acercó a la ventana que daba a la calle, corrió las cortinas y analizó el exterior. El asfalto vacío, con solo una fría corriente de aire caminando por su superficie. Las casas del rededor lucían calmas, decoradas por el nublado cielo vespertino que las volvía un óleo de colores opacos.  Recorrió con su mirada cada una de las viviendas, notando un poco de extrañeza en la del frente. No eran sus paredes o su raída puerta, tampoco le pareció que se tratase de sus ventanas cerradas y cortinas corridas. Sin embargo, la casa daba la impresión de estar viva. Podía sentirla respirar; si se concentraba mucho en la gastada pintura de su fachada, podía incluso percibir una leve sonrisa del habitante en su interior.

Sacudió su cabeza “Nadie hay afuera” repetía en su mente. Mas las miradas invisibles se clavaban en sus poros, volviendo su piel una manta de angustia que lo ponía a restregar sus heladas manos una con otra. Intentó cerrar toda cortina, asegurar cada puerta y ventana, se escondió incluso en el baño; lugar en que se encontró con su reflejo, y detrás de lo que aparentemente eran sus ojos, descubrió que las pupilas pertenecían en realidad al observador de la casa del frente; a ese intruso que se había colado en una propiedad privada, a ese inepto que estaba arruinando sus momentos de calma.

Tomó un cuchillo de la cocina y lo utilizó para cortar hojas del papel periódico; estuvo por volarse un dedo en el proceso; sus movimientos eran temblorosos, inseguros. No dejaba de pensar en que el observador del otro lado se mantenía viendo cómo cortaba el periódico, riéndose de lo ingenuo que era al pensar que eso lo solucionaría todo. Pero tenía que intentarlo, ya no soportaba las miradas, el silencio era un abrazo triturador cuando se sentía ultrajado, cuando vivía el acecho de un par de ojos desconocidos.

Pegó el periódico en las ventanas, una capa sobre otra, hasta dejarlo todo muy opaco, que ni el mismo sol pudiese entrar sin su permiso. Ni siquiera la luna se atrevería a invadir sus aposentos. Cuando hubo terminado, se sentó una vez más en el sofá.

No había sombras junto a él, la escasez de luz era absoluta. El techo se fundía con la oscuridad, volviéndose todo su entorno un solo espacio frío e infinito. Respiró con tranquilidad; los ojos habían desaparecido, no conseguían penetrar las sombras, eran incapaces de identificarlo en medio de las penumbras porque él también se fundía en ese espacio insondable.

Sintió paz. Dirigió su mirada hacia el techo; era incapaz de verlo, pero él sabía que estaba ahí, que el techo se ocultó a su sentido, pero que seguía en su lugar, inmovible, blanco, careciente de interés alguno.

Él sabía que el techo estaba ahí.

Y la mirada del otro lado sabía que él estaba ahí.

Su corazón dio un vuelco. La sensación había desaparecido, los pesados ojos ya no se posaban en sus acciones, pero sabían que estaba sentado en ese sofá, sabían que estaba dentro de esa casa, sumido en una falsa ilusión de oscuridad protectora. Los ojos lo sabían, el observador del otro lado lo sabía. Lo estaba viendo sin necesidad de percibirlo a través de la mirada; lo estaba viendo con la simple intuición, y él no podía luchar contra ello.

Desesperado, rasgó los periódicos de las ventanas; la luz entró violenta, irritando sus ojos, asesinando las sombras. Se quedó de pie en la ventana, observando fijamente la casa del frente, batallando con el observador del otro lado, manteniendo la mirada firme.

El silencio del exterior cantaba una orquesta con el latir de su corazón. Tomó el arma de su aparador y salió con paso decidido.

Fuera el aire era ligero, y la casa se elevaba, desafiante, apoyando al intruso que la invadía, al observador inoportuno que lo torturaba con su insistente mirada. Un golpe con su pierna y la puerta cedió. Empuñó el arma con firmeza. Cruzó al interior.

Periódicos regados en el suelo, un techo blanco desprovisto de todo interés, un cuchillo descansando en el piso.

Se asomó a la ventana y miró hacia su casa. Silenciosa, calma, inerte.

Se disparó.